miércoles, 27 de noviembre de 2013

CAPITULO 10






El sol era excepcionalmente caliente. Elena no quería que me recogiera el pelo en una coleta. Parecía pensar que a los hombres les gustaba suelto. Desafortunadamente para mí, estaba locamente caluroso hoy.
Me aproximé al congelador por un cubito de hielo y lo froté por mi cuello hacia abajo, permitiendo que se deslizara hacia mi camiseta. Estaba casi en el decimoquinto hoyo por tercera vez hoy.
Esta mañana nadie había estado despierto cuando salí de mi habitación. Los platos vacíos se habían quedado sobre la barra. Lo había limpiado y tiré la comida de la cacerola que él había dejado fuera toda la noche. Me entristeció verla
desperdiciada. Había olido tan bien anoche cuando llegué a casa.
Luego tiré la botella vacía de vino y encontré las copas fuera sobre la mesa, junto al lugar en donde había visto a Pedro con la mujer desconocida.
Después de poner los platos sucios en el lavavajillas, había abierto y limpiado las encimeras y gabinetes.
Dudaba que Pedro se diera cuenta, pero me hacía sentir mejor sobre dormir allí gratis. Me detuve junto a un grupo de golfistas en el hoyo quince. Eran un montón de hombres más jóvenes. Les había visto cuando estaban en el tercer hoyo.
Compraron todas las bebidas y fueron realmente generosos con las propinas. Así que soporté su coqueteo. No era como si uno de ellos realmente le fuera a pedir una cita a la chica del carro del campo de golf. No era una idiota.
—Allí está ella —gritó uno de los tipos mientras me ponía junto a ellos y sonreía.
—Ah, mi chica favorita ha vuelto. Hace más calor que en el infierno, chica.
Necesito una cerveza. Quizás dos.
Aparqué el carro y salí para rodearlo hasta la parte trasera y tomar su pedido.
—¿Quieres otra Martin? —le pregunté orgullosa por recordar su último pedido.
—Sí, nena. —Me guiñó un ojo y cerró la distancia que había entre nosotros haciéndome sentir un poco incómoda.
—Oye, yo quiero algo también, Jose. Apártate de las mercancías —dijo otro tipo y yo mantuve una sonrisa en mi cara mientras le entregaba su cerveza y él me tendía un billete de veinte dólares—. Quédate con el cambio.
—Gracias —respondí metiendo el dinero en mi bolsillo. Miré a los otros tipos—. ¿Quién es el siguiente?
—Yo —dijo un tipo con rizado cabello rubio corto y hermosos ojos azules agitando un billete.
—Quieres una Corona, ¿verdad? —pregunté acercándome al congelador y sacando la bebida que había pedido la última vez.
—Creo que me he enamorado. Es preciosa y recuerda qué cerveza bebo.Luego abre la maldita cosa para mí. —Me di cuenta de que me estaba tomando el pelo mientras me ponía un billete en la mano y recogía la cerveza—. El cambio es tuyo, preciosa.
Descubrí que era de cincuenta mientras lo metía en mi bolsillo. A estos chicos realmente no les importaba ir tirando el dinero por ahí. Esa era una propina ridícula. Me sentí como si debiera decirles que no me dieran tanto, pero decidí no hacerlo. Probablemente daban propinas como estas todo el tiempo.
—¿Cuál es tu nombre? —preguntó uno y me volví para ver al tipo con el cabello oscuro y la tez olivácea esperando para darme su pedido y escuchar mi respuesta.
—Paula—respondí, acercándome al congelador por la lujosa cerveza que él había pedido. Abrí la tapa y se la tendí.
—¿Tienes novio, Paula? —preguntó, cogiendo la bebida de mi mano mientras frotaba un dedo a lo largo de un lateral de mi mano en una caricia.
—Umm, no —respondí, poco segura de sí lo mejor hubiera sido mentir en ésta situación.
El tipo dio un paso hacia mí y extendió su mano con el pago y la propina dentro de ella. —Soy Antonio—respondió.
—Esto, uh, encantada de conocerte, Antonio—tartamudeé en respuesta. La intensa mirada de sus ojos oscuros me estaba poniendo nerviosa. Podía ser peligroso y apestaba a colonia cara. Expertamente educado. Era una de esas
personas guapas y él lo sabía. ¿Qué hacía coqueteando conmigo?
