CAPITULO 14
Esa noche cuando llegué a casa del trabajo, Pedro no estaba allí.
Abrí mis ojos y volví la mirada hacia el pequeño reloj despertador en la mesita de noche. Eran más de la nueve de la mañana. Había dormido bien.
Estirándome, extendí la mano y encendí la luz. Me había duchado anoche, así que estaba limpia. Había hecho más de mil dólares esta semana. Decidí que podía a comenzar a buscar apartamentos hoy. Si seguía así, la próxima semana podría ser capaz de conseguir un lugar propio.
Me pasé las manos a través de mi cabello y traté de domarlo antes de levantarme. Pensaba tumbarme en la playa por un rato esta mañana. No lo había hecho aún. Hoy podría disfrutar del océano y el sol por primera vez.
Saqué mi maleta de debajo de mi cama y busqué dentro por mi biquini blanco y rosado. Era el único que tenía. Para ser honesta, lo utilicé muy poco. El patrón de encaje blanco y el ribete rosado se veía bien con mi color de piel.
Colocándomelo, decidí que era más revelador de lo que recordaba. O mi cuerpo había cambiado desde la última vez que lo había usado. Saqué una camiseta sin mangas de mi maleta y la deslicé sobre el biquini y agarré el protector
solar. Lo había comprado después de mi primer día de trabajo. Era una obligación para mi trabajo.
Apagué la luz y me dirigí hacia la despensa y después entré a la cocina.
—Santo infierno. ¿Quién es esa? —preguntó un chico más joven, sorprendiéndome, cuando di un paso hacia la luz. Eché un vistazo al extraño sentado en el bar mirando boquiabierto a la nevera donde Federico estaba sonriendo.
—¿Sales de esa habitación vestida así cada mañana? —preguntó Federico.
No esperaba que alguien estuviera aquí. —Um, no. Normalmente estoy vestida para el trabajo —le contesté cuando un bajo silbido procedió del chico más joven en el bar. No podía tener más de dieciséis.
—Ignora al idiota controlado por las hormonas en el bar. Ese es Tomas.Su madre y Georgina son hermanas. Así que, de una jodida manera indirecta, es mi primo más pequeño. Vino aquí anoche después de huir por enésima maldita vez y
Pedro me llamó para venir por él y llevar su trasero loco a casa.
Pedro. ¿Por qué el sonido de su nombre hacía que mi corazón se acelerara?
Porque él era injustamente perfecto. Ese era el por qué. Sacudí mi cabeza para aclarar mis pensamientos de Pedro. —Es un placer conocerte, Tomas. Soy Paula. Pedro
se ha compadecido de mí hasta que pueda conseguir mi propio lugar.
—Oye, puedes venir a casa conmigo. No te haré dormir bajo las escaleras — Ofreció Tomas.
No pude evitar sonreír. Este tipo de coqueteo inocente si lo comprendía.
—Gracias, pero no creo que tu madre apréciese eso. Estoy bien bajo de las escaleras. La cama es cómoda y no tengo que dormir con mi pistola.
Federico soltó una risita y los ojos de Tomas se agrandaron. —¿Tienes un arma? —preguntó Tomas con una voz temerosa.
—Ahora sí que la has hecho. Será mejor que lo saqué de aquí antes de que se enamoré de ti —respondió Federico, tomando la taza que acababa de llenar de café.
Se dirigió a la puerta diciendo—: Vamos, Tomas, antes de que vaya a despertar Pedro y tengas que lidiar con su malgeniado trasero.
Tomas miró a Federico y luego a mí como si su corazón se hubiera roto. Era lindo.
—Ahora, Tomas—dijo Federico en un tono más demandante.
—Oye, Federico—Lo llamé antes que alcanzara la puerta.
Se volvió hacia mí. —¿Si?
—Gracias por la gasolina. Te lo pagaré tan pronto como llegue mi cheque.
Federico sacudió su cabeza. —No, no lo harás. Sería una ofensa. Pero de nada.
—Guiñó y luego le lanzó una mirada de advertencia a Tomas antes de dejar la cocina.
Dije adiós con la mano a Tomas. Me encargaría de cómo pagarle a Federico sin ofenderlo más tarde. Tenía que encontrar una manera. En este momento, tenía otro
plan. Hice mi camino hacia las puertas que conducían afuera. Era el momento de disfrutar mi primer día en la playa.
***
Me tumbé en la toalla que había tomado del cuarto de baño. Tendría que
lavarla esta noche. Era la única cosa que tenía para secarme y ahora estaba cubierta de arena. Pero lo valía.
La playa estaba tranquila. No estábamos cerca de otras casas, así que este tramo estaba vacío. Sintiéndome valiente, tiré de la camiseta sin mangas y la metí debajo de mi cabeza. Entonces, cerré los ojos y dejé que el sonido de las olas de mar rompiendo contra la orilla me arrullara hasta dormir.
—Por favor, dime que te aplicaste bloqueador solar —Una voz profunda me inundó y me acerqué hacia ella. La limpia fragancia masculina era deliciosa.
Necesitaba estar más cerca.
viernes, 29 de noviembre de 2013
CAPITULO 13
Mantenerme alejada de Pedro no era exactamente fácil, ya a que vivíamos bajo el mismo techo. Incluso si él intentaba mantener la distancia, chocábamos entre sí. También evitó el contacto visual conmigo, pero eso solo me hacía sentirme más fascinada con él.
Dos días después de nuestra conversación en la playa, me acerqué a la cocina después de comer mi sándwich de mantequilla de maní y fui recibida por otra mujer medio desnuda. Su pelo era un desastre, pero incluso despeinada ella era atractiva. Odiaba las chicas como esas.
La chica se volvió para mirarme. Su expresión de sorpresa rápidamente cambió a molesta. Bateó sus pestañas y luego colocó una mano en su cadera.
—¿Acabas de salir de la despensa?
—Sí. ¿Acabas de salir de la cama de Pedro? —Le contesté. Salió de mi boca antes de que pudiera detenerme. Pedro ya me había informado que su vida sexual no era asunto mío. Necesitaba callarme.
La chica levantó ambas cejas perfectamente depiladas y luego una sonrisa divertida cruzó sus labios.
—No. No es que no quisiera entrar en su cama si él me
dejara, pero no le cuentes a Federico eso. —Agitó una mano como si fuera a espantar una mosca—. No importa. Él probablemente ya lo sabe.
Estaba confundida. —Así qué, ¿acabas de salir de la cama de Federico? —Le pregunté, dándome cuenta nuevamente que no era asunto mío. Pero Federico no vivía aquí, así que tenía curiosidad.
La chica pasó la mano a través de sus desordenados rizos castaños y suspiró. —Sip. O al menos de su antigua cama.
—¿Su antigua cama? —Repetí.
El movimiento en la puerta del pasillo atrapó mi atención y mis ojos se encontraron con los de Pedro. Me observaba con una sonrisa de superioridad en sus labios. Estupendo. Me había escuchado entrometiéndome. Quería mirar hacia otro lado y fingir que no le había preguntado a la chica si ella había estado en su cama.
El conocido brillo en sus ojos me dijo que eso sería inútil.
—Por favor, no dejes que yo te detenga, Paula. Continúa interrogando a la invitada de Federico. Estoy seguro que a él no le importara —dijo lentamente Pedro.
Cruzó sus brazos sobre su pecho y se apoyó en el marco de la puerta como si estuviera poniéndose cómodo.
Agaché mi cabeza y caminé hacia la basura para limpiar las migas de pan de mis dedos mientras organizaba mis pensamientos. No quería continuar esta conversación mientras Pedro escuchaba. Me hacía parecer demasiado interesada en él. Algo que él no quería.
—Buenos días, Pedro, gracias por dejarnos dormir aquí anoche. Federico bebió demasiado como para manejar todo el camino de regreso a su lugar —dijo la chica.
Oh. Así que esa es la historia. Mierda. ¿Por qué permití que mi curiosidad se apoderara de mí?
—Federico sabe que tiene una habitación cuando él lo quiera —dijo Pedro. Pude verlo apartarse del marco de la puerta y caminar hacia la encimera por el rabillo de mi ojo. Su atención estaba en mí. ¿Por qué no dejaba pasar esto? Podría dejarlo silenciosamente.
—Bien, uh, creo que voy a ir a buscarlo, entonces —La voz de la chica sonó insegura. Pedro no respondió y yo no miré atrás a ninguno de ellos dos. La chica tomó eso como la señal para marcharse y yo esperé hasta que escuché sus pasos en las escaleras antes de mirar por encima a Pedro.
—La curiosidad mato al gato, dulce Paula —susurró Pedro mientras caminaba más cerca de mí—. ¿Creías que había tenido otra pijamada? ¿Tratabas de descubrir si estuvo en mi cama toda la noche?
Tragué saliva pero no dije nada.
—¿Con quién me acueste no es tu asunto? ¿No hemos pasado por esto antes?
Me las arreglé para asentir. Si tan solo me dejara ir, yo nunca hablaría con otra chica que estuviera en su casa.
Pedro estiró el brazo y enrolló un mechón de mi cabello alrededor de su dedo.
—No quieres saber de mí. Puedes pensar que lo quieres, pero no es así. Te lo aseguro.
Si no fuera tan malditamente hermoso y no estuviera delante de mis narices, entonces sería más fácil creerle. Pero cuanto más me apartada de él, más intrigaba me sentía.
—No eres lo que yo esperaba. Me gustaría que lo fueras. Sería mucho más fácil —dijo en voz baja, luego soltó mi cabello, se giró y se fue caminando. Cuando cruzó la puerta que conducía hacia el pórtico trasero, dejé escapar la respiración que había estado conteniendo.
¿Qué quiso decir? ¿Que había él esperado?
Mantenerme alejada de Pedro no era exactamente fácil, ya a que vivíamos bajo el mismo techo. Incluso si él intentaba mantener la distancia, chocábamos entre sí. También evitó el contacto visual conmigo, pero eso solo me hacía sentirme más fascinada con él.
Dos días después de nuestra conversación en la playa, me acerqué a la cocina después de comer mi sándwich de mantequilla de maní y fui recibida por otra mujer medio desnuda. Su pelo era un desastre, pero incluso despeinada ella era atractiva. Odiaba las chicas como esas.
La chica se volvió para mirarme. Su expresión de sorpresa rápidamente cambió a molesta. Bateó sus pestañas y luego colocó una mano en su cadera.
