miércoles, 4 de diciembre de 2013

CAPITULO 25







No era una fiesta descontrolada. Era sólo una veintena de personas. Pasé junto a varios de ellos en mi camino a la despensa. Un par de ellos se encontraban en la cocina preparando bebidas y les sonreí antes de entrar en la despensa y luego a mi trastienda.
Si sus amigos no sabían que dormía debajo de las escaleras, lo sabían ahora. Cambié mi uniforme y saqué un vestido azul hielo para ponerme. Mis pies dolían por caminar todo el día, así que iba descalza. Metí mi maleta de nuevo bajo las escaleras y entré en la despensa para estar cara a cara con Pedro. Estaba apoyado contra la puerta que daba a la cocina con los brazos cruzados sobre el pecho y el
ceño fruncido en su rostro.
—¿Pedro? ¿Pasa algo malo? —le pregunté cuando no dijo nada.
—Antonio está aquí —respondió.
—Que yo sepa él es amigo tuyo.
Pedro sacudió la cabeza y sus ojos rápidamente escanearon mi cuerpo. —No. No está aquí por mí. Vino por alguien más.
Crucé los brazos por debajo de mis pechos y tomé la misma postura defensiva.
—Tal vez sí. ¿Tienes un problema con que tus amigos estén interesados en mí?
—Él no es lo suficientemente bueno. Es un triste imbécil comemierda. No debería llegar a tocarte —dijo Pedro en un tono enojado.
Tal vez fuera cierto. Lo dudaba, pero tal vez tenía razón. No importaba. Yo no iba a dejar que Antonio me tocase. Su cercanía no hacía a mi estómago dar volteretas y sentir un dolor entre mis piernas.
—No estoy interesada en Antonio de esa manera. Él es mi jefe y, posiblemente, un amigo. Eso es todo.
Pedro pasó la mano por su cabeza y el anillo de plata sobre su pulgar me llamó la atención. No lo había visto usarlo antes. ¿Quién se lo había dado?
—No puedo dormir mientras la gente está subiendo y bajando las escaleras.Me mantiene despierta. En lugar de sentarme en mi habitación sola, preguntándome con quién estás arriba follando esta noche, pensé en hablar con
Antonio en la playa. Charlar con alguien. Necesito amigos.
Pedro se sobresaltó como si lo hubiera golpeado. 
—No te quiero afuera con El.
Esto era ridículo. —Bueno, tal vez yo no quiero que folles a una chica, pero lo harás.
Pedro se apartó de la puerta y se acercó a mí, acompañándome a mi pequeña habitación hasta que los dos estuvimos dentro. Un centímetro más y me caería en
la cama. —No quiero follar a nadie esta noche. —Hizo una pausa y luego sonrió—. Eso no es exactamente cierto. Permíteme aclarar, no quiero follar a nadie fuera de esta habitación. Quédate aquí y habla conmigo. Charlaremos. Dije que podíamos ser amigos. No necesitas a Antonio como amigo. Puse mis manos sobre su pecho para empujarlo hacia atrás, pero no pude hacerlo una vez que tuve mis manos sobre él. 
—Nunca me hablas. Hago la pregunta equivocada y te vas sin decir palabra.-Pedro negó con la cabeza. —Ahora no. Somos amigos. Responderé y no me iré. Sólo por favor, quédate aquí conmigo.
Miré alrededor al rectángulo pequeño que apenas tenía espacio para mi cama. —No hay mucho espacio aquí —dije, mirando hacia él y obligando mis manos a permanecer planas en su pecho y no cerrarlas en su ajustada camisa y
tirarlo más cerca.
—Podemos sentarnos en la cama. No vamos a tocarnos. Sólo hablar. Como amigos —Me aseguró.
Dejé escapar un suspiro y asentí. No iba a ser capaz de rechazarlo. Además, había tantas cosas que quería saber de él.
Me hundí en la cabecera de la cama y me eché hacia atrás. Crucé las piernas debajo de mí.
—Entonces, vamos a hablar —dije con una sonrisa.
Pedro se sentó sobre la cama y se apoyó contra la pared. Una risa profunda salía de su pecho y miré como una verdadera sonrisa estallaba en su rostro. —No puedo creer que le supliqué a una mujer para que se sentase y hablase conmigo. Con toda honestidad, yo tampoco.
—¿De qué vamos a hablar? —pregunté, deseando que empezara a hablar.
No quería que se sintiera como si esto fuera la Inquisición española. Tenía tantas preguntas en mi cabeza que podía abrumarlo con mi curiosidad.
—¿Qué te parece sobre cómo diablos sigues siendo virgen a los diecinueve? —dijo, volviendo sus ojos plateados hacia mí.
Nunca le había dicho que era virgen. Me llamó inocente la otra noche. ¿Era tan obvio? —¿Quién dijo que soy virgen? —pregunté en el tono más molesto que pude reunir.
Pedro sonrió. —Conozco una virgen cuando beso una.
Yo ni siquiera quería discutir sobre esto. Sólo haría el hecho de que era virgen aún más evidente.
—Estaba enamorada. Su nombre es Facundo. Fue mi primer novio, mi primer beso, mi primer más allá de besos, aunque suene aburrido. Me dijo que me amaba y afirmó que era la única para él. Entonces, mi mamá se enfermó. Ya no tenía tiempo para ir a citas y pasar tiempo con El los fines de semana. Él necesitaba salir. Necesitaba libertad para tener ese tipo de relación de otra persona. Por lo tanto, lo dejé ir. Después de Facundo no tuve tiempo para salir con nadie más.
Pedro frunció el ceño. —¿No se quedó contigo cuando tu mamá estaba enferma?
No me gustaba esta conversación. Si alguien señalaba lo que ya sabía, sería difícil no tener sentimientos de ira para con Facundo. Le había perdonado hace mucho tiempo. Lo acepté. No necesitaba que la amargura hacia él se deslizase dentro de mí en este momento. ¿De qué serviría?
—Éramos jóvenes. Él no me amaba. Sólo pensó que lo hacía. Tan simple como eso.