—No es justo, Antonio. Retrocede, hermano. Vas por todas con esta. Sólo porque tu papá es el dueño no significa que tengas prioridad. —El rubio con rizos bromeó. Creo que estaba bromeando.
Antonio ignoró a su amigo y mantuvo su atención en mí. —¿A qué hora sales de trabajar?
Oh, no. Si entendí correctamente, entonces el padre de Antonio era mi jefe.
No necesitaba estar pasando tiempo con el hijo del propietario. Eso sería una cosa muy mala.
—Trabajo hasta el cierre —expliqué y entregué la última de las cuatro cervezas y tomé su dinero.
—¿Por qué no dejas que te recoja y te lleve por algo de comer? —dijo Antonio, de pie muy cerca de mí. Si me giraba él estaría a solo una respiración de distancia.
—Hace calor y ya estoy agotada. Todo lo que quiero hacer es darme una ducha y descansar.
Una cálida respiración cosquilleó contra mi oído y me estremecí mientras gotas de sudor rodaban por mi espalda.
—¿Estás asustada de mí? No lo estés. Soy inofensivo.
No me sentía segura de qué hacer con él. No era buena con la cosa del coqueteo y estaba bastante segura de que él era un experto en eso. Nadie había coqueteado conmigo en años. Una vez que rompí con Facundo, mis días habían sido
consumidos con la escuela y luego mi madre. No tenía tiempo para nada más. Los chicos no se tomaban la molestia conmigo.
—No me das miedo. Es solo que no estoy acostumbrada a éste tipo de cosas
—contesté educadamente. No sabía cómo responder apropiadamente.
—¿Qué tipo de cosas? —preguntó con curiosidad. Finalmente me volví para mirarle de frente.
—Chicos. Y coquetear. Al menos eso es lo que creo que está pasando. —
Soné como una idiota. La sonrisa que lentamente se fue extendiendo por el rostro de Antonio hizo que quisiera arrastrarme debajo del carro de golf y esconderme.
Estaba fuera de mi liga.
—Sí, esto es definitivamente coquetear. ¿Y cómo es que alguien tan jodida e increíblemente linda como tú no está acostumbrada a esta clase de cosas?
Me tensé ante sus palabras y sacudí la cabeza. Tenía que llegar al decimosexto hoyo. —Simplemente he estado ocupada los últimos años. Si, umm,
no necesitan nada debo irme. Los golfistas del hoyo dieciséis probablemente estén enfadados conmigo ahora.
Antonio asintió con la cabeza y se apartó un paso. —No he terminado contigo. Ni por asomo. Pero te dejaré volver al trabajo.
Me apresuré a volver al lado del conductor del carro y me subí. El del siguiente hoyo era un grupo de hombres cansados y enrojecidos. Nunca en mi vida había deseado ser mirada lujuriosamente por tipos viejos, pero al menos ellos no coqueteaban.


CAPITULO 9









Dos horas más tarde, me detuve en los dieciocho hoyos del campo de golf dos veces y vendí todas las bebidas. Los golfistas querían preguntarme si yo era nueva y comentar que mi servicio era excelente. Yo no era una idiota. Vi la forma en que los hombres mayores me miraban de reojo. Afortunadamente, todos parecían cuidadosos de no cruzar ninguna línea.
La señora que me había contratado finalmente me dijo su nombre cuando volví a llenar el carrito de provisiones. Ella era Elena. Estaba a cargo de la contratación del personal. También era un torbellino. Me dijo que yo debía regresar en cuatro horas o cuando se me acabaran las bebidas, lo que ocurriera primero. Me había quedado sin bebidas en dos horas.
Entré en la oficina y Elena sacó la cabeza de una de las habitaciones. —¿Has vuelto ya? —preguntó, caminando con las manos en las caderas.
—Sí, señora. Me quedé sin bebidas.Sus cejas se alzaron. —¿Todas? Asentí. —Sí. Todas.
Una sonrisa cruzó su rostro severo y soltó una carcajada. —Bueno, seré condenada. Yo sabía que les gustarías, pero esos hombres estarían dispuestos a comprar lo que sea que tengas sólo para que te quedes más tiempo.