—¿Acabas de salir de la despensa?
—Sí. ¿Acabas de salir de la cama de Pedro? —Le contesté. Salió de mi boca antes de que pudiera detenerme. Pedro ya me había informado que su vida sexual no era asunto mío. Necesitaba callarme.
La chica levantó ambas cejas perfectamente depiladas y luego una sonrisa divertida cruzó sus labios.
—No. No es que no quisiera entrar en su cama si él me
dejara, pero no le cuentes a Federico eso. —Agitó una mano como si fuera a espantar una mosca—. No importa. Él probablemente ya lo sabe.
Estaba confundida. —Así qué, ¿acabas de salir de la cama de Federico? —Le pregunté, dándome cuenta nuevamente que no era asunto mío. Pero Federico no vivía aquí, así que tenía curiosidad.
La chica pasó la mano a través de sus desordenados rizos castaños y suspiró. —Sip. O al menos de su antigua cama.
—¿Su antigua cama? —Repetí.
El movimiento en la puerta del pasillo atrapó mi atención y mis ojos se encontraron con los de Pedro. Me observaba con una sonrisa de superioridad en sus labios. Estupendo. Me había escuchado entrometiéndome. Quería mirar hacia otro lado y fingir que no le había preguntado a la chica si ella había estado en su cama.
El conocido brillo en sus ojos me dijo que eso sería inútil.
—Por favor, no dejes que yo te detenga, Paula. Continúa interrogando a la invitada de Federico. Estoy seguro que a él no le importara —dijo lentamente Pedro.
Cruzó sus brazos sobre su pecho y se apoyó en el marco de la puerta como si estuviera poniéndose cómodo.
Agaché mi cabeza y caminé hacia la basura para limpiar las migas de pan de mis dedos mientras organizaba mis pensamientos. No quería continuar esta conversación mientras Pedro escuchaba. Me hacía parecer demasiado interesada en él. Algo que él no quería.
—Buenos días, Pedro, gracias por dejarnos dormir aquí anoche. Federico bebió demasiado como para manejar todo el camino de regreso a su lugar —dijo la chica.
Oh. Así que esa es la historia. Mierda. ¿Por qué permití que mi curiosidad se apoderara de mí?
—Federico sabe que tiene una habitación cuando él lo quiera —dijo Pedro. Pude verlo apartarse del marco de la puerta y caminar hacia la encimera por el rabillo de mi ojo. Su atención estaba en mí. ¿Por qué no dejaba pasar esto? Podría dejarlo silenciosamente.
—Bien, uh, creo que voy a ir a buscarlo, entonces —La voz de la chica sonó insegura. Pedro no respondió y yo no miré atrás a ninguno de ellos dos. La chica tomó eso como la señal para marcharse y yo esperé hasta que escuché sus pasos en las escaleras antes de mirar por encima a Pedro.
—La curiosidad mato al gato, dulce Paula —susurró Pedro mientras caminaba más cerca de mí—. ¿Creías que había tenido otra pijamada? ¿Tratabas de descubrir si estuvo en mi cama toda la noche?
Tragué saliva pero no dije nada.
—¿Con quién me acueste no es tu asunto? ¿No hemos pasado por esto antes?
Me las arreglé para asentir. Si tan solo me dejara ir, yo nunca hablaría con otra chica que estuviera en su casa.
Pedro estiró el brazo y enrolló un mechón de mi cabello alrededor de su dedo.
—No quieres saber de mí. Puedes pensar que lo quieres, pero no es así. Te lo aseguro.
Si no fuera tan malditamente hermoso y no estuviera delante de mis narices, entonces sería más fácil creerle. Pero cuanto más me apartada de él, más intrigaba me sentía.
—No eres lo que yo esperaba. Me gustaría que lo fueras. Sería mucho más fácil —dijo en voz baja, luego soltó mi cabello, se giró y se fue caminando. Cuando cruzó la puerta que conducía hacia el pórtico trasero, dejé escapar la respiración que había estado conteniendo.
¿Qué quiso decir? ¿Que había él esperado?
jueves, 28 de noviembre de 2013
CAPITULO 12
Una vez más, sin camiseta. Los pantalones que llevaba colgaban bajos en sus estrechas caderas y era hipnótica la forma en que su cuerpo se veía mientras corría hacia mí. No estaba segura de sí debí moverme o fue él quien lo hizo. Sus pies fueron disminuyendo la velocidad y luego se detuvo a mi lado. El sudor en su pecho brillaba a la suave luz. Por extraño que parezca, quería acercarme y tocarle.
Algo en un cuerpo como el suyo hacía que no pudiera ser desagradable. Era imposible.
—Has vuelto —dijo mientras tomaba unas pocas respiraciones profundas.
—Acabo de salir de trabajar —respondí, intentando con fuerza mantener mis ojos apartados de su pecho.
—¿Así que conseguiste un trabajo?
—Sí. Ayer.
—¿Dónde?
No estaba segura sobre cómo me sentía diciéndole demasiado. No era un amigo. Y era obvio que nunca le consideraría familia. Nuestros padres podrían estar casados, pero no parecía que él quisiera tener nada que ver con mi padre o conmigo.
—En el Kerrington Country Club —respondí.
Las cejas de Pedro se alzaron y se acercó un paso a mí. Deslizó una mano bajo mi barbilla y alzó mi rostro.
—Estás usando rímel —dijo, estudiándome.
—Sí. —Solté mi barbilla de su agarre. Él podía permitirme dormir en su casa, pero no me gustaba que me tocara. O quizás me gustaba que me tocara y ese era el problema. No quería que me gustara que me tocara.
—Te hace parecer más de tu edad. —Dio un paso hacia atrás e hizo una lenta evaluación de mi ropa.
—Eres la chica del carrito del club de golf —dijo simplemente alzando la vista para volver a mirarme.
—¿Cómo lo sabes? —pregunté.
Agitó una mano hacia mí.
—El atuendo. Pequeños pantalones blancos estrechos y un polo. Es el uniforme.
Estaba agradecida por la oscuridad. Estaba segura de que estaba ruborizada.
—Estás consiguiendo un jodido éxito financiero, ¿verdad? —preguntó con un tono divertido.
Conseguí más de quinientos dólares en propinas en dos días. Tal vez eso no fuera éxito financiero para él, pero lo era para mí.
Me encogí de hombros. —Estarás aliviado de saber que estaré fuera de aquí en menos de un mes.
No me respondió en seguida. Probablemente debería dejarle y conseguir mí ducha. Empecé a decir algo cuando él dio un paso para acercarse a mí.
—Probablemente debería estarlo. Aliviado, quiero decir. Jodidamente aliviado. Pero no lo estoy. No estoy aliviado, Paula. —Hizo una pausa y se inclinó hacia abajo para susurrar en mi oído—: ¿Por qué es eso?
Quería alcanzarle y agarrar sus brazos para evitar acurrucarme en el suelo en un momento de sentimentalismo. Pero me contuve.
—Mantén tu distancia conmigo, Paula. No quieres acercarte demasiado. Anoche… —Tragó ruidosamente—. La noche pasada está obsesionándome. Sabiendo que estabas viéndome. Me vuelve loco. Así que mantente alejada. Estoy
haciendo mi mejor esfuerzo para mantenerme alejado de ti. —Se giró y volvió corriendo a la casa mientras yo me quedaba allí de pie intentando no fundirme en un charco en la arena.
¿Qué había querido decir con eso? ¿Cómo supo que les había visto? Cuando vi la puerta de la casa cerrarse detrás de él caminé de vuelta y conseguí mi ducha.
Sus palabras iban a mantenerme despierta la mayor parte de la noche.
Una vez más, sin camiseta. Los pantalones que llevaba colgaban bajos en sus estrechas caderas y era hipnótica la forma en que su cuerpo se veía mientras corría hacia mí. No estaba segura de sí debí moverme o fue él quien lo hizo. Sus pies fueron disminuyendo la velocidad y luego se detuvo a mi lado. El sudor en su pecho brillaba a la suave luz. Por extraño que parezca, quería acercarme y tocarle.
Algo en un cuerpo como el suyo hacía que no pudiera ser desagradable. Era imposible.
—Has vuelto —dijo mientras tomaba unas pocas respiraciones profundas.
—Acabo de salir de trabajar —respondí, intentando con fuerza mantener mis ojos apartados de su pecho.
—¿Así que conseguiste un trabajo?
—Sí. Ayer.
—¿Dónde?
No estaba segura sobre cómo me sentía diciéndole demasiado. No era un amigo. Y era obvio que nunca le consideraría familia. Nuestros padres podrían estar casados, pero no parecía que él quisiera tener nada que ver con mi padre o conmigo.
—En el Kerrington Country Club —respondí.
Las cejas de Pedro se alzaron y se acercó un paso a mí. Deslizó una mano bajo mi barbilla y alzó mi rostro.
—Estás usando rímel —dijo, estudiándome.
—Sí. —Solté mi barbilla de su agarre. Él podía permitirme dormir en su casa, pero no me gustaba que me tocara. O quizás me gustaba que me tocara y ese era el problema. No quería que me gustara que me tocara.
—Te hace parecer más de tu edad. —Dio un paso hacia atrás e hizo una lenta evaluación de mi ropa.
—Eres la chica del carrito del club de golf —dijo simplemente alzando la vista para volver a mirarme.
—¿Cómo lo sabes? —pregunté.
Agitó una mano hacia mí.
—El atuendo. Pequeños pantalones blancos estrechos y un polo. Es el uniforme.
Estaba agradecida por la oscuridad. Estaba segura de que estaba ruborizada.
—Estás consiguiendo un jodido éxito financiero, ¿verdad? —preguntó con un tono divertido.
Conseguí más de quinientos dólares en propinas en dos días. Tal vez eso no fuera éxito financiero para él, pero lo era para mí.
Me encogí de hombros. —Estarás aliviado de saber que estaré fuera de aquí en menos de un mes.
No me respondió en seguida. Probablemente debería dejarle y conseguir mí ducha. Empecé a decir algo cuando él dio un paso para acercarse a mí.
—Probablemente debería estarlo. Aliviado, quiero decir. Jodidamente aliviado. Pero no lo estoy. No estoy aliviado, Paula. —Hizo una pausa y se inclinó hacia abajo para susurrar en mi oído—: ¿Por qué es eso?
Quería alcanzarle y agarrar sus brazos para evitar acurrucarme en el suelo en un momento de sentimentalismo. Pero me contuve.