Pedro suspiró. —Todavía eres joven.-No estaba segura de que me gustara el tono en su voz cuando dijo eso. —
Tengo diecinueve, Pedro. He cuidado de mi madre durante tres años y la enterré sin la ayuda de mi padre. Confía en mí, me siento de cuarenta la mayor parte del tiempo.
Pedro extendió su mano sobre la cama y cubrió la mía con la suya. —No deberías haber tenido que hacerlo sola.
No, no debería, pero no tuve ninguna otra opción. Amaba a mi mamá. Ella se merecía mucho más de lo que tuvo. La única cosa que aliviaba el dolor era recordarme que mamá y Valeria estaban juntas ahora. Se tenían la una a la otra. Ya
no quería hablar de mi historia. Quería saber algo acerca de Pedro.
—¿Tienes un trabajo? —le pregunté.
Pedro se rió entre dientes y me apretó la mano, pero no la soltó. —¿Crees que todo el mundo debe tener un trabajo una vez que acaba la universidad?
Me encogí de hombros. Siempre había pensado que la gente trabajaba en algo. Tenía que tener algún propósito. Incluso si no necesitaba el dinero.
—Cuando me gradué de la universidad, tenía suficiente dinero en el banco para vivir el resto de mi vida sin tener que trabajar, gracias a mi papá. —Miró hacia mí con esos sexys ojos enmarcados por sus abundantes pestañas negras—.
Después de unas semanas de no hacer nada además de salir de fiesta, me di cuenta que tenía una vida. Así que empecé a jugar con la bolsa de valores. Resulta que soy
jodidamente bueno en eso. Los números siempre fueron lo mío. También dono apoyo financiero para Hábitat para la Humanidad. Un par de meses al año soy un trabajador de construcción y voy a echar una mano en el sitio. En el verano me despego de todo lo que puedo, vengo aquí y me relajo.
No esperaba eso.
—La sorpresa en tu cara es un poco insultante —dijo Pedro con burla en su voz.
—Simplemente no me esperaba esa respuesta —le contesté con sinceridad.
Pedro se encogió de hombros y movió su mano de nuevo a su lado de la cama. Quería tomar su mano y agarrarla y aferrarme a ella, pero no lo hice. Él ya había terminado de tocarme.
—¿Cuántos años tienes? —pregunté.
Pedro sonrió. —Demasiado viejo para estar en esta habitación contigo y demasiado malditamente viejo para los pensamientos que tengo de ti.
Estaba en sus veinte años. Tenía que estarlo. No se veía mayor que eso. 
—Te recuerdo que tengo diecinueve. Voy a tener veinte en seis meses. No soy un bebé.
—No, dulce Paula, definitivamente no eres un bebé. Tengo veinticuatro y obsoletos años. Mi vida no ha sido normal y por eso tengo algo de seria y jodida mierda. Ya te he dicho que hay cosas que no sabes. Dejarme tocarte sería un error.
Era sólo cinco años mayor que yo. Eso no era tan malo. Donaba dinero a Hábitat para la Humanidad e incluso trabajaba en el sitio ¿Qué tan malo podía ser?
Tenía un corazón. Me había dejado vivir aquí cuando lo que más había querido era enviarme en un paquete.
—Creo que te subestimas. Lo que veo en ti es especial.
Pedro apretó sus labios con fuerza y sacudió su cabeza. —No ves el verdadero yo. No sabes todo lo que he hecho.
—Tal vez —le contesté, inclinándome hacia adelante—. Pero lo poco que he visto no es del todo malo. Estoy empezando a pensar que podría ser una capa más
de ti.
Pedro alzó sus ojos para encontrarse con los míos. Quería acurrucarme en su regazo y mirar a esos ojos durante horas. Abrió la boca para decir algo, luego la cerró... pero no antes de que viera la plata en su boca.
Saqué mis rodillas debajo de mí y me acerqué más a él. —¿Qué tienes en tu boca? —pregunté, estudiando sus labios y esperando que los abriera de nuevo.
Pedro abrió su boca y lentamente sacó la lengua. Era atravesado por una barra de plata.
—¿Te duele? —pregunté, estudiando su lengua de cerca. Nunca antes había visto a alguien con un piercing en la lengua.
Metió de vuelta su lengua en su boca y sonrió. —No.-
Me acordé de los tatuajes en su espalda la noche en que había estado teniendo sexo con la otra chica. 
—¿Qué son los tatuajes en tu espalda?
—Un águila en la espalda inferior, con sus alas extendidas y el emblema de Demon Slacker. Cuando tenía diecisiete mi padre me llevó a un concierto en Los Ángeles y después me llevó a conseguir mi primer tatuaje. Quería su banda
marcada en mi cuerpo. Cada miembro de Demon Slacker tiene uno en el mismo lugar exacto. Justo detrás de su hombro izquierdo. Papá estaba muy drogado esa noche, pero aún así es un recuerdo muy bueno. No tuve la oportunidad de pasar mucho tiempo con él mientras crecía. Pero cada vez que lo veía, bien añadía otro tatuaje o piercing a mi cuerpo.
¿Tenía más piercings? Estudié su rostro y luego dejé que mis ojos se posaran en su pecho. Una risita me sorprendió y me di cuenta de que había sido pillada mirándolo fijamente.
—No tengo perforaciones allí, dulce Paula. Los otros están en mis oídos. Puse un fin a los piercings y tatuajes cuando cumplí diecinueve.
Su papá estaba cubierto de tatuajes y piercings al igual que el resto de la banda Demon Slacker. ¿Fue algo que Pedro no había querido hacer? ¿Su padre lo había obligado?
—¿Qué dije de fruncir el ceño? —preguntó, deslizando un dedo debajo de mi barbilla e inclinando mi cabeza hacia arriba para que pudiera mirarlo.
Ciertamente, no quería responder a eso. Estaba disfrutando de nuestro tiempo juntos. Sabía que si profundizaba demasiado, pronto lo haría irse. 
—Cuando me besaste anoche no sentí la cosita con barra de plata.-Pedro bajó sus párpados y se inclinó hacia delante. —Porque no lo llevaba puesto.
Él lo tenía ahora.
—¿Cuando tú, uh, besas a alguien con eso dentro se puede sentir?