No estaba segura de si ese fuera el caso. Hacía calor ahí fuera. Cada vez que me detenía en un hoyo, los golfistas parecían aliviados.
—Vamos, te mostraré dónde reponer. Tendrás que seguir sirviendo hasta que el sol se ponga. Luego regresa aquí y completaremos la documentación.
Era de noche cuando llegué a casa de Pedro. Había estado fuera todo el día.
Los coches adicionales en el camino de entrada se habían ido. El garaje para tres coches estaba cerrado y un convertible rojo se encontraba estacionado fuera de él.
Me aseguré de aparcar mi coche fuera del camino. Pedro podría haber traído a más amigos y no quería que mi camión fuera un problema. Estaba agotada. Sólo quería
ir a la cama.
Me detuve en la puerta y me pregunté si debía llamar o sólo entrar. Pedro había dicho que podía quedarme aquí por un mes. Seguramente eso significaba que no tenía que llamar cada vez que volvía.
Giré el pomo y entré. La entrada se encontraba vacía y sorprendentemente limpia. Alguien ya había limpiado el lío de aquí. El suelo de mármol aún se veía brillante. Oí la televisión viniendo desde la sala de estar grande. No había mucho
más ruidos. Me dirigí a la cocina. Tenía una cama esperando por mí. Realmente me gustaría una ducha, pero todavía no había hablado con Pedro acerca de la ducha que se suponía que yo debía utilizar y no quería molestarlo esta noche. Mañana sólo me escabulliría y utilizaría la misma que había utilizado esta mañana cuando me desperté.
El olor a ajo y queso invadió mi nariz cuando entré a la cocina. Mi estómago gruñó en respuesta. Tenía un paquete de galletas de mantequilla de maní en mi bolso y una botella pequeña leche que compré en una estación de servicio en mi camino a casa. Había hecho algo de dinero hoy en propinas, pero no podía desperdiciar mi dinero en comida. Necesitaba ahorrar todo lo que pudiera.
Había una olla tapada en el horno y una botella de vino abierta sobre el mostrador. Dos platos con los restos de una pasta tentadora también estaban en el mostrador. Pedro tenía compañía.
Un gemido vino desde fuera seguido por un ruido fuerte.
Me acerqué a la ventana, pero tan pronto como la luna golpeó el trasero desnudo de Pedro me quedé helada. Era un trasero desnudo muy lindo. Uno muy, muy lindo. Aunque yo no había visto el trasero desnudo de un hombre antes. Dejé que mis ojos viajaran hasta su espalda y los tatuajes que la cubrían me sorprendieron. No podía decir qué eran exactamente. La luz de la luna no era suficiente y él se estaba moviendo. Sus caderas se movían adelante y atrás y me di cuenta de las dos piernas largas que se presionaban a los costados. El ruidoso gemido llegó de nuevo cuando se movió más rápido. Me tapé la boca y di un paso atrás. Pedro estaba teniendo sexo. Afuera. En su pórtico. No podía apartar mi mirada. Sus manos agarraron las piernas a cada lado de él y empujó para abrirlas aún más. Un fuerte grito me hizo saltar. Dos manos rodearon su espalda y largas uñas se clavaron en los tatuajes que cubrían la piel bronceada.
No debería estar viendo esto. Sacudiendo la cabeza para despejarme, me di vuelta y corrí hacia la despensa y me escondí en mi habitación. No podía pensar en Pedro de esa manera. Él era lo suficientemente sexy. Verlo tener sexo hizo que mi corazón hiciera cosas graciosas. No era como si yo quisiera ser una de esas chicas con las que tenía sexo y luego las dejaba. Ver su cuerpo de esa manera y oír cómo
la hacía sentir a esa chica me puso un poco celosa. Yo nunca había sabido eso.
Tenía diecinueve años y todavía era una virgen triste. Facundo me había dicho que me amaba, pero cuando más lo necesité, él quiso una novia con la que podría
escaparse y tener sexo sin tener que preocuparse de su madre enferma. Él quería una adolescencia normal. Yo impedía eso, así que lo dejé ir.
Cuando me marché ayer por la mañana para venir aquí me había rogado que me quedara. Había afirmado que me amaba. Que nunca me había superado.