—Mantén tu distancia conmigo, Paula. No quieres acercarte demasiado. Anoche… —Tragó ruidosamente—. La noche pasada está obsesionándome. Sabiendo que estabas viéndome. Me vuelve loco. Así que mantente alejada. Estoy
haciendo mi mejor esfuerzo para mantenerme alejado de ti. —Se giró y volvió corriendo a la casa mientras yo me quedaba allí de pie intentando no fundirme en un charco en la arena.
¿Qué había querido decir con eso? ¿Cómo supo que les había visto? Cuando vi la puerta de la casa cerrarse detrás de él caminé de vuelta y conseguí mi ducha.
Sus palabras iban a mantenerme despierta la mayor parte de la noche.
CAPITULO 11
Cuando salí hacia mi camioneta esa noche me sentía aliviada de no ver ninguna señal de Antonio. Debería haber sabido que él solamente bromeaba. Había hecho un par de cientos de dólares en propinas hoy y decidí que permitirme tomar una comida real estaba bien. Me detuve junto a la ventanilla de pedidos de un McDonalds y pedí una hamburguesa con queso y papas fritas. Las comí felizmente
en el camino de vuelta a casa de Pedro. No había coches aparcados fuera esta noche.
No volvería a pillarle teniendo sexo esta noche. Por otra parte, podría haber traído a alguien aquí en su coche. Caminé al interior y me detuve en el vestíbulo.
Ninguna televisión. Ningún sonido en absoluto, pero la puerta había estado desbloqueada. No había tenido que usar la llave escondida de la que me había hablado.
Había sudado demasiado hoy. Tenía que tomar una ducha antes de irme a la cama. Entré en la cocina y comprobé el pórtico delantero para asegurarme de que estaba libre de aventuras amorosas. Conseguir una ducha sería fácil.
Me metí en mi habitación y agarré los viejos bóxer de Facundo y un top con el que dormía por la noche. Facundo me los había dado cuando éramos jóvenes y tontos.
Él había querido que durmiera con algo que era suyo. Había estado durmiendo con ellos desde entonces. Aunque ahora eran mucho más estrechos de lo que eran entonces. Había desarrollado curvas desde la edad de quince años.
Tomé una profunda respiración del aire del océano y salí al exterior. Ésta era mi tercera noche aquí y todavía no había bajado hasta el agua. Llegaba a casa tan
cansada que no había tenido la energía suficiente para salir allí. Bajé los escalones y puse mi pijama en el baño antes de quitarme mis zapatillas de tenis.
La arena estaba aún caliente del calor del sol. Caminé en la oscuridad hasta que el agua de la orilla se precipitó a mi encuentro. El agua fría se estrelló contra mí y contuve la respiración, pero dejé que el agua salada cubriera mis pies.
La sonrisa de mi madre mientras me hablaba de la vez que jugó en el océano destelló en mi memoria y alcé la cabeza hacia el cielo y sonreí. Estaba finalmente aquí. Estaba aquí por ambas.
Un sonido desde la izquierda interrumpió mis pensamientos. Me giré para mirar hacia abajo, a la playa, justo cuando la luz de la luna se libraba de las nubes y
Pedro destacaba en la oscuridad. Corriendo.
Cuando salí hacia mi camioneta esa noche me sentía aliviada de no ver ninguna señal de Antonio. Debería haber sabido que él solamente bromeaba. Había hecho un par de cientos de dólares en propinas hoy y decidí que permitirme tomar una comida real estaba bien. Me detuve junto a la ventanilla de pedidos de un McDonalds y pedí una hamburguesa con queso y papas fritas. Las comí felizmente
en el camino de vuelta a casa de Pedro. No había coches aparcados fuera esta noche.
No volvería a pillarle teniendo sexo esta noche. Por otra parte, podría haber traído a alguien aquí en su coche. Caminé al interior y me detuve en el vestíbulo.
Ninguna televisión. Ningún sonido en absoluto, pero la puerta había estado desbloqueada. No había tenido que usar la llave escondida de la que me había hablado.
Había sudado demasiado hoy. Tenía que tomar una ducha antes de irme a la cama. Entré en la cocina y comprobé el pórtico delantero para asegurarme de que estaba libre de aventuras amorosas. Conseguir una ducha sería fácil.
Me metí en mi habitación y agarré los viejos bóxer de Facundo y un top con el que dormía por la noche. Facundo me los había dado cuando éramos jóvenes y tontos.
Él había querido que durmiera con algo que era suyo. Había estado durmiendo con ellos desde entonces. Aunque ahora eran mucho más estrechos de lo que eran entonces. Había desarrollado curvas desde la edad de quince años.
Tomé una profunda respiración del aire del océano y salí al exterior. Ésta era mi tercera noche aquí y todavía no había bajado hasta el agua. Llegaba a casa tan
cansada que no había tenido la energía suficiente para salir allí. Bajé los escalones y puse mi pijama en el baño antes de quitarme mis zapatillas de tenis.
La arena estaba aún caliente del calor del sol. Caminé en la oscuridad hasta que el agua de la orilla se precipitó a mi encuentro. El agua fría se estrelló contra mí y contuve la respiración, pero dejé que el agua salada cubriera mis pies.
La sonrisa de mi madre mientras me hablaba de la vez que jugó en el océano destelló en mi memoria y alcé la cabeza hacia el cielo y sonreí. Estaba finalmente aquí. Estaba aquí por ambas.
Un sonido desde la izquierda interrumpió mis pensamientos. Me giré para mirar hacia abajo, a la playa, justo cuando la luz de la luna se libraba de las nubes y
Pedro destacaba en la oscuridad. Corriendo.
miércoles, 27 de noviembre de 2013
CAPITULO 10
El sol era excepcionalmente caliente. Elena no quería que me recogiera el pelo en una coleta. Parecía pensar que a los hombres les gustaba suelto. Desafortunadamente para mí, estaba locamente caluroso hoy.
Me aproximé al congelador por un cubito de hielo y lo froté por mi cuello hacia abajo, permitiendo que se deslizara hacia mi camiseta. Estaba casi en el decimoquinto hoyo por tercera vez hoy.
Esta mañana nadie había estado despierto cuando salí de mi habitación. Los platos vacíos se habían quedado sobre la barra. Lo había limpiado y tiré la comida de la cacerola que él había dejado fuera toda la noche. Me entristeció verla
desperdiciada. Había olido tan bien anoche cuando llegué a casa.
Luego tiré la botella vacía de vino y encontré las copas fuera sobre la mesa, junto al lugar en donde había visto a Pedro con la mujer desconocida.
Después de poner los platos sucios en el lavavajillas, había abierto y limpiado las encimeras y gabinetes.
Dudaba que Pedro se diera cuenta, pero me hacía sentir mejor sobre dormir allí gratis. Me detuve junto a un grupo de golfistas en el hoyo quince. Eran un montón de hombres más jóvenes. Les había visto cuando estaban en el tercer hoyo.
Compraron todas las bebidas y fueron realmente generosos con las propinas. Así que soporté su coqueteo. No era como si uno de ellos realmente le fuera a pedir una cita a la chica del carro del campo de golf. No era una idiota.
—Allí está ella —gritó uno de los tipos mientras me ponía junto a ellos y sonreía.
—Ah, mi chica favorita ha vuelto. Hace más calor que en el infierno, chica.
Necesito una cerveza. Quizás dos.
Aparqué el carro y salí para rodearlo hasta la parte trasera y tomar su pedido.
—¿Quieres otra Martin? —le pregunté orgullosa por recordar su último pedido.
—Sí, nena. —Me guiñó un ojo y cerró la distancia que había entre nosotros haciéndome sentir un poco incómoda.
—Oye, yo quiero algo también, Jose. Apártate de las mercancías —dijo otro tipo y yo mantuve una sonrisa en mi cara mientras le entregaba su cerveza y él me tendía un billete de veinte dólares—. Quédate con el cambio.
—Gracias —respondí metiendo el dinero en mi bolsillo. Miré a los otros tipos—. ¿Quién es el siguiente?
—Yo —dijo un tipo con rizado cabello rubio corto y hermosos ojos azules agitando un billete.
—Quieres una Corona, ¿verdad? —pregunté acercándome al congelador y sacando la bebida que había pedido la última vez.
—Creo que me he enamorado. Es preciosa y recuerda qué cerveza bebo.Luego abre la maldita cosa para mí. —Me di cuenta de que me estaba tomando el pelo mientras me ponía un billete en la mano y recogía la cerveza—. El cambio es tuyo, preciosa.
Descubrí que era de cincuenta mientras lo metía en mi bolsillo. A estos chicos realmente no les importaba ir tirando el dinero por ahí. Esa era una propina ridícula. Me sentí como si debiera decirles que no me dieran tanto, pero decidí no hacerlo. Probablemente daban propinas como estas todo el tiempo.
—¿Cuál es tu nombre? —preguntó uno y me volví para ver al tipo con el cabello oscuro y la tez olivácea esperando para darme su pedido y escuchar mi respuesta.
—Paula—respondí, acercándome al congelador por la lujosa cerveza que él había pedido. Abrí la tapa y se la tendí.
—¿Tienes novio, Paula? —preguntó, cogiendo la bebida de mi mano mientras frotaba un dedo a lo largo de un lateral de mi mano en una caricia.
—Umm, no —respondí, poco segura de sí lo mejor hubiera sido mentir en ésta situación.
El tipo dio un paso hacia mí y extendió su mano con el pago y la propina dentro de ella. —Soy Antonio—respondió.
—Esto, uh, encantada de conocerte, Antonio—tartamudeé en respuesta. La intensa mirada de sus ojos oscuros me estaba poniendo nerviosa. Podía ser peligroso y apestaba a colonia cara. Expertamente educado. Era una de esas
personas guapas y él lo sabía. ¿Qué hacía coqueteando conmigo?
—No es justo, Antonio. Retrocede, hermano. Vas por todas con esta. Sólo porque tu papá es el dueño no significa que tengas prioridad. —El rubio con rizos bromeó. Creo que estaba bromeando.
Antonio ignoró a su amigo y mantuvo su atención en mí. —¿A qué hora sales de trabajar?
Oh, no. Si entendí correctamente, entonces el padre de Antonio era mi jefe.
No necesitaba estar pasando tiempo con el hijo del propietario. Eso sería una cosa muy mala.