Pedro aspiró fuerte y su boca se acercó aún más a la mía. —Paula, dime que me vaya. Por favor.
Si estaba a punto de darme un beso, entonces no le diría nada por el estilo. Lo quería aquí. También quería besarlo con esa cosa en la boca.
—Lo habrías sentido. En cualquier parte que quiera besarte, lo sentirías. Y te gustaría —me susurró al oído antes de presionar un beso en el hombro y tomar una respiración profunda. ¿Me estaba oliendo?
—¿Estás...? ¿Vas a besarme otra vez? —pregunté sin aliento cuando presionó su nariz en mi cuello e inhaló.
—Quiero. Quiero tan jodidamente mal, pero estoy tratando de ser bueno — murmuró contra mi piel.
—¿Podrías no ser bueno para un solo beso? ¿Por favor? —pregunté, arrastrándome más cerca de él. Me gustaría estar en su regazo pronto.
—Dulce Paula, tan increíblemente dulce —dijo mientras sus labios tocaban la curva de mi cuello y mi hombro. Si seguía con esto iba a comenzar a mendigar.
Su lengua salió y dio un golpe rápido en la suave piel de mi cuello, luego dejó besos a lo largo de mi mandíbula hasta que su boca se cernía sobre la mía.
Comencé a rogar de nuevo, pero presionó un suave beso en mis labios y me detuvo. Luego se retiró, pero sólo un centímetro. Su aliento cálido todavía bañando mis labios.
—Paula, no soy un tipo romántico. Yo no beso y abrazo. Solo doy sexo. Te mereces a alguien que te bese y te abrace. No yo. No estoy hecho para eso, nena.
No eres para alguien como yo. Nunca me he negado algo que quiero. Pero eres demasiado dulce. Esta vez tengo que decirme a mí mismo que no.
A medida que sus palabras se hundían en mí, gemí por el erótico sonido de las traviesas palabras saliendo de su lengua. No fue hasta que se puso de pie y agarró el pomo de la puerta que me di cuenta de que iba a alejarse de mí. Una vez más. Dejándome así.
—No puedo hablar más. No esta noche. No aquí contigo, a solas. —La tristeza en su tono hizo que mi corazón doliese un poco. Luego se marchó y cerró la puerta tras él.
CAPITULO 24







Elena no había estado feliz con mi traslado al comedor. Me quería en el campo. También quería que supervisase a Isa. De acuerdo con ella , ya no estaba viendo a Jose. Se había reunido por café porque la había llamado veinte veces esa tarde. Le dijo que si iba a ser su secreto sucio, todo había terminado. Él le había rogado y suplicado, pero se negó a darla a conocer a su círculo de amigos, así que ella lo dejó. Me sentía muy orgullosa de ella.
El día siguiente era mi día libre y Isa ya había venido a buscarme para saber si seguía en pie nuestros planes. Por supuesto que sí. Yo necesitaba un hombre, cualquier hombre, para alejar mis pensamientos de Pedro.
Seguí a Marcos a todas partes durante todo el día. Él me entrenaba. Era atractivo, alto, carismático y muy gay. Los miembros del club no sabían esto, sin embargo. Coqueteaba con las mujeres sin pudor. Ellas se sentían halagadas. Él miraría hacia atrás y me guiñaría un ojo cuando alguna le susurrara cosas atrevidas en su oído. El tipo era un conquistador y uno muy bueno.
Una vez que su turno terminó, nos dirigimos de nuevo a la sala de descanso del personal y colgamos los largos delantales negros que teníamos que llevar sobre
nuestro uniforme. 
—Serás muy buena, Paula. Los hombres te aman y las mujeres están impresionadas por ti. Sin ofender, cariño, pero las chicas con el pelo rubio platino como el tuyo normalmente no pueden caminar en línea recta sin reírse.
Le sonreí. 
—¿En serio? Me ofende ese comentario.Marcos rodó los ojos y extendió la mano para acariciarme la cabeza. —No,
no te ofende. Sabes que eres una chica ruda.
—¿Ya estás coqueteando con la nueva camarera, Marcos? —preguntó la voz familiar de Antonio. Marcos le lanzó una sonrisa arrogante.
—Me conoce demasiado bien como para decir eso. Tengo un gusto específico. —Bajó su voz a un susurro sexy mientras arrastraba sus ojos por el cuerpo de Antonio.
Miré a Antonio, quien fruncía el ceño desagradablemente y no pude evitar reírme. Marcos se unió a mí. 
—Me encanta hacer sufrir a los chicos hetero — susurró en mi oído, luego me palmeó el trasero y salió por la puerta.
Antonio rodó los ojos y se acercó a mí una vez que Marcos se hubo ido. Al parecer, era consciente de la preferencia sexual de Antonio.
—¿Disfrutaste tu día? —preguntó cortésmente.
Había disfrutado de mi día. Inmensamente. Era un trabajo mucho más fácil que sudar en el calor todo el día, lidiando con viejos pervertidos. 
—Sí. Estuvo genial. Gracias por hacer posible para mí trabajar aquí. Antonio asintió. —De nada. Ahora, ¿Qué te parece celebrar tu promoción con la mejor comida mexicana en la costa?
Me invitaba a salir de nuevo. Debería ir. Sería una distracción. Él no era exactamente el tipo de chico normal que yo buscaba, ¿pero quién dijo que iba a casarme con él y tener a sus bebés?
Una imagen de Pedro destelló en mi mente y su expresión atormentada de anoche. No me atrevía a salir con alguien que él conocía. Si realmente quiso decir lo que dijo entonces, yo debía mantener su mundo a un brazo de distancia. No pertenecía a ese mundo.
—¿Puedo pasar? No dormí bien anoche y estoy agotada.
La cara de Antonio decayó, pero sabía que no tendría problemas en encontrar a alguien que tomase mi lugar.
—Hay una fiesta esta noche en lo de Pedro, pero supongo que lo sabías — dijo Antonio, analizando mi reacción. Yo no sabía nada de la fiesta, pero pensándolobien, Pedro nunca me advertía de ellas.