Que todas las chicas con las que alguna vez había estado eran sólo una pobre sustituta. No podía creer todo eso. Había llorado por dormir sola y asustada demasiadas noches. Necesité a alguien que me abrazara. Él no había estado allí entonces. Él no entendía el amor.
Cerré la puerta de mi dormitorio y me desplomé sobre la cama. Ni siquiera tiré de las sábanas. Necesitaba dormir. Tenía que estar en el trabajo a las nueve de la mañana. Sonreí para mí misma porque me sentía agradecida. Tenía una cama y un trabajo.

lunes, 25 de noviembre de 2013

CAPITULO 8













Había una nota pegada debajo del limpiaparabrisas de mi
camioneta. La saqué y leí:
«El tanque está lleno. Federico.»
¿Federico me  consiguió    gasolina? Mi  pecho se sintió
repentinamente caliente. Eso fue muy amable de su parte. La palabra de Pedro "vividor" sonó en mis oídos y me di cuenta de que tendría que devolvérselo a Federico a la mayor brevedad posible. No quería ser considerada una vividora como mi padre.
Entrando en el camión, lo manipulé con facilidad y salí de la calzada. Varios coches se encontraban todavía afuera, aunque no tantos como anoche. Me preguntaba quiénes pasaron la noche. ¿Estarían siempre aquí? Yo no había visto a nadie esta mañana, salvo Pedro y la chica que él corrió.
Pedro no era una persona muy agradable, pero era justo. Tenía que aceptar eso. También era sexy como el infierno. Sólo tenía que aprender a pasarlo por alto.
Debería ser bastante fácil. No esperaba que Pedro estuviera muy a menudo a mí alrededor. Parece que no le gusta mucho estar cerca de mí.
Decidí que conseguiría un trabajo en Rosemary para ahorrar en el gas.
Entonces podría mudarme de la casa de Pedro más rápido. Había encontrado un periódico local y dibujé un círculo sobre varios trabajos diferentes. Dos de ellos eran trabajos de camarera en restaurantes locales y me detuve a entregar mi solicitud. Tenía la sensación de que obtendría una llamada de uno o ambos, pero no estaba segura de que quería trabajar en cualquiera de los dos. Aunque lo haría
si fuera lo único disponible. Sólo que las propinas no parecían ser buenas y con un trabajo como ese las necesitas. También visité la farmacia local para solicitar el
puesto de cajera, pero ya lo habían llenado. Luego fui a la oficina del pediatra local para solicitar el trabajo de recepcionista, pero querían experiencia y yo no tenía.

Había un último trabajo que marqué y lo había aplazado porque calculé que
sería un trabajo más difícil de conseguir, mesera en el club de campo local.
Pagaban más de siete dólares la hora, más las propinas sería mucho mejor. Podría estar por mi cuenta incluso antes del mes. Además, había beneficios. El seguro médico sería genial.
El anuncio decía que había que ir a las oficinas principales detrás de la casa club de golf para aplicar. Seguí las instrucciones y estacioné mi camioneta junto a un lujoso Volvo. Ajusté el espejo retrovisor para ver mi cara. Compré un pequeño tubo de rímel mientras me encontraba en la farmacia. Sólo un poco de rímel ayudó a que mi rostro pareciera más mayor. Pasé una mano por mi pelo rubio pálido y dije una breve oración para poder conseguir este trabajo.
Me había quitado mis pantalones cortos y camiseta sin mangas cuando había ido a buscar mi bolso. Me imaginé que un vestido era más probable que me ayudara a conseguir un trabajo. Pedro dijo que parecía a una niña. Yo quería parecer mayor. El rímel y el vestido parecían ayudar.
No me molesté en cerrar la camioneta. No había peligro de ser robada aquí.
No cuando la mayoría de los coches aparcados cerca costaban más de sesenta mil dólares. Los pasos hasta la puerta de la oficina eran pocos. Tomando un último aliento profundo, abrí la puerta y entré.


Una mujer menuda con un cabello castaño corto y unas gafas de montura metálica caminaba por la sala de recepción cuando entré. Me echó un vistazo mientras se dirigía a una de las oficinas, pero se detuvo en seco cuando me vio. Le dio un rápido vistazo al resto de mí y luego asintió con la cabeza en mi dirección.