—Trabajo hasta el cierre —expliqué y entregué la última de las cuatro cervezas y tomé su dinero.
—¿Por qué no dejas que te recoja y te lleve por algo de comer? —dijo Antonio, de pie muy cerca de mí. Si me giraba él estaría a solo una respiración de distancia.
—Hace calor y ya estoy agotada. Todo lo que quiero hacer es darme una ducha y descansar.
Una cálida respiración cosquilleó contra mi oído y me estremecí mientras gotas de sudor rodaban por mi espalda.
—¿Estás asustada de mí? No lo estés. Soy inofensivo.
No me sentía segura de qué hacer con él. No era buena con la cosa del coqueteo y estaba bastante segura de que él era un experto en eso. Nadie había coqueteado conmigo en años. Una vez que rompí con Facundo, mis días habían sido
consumidos con la escuela y luego mi madre. No tenía tiempo para nada más. Los chicos no se tomaban la molestia conmigo.
—No me das miedo. Es solo que no estoy acostumbrada a éste tipo de cosas
—contesté educadamente. No sabía cómo responder apropiadamente.
—¿Qué tipo de cosas? —preguntó con curiosidad. Finalmente me volví para mirarle de frente.
—Chicos. Y coquetear. Al menos eso es lo que creo que está pasando. —
Soné como una idiota. La sonrisa que lentamente se fue extendiendo por el rostro de Antonio hizo que quisiera arrastrarme debajo del carro de golf y esconderme.
Estaba fuera de mi liga.
—Sí, esto es definitivamente coquetear. ¿Y cómo es que alguien tan jodida e increíblemente linda como tú no está acostumbrada a esta clase de cosas?
Me tensé ante sus palabras y sacudí la cabeza. Tenía que llegar al decimosexto hoyo. —Simplemente he estado ocupada los últimos años. Si, umm,
no necesitan nada debo irme. Los golfistas del hoyo dieciséis probablemente estén enfadados conmigo ahora.
Antonio asintió con la cabeza y se apartó un paso. —No he terminado contigo. Ni por asomo. Pero te dejaré volver al trabajo.
Me apresuré a volver al lado del conductor del carro y me subí. El del siguiente hoyo era un grupo de hombres cansados y enrojecidos. Nunca en mi vida había deseado ser mirada lujuriosamente por tipos viejos, pero al menos ellos no coqueteaban.
El sol era excepcionalmente caliente. Elena no quería que me recogiera el pelo en una coleta. Parecía pensar que a los hombres les gustaba suelto. Desafortunadamente para mí, estaba locamente caluroso hoy.
Me aproximé al congelador por un cubito de hielo y lo froté por mi cuello hacia abajo, permitiendo que se deslizara hacia mi camiseta. Estaba casi en el decimoquinto hoyo por tercera vez hoy.
Esta mañana nadie había estado despierto cuando salí de mi habitación. Los platos vacíos se habían quedado sobre la barra. Lo había limpiado y tiré la comida de la cacerola que él había dejado fuera toda la noche. Me entristeció verla
desperdiciada. Había olido tan bien anoche cuando llegué a casa.
Luego tiré la botella vacía de vino y encontré las copas fuera sobre la mesa, junto al lugar en donde había visto a Pedro con la mujer desconocida.
Después de poner los platos sucios en el lavavajillas, había abierto y limpiado las encimeras y gabinetes.
Dudaba que Pedro se diera cuenta, pero me hacía sentir mejor sobre dormir allí gratis. Me detuve junto a un grupo de golfistas en el hoyo quince. Eran un montón de hombres más jóvenes. Les había visto cuando estaban en el tercer hoyo.
Compraron todas las bebidas y fueron realmente generosos con las propinas. Así que soporté su coqueteo. No era como si uno de ellos realmente le fuera a pedir una cita a la chica del carro del campo de golf. No era una idiota.
—Allí está ella —gritó uno de los tipos mientras me ponía junto a ellos y sonreía.
—Ah, mi chica favorita ha vuelto. Hace más calor que en el infierno, chica.
Necesito una cerveza. Quizás dos.
Aparqué el carro y salí para rodearlo hasta la parte trasera y tomar su pedido.
—¿Quieres otra Martin? —le pregunté orgullosa por recordar su último pedido.
—Sí, nena. —Me guiñó un ojo y cerró la distancia que había entre nosotros haciéndome sentir un poco incómoda.
—Oye, yo quiero algo también, Jose. Apártate de las mercancías —dijo otro tipo y yo mantuve una sonrisa en mi cara mientras le entregaba su cerveza y él me tendía un billete de veinte dólares—. Quédate con el cambio.
—Gracias —respondí metiendo el dinero en mi bolsillo. Miré a los otros tipos—. ¿Quién es el siguiente?
—Yo —dijo un tipo con rizado cabello rubio corto y hermosos ojos azules agitando un billete.
—Quieres una Corona, ¿verdad? —pregunté acercándome al congelador y sacando la bebida que había pedido la última vez.
—Creo que me he enamorado. Es preciosa y recuerda qué cerveza bebo.Luego abre la maldita cosa para mí. —Me di cuenta de que me estaba tomando el pelo mientras me ponía un billete en la mano y recogía la cerveza—. El cambio es tuyo, preciosa.
Descubrí que era de cincuenta mientras lo metía en mi bolsillo. A estos chicos realmente no les importaba ir tirando el dinero por ahí. Esa era una propina ridícula. Me sentí como si debiera decirles que no me dieran tanto, pero decidí no hacerlo. Probablemente daban propinas como estas todo el tiempo.
—¿Cuál es tu nombre? —preguntó uno y me volví para ver al tipo con el cabello oscuro y la tez olivácea esperando para darme su pedido y escuchar mi respuesta.
—Paula—respondí, acercándome al congelador por la lujosa cerveza que él había pedido. Abrí la tapa y se la tendí.
—¿Tienes novio, Paula? —preguntó, cogiendo la bebida de mi mano mientras frotaba un dedo a lo largo de un lateral de mi mano en una caricia.
—Umm, no —respondí, poco segura de sí lo mejor hubiera sido mentir en ésta situación.
El tipo dio un paso hacia mí y extendió su mano con el pago y la propina dentro de ella. —Soy Antonio—respondió.
—Esto, uh, encantada de conocerte, Antonio—tartamudeé en respuesta. La intensa mirada de sus ojos oscuros me estaba poniendo nerviosa. Podía ser peligroso y apestaba a colonia cara. Expertamente educado. Era una de esas
personas guapas y él lo sabía. ¿Qué hacía coqueteando conmigo?
—No es justo, Antonio. Retrocede, hermano. Vas por todas con esta. Sólo porque tu papá es el dueño no significa que tengas prioridad. —El rubio con rizos bromeó. Creo que estaba bromeando.
Antonio ignoró a su amigo y mantuvo su atención en mí. —¿A qué hora sales de trabajar?
Oh, no. Si entendí correctamente, entonces el padre de Antonio era mi jefe.
No necesitaba estar pasando tiempo con el hijo del propietario. Eso sería una cosa muy mala.
—Trabajo hasta el cierre —expliqué y entregué la última de las cuatro cervezas y tomé su dinero.
—¿Por qué no dejas que te recoja y te lleve por algo de comer? —dijo Antonio, de pie muy cerca de mí. Si me giraba él estaría a solo una respiración de distancia.
—Hace calor y ya estoy agotada. Todo lo que quiero hacer es darme una ducha y descansar.
Una cálida respiración cosquilleó contra mi oído y me estremecí mientras gotas de sudor rodaban por mi espalda.
—¿Estás asustada de mí? No lo estés. Soy inofensivo.
No me sentía segura de qué hacer con él. No era buena con la cosa del coqueteo y estaba bastante segura de que él era un experto en eso. Nadie había coqueteado conmigo en años. Una vez que rompí con Facundo, mis días habían sido
consumidos con la escuela y luego mi madre. No tenía tiempo para nada más. Los chicos no se tomaban la molestia conmigo.
—No me das miedo. Es solo que no estoy acostumbrada a éste tipo de cosas
—contesté educadamente. No sabía cómo responder apropiadamente.
—¿Qué tipo de cosas? —preguntó con curiosidad. Finalmente me volví para mirarle de frente.
—Chicos. Y coquetear. Al menos eso es lo que creo que está pasando. —
Soné como una idiota. La sonrisa que lentamente se fue extendiendo por el rostro de Antonio hizo que quisiera arrastrarme debajo del carro de golf y esconderme.
Estaba fuera de mi liga.
—Sí, esto es definitivamente coquetear. ¿Y cómo es que alguien tan jodida e increíblemente linda como tú no está acostumbrada a esta clase de cosas?
Me tensé ante sus palabras y sacudí la cabeza. Tenía que llegar al decimosexto hoyo. —Simplemente he estado ocupada los últimos años. Si, umm,
no necesitan nada debo irme. Los golfistas del hoyo dieciséis probablemente estén enfadados conmigo ahora.
Antonio asintió con la cabeza y se apartó un paso. —No he terminado contigo. Ni por asomo. Pero te dejaré volver al trabajo.
Me apresuré a volver al lado del conductor del carro y me subí. El del siguiente hoyo era un grupo de hombres cansados y enrojecidos. Nunca en mi vida había deseado ser mirada lujuriosamente por tipos viejos, pero al menos ellos no coqueteaban.
CAPITULO 9
Dos horas más tarde, me detuve en los dieciocho hoyos del campo de golf dos veces y vendí todas las bebidas. Los golfistas querían preguntarme si yo era nueva y comentar que mi servicio era excelente. Yo no era una idiota. Vi la forma en que los hombres mayores me miraban de reojo. Afortunadamente, todos parecían cuidadosos de no cruzar ninguna línea.
La señora que me había contratado finalmente me dijo su nombre cuando volví a llenar el carrito de provisiones. Ella era Elena. Estaba a cargo de la contratación del personal. También era un torbellino. Me dijo que yo debía regresar en cuatro horas o cuando se me acabaran las bebidas, lo que ocurriera primero. Me había quedado sin bebidas en dos horas.
Entré en la oficina y Elena sacó la cabeza de una de las habitaciones. —¿Has vuelto ya? —preguntó, caminando con las manos en las caderas.
—Sí, señora. Me quedé sin bebidas.Sus cejas se alzaron. —¿Todas? Asentí. —Sí. Todas.