—Puedo dormir con el ruido. Me he acostumbrado —Eso era una mentira. No me dormiría hasta que la última persona pisoteara la escalera.
—¿Y si voy? ¿Podrías pasar un rato conmigo antes de que te acuestes? Antonio era determinado. Le daba eso. Iba a decirle que no cuando me di cuenta de que Pedro se estaría revolcando esta noche con alguna chica. La llevaría a
su cama y le haría sentir cosas que él nunca me permitiría sentir. Me hacía falta una distracción. Probablemente ya la tendría en su regazo para el momento en que llegase a casa.
—Tú y Pedro no parecen muy unidos. ¿Tal vez podríamos pasar el rato en la playa? No sé si es una buena idea que estés en la casa donde pueda verte. Antonio asintió. —De acuerdo. Estoy bien con eso. Pero tengo una pregunta,
Paula —dijo mirándome con atención. Yo esperé—. ¿Por qué es esto? Hasta la otra noche en su casa, El y yo hemos sido amigos. Hemos crecido juntos. Los mismos círculos. Nunca he tenido ni un problema con él. ¿Qué lo enoja? ¿Hay algo entre ustedes dos?
¿Cómo respondía a eso? ¿No, porque él no quiere ser algo más y es más seguro para mi corazón si seguimos siendo sólo como amigos?
—Somos amigos. Él es protector.
Antonio asintió lentamente, pero me di cuenta de que no me creyó.
—No me importa la competencia. Me gusta saber a lo que me enfrento.No estaba en contra de nada, porque todo lo que él y yo siempre seríamos era amigos. No buscaba a un hombre en su grupo. —No lo soy y nunca seré parte
de tu gente. No pretendo salir seriamente con nadie que sea parte de tu círculo de élite.
No esperé que discutiese. En su lugar, caminé alrededor de él y salí por la puerta. Tenía que llegar a casa antes de que la fiesta se pusiera demasiado salvaje.
No quería ver a Pedro envuelto con alguna chica.
CAPITULO 23 






—¿Dónde has estado? —preguntó con voz ronca y profunda.
Levanté mi mirada hacia él. —¿Por qué te importa?
Dio un paso afuera de la puerta, cerrando espacio entre nosotros. —Porque estaba preocupado.
¿Estaba preocupado? Dejé escapar un suspiro y metí el cabello que seguía soplando sobre mi rostro detrás de mi oreja.
—Me es difícil de creer. Estabas muy ocupado con tu compañía como para notar algo —No pude evitar que la amargura se deslizara por mi lengua.
—Llegaste más temprano de lo que esperaba. No era mi intención que presenciaras eso.
Como si le creyera. Asentí y moví mis pies. —Vine a casa a la misma hora que vengo todas las noches. Creo que querías que te viera. ¿Por qué?, no estoy segura. No albergo sentimientos por ti, Pedro. Sólo necesito un lugar donde quedarme por unos días más. Me mudaré fuera de tu casa y tu vida muy pronto.
Murmuró una maldición y luego miró hacia el cielo un momento antes demirarme de nuevo. 
—Hay cosas sobre mí que no conoces. No soy uno de esos tipos a los que puedes domesticar. Tengo equipaje. Mucho. Demasiado para alguien como tú. Esperaba a alguien diferente considerando que he conocido a tu padre.
No eres para nada como él. Eres todo lo que un tipo como yo debe evitar. Porque no soy el adecuado para ti.
Dejé escapar una dura risa. Esa era la peor excusa que había escuchado para su comportamiento. —¿En serio? ¿Eso es lo mejor que tienes? Nunca te pedí nada
más que una habitación. No espero que me quieras. Nunca lo hice. Estoy consciente de que tú y yo estamos en dos ligas diferentes. Nunca estaré a la altura de ti. No tengo sangre azul. Visto vestidos baratos y tengo una afectuosa conexión con un par de zapatos plateados que mi madre usó el día de su boda. No necesito cosas de diseñador. Y TÚ sí eres de diseñador, Pedro.
Pedro tomó mi mano y me llevó dentro. Sin una palabra, me empujó contra la pared y me enjauló con sus dos manos apretadas contra la pared al lado de mi cabeza.
 —No soy de diseñador. Métete eso en la cabeza. No puedo tocarte. Quiero tanto hacerlo que duele no poder, pero no lo haré. No voy a arruinarlo contigo. Eres… eres perfecta e intacta. Y al final nunca me perdonarías.
Mi corazón latía con fuerza dolorosamente contra mi pecho. La tristeza en sus ojos no era algo que había sido capaz de ver por fuera. Podía ver emoción en esas profundidades plateadas. Su frente estaba arrugada como si algo lo estuviera lastimando.
—¿Y si quiero que me toques? Tal vez no soy tan intacta. Tal vez ya estoy corrompida. —Mi cuerpo estaba bastante corrompido, pero mirar los ojos de Pedro me hicieron querer aliviar su dolor. No quería que se alejara de mí. Quería hacerlo sonreír. Ese hermoso rostro no debería lucir tan angustiado.
Pasó un dedo por un lado de mi rostro y trazó la curva de mi oreja y luego rozó con su pulgar sobre mi barbilla. —He estado con muchas chicas, Paula.
Créeme, nunca he conocido a alguien tan jodidamente perfecta como tú. La inocencia en tus ojos me grita. Quiero quitar cada centímetro de tu ropa y enterrarme dentro de ti, pero no puedo. Me viste esta noche. Soy un bastardo
enfermo. No puedo tocarte.
Lo había visto esta noche. Lo había visto la otra noche, también. Se follaba a muchas chicas, pero a mí no quería tocarme. Creía que yo era demasiado perfecta.
Estaba en un pedestal y quería mantenerme allí. Tal vez debería. No podía dormir con él sin darle un pedazo de mi corazón. Ya comenzaba a adueñarse de él. Si lo dejaba tener mi cuerpo me podría herir de una forma en que nadie había sido capaz de hacerlo. Mi guardia estaría baja.
—De acuerdo —dije. No iba a discutir. Esto era lo correcto—. ¿Podemos al menos ser amigos? No quiero que me odies. Me gustaría que seamos amigos. — Soné patética. Me sentía tan sola que me había inclinado a mendigar amigos.