—¿Estás aquí por el trabajo? —preguntó imperativamente.
Asentí con la cabeza. —Sí, señora. Estoy aquí para el puesto de mesera.
Me dio una sonrisa tensa. —Bien. Eres atractiva. Los miembros pasarán por alto los errores con una cara así. ¿Puedes conducir un carrito de golf y puedes abrir
una botella de cerveza con un abrebotellas? Asentí.
—Estás contratada. Necesito a alguien en el puesto ahora mismo. Sígueme, vamos a cambiarte el uniforme.
No discutí. Cuando se dio la vuelta y comenzó a caminar hacia otra habitación, seguí detrás de ella. Era una mujer con un objetivo. Abrió la puerta y entró.
—¿Usas un tamaño de 3 en pantalones cortos? Tu camisa será más pequeña que tu talla. A los hombres les encantará eso, sin embargo. Les gustan los pechos grandes. Vamos a ver... —Ella hablaba de mis senos. Eso era raro. Agarró un par de pantalones cortos blancos de la rejilla y me los alcanzó. Luego tomó una camisa polo azul claro del estante y me la paso—. Esa es una talla chica. Tiene que ser
ajustado. Somos un establecimiento con clase aquí, pero a nuestros hombres les gusta tener una buena vista. Por lo tanto, les ofrecemos un par de pantalones cortos blancos y polos apretados. No te preocupes por el papeleo. Te haré llenarlo todo después del trabajo. Haz esto por una semana y hazlo bien y veremos si pasar al puesto en el comedor. Estamos cortos de personal allí también. Rostros como el
tuyo no son fáciles de encontrar. Ahora, cámbiate y esperaré para darte el carrito de las bebidas.
CAPITULO 7






Oh, mierda. Aquí va. Una noche era todo lo que iba a tener.
—Está bien —le contesté.
Pedro frunció el ceño y sentí el aumento de mi frecuencia cardíaca. Él no parecía dispuesto a darme una buena noticia.
—No me gusta tu padre. Es un vividor. Mi madre siempre tiende a encontrar hombres así. Es su talento. Pero creo que tú ya sabes eso acerca de él. Lo que se me hace curioso, ¿por qué has venido a él en busca de ayuda si sabías lo que era?
Me gustaría decirle que no era de su incumbencia. Salvo que el hecho de que necesitaba su ayuda lo convertía en su incumbencia. No podía esperar que me dejara dormir en su casa sin explicarle las cosas. Se merecía saber por qué me
estaba ayudando. No quería que pensara que yo también era una vividora.
—Mi madre acaba de morir. Ella tenía cáncer. Tres años de pena y tratamientos. Lo único que poseía era la casa que mi abuela nos dejó. Tuve que venderla y todo lo demás para pagar los gastos médicos de mi madre. No he visto a mi padre desde que nos abandonó hace cinco años. Pero es la única familia que me queda. No tenía a nadie a quien pedirle ayuda. Necesito un lugar donde quedarme hasta que pueda encontrar un trabajo y obtener unas cuantas monedas.
Entonces podré rentar mi propio lugar. Nunca tuve la intención de quedarme mucho. Sé que mi papá no me quiere aquí. —Dejé escapar una risa fuerte que yo
no sentía—. Aunque nunca me esperaba que saliera corriendo antes de que llegara.
La mirada firme de Pedro seguía dirigida hacia mí. Aquella era una información que hubiera preferido que nadie supiera. Solía hablar con Facundo acerca el daño que me hacía el abandono de mi padre. La pérdida de mi hermana y mi padre fue muy dura para mi madre y para mí. Entonces, Facundo había necesitado más y yo no había podido ser lo que él quería. Tenía una madre enferma que cuidar. Tenía que dejar ir a Facundo para que pudiera salir con otras chicas y divertirse. Yo era sólo un peso alrededor de su cuello. Nuestra amistad se había mantenido intacta, pero descubrí que el chico que una vez pensé que había amado
fue sólo una emoción infantil.
—Lamento lo de tu mamá —respondió Pedro finalmente—. Eso tiene que ser duro. Dijiste que estuvo enferma por tres años. Así que, ¿fue desde que tenías dieciséis?
Asentí, sin saber qué más decir. Yo no quería su compasión. Sólo un lugar para dormir.