Una sonrisa cruzó su rostro severo y soltó una carcajada. —Bueno, seré condenada. Yo sabía que les gustarías, pero esos hombres estarían dispuestos a comprar lo que sea que tengas sólo para que te quedes más tiempo.
No estaba segura de si ese fuera el caso. Hacía calor ahí fuera. Cada vez que me detenía en un hoyo, los golfistas parecían aliviados.
—Vamos, te mostraré dónde reponer. Tendrás que seguir sirviendo hasta que el sol se ponga. Luego regresa aquí y completaremos la documentación.
Era de noche cuando llegué a casa de Pedro. Había estado fuera todo el día.
Los coches adicionales en el camino de entrada se habían ido. El garaje para tres coches estaba cerrado y un convertible rojo se encontraba estacionado fuera de él.
Me aseguré de aparcar mi coche fuera del camino. Pedro podría haber traído a más amigos y no quería que mi camión fuera un problema. Estaba agotada. Sólo quería
ir a la cama.
Me detuve en la puerta y me pregunté si debía llamar o sólo entrar. Pedro había dicho que podía quedarme aquí por un mes. Seguramente eso significaba que no tenía que llamar cada vez que volvía.
Giré el pomo y entré. La entrada se encontraba vacía y sorprendentemente limpia. Alguien ya había limpiado el lío de aquí. El suelo de mármol aún se veía brillante. Oí la televisión viniendo desde la sala de estar grande. No había mucho
más ruidos. Me dirigí a la cocina. Tenía una cama esperando por mí. Realmente me gustaría una ducha, pero todavía no había hablado con Pedro acerca de la ducha que se suponía que yo debía utilizar y no quería molestarlo esta noche. Mañana sólo me escabulliría y utilizaría la misma que había utilizado esta mañana cuando me desperté.
El olor a ajo y queso invadió mi nariz cuando entré a la cocina. Mi estómago gruñó en respuesta. Tenía un paquete de galletas de mantequilla de maní en mi bolso y una botella pequeña leche que compré en una estación de servicio en mi camino a casa. Había hecho algo de dinero hoy en propinas, pero no podía desperdiciar mi dinero en comida. Necesitaba ahorrar todo lo que pudiera.
Había una olla tapada en el horno y una botella de vino abierta sobre el mostrador. Dos platos con los restos de una pasta tentadora también estaban en el mostrador. Pedro tenía compañía.
Un gemido vino desde fuera seguido por un ruido fuerte.
Me acerqué a la ventana, pero tan pronto como la luna golpeó el trasero desnudo de Pedro me quedé helada. Era un trasero desnudo muy lindo. Uno muy, muy lindo. Aunque yo no había visto el trasero desnudo de un hombre antes. Dejé que mis ojos viajaran hasta su espalda y los tatuajes que la cubrían me sorprendieron. No podía decir qué eran exactamente. La luz de la luna no era suficiente y él se estaba moviendo. Sus caderas se movían adelante y atrás y me di cuenta de las dos piernas largas que se presionaban a los costados. El ruidoso gemido llegó de nuevo cuando se movió más rápido. Me tapé la boca y di un paso atrás. Pedro estaba teniendo sexo. Afuera. En su pórtico. No podía apartar mi mirada. Sus manos agarraron las piernas a cada lado de él y empujó para abrirlas aún más. Un fuerte grito me hizo saltar. Dos manos rodearon su espalda y largas uñas se clavaron en los tatuajes que cubrían la piel bronceada.
No debería estar viendo esto. Sacudiendo la cabeza para despejarme, me di vuelta y corrí hacia la despensa y me escondí en mi habitación. No podía pensar en Pedro de esa manera. Él era lo suficientemente sexy. Verlo tener sexo hizo que mi corazón hiciera cosas graciosas. No era como si yo quisiera ser una de esas chicas con las que tenía sexo y luego las dejaba. Ver su cuerpo de esa manera y oír cómo
la hacía sentir a esa chica me puso un poco celosa. Yo nunca había sabido eso.
Tenía diecinueve años y todavía era una virgen triste. Facundo me había dicho que me amaba, pero cuando más lo necesité, él quiso una novia con la que podría
escaparse y tener sexo sin tener que preocuparse de su madre enferma. Él quería una adolescencia normal. Yo impedía eso, así que lo dejé ir.
Cuando me marché ayer por la mañana para venir aquí me había rogado que me quedara. Había afirmado que me amaba. Que nunca me había superado.
Que todas las chicas con las que alguna vez había estado eran sólo una pobre sustituta. No podía creer todo eso. Había llorado por dormir sola y asustada demasiadas noches. Necesité a alguien que me abrazara. Él no había estado allí entonces. Él no entendía el amor.
Cerré la puerta de mi dormitorio y me desplomé sobre la cama. Ni siquiera tiré de las sábanas. Necesitaba dormir. Tenía que estar en el trabajo a las nueve de la mañana. Sonreí para mí misma porque me sentía agradecida. Tenía una cama y un trabajo.
lunes, 25 de noviembre de 2013
CAPITULO 8
Había una nota pegada debajo del limpiaparabrisas de mi
camioneta. La saqué y leí:
«El tanque está lleno. Federico.»
¿Federico me consiguió gasolina? Mi pecho se sintió
repentinamente caliente. Eso fue muy amable de su parte. La palabra de Pedro "vividor" sonó en mis oídos y me di cuenta de que tendría que devolvérselo a Federico a la mayor brevedad posible. No quería ser considerada una vividora como mi padre.
Entrando en el camión, lo manipulé con facilidad y salí de la calzada. Varios coches se encontraban todavía afuera, aunque no tantos como anoche. Me preguntaba quiénes pasaron la noche. ¿Estarían siempre aquí? Yo no había visto a nadie esta mañana, salvo Pedro y la chica que él corrió.
Pedro no era una persona muy agradable, pero era justo. Tenía que aceptar eso. También era sexy como el infierno. Sólo tenía que aprender a pasarlo por alto.
Debería ser bastante fácil. No esperaba que Pedro estuviera muy a menudo a mí alrededor. Parece que no le gusta mucho estar cerca de mí.
Decidí que conseguiría un trabajo en Rosemary para ahorrar en el gas.
Entonces podría mudarme de la casa de Pedro más rápido. Había encontrado un periódico local y dibujé un círculo sobre varios trabajos diferentes. Dos de ellos eran trabajos de camarera en restaurantes locales y me detuve a entregar mi solicitud. Tenía la sensación de que obtendría una llamada de uno o ambos, pero no estaba segura de que quería trabajar en cualquiera de los dos. Aunque lo haría
si fuera lo único disponible. Sólo que las propinas no parecían ser buenas y con un trabajo como ese las necesitas. También visité la farmacia local para solicitar el
puesto de cajera, pero ya lo habían llenado. Luego fui a la oficina del pediatra local para solicitar el trabajo de recepcionista, pero querían experiencia y yo no tenía.
Había un último trabajo que marqué y lo había aplazado porque calculé que
sería un trabajo más difícil de conseguir, mesera en el club de campo local.
Pagaban más de siete dólares la hora, más las propinas sería mucho mejor. Podría estar por mi cuenta incluso antes del mes. Además, había beneficios. El seguro médico sería genial.
El anuncio decía que había que ir a las oficinas principales detrás de la casa club de golf para aplicar. Seguí las instrucciones y estacioné mi camioneta junto a un lujoso Volvo. Ajusté el espejo retrovisor para ver mi cara. Compré un pequeño tubo de rímel mientras me encontraba en la farmacia. Sólo un poco de rímel ayudó a que mi rostro pareciera más mayor. Pasé una mano por mi pelo rubio pálido y dije una breve oración para poder conseguir este trabajo.
Me había quitado mis pantalones cortos y camiseta sin mangas cuando había ido a buscar mi bolso. Me imaginé que un vestido era más probable que me ayudara a conseguir un trabajo. Pedro dijo que parecía a una niña. Yo quería parecer mayor. El rímel y el vestido parecían ayudar.
No me molesté en cerrar la camioneta. No había peligro de ser robada aquí.
No cuando la mayoría de los coches aparcados cerca costaban más de sesenta mil dólares. Los pasos hasta la puerta de la oficina eran pocos. Tomando un último aliento profundo, abrí la puerta y entré.
Una mujer menuda con un cabello castaño corto y unas gafas de montura metálica caminaba por la sala de recepción cuando entré. Me echó un vistazo mientras se dirigía a una de las oficinas, pero se detuvo en seco cuando me vio. Le dio un rápido vistazo al resto de mí y luego asintió con la cabeza en mi dirección.
—¿Estás aquí por el trabajo? —preguntó imperativamente.
Asentí con la cabeza. —Sí, señora. Estoy aquí para el puesto de mesera.
Me dio una sonrisa tensa. —Bien. Eres atractiva. Los miembros pasarán por alto los errores con una cara así. ¿Puedes conducir un carrito de golf y puedes abrir
una botella de cerveza con un abrebotellas? Asentí.
—Estás contratada. Necesito a alguien en el puesto ahora mismo. Sígueme, vamos a cambiarte el uniforme.
No discutí. Cuando se dio la vuelta y comenzó a caminar hacia otra habitación, seguí detrás de ella. Era una mujer con un objetivo. Abrió la puerta y entró.
—¿Usas un tamaño de 3 en pantalones cortos? Tu camisa será más pequeña que tu talla. A los hombres les encantará eso, sin embargo. Les gustan los pechos grandes. Vamos a ver... —Ella hablaba de mis senos. Eso era raro. Agarró un par de pantalones cortos blancos de la rejilla y me los alcanzó. Luego tomó una camisa polo azul claro del estante y me la paso—. Esa es una talla chica. Tiene que ser
ajustado. Somos un establecimiento con clase aquí, pero a nuestros hombres les gusta tener una buena vista. Por lo tanto, les ofrecemos un par de pantalones cortos blancos y polos apretados. No te preocupes por el papeleo. Te haré llenarlo todo después del trabajo. Haz esto por una semana y hazlo bien y veremos si pasar al puesto en el comedor. Estamos cortos de personal allí también. Rostros como el
tuyo no son fáciles de encontrar. Ahora, cámbiate y esperaré para darte el carrito de las bebidas.
Había una nota pegada debajo del limpiaparabrisas de mi
camioneta. La saqué y leí:
«El tanque está lleno. Federico.»
¿Federico me consiguió gasolina? Mi pecho se sintió
repentinamente caliente. Eso fue muy amable de su parte. La palabra de Pedro "vividor" sonó en mis oídos y me di cuenta de que tendría que devolvérselo a Federico a la mayor brevedad posible. No quería ser considerada una vividora como mi padre.