Cerró sus ojos y respiró profundo. —Seré tu amigo. Haré todo lo posible por ser tu amigo pero tengo que ser cuidadoso. No puedo estar demasiado cerca. Me
haces desear cosas que no puedo tener. Ese pequeño y dulce cuerpo tuyo se siente increíble debajo de mí —Bajó su voz y bajó su boca hasta mi oreja—, y la forma en
la que sabes. Es adictiva. Sueño sobre ello. Fantaseo sobre ello. Sé que serías tan deliciosa en… otras… partes.
Me incliné hacia él y cerré mis ojos mientras su respiración se volvía pesada en mi oreja. —No podemos. Joder. No podemos. Amigos, dulce Paula. Sólo amigos
—susurró, luego se apartó y se dirigió hacia las escaleras. Me recosté contra la pared y lo miré alejarse. No me sentía lista para moverme aún. Mi cuerpo estaba acalorado por sus palabras y su cercanía.
—No te quiero debajo de esas malditas escaleras. Lo odio. Pero no puedo traerte aquí arriba. Nunca sería capaz de mantenerme alejado de ti. Te necesito en un lugar seguro —dijo sin mirarme. Sus manos se aferraron a la barandilla de la escalera hasta que sus nudillos se pusieron blancos. Se quedó allí un minuto más antes de subir las escaleras. Cuando escuché su puerta cerrarse, me hundí en el suelo.
—Oh, Pedro. ¿Cómo vamos a hacer esto? Necesito una distracción. —Susurré en el vestíbulo vacío. Necesitaba encontrar a alguien más en quien enfocarme.
Alguien que no fuera Pedro. Alguien que estuviera disponible. Era la única manera de evitar caer demasiado lejos. El era peligroso para mi corazón. Si íbamos a ser
amigos, entonces necesitaba encontrar a alguien más para centrar mi atención. Y rápido.

martes, 3 de diciembre de 2013

CAPITULO 22





Unos pocos autos estaban estacionados afuera cuando volví a la casa de Pedro después del trabajo. Al menos no lo encontraré teniendo sexo. Ahora que sabía lo buenos que eran sus besos y lo bien que se sentían sus manos en mí, no me sentía segura de poder manejar verlo haciéndole
eso a alguien más. Era ridículo. Pero era cierto.
Abrí la puerta y entré. Música sexy sonaba a través del sistema de sonido que estaba colocado en todas las habitaciones. Bueno, todas las habitaciones menos la mía. Me acerqué a la cocina cuando escuché un gemido femenino. Se me hizo un nudo en el estómago. Traté de ignorarlo pero mis pies se habían plantado firmemente en el suelo de mármol. No me podía mover.
—Sí, Pedro, nene, justo así. Más fuerte. Mámalo más fuerte —gritó ella. Me sentí instantáneamente celosa y eso sólo me hizo enojar. No debería de importarme. Me había besado una vez y estaba tan enojado que maldijo y salió corriendo.
Me moví hacia el sonido incluso cuando sabía que era algo que yo no quería ver. Era como un choque de trenes. No podía dejar de ir a verlo incluso si no quisiera que se grabara en mi mente.
—Umm sí, por favor, tócame —suplicó. Me encogí pero seguí moviéndome en esa dirección. Entrando en la sala, los encontré en el sofá. Ella no tenía su blusa puesta y él tenía uno de sus pezones en su boca mientras su mano jugaba entre sus piernas. No podía ver esto. Necesitaba salir de aquí. Ahora.
Dándome la vuelta, corrí hacia la puerta principal, sin importarme si era silenciosa o no. Estaría en mi camioneta y fuera de la calzada antes de que se calmaran lo suficiente como para notar que fueron vistos. Se encontraban justo en
el sofá para que cualquiera que entrara los viera. Él sabía que yo estaría en casa en ese momento. El hecho era que quería que yo los viera. Me recordaba que era algo que yo nunca podría experimentar. Justo ahora, no quería hacerlo nunca.
Manejé por la ciudad enojada conmigo misma por gastar gasolina.
Necesitaba ahorrar mi dinero. Busqué un teléfono público pero encontré uno en ningún lado. Los días de los teléfonos públicos se habían ido. Si no tenías un celular estabas jodido. No estaba segura de a quién llamar, de todas formas. Podría llamar a Facundo. No había hablado con él desde que me fui la semana pasada.
Normalmente hablábamos una vez a la semana. Pero sin un teléfono no podía hacer eso.
Tenía el número de Federico guardado en mi equipaje. Pero entonces, ¿para qué lo llamaría? Eso sería extraño. Realmente no tengo nada que decirle. Me metí en el estacionamiento de la única cafetería en la ciudad y estacioné mi camioneta.
Podía ir a beber un poco de café y mirar revistas por unas horas. Tal vez para entonces Pedro hubiera terminado su festival de folladas en la planta baja.
Si trató de enviarme un mensaje, lo recibí fuerte y claro. No es que necesitara uno. Ya me había resignado al hecho de que los chicos con dinero no eran para mí. Me gustaba la idea de encontrar un buen chico con un trabajo
normal. Uno que apreciara mi vestido rojo y zapatos plateados.
Salté fuera de mi camioneta y me dirigí hacia la cafetería cuando vi adentro a Isa con Jose. Estaban en una acalorada discusión en una mesa en el rincón más alejado, pero los podía ver a través de la ventana. Al menos lo había traído a un lugar público. Esperaba lo mejor para ella y la dejé sola. Yo no era la madre de está chica. Era muy probable que fuera mayor que yo. Al menos parecía mayor. Podía
decidir con quién quería pasar su tiempo. El aire del mar salado me hizo cosquillas en la nariz. Crucé la calle y me dirigí hacia la playa pública. Podría estar sola ahí.
Las olas rompiendo contra la oscura orilla eran relajantes. Así que caminé.
