viernes, 13 de diciembre de 2013

CAPITULO 43







guau, chica —dijo Marcos sosteniendo sus brazos para agarrarme cuando llegué disparada a la cocina.
Un hipo escapó y tragué el sollozo que le siguió.
—Eso fue brutal ahí, pero podría haber sido peor. Al menos Pedro fue al rescate. —Marcos me dio unas palmaditas en la espalda y me abrazó.
No quería que Marcos supiera lo increíblemente barata que era. No podía decirle que estas lágrimas eran porque me había convertido en un sucio pequeño secreto de un chico rico. No porque alguna perra hubiese tirado comida por todo
mi cuerpo delante de una sala llena de gente.
—¡Vuelve ahí, Marcos! Necesitamos más ayudantes. Voy a hablar con Paula — dijo Antonio cuando entró en la cocina.
Marcos me abrazó fuerte una vez más y luego le frunció el ceño a Antonio antes de tomar su bandeja y dirigirse a la puerta. —Se bueno con mi chica —dijo Marcos al pasar a Antonio.
El  no dijo nada. En su lugar, me estudió. Pensé que esto era. El gran momento de "es tu culpa, así que puedes irte ahora."
—Voy por la molestia de advertirte acerca de Daniela y ni siquiera es culpa de Pedro que la perra celosa te atacara —gruñó Antonio y sacudió la cabeza con disgusto—. Lo siento, Paula. Esto es todo sobre mí. No me esperaba eso de ella. Es la ex novia loca de la que parece no puedo librarme.
¿No me estaba despidiendo? Me apoyé en el mostrador detrás de mí para tomar una respiración profunda.
—Debido al drama, no quiero que vuelvas allí. Puedes quedarte aquí y ayudar a preparar las bandejas, sin embargo. Me aseguraré de que hagas la misma cantidad de dinero que habrías hecho por ahí.
—Gracias. Pero, ¿puedo cambiarme? —pregunté, necesitando sacarme el caracol de encima.
Antonio, sonrió. —Sí. Ve a coger uno de los uniformes de la oficina. Tenemos todos nuestros uniformes adicionales en uso esta noche. —Me aparto del mostrador y me dirijo a la puerta—. Tómate tu tiempo. Estamos bien aquí si necesitas un descanso —dijo Antonio cuando salí de la cocina.
Pedro y Daniela estaban en el pasillo, en lo que parecía una fuerte discusión cuando salí. Ella disparó su mirada gélida hacia mí. Pude ver la frustración en la expresión de Pedro. Sólo le estaba causando dolor. No me importaba ver esto.
Podrían tener su pelea de familia y superarlo. Después de esta noche, tendría suficiente dinero para mudarme. Mañana encontraría un lugar para dormir porque con Pedro sería imposible. Di media vuelta y abrí la puerta que conducía fuera.
—Paula, espera —llamó Pedro.
—Deja que se vaya, Pedro —exigió Daniela.
—No puedo —respondió.
La puerta se cerró detrás de mí y traté de apartar lo que había oído. No tenía necesidad de pensar o siquiera considerar que Pedro lucharía por mí.
La puerta se abrió y Pedro salió corriendo de la misma. —Paula, por favor, espera. Habla conmigo —suplicó.
Me detuve y lo observé mientras corría a pararse frente a mí. No tenía nada que decirle. Lo había dicho todo.
—Lo siento. Pero te equivocas, no te ignore ahí. Pregúntale a cualquiera. Mis ojos nunca te dejaron. Si había alguna duda en la mente de alguien de lo que sentía por ti, el hecho de que no pudiera apartar la mirada de ti mientras caminabas alrededor de esa habitación, debería haberlas disipado.
Hizo una pausa y se pasó la mano por el pelo y murmuró una maldición.
—Entonces, vi la mirada en tu rostro cuando viste a Isabel con Jose. Algo dentro de mí se desgarró. No sabía lo que estabas pensando, pero sabía que te estabas dando cuenta de lo erróneo de esta noche. Nunca deberías de haber estado allí, sirviendo a todos. Debías haber estado a mi lado. Te quería a mi lado. Estaba tan malditamente tenso esperando a que alguien hiciera un movimiento en falso
hacia ti que me olvidé de respirar la mayor parte del tiempo.
Pedro extendió la mano y pasó un dedo por mi puño cerrado.
—Si me puedes perdonar, prometo que esto nunca volverá a suceder. Amo a Daniela. Pero estoy cansado de complacerla. Es mi hermana y tiene algunos problemas que necesita resolver. Le he dicho que voy a hablar contigo acerca de todo. Hay algunas cosas que necesitas saber. —Cerró los ojos y respiró profundamente—. Estoy lidiando con el hecho de que puedes alejarte de mí una vez que las conozcas y nunca mirar a atrás. Eso me asusta como el infierno. No sé qué es esto que está pasando entre nosotros, pero desde el momento en que puse mis ojos en ti supe que ibas a cambiar mi mundo. Estaba aterrorizado. Cuanto más te miraba, más te acercabas. No parecía acercarme lo suficiente.
Estaba dispuesto a abrirse a mí y dejarme entrar. No estaba simplemente usándome. No era una chica más con la que se había equivocado y arrojado a un lado. Estaba dispuesto a dejarme entrar en su mundo de secretos. Quería
mantenerme. Mi corazón se rindió. Me había contenido y luchado con él para que no sucediera. Aun así, había logrado poseerlo. Verlo vulnerable era la guinda del
pastel. No podía contenerme más.
Había caído demasiado lejos. Estaba enamorada de Pedro Alfonso.
—Está bien —dije. No había nada más que decir. Me tenía.
Pedro frunció el ceño. —¿Está bien?
Asentí con la cabeza. —Está bien. Si realmente quieres mantenerme tan desesperadamente que estás dispuesto a abrirte a mí, entonces está bien. —No le diría que lo amaba. Era demasiado pronto. Podría pensar que era porque yo era
muy joven. Eso era algo que mantendría cerca de mi pecho hasta que supiera que era el momento. Tal vez era porque era muy joven. Sentí que daba lo mismo.
Una pequeña sonrisa tiró de sus labios. —¿Te enseño mi alma y lo único que consigo es un “esta bien”? —preguntó.
Me encogí de hombros. —Has dicho todo lo que necesitaba oír. Ahora estoy enganchada. Me tienes. ¿Qué vas a hacer conmigo?