—Estás pensando en conseguir un trabajo y un lugar propio. —No era una pregunta. Procesaba lo que yo le había dicho. Así que no respondí—. El cuarto en
las escaleras es tuyo por un mes. Debes ser capaz de encontrar un trabajo y conseguir el dinero suficiente para un apartamento. Destin no está demasiado lejos de aquí y el costo de vida es más accesible allí. Si nuestros padres regresan antes de ese tiempo, espero que tu padre sea capaz de ayudarte.
Deje escapar un suspiro de alivio, tragué el nudo que tenía en la garganta.
—Gracias.
Pedro volvió a mirar a la despensa que llevaba a la habitación en la que dormía. Luego me miró otra vez. —Tengo algunas cosas que hacer. Buena suerte en la búsqueda de empleo —dijo. Él se empujó fuera de la mesa y se fue.
No tenía combustible en mi camioneta, pero tenía una cama. También tenía veinte dólares. Corrí a mi habitación para tomar mi bolso y las llaves. Necesitaba encontrar un trabajo lo más rápido posible.
CAPITULO 6









Incluso sin ventanas en la habitación para decirme si el sol estaba alto,sabía que había dormido hasta tarde. Había estado agotada, un viaje de ocho horas por la carretera y pasos en la escalera durante horas después de que ya me había establecido, no me dejaron dormir. Me estiré, me senté y alcancé el interruptor de la luz en la pared. La pequeña bombilla iluminó la habitación y metí la mano bajo la cama para sacar mi maleta.
Necesitaba una ducha y tenía que ir al baño. Tal vez todo el mundo todavía dormía y podría entrar y salir del cuarto de baño sin que nadie se diera cuenta.
Federico no me había mostrado dónde estaba anoche. Esto era todo lo que me habían ofrecido. Con suerte, una ducha rápida no estaría presionando el límite.
Agarré bragas limpias y un par de pantalones cortos de color negro con una camiseta blanca sin mangas. Si tenía suerte, entraría y saldría de la ducha, limpia,antes de Pedro hiciera su camino a la planta baja.
Abrí la puerta que conducía a la despensa y luego caminé a través de las filas de estanterías que contenían más alimentos de los que nadie podía necesitar.
Poco a poco, giré el pomo de la puerta y me alivié al abrirlo. La luz de la cocina estaba apagada y la única luz era el sol brillante que entraba por las ventanas grandes con vista al océano. Si no hubiera tenido tanta necesidad de orinar hubiera disfrutado de la vista por un momento. Pero la naturaleza me estaba llamando y tenía que ir. La casa estaba en silencio. Bebidas vacías esparcidas por el lugar, junto con restos de comida y algunas piezas de ropa.
Podría limpiar esto. Si demostraba ser útil, tal vez podía permanecer hasta conseguir un trabajo y un sueldo o dos.
Lentamente, abrí la primera puerta a la que llegué, temiendo que fuera un dormitorio. Era un closet de entrada. Lo cerré y de nuevo me dirigí por el pasillo hacia las escaleras. Si los baños sólo se adjuntaban a los dormitorios estaba jodida.
Salvo... tal vez había uno afuera, uno que la gente utilizaba después de estar en la playa todo el día. Lourdes tenía que ducharse y usar el baño también. Dando la vuelta, me dirigí a la cocina y hacia las dos puertas de cristal que habían quedado abiertas la noche anterior. Mirando a su alrededor, me di cuenta de una serie de escalones que iban hacia abajo.Los seguí.Había dos puertas. Abrí una. Chalecos salvavidas, flotadores, y tablas de surf cubrían las paredes. Me fui y abrí la otra. Bingo.
Un inodoro estaba en un lado y una pequeña ducha ocupaba hasta el otro lado de la habitación. Champú, acondicionador y jabón junto con un toallón fresco
y una toalla estaban en el pequeño taburete a su lado. Qué conveniente.
Una vez que estuve limpia y vestida colgué la toalla y la ropa de baño en la barra de la ducha. El cuarto de baño no era de uso frecuente. Podría usar la misma toalla y toallón toda la semana y luego lavarlos los fines de semana.
Como si fuera a estar allí tanto tiempo.