Recordé a mi madre. Incluso me permití recordar a mi hermana; era algo que raramente hacía porque el dolor era demasiado algunas veces. Esta noche, quería esa distracción. Necesitaba recordar que había sufrido mucho más que una estúpida atracción por un chico que no era mi tipo en absoluto. Dejé que los recuerdos de días mejores inundaran mis pensamientos… y caminé.
Cuando estacioné la camioneta de nuevo en la entrada de Pedro ya era después de la medianoche y no había autos afuera. Quien fuera que estuvo aquí ya se había ido. Cerré la puerta de mi camioneta y me dirigí hacia las escaleras. La luz del frente estaba encendida, haciendo que la casa luciera grande e intimidante en el cielo oscuro. Justo como Pedro.
La puerta se abrió antes de que la alcanzara y Pedro se quedó de pie allí en la entrada. Estaba ahí para decirme que me fuera. Ya esperaba esto de todos modos.
Ni siquiera me sorprendí. En vez de eso, busqué alrededor por mi maleta.
CAPITULO 21




La miré y luego seguí su mirada hacia la pareja del primer hoyo. Reconocí instantáneamente a Pedro. Los pantalones cortos que vestía y el ajustado polo azul pálido lucían tan fuera de lugar en él. No encajaba con los tatuajes que yo sabía que cubrían su espalda. Era hijo de un rockero y eso corría a través de sus venas incluso si él usara esa cara ropa de golf. Giró su cabeza y sus ojos se encontraron con los míos. No sonrió. Solo miró hacia otro lado como si no me hubiera reconocido. No hubo reconocimiento. Nada.
—Alerta de perra —susurró Isa. Cambié mi mirada que tenía en él hacia la chica a su lado. Daniela o Dani como se referían a ella. Su hermana. El único tema que a él no le gustaba hablar. Ella llevaba una diminuta falda blanca que
parecía que más adecuada para jugar tenis. Llevaba un polo azul a juego y una visera blanca sobre sus rizos rubios.
—¿No eres fans de Daniela? —Le pregunté sabiendo ya la respuesta por su comentario.
Isa soltó una breve carcajada. —Uh, no. Y tú tampoco. Eres el enemigo número uno de ella.
¿Qué se supone que significa eso? No podía preguntarle porque habíamos parado a solo dos metros del combo de hermanos.
Traté de no hacer de nuevo contacto visual con Pedro. Al parecer, él no quería tener una pequeña charla.
—Me estás tomando el pelo. ¿Antonio la contrató? —siseó Dani.
—No —respondió Antonio en un tono de advertencia. No estaba segura si la protegía a ella o a mí o solo trataba de parar una escena. De cualquier manera, me
molestó.
—¿Van a querer algo de beber? —pregunté con la misma sonrisa que le doy a los demás miembros cuando hago la pregunta.
—Por lo menos sabe su lugar —dijo Dani con un tono sarcástico.
—Voy a tomar una Corona. De limón, por favor —dijo Pedro.
Me arriesgué a mirar en su dirección y sus ojos se encontraron con los míos por un breve momento antes de que él se girara hacia Dani. —Pide una bebida. Está
haciendo calor —Le dijo a ella.
Ella me sonrió y puso una mano bien cuidada sobre su cadera. —Agua con gas. Límpialo bien porque no me gusta la forma en que sale todo mojado por el hielo.
Isa metió su mano en la nevera y sacó el agua. Supongo que ella temía lanzársela a la cabeza de Dani. —No te he visto por aquí últimamente, Dani —dijo Isa mientras limpiaba la botella con una toalla que se nos suministró para ese
motivo.
—Probablemente porque estás muy ocupada en los arbustos, abriéndole las piernas a Dios sabe quién en vez de trabajar —Le respondió Dani.
Apreté los dientes y saqué de un solo movimiento la Corona de Pedro.
Quería lanzarle la bebida en la cara presumida de Dani.
—Ya es suficiente—La regaño Pedro suavemente. ¿Acaso era una maldita niña? Él la trataba como si tuviera cinco años. Ella era una adulta para que la gritara fuerte.
Le entregué a Pedro la Corona cuidando de no mirar a Dani. Tenía miedo de que tuviera un momento de debilidad. En cambio, mis ojos se encontraron con los de él mientras le entregaba la botella.
—Gracias —dijo y deslizó un billete en mi bolsillo. No tuve tiempo de reaccionar antes de que él se alejara tomando a Dani por el codo—. Ven y muéstrame como aún no puedes patear mi trasero jugando —dijo él en tono de broma.
Dani lo abrazó. —Estás acabado. —El cariño sincero en su voz mientras hablaba con él me sorprendió. No podía imaginar a alguien tan mala como ella siendo amable con otros.
—Vamos —siseó Isa, agarrando mi brazo. Comprendí que había estado allí de pie observándolos.
Asentí y comencé a girar cuando Pedro miró hacia atrás, por encima de su hombro, directo hacia a mí. Una pequeña sonrisa apareció en sus labios y luego miró de nuevo a Dani diciéndole que palo utilizar. Nuestro momento había
terminado.
Ni siquiera fue un momento.
Una vez que estuvimos fuera del alcance de ser escuchadas, miré a Isa.
—¿Por qué dijiste que yo era el enemigo número uno?
Isa se retorció en su asiento.
—Honestamente, no lo sé con exactitud. Pero Dani es posesiva con Pedro. Todos saben eso… —Se calló y no pudo hacer contacto visual conmigo. Ella sabía algo, pero ¿Qué sabia? ¿De qué me estoy perdiendo?

lunes, 2 de diciembre de 2013

CAPITULO 20




No había mucho que contar. Me encogí de hombros y me acerqué para subir en el lado del conductor una vez que el carro estuvo cargado. 
—Fui a la fiesta porque estoy durmiendo bajo las escaleras de Pedro hasta que tenga el suficiente dinero para mudarme, lo cual puede ser muy pronto. Fue un error. Él no quería que yo apareciera. Eso es todo.
Isa se dejó caer en el asiento a mi lado y cruzó sus piernas. —Eso no es para nada lo que he oído. Jose dijo que Pedro vio a Antonio tocándote y que enloqueció.
—Jose lo malentendió. Créeme. A Pedro no le importa quién me toca. Isa  suspiró. —Es una mierda ser alguien pobre ¿no? Los chicos lindos
nunca nos miran seriamente. Solo somos otra follada más.