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jueves, 12 de diciembre de 2013

CAPITULO 42











—Ah y mira que es torpe. Antonio debería ser más selectivo acerca de sus empleados —susurró odiosamente.
—¡Oh, dios mío! Paula, ¿estás bien? —La voz de Isabel vino detrás de mí y me sacudió de la sorpresa.
Me las arreglé para deshacerme de los caracoles que todavía se aferraban a mi ropa.
—Muévanse —ordenó una voz profunda que reconocí al instante. Mi cabeza se disparó para encontrar a Pedro empujando a la pareja con la que la pelirroja parecía estar riéndose del lío en el que estaba. Estaba enojado. No había duda de eso. Pedro me agarró por la cintura y estudió mi rostro un momento. No estaba segura de por qué.
—¿Estás bien? —preguntó en voz baja.
Asentí con la cabeza, sin saber todavía cómo reaccionar. Las venas de su cuello comenzaron nuevamente a pulsar contra su piel mientras tragaba saliva.
Apenas giró la cabeza para colocar sus ojos en la pelirroja.
—No te acerques ni a mí ni a ella de nuevo. ¿Entendido? —dijo con una calma mortal.
Los ojos de la pelirroja se agrandaron. —¿Tú estás enojado conmigo? Ella es la torpe, se arrojó la bandeja a sí misma.
Las manos de Pedro apretaron con fuerza mis caderas.
—Si pronuncias una palabra más, voy a retirar todas mis contribuciones a este club hasta que seas escoltada fuera. Permanentemente.
La chica se quedó sin aliento.
—Pero yo soy amiga de Dani, Pedro. Su amiga más antigua, no puedes hacerme eso a mí, especialmente por el personal contratado. —Fue un puchero infantil y una voz extraña viniendo de una mujer de veintiún años.
—Pruébame —respondió. Me miró de nuevo—. Tú vienes conmigo.
No tuve tiempo de responder antes de que girara la cabeza para mirar por encima de mi hombro.
—La tengo, Isabel. Está bien. Vuelve con Jose. —Pedro deslizó su mano alrededor de mi cintura—. Cuidado con los caracoles, son resbaladizos.
Dos de los ayudantes se apresuraron a la sala, con suministros para limpiar el desorden. La música no había cesado, pero el lugar se había quedado en silencio.
Poco a poco, la gente comenzó a hablar de nuevo. Mantuve mis ojos en la puerta, esperando poder salir del salón de baile y deshacerme de los brazos de Pedro.
Si todos los de allí no sabían que estábamos teniendo sexo, ahora lo sabrían. Pedro acababa de demostrarles a todos que se preocupaba por mí hasta cierto punto, pero no quería exactamente caminar conmigo de su brazo. Mi pecho dolía, necesitaba tener espacio. Hubo un tiempo en el que aprendí a recluirme en mi pequeño mundo en el que confiaba en mí y sólo en mí. Nadie más. Una vez que
estuvimos fuera del salón de baile y lejos de miradas curiosas, me liberé de Pedro y puse algo de distancia entre nosotros. Crucé los brazos sobre el pecho y me quedé
mirándome los pies. No estaba segura de si mirarlo era una buena idea. No había tenido tiempo para disfrutar de lo guapo que se veía en un esmoquin negro. Había
estado esforzándome al máximo para no mirarlo. Ahora que estaba aquí mismo, delante de mí, vestido como iba, mientras yo iba vestida de camarera, cubierta de
aceite de caracol, la enorme diferencia entre nuestros mundos era evidente.
—Paula, lo siento. No esperaba que algo así sucediera. Ni siquiera sabía que ella tenía problemas contigo. Voy a hablar con Daniela acerca de esto, tengo la sensación de que tiene algo que ver con esto.
—La pelirroja me odia por el interés de Antonio en mí. Daniela no tiene nada que ver con esto y tú tampoco.
Pedro no respondió de inmediato. Me preguntaba si sólo debiera girarme y caminar de regreso a la cocina.
—¿Antonio sigue molestándote?
¿En serio estaba preguntándome eso? Yo estaba allí de pie, cubierta de caracoles con mantequilla, ¿y estaba preguntándome si otro chico estaba coqueteando conmigo? Ni siquiera sabía si todavía tenía un trabajo. Eso fue todo.
Había tenido suficiente. Me di la vuelta y me dirigí a la cocina. Pedro no me dejó llegar muy lejos. Su mano salió disparada y agarró mi brazo.
—Paula, espera, lo siento. No debería haber preguntado eso. Ese no es el problema ahora mismo. Quería asegurarme de que estabas bien y ayudarte a limpiarte. —Su voz fue quebrándose en la última parte.
Suspiré, me di la vuelta y esta vez lo miré a los ojos.
—Estoy bien. Tengo que ir a la cocina y ver si aún tengo trabajo. Me habían advertido esta mañana que algo así podría suceder por Antonio y que sería culpa mía. Así que, ahora mismo tengo problemas más grandes que tu repentina necesidad de ser posesivo conmigo. Lo cual es ridículo, ya que estabas haciendo lo mejor que podías para ignorarme hasta que ocurrió este incidente. O me conoces o
no, Pedro. Elige. —El dolor en mi voz no había sido fácil de enmascarar. Tiré de mi brazo, liberándolo de su mano y me dirigí hacia la cocina.
—Tú estabas trabajando. ¿Qué querías que hiciera? —gritó y me detuve—. Reconociéndote le había dado una razón a Daniela para atacarte. Estaba protegiéndote.
El hecho de que llegara a admitir eso decía mucho. Daniela iba primero. Estaba ignorándome y así manteniendo feliz a Dani. Por supuesto, lo había esperado. Yo sólo era la cita de sexo. Ella era la hermana. Él hizo bien en elegirla por encima de mí. ¿Cómo podía verme como algo más cuando había caído tan fácilmente en su cama?
—Tienes razón, Pedro. Tú ignorándome mantendrá a Daniela lejos de atacarme. Yo sólo soy la chica que te follaste las últimas dos noches. A fin de cuentas, no soy
tan especial. Soy una de tantas.
No esperé a que dijera más. Corrí por las puertas de la cocina chocando contra ellas antes de que las lágrimas en mis ojos se liberaran.