Entrando en el camión, lo manipulé con facilidad y salí de la calzada. Varios coches se encontraban todavía afuera, aunque no tantos como anoche. Me preguntaba quiénes pasaron la noche. ¿Estarían siempre aquí? Yo no había visto a nadie esta mañana, salvo Pedro y la chica que él corrió.
Pedro no era una persona muy agradable, pero era justo. Tenía que aceptar eso. También era sexy como el infierno. Sólo tenía que aprender a pasarlo por alto.
Debería ser bastante fácil. No esperaba que Pedro estuviera muy a menudo a mí alrededor. Parece que no le gusta mucho estar cerca de mí.
Decidí que conseguiría un trabajo en Rosemary para ahorrar en el gas.
Entonces podría mudarme de la casa de Pedro más rápido. Había encontrado un periódico local y dibujé un círculo sobre varios trabajos diferentes. Dos de ellos eran trabajos de camarera en restaurantes locales y me detuve a entregar mi solicitud. Tenía la sensación de que obtendría una llamada de uno o ambos, pero no estaba segura de que quería trabajar en cualquiera de los dos. Aunque lo haría
si fuera lo único disponible. Sólo que las propinas no parecían ser buenas y con un trabajo como ese las necesitas. También visité la farmacia local para solicitar el
puesto de cajera, pero ya lo habían llenado. Luego fui a la oficina del pediatra local para solicitar el trabajo de recepcionista, pero querían experiencia y yo no tenía.
Había un último trabajo que marqué y lo había aplazado porque calculé que
sería un trabajo más difícil de conseguir, mesera en el club de campo local.
Pagaban más de siete dólares la hora, más las propinas sería mucho mejor. Podría estar por mi cuenta incluso antes del mes. Además, había beneficios. El seguro médico sería genial.
El anuncio decía que había que ir a las oficinas principales detrás de la casa club de golf para aplicar. Seguí las instrucciones y estacioné mi camioneta junto a un lujoso Volvo. Ajusté el espejo retrovisor para ver mi cara. Compré un pequeño tubo de rímel mientras me encontraba en la farmacia. Sólo un poco de rímel ayudó a que mi rostro pareciera más mayor. Pasé una mano por mi pelo rubio pálido y dije una breve oración para poder conseguir este trabajo.
Me había quitado mis pantalones cortos y camiseta sin mangas cuando había ido a buscar mi bolso. Me imaginé que un vestido era más probable que me ayudara a conseguir un trabajo. Pedro dijo que parecía a una niña. Yo quería parecer mayor. El rímel y el vestido parecían ayudar.
No me molesté en cerrar la camioneta. No había peligro de ser robada aquí.
No cuando la mayoría de los coches aparcados cerca costaban más de sesenta mil dólares. Los pasos hasta la puerta de la oficina eran pocos. Tomando un último aliento profundo, abrí la puerta y entré.
Una mujer menuda con un cabello castaño corto y unas gafas de montura metálica caminaba por la sala de recepción cuando entré. Me echó un vistazo mientras se dirigía a una de las oficinas, pero se detuvo en seco cuando me vio. Le dio un rápido vistazo al resto de mí y luego asintió con la cabeza en mi dirección.
—¿Estás aquí por el trabajo? —preguntó imperativamente.
Asentí con la cabeza. —Sí, señora. Estoy aquí para el puesto de mesera.
Me dio una sonrisa tensa. —Bien. Eres atractiva. Los miembros pasarán por alto los errores con una cara así. ¿Puedes conducir un carrito de golf y puedes abrir
una botella de cerveza con un abrebotellas? Asentí.
—Estás contratada. Necesito a alguien en el puesto ahora mismo. Sígueme, vamos a cambiarte el uniforme.
No discutí. Cuando se dio la vuelta y comenzó a caminar hacia otra habitación, seguí detrás de ella. Era una mujer con un objetivo. Abrió la puerta y entró.
—¿Usas un tamaño de 3 en pantalones cortos? Tu camisa será más pequeña que tu talla. A los hombres les encantará eso, sin embargo. Les gustan los pechos grandes. Vamos a ver... —Ella hablaba de mis senos. Eso era raro. Agarró un par de pantalones cortos blancos de la rejilla y me los alcanzó. Luego tomó una camisa polo azul claro del estante y me la paso—. Esa es una talla chica. Tiene que ser
ajustado. Somos un establecimiento con clase aquí, pero a nuestros hombres les gusta tener una buena vista. Por lo tanto, les ofrecemos un par de pantalones cortos blancos y polos apretados. No te preocupes por el papeleo. Te haré llenarlo todo después del trabajo. Haz esto por una semana y hazlo bien y veremos si pasar al puesto en el comedor. Estamos cortos de personal allí también. Rostros como el
tuyo no son fáciles de encontrar. Ahora, cámbiate y esperaré para darte el carrito de las bebidas.
CAPITULO 7
Oh, mierda. Aquí va. Una noche era todo lo que iba a tener.
—Está bien —le contesté.
Pedro frunció el ceño y sentí el aumento de mi frecuencia cardíaca. Él no parecía dispuesto a darme una buena noticia.
—No me gusta tu padre. Es un vividor. Mi madre siempre tiende a encontrar hombres así. Es su talento. Pero creo que tú ya sabes eso acerca de él. Lo que se me hace curioso, ¿por qué has venido a él en busca de ayuda si sabías lo que era?
Me gustaría decirle que no era de su incumbencia. Salvo que el hecho de que necesitaba su ayuda lo convertía en su incumbencia. No podía esperar que me dejara dormir en su casa sin explicarle las cosas. Se merecía saber por qué me
estaba ayudando. No quería que pensara que yo también era una vividora.
—Mi madre acaba de morir. Ella tenía cáncer. Tres años de pena y tratamientos. Lo único que poseía era la casa que mi abuela nos dejó. Tuve que venderla y todo lo demás para pagar los gastos médicos de mi madre. No he visto a mi padre desde que nos abandonó hace cinco años. Pero es la única familia que me queda. No tenía a nadie a quien pedirle ayuda. Necesito un lugar donde quedarme hasta que pueda encontrar un trabajo y obtener unas cuantas monedas.
Entonces podré rentar mi propio lugar. Nunca tuve la intención de quedarme mucho. Sé que mi papá no me quiere aquí. —Dejé escapar una risa fuerte que yo
no sentía—. Aunque nunca me esperaba que saliera corriendo antes de que llegara.
La mirada firme de Pedro seguía dirigida hacia mí. Aquella era una información que hubiera preferido que nadie supiera. Solía hablar con Facundo acerca el daño que me hacía el abandono de mi padre. La pérdida de mi hermana y mi padre fue muy dura para mi madre y para mí. Entonces, Facundo había necesitado más y yo no había podido ser lo que él quería. Tenía una madre enferma que cuidar. Tenía que dejar ir a Facundo para que pudiera salir con otras chicas y divertirse. Yo era sólo un peso alrededor de su cuello. Nuestra amistad se había mantenido intacta, pero descubrí que el chico que una vez pensé que había amado
fue sólo una emoción infantil.
—Lamento lo de tu mamá —respondió Pedro finalmente—. Eso tiene que ser duro. Dijiste que estuvo enferma por tres años. Así que, ¿fue desde que tenías dieciséis?
Asentí, sin saber qué más decir. Yo no quería su compasión. Sólo un lugar para dormir.
—Estás pensando en conseguir un trabajo y un lugar propio. —No era una pregunta. Procesaba lo que yo le había dicho. Así que no respondí—. El cuarto en
las escaleras es tuyo por un mes. Debes ser capaz de encontrar un trabajo y conseguir el dinero suficiente para un apartamento. Destin no está demasiado lejos de aquí y el costo de vida es más accesible allí. Si nuestros padres regresan antes de ese tiempo, espero que tu padre sea capaz de ayudarte.
Deje escapar un suspiro de alivio, tragué el nudo que tenía en la garganta.
—Gracias.
Pedro volvió a mirar a la despensa que llevaba a la habitación en la que dormía. Luego me miró otra vez. —Tengo algunas cosas que hacer. Buena suerte en la búsqueda de empleo —dijo. Él se empujó fuera de la mesa y se fue.
No tenía combustible en mi camioneta, pero tenía una cama. También tenía veinte dólares. Corrí a mi habitación para tomar mi bolso y las llaves. Necesitaba encontrar un trabajo lo más rápido posible.
Oh, mierda. Aquí va. Una noche era todo lo que iba a tener.
—Está bien —le contesté.
Pedro frunció el ceño y sentí el aumento de mi frecuencia cardíaca. Él no parecía dispuesto a darme una buena noticia.
—No me gusta tu padre. Es un vividor. Mi madre siempre tiende a encontrar hombres así. Es su talento. Pero creo que tú ya sabes eso acerca de él. Lo que se me hace curioso, ¿por qué has venido a él en busca de ayuda si sabías lo que era?
Me gustaría decirle que no era de su incumbencia. Salvo que el hecho de que necesitaba su ayuda lo convertía en su incumbencia. No podía esperar que me dejara dormir en su casa sin explicarle las cosas. Se merecía saber por qué me
estaba ayudando. No quería que pensara que yo también era una vividora.
—Mi madre acaba de morir. Ella tenía cáncer. Tres años de pena y tratamientos. Lo único que poseía era la casa que mi abuela nos dejó. Tuve que venderla y todo lo demás para pagar los gastos médicos de mi madre. No he visto a mi padre desde que nos abandonó hace cinco años. Pero es la única familia que me queda. No tenía a nadie a quien pedirle ayuda. Necesito un lugar donde quedarme hasta que pueda encontrar un trabajo y obtener unas cuantas monedas.
Entonces podré rentar mi propio lugar. Nunca tuve la intención de quedarme mucho. Sé que mi papá no me quiere aquí. —Dejé escapar una risa fuerte que yo
no sentía—. Aunque nunca me esperaba que saliera corriendo antes de que llegara.
La mirada firme de Pedro seguía dirigida hacia mí. Aquella era una información que hubiera preferido que nadie supiera. Solía hablar con Facundo acerca el daño que me hacía el abandono de mi padre. La pérdida de mi hermana y mi padre fue muy dura para mi madre y para mí. Entonces, Facundo había necesitado más y yo no había podido ser lo que él quería. Tenía una madre enferma que cuidar. Tenía que dejar ir a Facundo para que pudiera salir con otras chicas y divertirse. Yo era sólo un peso alrededor de su cuello. Nuestra amistad se había mantenido intacta, pero descubrí que el chico que una vez pensé que había amado
fue sólo una emoción infantil.