¿Realmente así eran las relaciones para ella? ¿Sólo se entregaba y luego la abandonaban? Era demasiado linda para eso. Los chicos de donde yo vengo babearían por ella. Puede que ellos no tengan millones en el banco, pero eran
buenos chicos de buenas familias.
—¿No hay algún chico atractivo que no sea inmensamente rico por allí? La gente que viene aquí no puede ser todo lo que hay para elegir. Seguro que puedes encontrar a un tipo que no te abandone a la mañana siguiente.
Isa frunció el ceño y se encogió de hombros. —No lo sé. Siempre hequerido echarle el lazo a un millonario ¿sabes?, vivir la buena vida. Pero comienzo a creer que no está escrito en mi destino.
Me dirigí hacia el primer hoyo. —Isa, eres hermosa. Te mereces más de lo que estás recibiendo. Comienza a buscar a un hombre en otro lugar. Encuentra uno que no te quiera solo para sexo. Encuentra a uno que te quiera. Solo a ti.
—Diablos, puede que me enamore de ti también —respondió en broma y se rió. Apoyó sus pies en el salpicadero mientras yo me detenía donde estaban los
primeros jugadores de golf de la mañana.
Por ningún lugar vi a ningún chico. Por lo general, no eran madrugadores.
Durante un rato no tendría que preocuparme de cuidar que Isa no tuviera sexo en los arbustos o donde sea que ella lo hiciera durante el trabajo.
Cuatro horas más tarde, cuando llegamos al tercer agujero por tercera vez, reconocí a Antonio y compañía. Isa se enderezó en el asiento y la expresión emocionada de su cara me puso en alerta máxima. Ella era como un pequeño
cachorro esperando a que alguien le lanzara un hueso. Si no me gustara tanto ni siquiera me molestaría en ayudarla para que se quedara en este trabajo. Ser su niñera no estaba en la descripción de mi trabajo.
Antonio frunció el ceño cuando nos detuvimos junto a ellos. —¿Por qué estás conduciendo junto con Isa? —preguntó en el momento en que nos estacionamos.
—Porque me está ayudando a evitar que folle a tus amigos y que te irrite.¿Por qué no vas y le dices a tía Elena? —Hizo un puchero, cruzando sus brazos sobre su generoso pecho. No tenía ninguna duda que todos los chicos a nuestro
alrededor se concentraron en sus grandes tetas.
—Yo no le pedí que hiciera eso. Le pedí que promoviera a Paula, no que la juntara contigo. —Le espetó y sacó su teléfono de su bolsillo. ¿Qué estaba haciendo?
—¿A quién llamas? —preguntó Isa en un tono de pánico mientras se sentaba con la espalda recta.
—Elena —gruñó.
—No, espera —dijimos Isa y yo al mismo tiempo.
—No la llames. Estoy bien. Me gusta Isa. Es una buena compañía —Le aseguré.
Me estudió un momento pero no colgó el teléfono.
—Elena, soy Antonio. He cambiado de opinión. Quiero a Paula los cuatro días de la semana adentro. Puedes usarla para que esté en los campos los viernes y sábados, ya que esos días está más lleno y ella es lo mejor que tienes, pero el resto del tiempo la quiero dentro. —No esperó por una respuesta antes de finalizar la llamada y dejó caer de nuevo el teléfono en el bolsillo de sus almidonados pantalones cortos a cuadros. En cualquier otra persona usar eso se vería de los más ridículo, pero un tipo como Antonio podía lucirlo. El polo blanco que llevaba también estaba impecablemente planchado. No me sorprendería si fuera nuevo.
—La tía Elena se va a poner histérica. Asignó a Isa como mi niñera por las próximas semanas. ¿Quién me va a mantener bajo control ahora? —preguntó ella echándole una mirada sensual a Jose.
—Por favor, hombre, si te gusto siquiera un poco, gira tu cabeza y déjame llevarla a la casa del club solo unos minutos. Por favor. —Rogó Jose mientras disfrutaba la vista que daba Isa estando sentada con sus piernas arriba del
tablero, ligeramente abiertas para que su entrepierna estuviera a la vista. Los pantalones cortos que llevábamos eran demasiados cortos y apretados, dejaban poco a la imaginación en una posición como esa.
—Me importa un demonio lo que hagas. Fóllala si quieres. Pero si papá se entera que una vez más lo hizo tendré que despedirla. Él está muy enojado por las denuncias.
Sabía que Jose no la defendería si ella fuera despedida. La dejaría irse y seguiría adelante. No había amor en su mirada, solo lujuria.
—Isa, no —Le rogué en silencio estando a su lado—. En mi noche libre tú y yo saldremos y encontraremos algún lugar donde haya chicos que sean dignos de tu tiempo. No pierdas tu trabajo por él. —susurré en una voz muy baja que solo Isa podía oírme. Los otros sabían que yo le decía algo, pero no sabían qué.
Isa volvió su mirada hacia mí y juntó sus piernas. —¿En serio? ¿Saldrías conmigo a buscar chicos? ¿En tu territorio?
Asentí y una sonrisa apareció en su rostro. —Es un trato. Iremos a un bar de música country. Espero que tengas tus propias botas. Soy de Alabama, tengo botas,
jeans ajustados y una pistola —Le respondí con un guiño.
Ella se rió a carcajadas y puso sus pies en el suelo. —Bueno, muchachos, ¿Qué quieren tomar? Tenemos que ir a otro hoyo —dijo ella saliendo del carrito y retrocediendo. Yo la seguí y repartimos bebidas y tomamos el dinero.
Jose trató de agarrarle el trasero unas cuantas veces y susurrarle al oído. Al final, ella se dio la vuelta y le sonrió—. Se acabó el ser tu compañera de sexo. Saldré con mi chica este semana para buscar hombres de verdad. Del tipo que no tiene mucho dinero, pero tienen callos en las manos por saber trabajar. Tengo la sensación de que saben cómo hacer que una chica se sienta muy especial.