CAPITULO 41












Caminé tan rápido como pude con una bandeja llena de copas de champán.
Una vez en el salón, comencé el mismo camino a través de los miembros que estaban concentrados en conversaciones mientras yo sólo era una bandeja con bebida. Esto me gustaba más, no me ponía de nervios.
La risita familiar de Isabel captó mi atención y me giré para buscarla. No la había visto antes en la cocina. Asumí que Elena no la había querido trabajando en esta función. O el padre de Antonio no había querido.
Isa no iba vestida como nosotros. Llevaba un ceñido vestido negro de chiffon y su largo cabello castaño estaba recogido sobre la coronilla con tirabuzones cayendo por su rostro. Giró la cabeza, atrapando mis ojos y me dio una amplia sonrisa. La observé mientras se apuraba hacia mí. Los altos tacones que llevaba no hicieron que disminuyese la velocidad.
—¿Puedes creerte que estoy aquí como invitada? —preguntó Isa, mirando impresionada a su alrededor y después a mí. Sacudí la cabeza porque no podía—.
Cuando anoche vino Jose a mi apartamento, me lo rogó de rodillas y le dije que si me quería, tenía que reclamarme como su novia en público. Accedió y bueno, ya captas la idea. Las cosas se calentaron en mi apartamento. Pero bueno, de todos modos, aquí estoy —dijo con entusiasmo.
Jose había perdido el miedo. Bien por él. Miré por encima del hombro de Isabel y vi que Jose nos miraba. Le sonreí y asentí en aprobación. Una sonrisa torcida destelló en sus labios acompañada de un encogimiento de hombros.
—Me alegro de que le haya entrado algo de cordura —repliqué.
Isa me apretó el brazo. —Gracias —susurró.
No tenía nada que agradecerme, pero le sonreí. —Ve, diviértete. Tengo que pasar todo esto antes de que venga tu tía y me pille hablando.
—Está bien, lo haré, aunque ojalá pudieses divertirte conmigo. —Sus ojos echaron un vistazo sobre su hombro. Sabía que estaba mirando a Pedro. Él estaba allí y estaba ignorándome delante de toda esta gente. Lo estaba haciendo por el bien de Dani. ¿Pero eso lo hacía mejor?
Poco a poco me di cuenta. Me había convertido en Isabel.
—Necesito el dinero, así podré tener mi propio lugar —dije con una sonrisa forzada—. Ve a integrarte. —La animé y me fui al siguiente grupo.
Ojos siguiéndome enviaron una sensación de ardor a mi cuello. Sabía que Pedro me estaba mirando, no necesitaba girarme y verlo para confirmarlo. ¿Había llegado a la misma conclusión que yo? Lo dudaba, él era un chico. Me había
convertido en disponible y fácil, también era la más hipócrita del mundo, ahora me sentía culpable de reprender y compadecerme de Isabel.
La última copa de champán dejó mi bandeja y me acerqué de nuevo a través de la multitud con cuidado de no acercarme ni a Pedro ni a Daniela. Ni siquiera les
eché un vistazo, seguía teniendo un poco de orgullo. Sólo tuve que parar tres veces para que los clientes pusieran sus copas vacías en mi bandeja mientras me daba prisa en regresar a la seguridad de la cocina.
—Bien, estás de vuelta. Toma esta bandeja. Necesitamos un poco de comida por ahí antes de que todos beban demasiado y tengamos un lío de borrachos
pretenciosos en nuestras manos —dijo Elena y me entregó una bandeja de cosas que no reconocí. También olían mal. Arrugué la nariz y mantuve la bandeja alejada de mí. Elena se rio a carcajadas.
—Son caracoles, son repugnantes, pero estas personas piensan que son un manjar. Olvida el olor y vete. —Sentí mi estómago retorcerse. Lo podría haber hecho sin la explicación, caracoles habría sido una descripción suficiente.
Cuando llegué a la entrada del salón de baile, me tranquilicé y traté de no pensar en los caracoles que estaba dando a la gente para comer o en el hecho de que Pedro estaba ahí, actuando como si no me conociera en absoluto. Después de haber pasado las dos últimas noches en su cama.
—¿Estás bien? —preguntó Antonio cuando entré en la sala, estaba a mi lado pareciendo preocupado.
—Sí, salvo por el hecho de que estoy dándole a las personas caracoles para comer —contesté. Antonio se echó a reír, tomó uno de mi bandeja y se lo metió en la boca.