—Lamento lo de tu mamá —respondió Pedro finalmente—. Eso tiene que ser duro. Dijiste que estuvo enferma por tres años. Así que, ¿fue desde que tenías dieciséis?
Asentí, sin saber qué más decir. Yo no quería su compasión. Sólo un lugar para dormir.
—Estás pensando en conseguir un trabajo y un lugar propio. —No era una pregunta. Procesaba lo que yo le había dicho. Así que no respondí—. El cuarto en
las escaleras es tuyo por un mes. Debes ser capaz de encontrar un trabajo y conseguir el dinero suficiente para un apartamento. Destin no está demasiado lejos de aquí y el costo de vida es más accesible allí. Si nuestros padres regresan antes de ese tiempo, espero que tu padre sea capaz de ayudarte.
Deje escapar un suspiro de alivio, tragué el nudo que tenía en la garganta.
—Gracias.
Pedro volvió a mirar a la despensa que llevaba a la habitación en la que dormía. Luego me miró otra vez. —Tengo algunas cosas que hacer. Buena suerte en la búsqueda de empleo —dijo. Él se empujó fuera de la mesa y se fue.
No tenía combustible en mi camioneta, pero tenía una cama. También tenía veinte dólares. Corrí a mi habitación para tomar mi bolso y las llaves. Necesitaba encontrar un trabajo lo más rápido posible.
CAPITULO 6
Incluso sin ventanas en la habitación para decirme si el sol estaba alto,sabía que había dormido hasta tarde. Había estado agotada, un viaje de ocho horas por la carretera y pasos en la escalera durante horas después de que ya me había establecido, no me dejaron dormir. Me estiré, me senté y alcancé el interruptor de la luz en la pared. La pequeña bombilla iluminó la habitación y metí la mano bajo la cama para sacar mi maleta.
Necesitaba una ducha y tenía que ir al baño. Tal vez todo el mundo todavía dormía y podría entrar y salir del cuarto de baño sin que nadie se diera cuenta.
Federico no me había mostrado dónde estaba anoche. Esto era todo lo que me habían ofrecido. Con suerte, una ducha rápida no estaría presionando el límite.
Agarré bragas limpias y un par de pantalones cortos de color negro con una camiseta blanca sin mangas. Si tenía suerte, entraría y saldría de la ducha, limpia,antes de Pedro hiciera su camino a la planta baja.
Abrí la puerta que conducía a la despensa y luego caminé a través de las filas de estanterías que contenían más alimentos de los que nadie podía necesitar.
Poco a poco, giré el pomo de la puerta y me alivié al abrirlo. La luz de la cocina estaba apagada y la única luz era el sol brillante que entraba por las ventanas grandes con vista al océano. Si no hubiera tenido tanta necesidad de orinar hubiera disfrutado de la vista por un momento. Pero la naturaleza me estaba llamando y tenía que ir. La casa estaba en silencio. Bebidas vacías esparcidas por el lugar, junto con restos de comida y algunas piezas de ropa.
Podría limpiar esto. Si demostraba ser útil, tal vez podía permanecer hasta conseguir un trabajo y un sueldo o dos.
Lentamente, abrí la primera puerta a la que llegué, temiendo que fuera un dormitorio. Era un closet de entrada. Lo cerré y de nuevo me dirigí por el pasillo hacia las escaleras. Si los baños sólo se adjuntaban a los dormitorios estaba jodida.
Salvo... tal vez había uno afuera, uno que la gente utilizaba después de estar en la playa todo el día. Lourdes tenía que ducharse y usar el baño también. Dando la vuelta, me dirigí a la cocina y hacia las dos puertas de cristal que habían quedado abiertas la noche anterior. Mirando a su alrededor, me di cuenta de una serie de escalones que iban hacia abajo.Los seguí.Había dos puertas. Abrí una. Chalecos salvavidas, flotadores, y tablas de surf cubrían las paredes. Me fui y abrí la otra. Bingo.
Un inodoro estaba en un lado y una pequeña ducha ocupaba hasta el otro lado de la habitación. Champú, acondicionador y jabón junto con un toallón fresco
y una toalla estaban en el pequeño taburete a su lado. Qué conveniente.
Una vez que estuve limpia y vestida colgué la toalla y la ropa de baño en la barra de la ducha. El cuarto de baño no era de uso frecuente. Podría usar la misma toalla y toallón toda la semana y luego lavarlos los fines de semana.
Como si fuera a estar allí tanto tiempo.
Cerré la puerta detrás de mí y me dirigí escalones arriba. El aire olía a mar maravilloso. Una vez que llegué a la cima, me paré en la barandilla y miré hacia el agua. Las olas se estrellaban en la playa de arena blanca. Era la cosa más hermosa que jamás había visto.
Mamá y yo habíamos hablado de ver el mar juntas algún día. Ella lo había visto de niña y sus recuerdos no eran tan claros, pero me contó las historias toda mi vida. Cada invierno cuando hacía frío, nos sentábamos en el interior junto al fuego y planeábamos nuestro viaje de verano a la playa.
Nunca fuimos capaces de hacerlo. Primero porque mi mamá no había sido capaz de pagarlo y luego porque enfermó. Todavía lo planificábamos de todos modos. Me ayudaba a soñar en grande.
Ahora, aquí estaba yo, mirando las olas que sólo habíamos soñado. No era el cuento de hadas de vacaciones que habíamos planeado, pero yo podía ver por las dos.
—Esta vista no pasa de moda. —El acento profundo de Pedro me sorprendió.
Me di la vuelta para verlo apoyado contra la puerta abierta. Sin camisa. Oh. Dios.
No podría formar palabras. El único pecho masculino desnudo que había visto en mi vida era el de Facundo. Y eso fue antes de que mi mamá se enfermara, cuando yo había tenido tiempo para tener citas y diversión. El pecho de Facundo, con dieciséis años de edad, no tenía músculos grandes. Él tenía un lavadero en el estómago.
—¿Estás disfrutando de la vista? —Su tono divertido no se me escapó.
Parpadeé y levanté la mirada para ver la sonrisa en sus labios.
Diablos. Notó que me lo comía con los ojos.
—No dejes que te interrumpa. También yo lo estaba disfrutando —respondió, y luego tomó un sorbo de la taza de café en su mano.
Mi rostro se calentó y yo sabía que tenía tres tipos de rojo. Volviendo a mí alrededor, miré hacia el océano. Qué vergüenza. Yo quería que este tipo me dejara quedarme un poco de tiempo. Babear no era la mejor jugada.
Una risita detrás de mí sólo empeoró las cosas. Se estaba riendo de mí.Fantástico.
—Ahí estás. Te he extrañado en la cama esta mañana. —Un suave arrullo de una mujer salió de detrás de mí. La curiosidad pudo más que yo y me di la vuelta.
Una chica, en nada más que su sujetador y bragas, se acurrucó al lado de Pedro y pasó una larga uña de color rosa por su pecho. No podía culparla por querer tocar eso. Yo estaba bastante tentada.
—Es hora de que te vayas —le dijo él, tomando la mano de su pecho y alejándose de ella. Vi como apuntaba en la dirección de la puerta de entrada.
—¿Qué? —La expresión confusa en su rostro me dijo que no había esperado eso.
—Conseguiste lo que querías, nena. Me querías entre tus piernas. Ya lo tienes. Ahora he terminado.
La llanura fría y dura en su voz me sobresaltó. ¿Hablaba en serio?
—¡Me estás tomando el pelo! —espetó la chica y dio un pisotón.
Pedro negó con la cabeza y tomó otro trago de su taza.
—No vas a hacerme esto. Anoche fue increíble. Lo sabes. —La chica alargó su brazo y él rápidamente la sacó del camino.
—Anoche, cuando viniste a mendigar quitándote la ropa, te advertí que sólo sería una noche de sexo. Nada más.
Cambié mi atención de nuevo a la chica. Su rostro estaba contraído de rabia
y abrió la boca para protestar, pero la cerró de nuevo. Con otro pisotón volvió al interior de la casa.
Yo no podía creer lo que acababa de ver. ¿Era esa la forma en la que esta gente se comportaba? La única experiencia que había tenido en una relación había sido con Facundo. Aunque nunca dormimos juntos, él había sido cuidadoso y dulce conmigo. Esto era duro y cruel.
—Así que, ¿cómo dormiste anoche? —preguntó Pedro como si nada hubiera pasado.
Aparté mi mirada de la puerta por la que la chica había pasado y lo estudié.
¿Qué había poseído a esa chica para dormir con alguien que le había dicho que no sería nada más que sexo? Claro, él tenía un cuerpo del que los modelos de ropa interior debían tener envidia, y esos ojos podían lograr que una chica hiciera cosas locas. Pero aun así. Era tan cruel.
—¿Lo haces a menudo? —pregunté antes de que pudiera detenerme.
Pedro arqueó una ceja. —¿Qué? ¿Preguntarle a la gente si durmió bien?
Él sabía lo que estaba preguntando. Lo estaba evitando. No era asunto mío.
Tenía que permanecer fuera de su camino para que él me dejara quedarme.
Abrir la boca para regañarlo no era una buena idea.
—Tener sexo con chicas y luego tirarlas como basura —repliqué. Cerré la boca, horrorizada mientras las palabras que acababa de decir se hacían eco en mi cabeza. ¿Qué estaba haciendo? ¿Tratando de que me echen?
Pedro dejó la taza sobre la mesa a su lado y se sentó. Se echó hacia atrás estirando sus largas piernas. Entonces, me devolvió la mirada.
—¿Siempre metes la nariz donde no te incumbe? —preguntó.
Quise enojarme con él. Pero no podía. Él tenía razón. ¿Quién era yo para señalarlo con el dedo? No lo conocía.
—Normalmente no, no. Lo siento —dije, y me apresuré a entrar. No quería darle la oportunidad de echarme también. Necesitaba esa cama debajo de las escaleras por lo menos durante dos semanas.
Me puse a trabajar en recoger los vasos vacíos y botellas de cerveza. Aquel lugar necesitaba una limpieza y podía hacerlo antes de irme a buscar un trabajo.