Tuve que ocultar la risa que brotaba dentro de mi pecho al ver la expresión sorprendida de Jose. Encendí el carro mientras Isa de un salto se sentaba al lado mío.
—Demonios, eso se sintió bien. ¿Dónde has estado toda mi vida? —preguntó ella mientras aplaudía y yo manejaba sonriendo y me despedía de Antonio para dirigirnos hacia el siguiente hoyo.
Seguimos vendiendo durante el resto del camino y después paramos para reabastecernos. No más problemas. Sabía que veríamos a Antonio y a sus amigos de nuevo pero tenía fe en que Isa sería firme. Ella había hablado alegremente de
todo, desde el color de su cabello hasta el último susto de embarazo que habían tenido en la ciudad con un trabajador y un miembro del club.
No le prestaba atención a los miembros del primer hoyo. Conducía y trataba de concentrarme en las charlas sin fin de Isa. El murmuro de mierda de Isa llamó mi atención.
CAPITULO 19








La casa una vez más estaba destrozada cuando desperté la mañana siguiente. Esta vez dejé el desorden y me apresuré para ir a trabajar.
No quería llegar tarde. Necesitaba este trabajo ahora más que nunca.
Mi padre aún no había llamado para ver cómo me encontraba y yo estaba bastante segura que Pedro no había hablado con su madre o mi padre, ya qué él no los había
mencionado. No quería preguntarle por ello porque no quería que su ira hacia mi padre fuera dirigida hacia mí.
Existía una buena probabilidad de que Pedro me dijera que me fuera cuando regresara hoy a casa. No parecía muy contento conmigo cuando salí anoche de mi habitación. Y yo le devolví el beso y lamí su labio. Oh, Dios, ¿en que había estado pensando? En realidad, no pensé en nada. Ese era el problema. Pedro olía demasiado bien y también sabía muy bien. Yo no fui capaz de controlarme. Ahora, había una buena probabilidad de que encontrara mi equipaje en el pórtico cuando volviera a casa. Por lo menos, tenía dinero para quedarme en un motel.
Vestida con mis pantalones cortos y mi polo, subí las escaleras de la oficina hacia la puerta principal. Necesitaba fichar mi entrada y conseguir las llaves para el carrito de bebidas.
Elena ya estaba dentro. Comenzaba a pensar que vivía allí. Estaba aquí cuando me iba y cuando llegaba todos los días. Sin embargo, su pequeña e impetuosa personalidad asustaba. Apenas quieres saludarla y ya está ladrándote
órdenes. Ella tenía el ceño fruncido hacia una chica que había visto antes. Estaba apuntándola con su dedo y casi gritando.
—No puedes acostarte con los miembros del club. Esa es la primera regla.
Tú firmaste los papeles, Isabel; sabes las reglas. El señor Antonio llegó aquí esta mañana haciéndome saber que su padre no estaba contento con este giro de los acontecimientos. Solo tengo tres chicas en los carritos. Si no puedo confiar en que dejes de acostarte con los miembros, entonces tendré que despedirte. Esta es la
última advertencia. ¿Me entiendes?
La chica asintió. —Sí, tía Elena. Lo siento —murmuró. Su largo cabello oscuro estaba recogido en una cola de caballo y su polo azul mostraba unos pechos muy grandes. Luego estaban sus largas piernas bronceadas y su trasero redondo. Y era sobrina de Elena. Interesante.
La mirada enfadada de Elena se desplazó hacia mí y dejó escapar un suspiro de alivio. —Oh, que bien que estés aquí, Paula. Quizás puedas hacer algo con esta sobrina mía. Ella está en periodo de prueba porque al parecer no puede dejar de enredarse con los miembros del club mientras está trabajando. No estamos en un burdel. Somos un club de campo. Será tu compañera durante la próxima semana
para que la vigiles de cerca. Ella debe aprender de ti. El señor Antonio canta alabanzas sobre ti. Está muy contento con el trabajo que estás haciendo y me pidió que te permitiera trabajar en la comedor por lo menos dos días a la semana. Ahora estoy buscando a otra chica para el carrito, así que no puedo darme el lujo de despedir a Isabel —dijo el nombre de su sobrina con un gruñido y la miró nuevamente.
La chica bajó la cabeza avergonzada. Sentí pena por ella. Me aterraba alterar a Elena. No podía imaginarme ser gritada así.
—Sí, señora —Le contesté mientras ella sostenía las llaves del carrito hacia mí. Las tomé y esperé a que Isabel  se acercara a mí.
—Ve con ella ahora, niña. No te quedes aquí haciendo pucheros. Debería llamar a tu papá y decirle lo que estás haciendo, pero no tengo el valor de romper el corazón de mi hermano. Así que ve allí y aprende algunos buenos modales —Elena señaló la puerta y no esperé más tiempo.
Corrí hacia la puerta y bajé las escaleras. Me gustaría ir a buscar el carrito de bebidas para alistarlo y esperar allí a Isabel.
—Oye, espera—Llamó la chica detrás de mí. Me detuve y le devolví la mirada mientras ella corría para alcanzarme—. Lo siento, fue brutal allí. Me gustaría que no hubieras visto ni escuchado eso.
Ella era… agradable. —Está bien—Le contesté.
—Por cierto, me gusta más Isa. No Isabel. Así es como me llama mi papá, así que mi tía Elena también me llama así. Y tú eres la infame Paula Chaves de quien he oído tanto hablar —La sonrisa en su voz me dijo que su comentario no
era malintencionado.
—Lamento que tu tía te haya forzado a estar conmigo —Aparté mis ojos de ella y sus brillantes labios gruesos y rojizos se curvearon en una sonrisa.
—Oh, no hablaba de mi tía. Estaba hablando de los chicos. A Antonio, en especial, le gustas mucho. He oído que anoche causaste un revuelo en la fiesta de
cumpleaños de la perra de Dani. Me hubiera gustado haber visto eso, pero el personal contratado no es invitado para esas cosas.
Cargué el carro mientras Isa se quedaba allí, mirándome. Ella giraba un mechón castaño de su largo cabello alrededor de su dedo y me sonreía. —Tú estabas allí. Cuéntame todo lo que pasó.