—Deberías probar uno. Son realmente muy buenos. Especialmente empapados en ajo y mantequilla.
Mi estómago se retorció de nuevo y sacudí la cabeza. Antonio se rio en voz alta esta vez.
—Siempre haces las cosas más interesantes, Paula —dijo, inclinándose hacia mi oído—. Siento lo de Pedro. Sólo para que conste, si me hubieras elegido no estarías trabajando esta noche. Irías de mi brazo.
Sentí mi rostro ruborizarse. Ya era suficiente saber que era un sucio y pequeño secreto, pero que otros se dieran cuenta era humillante. Sin embargo, quería a Pedro. Mucho. Bueno, obtuve mi deseo.
—Necesito el dinero. Estoy muy cerca de ser capaz de permitirme un lugar propio —informé con total naturalidad.
Antonio me dio un gesto enérgico y una simpática sonrisa antes de girarse a saludar a un anciano que pasaba por allí. Tomé ese momento para escapar. Tenía gente que alimentar con caracoles. Marcos me llamó la atención y me guiñó el ojo para tranquilizarme. Había atendido brillantemente el lado de la sala de Pedro. No había llegado ni siquiera cerca de él. Isabel me sonrió cuando llegué a su grupo. Su sonrisa cayó cuando vio la comida de la bandeja.
—¿Qué es eso? —preguntó con horror.
—No quieres saber —dije causando que Jose y un tipo con el que no estaba familiarizada se rieran.
—Probablemente sea mejor dejar que esto pase de largo —dijo Jose a Isa mientras colocaba la mano en su cintura y la atraía hacia su lado con afecto.
Le sonrió y eso fue todo el dulce romance que pude tomar. Me apresuré hacia el siguiente grupo. El rizado cabello rojo me era familiar. Me tomó un segundo ubicarla. El veneno malvado que destilaba su sonrisa me recordaba
exactamente donde la había visto antes. Ella había estado en la casa de Pedro, tras Antonio, la noche de la fiesta de Daniela. No había hecho una fan esa noche, gracias a
Antonio.
—¿No es divertido? —dijo ella, volviendo su atención de la pareja con la que había estado hablando y centrándose en mí—. Supongo que Antonio decidió que era más adecuado para ti trabajar para él, que salir con él. —Ella se rio y negó
con la cabeza haciendo que sus los rojos rizos rebotaran alrededor—. Lo juro, esto hace mi noche. —Levantó la mano y ladeó mi bandeja.
Los caracoles corrieron por delante de mi camisa, seguidos por la bandeja cayendo ruidosamente en el suelo. Estaba demasiado aturdida como para moverme o hablar.


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miércoles, 11 de diciembre de 2013

CAPITULO 40








—Respira, Paula. Es solo un maldito baile —dijo Marcos. Inhalé. No me había dado cuenta de que había entrado en pánico. Es por eso que quería mantener mi distancia. Sabía que este día llegaría. ¿Mi padre estaría en casa hoy?
—¿A qué hora empieza? —Me las arreglé para preguntar sin modificar mi voz.
—A las siete, pero a las cinco cerrarán el comedor para que podamos prepararnos.
Asentí y puse el resto de la rosquilla sobre la mesa, no podía terminarla.
Hoy el tiempo no jugaba a mi favor. Sentía el teléfono en el bolsillo, pero no podía enviarle un mensaje a Pedro. No quería que me diera malas noticias por esa vía.
Sólo quedaba esperar.
—Paula, necesito verte un momento en mi oficina. —La voz de Antonio interrumpió mis pensamientos. Miré a Marcos y sus ojos se abrieron con preocupación. Genial. ¿Qué había hecho?
Me levanté y me giré hacia Antonio. No parecía enojado. Me sonrió y eso me dio el coraje que necesitaba para caminar hacia él. Sostuvo la puerta por mí y salí al pasillo.
—Relájate, Paula. No estás en problemas. Sólo tenemos que hablar de esta noche.
Oh. Uf. Inhalé y asentí, entonces lo seguí hacia la puerta al final del pasillo.
—No tengo nada glamoroso. Papá cree en hacer que me trabaje mi camino hacia la cima, incluso aunque algún día heredaré el club. —Antonio puso los ojos en
blanco mientras abría la puerta de la oficina y me invitaba a entrar. El cuarto era tan grande como mi habitación en casa de Pedro. Tenía dos largas ventanas panorámicas mirando hacia el hoyo dieciocho.