Sólo esperaba que él no hiciera fiestas como ésta todas las noches. Si así fuera, no me podía quejar, y quién sabe, después de unas cuantas noches podría ser capaz
de dormir sobre cualquier cosa.
—No tienes que hacer eso. lourdes estará aquí mañana.
Dejé caer las botellas que había recogido en la basura y luego me volví hacia él. Estaba de pie en la puerta, mirándome.
—Sólo quería ayudar.-Pedro sonrió. —Ya tengo un ama de llaves. No estoy buscando contratar a otra si eso es lo que estás pensando.
Negué con la cabeza. —No. Ya lo sé. Sólo estaba tratando de ser útil. Tú me dejaste dormir en tu casa anoche.
Pedro se acercó y se paró frente a la barra, cruzando los brazos sobre su pecho.
—Acerca de eso. Tenemos que hablar.
Incluso sin ventanas en la habitación para decirme si el sol estaba alto,sabía que había dormido hasta tarde. Había estado agotada, un viaje de ocho horas por la carretera y pasos en la escalera durante horas después de que ya me había establecido, no me dejaron dormir. Me estiré, me senté y alcancé el interruptor de la luz en la pared. La pequeña bombilla iluminó la habitación y metí la mano bajo la cama para sacar mi maleta.
Necesitaba una ducha y tenía que ir al baño. Tal vez todo el mundo todavía dormía y podría entrar y salir del cuarto de baño sin que nadie se diera cuenta.
Federico no me había mostrado dónde estaba anoche. Esto era todo lo que me habían ofrecido. Con suerte, una ducha rápida no estaría presionando el límite.
Agarré bragas limpias y un par de pantalones cortos de color negro con una camiseta blanca sin mangas. Si tenía suerte, entraría y saldría de la ducha, limpia,antes de Pedro hiciera su camino a la planta baja.
Abrí la puerta que conducía a la despensa y luego caminé a través de las filas de estanterías que contenían más alimentos de los que nadie podía necesitar.
Poco a poco, giré el pomo de la puerta y me alivié al abrirlo. La luz de la cocina estaba apagada y la única luz era el sol brillante que entraba por las ventanas grandes con vista al océano. Si no hubiera tenido tanta necesidad de orinar hubiera disfrutado de la vista por un momento. Pero la naturaleza me estaba llamando y tenía que ir. La casa estaba en silencio. Bebidas vacías esparcidas por el lugar, junto con restos de comida y algunas piezas de ropa.
Podría limpiar esto. Si demostraba ser útil, tal vez podía permanecer hasta conseguir un trabajo y un sueldo o dos.
Lentamente, abrí la primera puerta a la que llegué, temiendo que fuera un dormitorio. Era un closet de entrada. Lo cerré y de nuevo me dirigí por el pasillo hacia las escaleras. Si los baños sólo se adjuntaban a los dormitorios estaba jodida.
Salvo... tal vez había uno afuera, uno que la gente utilizaba después de estar en la playa todo el día. Lourdes tenía que ducharse y usar el baño también. Dando la vuelta, me dirigí a la cocina y hacia las dos puertas de cristal que habían quedado abiertas la noche anterior. Mirando a su alrededor, me di cuenta de una serie de escalones que iban hacia abajo.Los seguí.Había dos puertas. Abrí una. Chalecos salvavidas, flotadores, y tablas de surf cubrían las paredes. Me fui y abrí la otra. Bingo.
Un inodoro estaba en un lado y una pequeña ducha ocupaba hasta el otro lado de la habitación. Champú, acondicionador y jabón junto con un toallón fresco
y una toalla estaban en el pequeño taburete a su lado. Qué conveniente.
Una vez que estuve limpia y vestida colgué la toalla y la ropa de baño en la barra de la ducha. El cuarto de baño no era de uso frecuente. Podría usar la misma toalla y toallón toda la semana y luego lavarlos los fines de semana.
Como si fuera a estar allí tanto tiempo.
Cerré la puerta detrás de mí y me dirigí escalones arriba. El aire olía a mar maravilloso. Una vez que llegué a la cima, me paré en la barandilla y miré hacia el agua. Las olas se estrellaban en la playa de arena blanca. Era la cosa más hermosa que jamás había visto.
Mamá y yo habíamos hablado de ver el mar juntas algún día. Ella lo había visto de niña y sus recuerdos no eran tan claros, pero me contó las historias toda mi vida. Cada invierno cuando hacía frío, nos sentábamos en el interior junto al fuego y planeábamos nuestro viaje de verano a la playa.
Nunca fuimos capaces de hacerlo. Primero porque mi mamá no había sido capaz de pagarlo y luego porque enfermó. Todavía lo planificábamos de todos modos. Me ayudaba a soñar en grande.
Ahora, aquí estaba yo, mirando las olas que sólo habíamos soñado. No era el cuento de hadas de vacaciones que habíamos planeado, pero yo podía ver por las dos.
—Esta vista no pasa de moda. —El acento profundo de Pedro me sorprendió.
Me di la vuelta para verlo apoyado contra la puerta abierta. Sin camisa. Oh. Dios.
No podría formar palabras. El único pecho masculino desnudo que había visto en mi vida era el de Facundo. Y eso fue antes de que mi mamá se enfermara, cuando yo había tenido tiempo para tener citas y diversión. El pecho de Facundo, con dieciséis años de edad, no tenía músculos grandes. Él tenía un lavadero en el estómago.
—¿Estás disfrutando de la vista? —Su tono divertido no se me escapó.
Parpadeé y levanté la mirada para ver la sonrisa en sus labios.
Diablos. Notó que me lo comía con los ojos.
—No dejes que te interrumpa. También yo lo estaba disfrutando —respondió, y luego tomó un sorbo de la taza de café en su mano.
Mi rostro se calentó y yo sabía que tenía tres tipos de rojo. Volviendo a mí alrededor, miré hacia el océano. Qué vergüenza. Yo quería que este tipo me dejara quedarme un poco de tiempo. Babear no era la mejor jugada.
Una risita detrás de mí sólo empeoró las cosas. Se estaba riendo de mí.Fantástico.
—Ahí estás. Te he extrañado en la cama esta mañana. —Un suave arrullo de una mujer salió de detrás de mí. La curiosidad pudo más que yo y me di la vuelta.
Una chica, en nada más que su sujetador y bragas, se acurrucó al lado de Pedro y pasó una larga uña de color rosa por su pecho. No podía culparla por querer tocar eso. Yo estaba bastante tentada.
—Es hora de que te vayas —le dijo él, tomando la mano de su pecho y alejándose de ella. Vi como apuntaba en la dirección de la puerta de entrada.
—¿Qué? —La expresión confusa en su rostro me dijo que no había esperado eso.
—Conseguiste lo que querías, nena. Me querías entre tus piernas. Ya lo tienes. Ahora he terminado.
La llanura fría y dura en su voz me sobresaltó. ¿Hablaba en serio?
—¡Me estás tomando el pelo! —espetó la chica y dio un pisotón.
Pedro negó con la cabeza y tomó otro trago de su taza.
—No vas a hacerme esto. Anoche fue increíble. Lo sabes. —La chica alargó su brazo y él rápidamente la sacó del camino.
—Anoche, cuando viniste a mendigar quitándote la ropa, te advertí que sólo sería una noche de sexo. Nada más.
Cambié mi atención de nuevo a la chica. Su rostro estaba contraído de rabia
y abrió la boca para protestar, pero la cerró de nuevo. Con otro pisotón volvió al interior de la casa.
Yo no podía creer lo que acababa de ver. ¿Era esa la forma en la que esta gente se comportaba? La única experiencia que había tenido en una relación había sido con Facundo. Aunque nunca dormimos juntos, él había sido cuidadoso y dulce conmigo. Esto era duro y cruel.
—Así que, ¿cómo dormiste anoche? —preguntó Pedro como si nada hubiera pasado.
Aparté mi mirada de la puerta por la que la chica había pasado y lo estudié.
¿Qué había poseído a esa chica para dormir con alguien que le había dicho que no sería nada más que sexo? Claro, él tenía un cuerpo del que los modelos de ropa interior debían tener envidia, y esos ojos podían lograr que una chica hiciera cosas locas. Pero aun así. Era tan cruel.
—¿Lo haces a menudo? —pregunté antes de que pudiera detenerme.
Pedro arqueó una ceja. —¿Qué? ¿Preguntarle a la gente si durmió bien?
Él sabía lo que estaba preguntando. Lo estaba evitando. No era asunto mío.
Tenía que permanecer fuera de su camino para que él me dejara quedarme.
Abrir la boca para regañarlo no era una buena idea.
—Tener sexo con chicas y luego tirarlas como basura —repliqué. Cerré la boca, horrorizada mientras las palabras que acababa de decir se hacían eco en mi cabeza. ¿Qué estaba haciendo? ¿Tratando de que me echen?
Pedro dejó la taza sobre la mesa a su lado y se sentó. Se echó hacia atrás estirando sus largas piernas. Entonces, me devolvió la mirada.
—¿Siempre metes la nariz donde no te incumbe? —preguntó.
Quise enojarme con él. Pero no podía. Él tenía razón. ¿Quién era yo para señalarlo con el dedo? No lo conocía.
—Normalmente no, no. Lo siento —dije, y me apresuré a entrar. No quería darle la oportunidad de echarme también. Necesitaba esa cama debajo de las escaleras por lo menos durante dos semanas.
Me puse a trabajar en recoger los vasos vacíos y botellas de cerveza. Aquel lugar necesitaba una limpieza y podía hacerlo antes de irme a buscar un trabajo.
Sólo esperaba que él no hiciera fiestas como ésta todas las noches. Si así fuera, no me podía quejar, y quién sabe, después de unas cuantas noches podría ser capaz
de dormir sobre cualquier cosa.
—No tienes que hacer eso. lourdes estará aquí mañana.
Dejé caer las botellas que había recogido en la basura y luego me volví hacia él. Estaba de pie en la puerta, mirándome.
—Sólo quería ayudar.-Pedro sonrió. —Ya tengo un ama de llaves. No estoy buscando contratar a otra si eso es lo que estás pensando.
Negué con la cabeza. —No. Ya lo sé. Sólo estaba tratando de ser útil. Tú me dejaste dormir en tu casa anoche.
Pedro se acercó y se paró frente a la barra, cruzando los brazos sobre su pecho.
—Acerca de eso. Tenemos que hablar.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)