Caminó y se sentó en el borde de su escritorio en lugar de hacerlo detrás.
Aprecié su intento de no hacerlo muy formal. Eso me hubiera puesto nerviosa.
—El Baile de Debutantes es por la noche. Aquí es un evento anual. Convertimos a las zorritas ricas en adultas. Es un estúpido dolor en el trasero que hace ganar al club más de cincuenta millones de dólares con las cuotas, donaciones
y todo eso. Así que no podemos detener la tontería. Ni mi madre lo haría si pudiera. Ella también fue una debutante una vez y podría pensarse que la coronaron reina de Inglaterra si la oyeses hablar.
No me sentí mejor. Esa explicación lo empeoraba todo.
—Daniela ya tiene veintiuno, así que será una debutante. Miré la lista y Pedro será su escolta; es tradicional que el padre o el hermano mayor sean los escoltas.
Éste también debe ser miembro del club. No sé lo que pasa entre Pedro y tu, pero lo que sí sé es que Dani te odia. No necesito dramatismos esta noche. Pero a pesar de
todo, te necesito. Eres una de las mejores. La pregunta es: ¿puedes hacerlo sin una pelea? Porque Daniela hará lo posible por molestarte. Dependerá de ti ignorarla.
Puedes estar saliendo con uno de los miembros, pero eres parte del personal. Eso no cambia. Los miembros siempre tienen la razón. El club tomará partido por Daniela si comienza una pelea.
¿Qué esperaba? Esto no era el instituto. Todos éramos adultos. Podría ignorar a Daniela y a Pedro toda la noche si era necesario.
—Puedo hacerlo. No hay problema.
Antonio asintió energéticamente. —Bien, porque la paga es excelente y necesitas la experiencia.
—Puedo hacerlo —aseguré.
Él se levantó.
—Estoy confiando en que así sea. Puedes ayudar a Marcos con el desayuno.
Ahora probablemente está echando pestes de nosotros.


***


El resto del día pasó volando y estuve tan ocupada con los preparativos que no tuve tiempo de pensar en Daniela o en el regreso de mi padre. Ni en Pedro. Ahora estaba de pie en la cocina con todos los camareros. Llevaba un vestido blanco con negro y el cabello recogido en un moño. Comenzaba a tener mariposas en el estómago.

Era la primera vez que tenía que enfrentarme a las diferencias entre Pedro y yo. Su mundo contra el mío. Esta noche, colisionarían. Me había preparado para cualquier comentario que Daniela pudiera hacer sobre mí. Hasta había hablado con Marcos para que fuera mi amortiguador y evitara que me acercara a ella. Quería ver a Pedro, incluso hablar con él, pero presentía que sería recibida con muchos ceños fruncidos.
—Hora del espectáculo. Entremeses y bebidas, gente. Ya saben su trabajo. Vamos. —Darla dirigía la función tras bambalinas esta noche. Recogí mi bandeja con los Martini y me dirigí hacia la fila en la puerta. Todos salieron rápido y
recorrimos varios caminos a través de la muchedumbre. El mío era un semicírculo en el sentido de las agujas del reloj. A menos que viera a Dani, entonces me giraría contrarreloj y Marcos iría a favor. Era un buen plan. Sólo esperaba que funcionara.
La primera pareja hacia la que me dirigí ni siquiera se enteró de que existía mientras charlaban y bebían de la bandeja. Eso era fácil. Pasé por otros grupos, donde reconocí algunos hombres y mujeres del campo de golf. Sonreían y asentían cuando me reconocían, pero eso era todo.
A medio camino del salón, mi bandeja estaba vacía y tomé nota mental del punto en que me encontraba. Me apuré a la cocina por más copas, Elena me estaba esperando. Me puso unas cuantas copas de Martini en la bandeja y me ahuyentó.
Regresé a mi sitio, sólo deteniéndome dos veces para permitir que alguien tomara alguna copa de la bandeja. El señor Jenkins me llamó y agitó una mano, saludándome, le devolví la sonrisa. Jugaba dieciocho hoyos cada viernes y sábado.
Me impresionaba que un hombre de noventa y tantos años pudiera moverse tan bien. También venía a tomar café y dos huevos escalfados por las mañanas de lunes a viernes.
Mientras me giraba para sonreírle, mis ojos se trabaron con los de Pedro Había tratado con ahínco de no buscarlo, aun sabiendo que estaba aquí. Era la gran noche de Dani, Pedro no se la perdería. No había razón para hacerlo. Ella era cruel, pero era su hermana. A mí era a quien detestaba, no a él.
Su rostro parecía dolido y la pequeña sonrisa era forzada. Le sonreí de vuelta, intentando no pensar en su extraño saludo. Al menos me había mirado. No sabía qué esperar de él.

CAPITULO 39






—Creo que la palabra que estás buscando es épico —dije riendo mientras me inclinaba hacia atrás para poder verlo.
La ternura en sus ojos derritió mi corazón un poco más. 
—El sexo más épico conocido por el hombre —respondió y extendió su mano para meter mi cabello detrás de mis orejas—. Estoy arruinado. ¿Sabes eso? Me has arruinado.
Moví las caderas y pude sentirlo aun en mi interior. 
—Mmm, no, creo que todavía podrías funcionar.
—Dios, mujer, vas a tenerme duro y listo de nuevo. Tengo que limpiarte.
Tracé su labio inferior con la yema de mi dedo. —No voy a sangrar de nuevo. Ya lo hice.
Pedro colocó mi dedo en su boca y lo chupó con suavidad antes de dejarlo ir.
—No estaba usando un condón. Estoy limpio, sin embargo. Siempre uso condón y me chequeo con regularidad. —No estaba segura de cómo procesar esto. No había pensado en un condón—. Lo siento. Tú te desnudaste y mi cerebro se desprotegió.
Te prometo que estoy limpio. Negué con la cabeza. 
—No, está bien. Te creo. No pensé en eso, tampoco.
Pedro me empujó contra él. —Bueno, porque esto fue jodidamente increíble. Nunca lo sentí sin condón. Sabiendo que estaba en ti y sintiéndote desnuda me hizo de verdad endemoniadamente feliz. Te sentías increíble. Toda caliente,
húmeda y muy apretada.
Me sacudí contra él. Sus palabras sucias en mi oreja hacían que mi dolor despertara de nuevo. —Mmm —contesté mientras lo sentía crecer, duro, dentro de mí de nuevo.
—¿Estás en control de natalidad?
Nunca tuve una razón para hacerlo. Negué con la cabeza.
Gimió y movió las caderas hasta que estuvo fuera de mi. 
—No podemos hacer esto hasta que lo estés. Pero me tienes duro otra vez. —Llegó hasta entre mis piernas y pasó un dedo contra mi clítoris hinchado—. Tan sexy —murmuro. Deje que mi cabeza cayera y disfruté de su tacto suave.
—Pau, toma una ducha conmigo —pidió con voz tensa.
—Está bien —dije, mirando hacia él. Me ayudó a levantarme y luego me llevó a su enorme cuarto de baño.
—Te quiero en la ducha. Lo que hicimos fue el mejor sexo que he tenido en mi vida. Pero aquí va a ser más lento. Estoy cuidando de ti.

Dejar a Pedro en la cama esta mañana había sido duro. Estaba durmiendo tan plácidamente que no quise despertarlo. Me abstuve de besar su rostro antes de irme. Dormido parecía libre de toda preocupación. No me di cuenta de lo intenso y en guardia que se encontraba hasta
que lo vi dormir y parecer completamente en paz.
Abriendo la puerta del salón de empleados, me saludó el aroma de rosquillas frescas y un sonriente Marcos.
—Buenos días, nena —dijo tan alegre como siempre.
—Eso esta por verse… ¿vas a compartir esas rosquillas o no? Me alcanzó la caja. —Compré dos extra para ti, muñeca. Sabía que mi bombón rubio vendría a trabajar hoy y no quería estar con las manos vacías.
Me senté frente a él y alcancé mi rosquilla. —Si pensara que lo disfrutarías, te besaría —bromeé.
Marcos movió las cejas.
—¿Quién sabe, nena? Una cara como la tuya puede llevar a un hombre por el mal camino.
Riéndome, mordí la cálida y mullida ricura. No era saludable, pero estaba malditamente buena.
—Come, porque tenemos un larguísimo día por delante. El baile de debutantes es por la noche y no estaremos en el comedor. Todos seremos enviados al salón de baile y forzados a caminar con bandejas de comida para luego servirles en la cena.
¿Baile de debutantes? ¿Qué narices era eso?
—¿Es por eso que afuera hay tantas furgonetas con flores y decoraciones?

Marcos asintió y tomó otra rosquilla cubierta con chocolate.
—Sí. Tiene lugar todos los años durante esta semana. Las locas y ricas mamás pavonean a sus hijas y las presentan en sociedad. Después de esta noche, las chicas serán consideradas mujeres y tratadas como miembros adultos del club.
Pueden estar en comités y cosas así. Es una tontería, eso es lo que es.
Especialmente desde que Dani cumplió veintiuno hace un par de semanas. Eso significa que es estrenada en la jodida adultez.
Daniela era una debutante. Eso era interesante. Su madre no estaba aquí. ¿Eso quería decir que volvía? Mi corazón se aceleró… tendría que marcharme pronto.
Pedro no me había dicho que había cambiado algo sobre mi mudanza. Cuando me fuera, ¿todavía me vería?



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CAPITULO 38







Me saqué mi camisa y luego alcancé la suya. Levantó sus brazos para mí y saqué la camisa por su cabeza. Él hizo un rápido trabajo con mi sujetador y se había ido, con nada entre nosotros. Sus manos ahuecaron mis pechos mientras el pasaba el pulgar sobre cada cima dura. 
—Eres tan jodida e increíblemente hermosa. Por dentro y por fuera —susurro—. Por mucho que no lo merezco,
quiero estar enterrado en ti. No puedo esperar. Necesito estar tan cerca de ti como sea posible.
Me deslicé detrás de él y me levanté. Después de deslizar mis zapatos, me desabroché los pantalones cortos y los bajé junto con mi ropa interior y luego salí de ellos. Él se quedó ahí sentado, mirándome como si fuese la cosa más fascinante que jamás hubiese visto. Se sintió poderoso. La vergüenza que esperaba al estar de pie, desnuda frente a él, no estaba allí.
—Desnúdate —dije, mirando la erección presionando sus pantalones. Pensé que obtendría una risita divertida de él, pero no hubo ninguna. Se puso de pie, rápidamente salió de sus pantalones, y luego se dejó caer en el sofá jalándome hacia él.
—Ponte a horcajadas sobre mi —ordenó. Hice lo que me dijo—. Ahora — Trago saliva—, tranquilamente baja sobre mí. —. Me agarré a sus hombros y, poco a poco, bajé
mientras él manejaba todo lo demás.
—Tranquila, bebé. Lento y fácil. Vas a estar dolorida.
Asentí con la cabeza y me mordí el labio interior mientras la punta comenzaba a entrar en mí. Él movió la punta hacia atrás y adelante sobre mi abertura, burlándose. Le apreté los hombros y jadeé. Se sentía bien. Muy bien.
—Es todo. Te estás poniendo tan jodidamente húmeda. Dios, quiero probarlo —gruñó.
Ver la expresión animal en sus ojos tocó un interruptor en mí. Quería hacer que me recordara. Recordar esto. Sabía que nuestro tiempo era limitado y sabía que yo nunca lo olvidaría. Sin embargo, quería saber que cuando él se fuera, nunca me olvidara. No quería ser esa chica cuya virginidad sólo tomaba.
Inclinándome hacia delante, esperé hasta que él frotó la punta contra mi entrada. Luego, me dejé caer duro con un fuerte grito mientras me llenaba.

—MIERDA —gritó Pedro. No esperaba que se preocupara por mí. Lo iba a montar. Ahora entendí la terminología. Tenía el control de esto. Él empezó a abrir la boca para decir algo, pero lo paré metiendo mi lengua en su boca mientras
levantaba mis caderas y volvía a sentarme sobre el más fuertemente. La sensación del gemido y hundimiento de su cuerpo me aseguraron que estaba haciendo algo
bien.
Me aparté, para que así pudiera gritar mientras lo cabalgaba más rápido y más duro. La sensibilidad en mi interior estaba gritando con el estiramiento de mi entrada, pero era un dolor bueno.
—Paula, oh mierda santa, Paula —gruñó cuando sus manos agarraron mis caderas y se dejó a si mismo liberarse y disfrutar del paseo. Sus manos comenzaron a tomar el control. Me levantó y me golpeó sobre él de nuevo con embestidas duras y rápidas. Cada maldición y gemido que escapaba de él me hicieron sentir más salvaje. Necesitaba esto con él.
El orgasmo se estaba construyendo y supe al cabo de unos cuantos golpes más que iba a acabar sobre él. Quería que él se viniera, también. Comencé a mecerme en él y dejé salir los gritos que estaba tratando de controlar. 
—Me voy a venir —gemí mientras la sensación se construía.
—Joder bebe, tan bueno —gruñó y luego ambos caímos juntos. Su cuerpo resistió debajo de mi y luego se calmó. Mi nombre fue arrancado de sus labios al mismo tiempo que mi cuerpo llegaba a su clímax.
Cuando los temblores se hicieron más lentos y pude respirar de nuevo, envolví mis brazos alrededor de su cuello y colapsé sobre él.
Ambos brazos me abrazaron con fuerza mientras su respiración se volvía lenta. Me gustaba el sexo dulce que habíamos tenido la noche anterior, pero había algo que decir sobre follar. Sonreí para mis adentros ante la idea y me giré para besar su cuello.
—Nunca. Nunca en mi vida —jadeó, pasando su mano por mi espalda y ahuecando mi trasero con un suave apretón
—. Eso fue... Dios, Pau. No tengo palabras.
Sonreí contra su cuello y sabía que había hecho mi marca en este perfecto, herido, confuso y misterioso hombre.



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CAPITULO 37








Cubrí mi mano por el grito que brotó de mi cuando me di cuenta que no estaba sola. Estaba Pedro. Estaba sentado en mi cama, mirando por la ventana. Se puso de pie cuando cerré la puerta y caminó hacia mí.
—Hola —dijo él en voz suave.
—Hola—respondí, sin saber por qué estaba en mi habitación cuando tenía una casa llena de gente
—. ¿Qué estás haciendo aquí? Me dio una sonrisa torcida. —Esperándote. Pensé que era un poco obvio.
Sonriendo, agaché mi cabeza. Sus ojos podían ser demasiado a veces. 
Puedo verlo. Pero tienes invitados.
—No son mis invitados. Confía en mí, quería la casa vacía —dijo ahuecando el lado de mi cara con su mano—. Ven arriba conmigo. Por favor.

Él no tenía que mendigar. Iría con mucho gusto. Dejé caer mi bolso sobre la cama y entrelacé mi mano con la suya.
 —Muéstrame el camino.
Pedro apretó mi mano y nos dirigimos juntos a las escaleras.
Una vez que llegamos al escalón más alto, Pedro me tomó en sus brazos y me besó con fuerza. Tal vez yo era fácil, pero no me importaba. Lo había extrañado hoy. Envolví mis brazos alrededor de su cuello y lo besé con toda la emoción,
produciendo dentro de mi algo que no terminaba de entender.
Cuando rompió el beso, ambos estábamos sin aliento.
 —Hablemos. Vamos a hablar primero. Quiero verte sonreír y reír. Quiero saber cuál era tu programa favorito cuando eras una niña, quién te hizo llorar en la escuela y de qué grupo de chicos colgabas carteles en tu pared. Luego, te quiero desnuda en mi cama de nuevo.
Sonriendo ante su extraña manera, pero adorable, de decirme que me quería para más que sexo conmigo, me acerqué al gran sofá seccional café que daba al mar en lugar de a un televisor.
—¿Sedienta? —preguntó Pedro, acercándose a un refrigerador de acero inoxidable que no me había tomado el tiempo para notar anoche. Un pequeño bar justo al lado de él.
—Algo de agua con hielo estaría bien —contesté.
Pedro fue a preparar bebidas y yo me giré para mirar hacia el océano.
—Rugrats era mi programa favorito, Agustin Gonsalez me hacía llorar por lo menos una vez a la semana, luego hizo llorar a Valeria y yo me enojé y lo lastimé.
Mi ataque favorito y de mayor éxito fue una patada en las bolas. Y vergonzosamente, The Backstreet Boys cubrían mis paredes.
Pedro se detuvo a mi lado y me dio un vaso de agua con hielo. Pude ver la indecisión en su rostro. Se sentó a mi lado. 
—¿Quién es Valeria?
Había mencionado a mi hermana sin pensar. Me sentía cómoda con Pedro.
Quería que me conociera. Tal vez si me abría sobre mis secretos, él compartiría los suyos. Incluso si no me podía compartir los de Daniela.
—Valeria era mi hermana gemela. Murió en un accidente de coche hace cinco años. Mi papá estaba conduciendo. Dos semanas después, él salió de nuestras vidas y nunca regresó. Mamá dijo que teníamos que perdonarlo porque él
no podía vivir con el hecho de haber estado conduciendo el auto que mató a Valeria. Siempre quise creerle. Incluso cuando no vino al funeral de mamá, quería poder creer que él no podía hacerle frente. Así que lo perdoné. Ya no lo odio ni dejo que la amargura y el odio me controle. Pero vine aquí y bueno… tú sabes.
Supongo que mamá estaba equivocada.
Pedro se inclinó hacia adelante y dejó el vaso sobre la mesa de madera rústica a lado del sofá y pasó su brazo detrás de mí. —No tenía idea de que tuvieras una hermana gemela —dijo casi con reverencia.
—Éramos idénticas. No podías distinguirnos. Tuvimos un montón de diversión con eso en la escuela y con chicos. Solo Facundo podía distinguirnos.
Pedro empezó a jugar con un mechón de mi pelo mientras ambos mirábamos el agua. —¿Cuánto tiempo se conocieron tus padres antes de casarse? —preguntó.
No era una pregunta que yo esperara.
—Fue una cosa del tipo de amor a primera vista. Mamá estaba visitando a una amiga suya en Atlanta. Papá había roto recientemente con su novia y se acercó una noche cuando mamá estaba en el apartamento con su amiga sola. Su amiga era un poco salvaje según lo que me dijo mamá. Papá miro a mamá y se hundió. No puedo culparlo. Mi madre era preciosa. Tenía mi color de cabello, pero tenía
grandes ojos verdes. Eran casi como joyas y ella era divertida. Eras feliz con solo estar cerca de ella. Nada la deprimía. Sonreía a través de todo. La única vez que la
vi llorar fue cuando me contó sobre Valeria. Cayó al suelo y lloró ese día. Me habría asustado si no me hubiera sentido de la misma manera. Fue como si una parte de mi alma fuera arrancada. —Me detuve. Mis ojos estaban ardiendo. Me dejé cerrar por la apertura. No me había abierto a nadie en años.
Pedro apoyó su frente en la parte superior de mi cabeza. 
—Lo siento mucho, Paula. No tenía idea.
Por primera vez desde que Valeria me había dejado, sentí como si ahí estuviera alguien para poder hablar. No tenía que contenerme. Me giré en sus brazos y encontré sus labios con los míos. Necesitaba esta cercanía. Recordaba el
dolor y ahora lo necesitaba para hacerlo desaparecer. Era tan bueno en hacer desaparecer todo excepto a él.
—Las amaba. Siempre las amare, pero ya estoy bien. Ellas están juntas. Se tienen entre sí —dije cuando sentí su renuencia a besarme de nuevo.
—¿Qué tienes tu? —preguntó con voz torturada.
—Me tengo a mi. Me di cuenta hace tres años cuando mi mamá se enfermó que mientras me aferrara a mi misma y no olvidara quien era, siempre iba a estar bien —contesté.
Pedro cerró los ojos y respiró profundamente. Cuando los abrió, tenía una mirada de desesperación que me sobresaltó. —Te necesito. Ahora mismo. Déjame
amarte justo aquí, por favor.



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