Cerré la puerta detrás de mí y me dirigí escalones arriba. El aire olía a mar maravilloso. Una vez que llegué a la cima, me paré en la barandilla y miré hacia el agua. Las olas se estrellaban en la playa de arena blanca. Era la cosa más hermosa que jamás había visto.
Mamá y yo habíamos hablado de ver el mar juntas algún día. Ella lo había visto de niña y sus recuerdos no eran tan claros, pero me contó las historias toda mi vida. Cada invierno cuando hacía frío, nos sentábamos en el interior junto al fuego y planeábamos nuestro viaje de verano a la playa.
Nunca fuimos capaces de hacerlo. Primero porque mi mamá no había sido capaz de pagarlo y luego porque enfermó. Todavía lo planificábamos de todos modos. Me ayudaba a soñar en grande.
Ahora, aquí estaba yo, mirando las olas que sólo habíamos soñado. No era el cuento de hadas de vacaciones que habíamos planeado, pero yo podía ver por las dos.
—Esta vista no pasa de moda. —El acento profundo de Pedro me sorprendió.
Me di la vuelta para verlo apoyado contra la puerta abierta. Sin camisa. Oh. Dios.
No podría formar palabras. El único pecho masculino desnudo que había visto en mi vida era el de Facundo. Y eso fue antes de que mi mamá se enfermara, cuando yo había tenido tiempo para tener citas y diversión. El pecho de Facundo, con dieciséis años de edad, no tenía músculos grandes. Él tenía un lavadero en el estómago.
—¿Estás disfrutando de la vista? —Su tono divertido no se me escapó.
Parpadeé y levanté la mirada para ver la sonrisa en sus labios.
Diablos. Notó que me lo comía con los ojos.
—No dejes que te interrumpa. También yo lo estaba disfrutando —respondió, y luego tomó un sorbo de la taza de café en su mano.
Mi rostro se calentó y yo sabía que tenía tres tipos de rojo. Volviendo a mí alrededor, miré hacia el océano. Qué vergüenza. Yo quería que este tipo me dejara quedarme un poco de tiempo. Babear no era la mejor jugada.
Una risita detrás de mí sólo empeoró las cosas. Se estaba riendo de mí.Fantástico.
—Ahí estás. Te he extrañado en la cama esta mañana. —Un suave arrullo de una mujer salió de detrás de mí. La curiosidad pudo más que yo y me di la vuelta.
Una chica, en nada más que su sujetador y bragas, se acurrucó al lado de Pedro y pasó una larga uña de color rosa por su pecho. No podía culparla por querer tocar eso. Yo estaba bastante tentada.
—Es hora de que te vayas —le dijo él, tomando la mano de su pecho y alejándose de ella. Vi como apuntaba en la dirección de la puerta de entrada.
—¿Qué? —La expresión confusa en su rostro me dijo que no había esperado eso.
—Conseguiste lo que querías, nena. Me querías entre tus piernas. Ya lo tienes. Ahora he terminado.
La llanura fría y dura en su voz me sobresaltó. ¿Hablaba en serio?
—¡Me estás tomando el pelo! —espetó la chica y dio un pisotón.
Pedro negó con la cabeza y tomó otro trago de su taza.
—No vas a hacerme esto. Anoche fue increíble. Lo sabes. —La chica alargó su brazo y él rápidamente la sacó del camino.
—Anoche, cuando viniste a mendigar quitándote la ropa, te advertí que sólo sería una noche de sexo. Nada más.
Cambié mi atención de nuevo a la chica. Su rostro estaba contraído de rabia
y abrió la boca para protestar, pero la cerró de nuevo. Con otro pisotón volvió al interior de la casa.
Yo no podía creer lo que acababa de ver. ¿Era esa la forma en la que esta gente se comportaba? La única experiencia que había tenido en una relación había sido con Facundo. Aunque nunca dormimos juntos, él había sido cuidadoso y dulce conmigo. Esto era duro y cruel.
—Así que, ¿cómo dormiste anoche? —preguntó Pedro como si nada hubiera pasado.
Aparté mi mirada de la puerta por la que la chica había pasado y lo estudié.
¿Qué había poseído a esa chica para dormir con alguien que le había dicho que no sería nada más que sexo? Claro, él tenía un cuerpo del que los modelos de ropa interior debían tener envidia, y esos ojos podían lograr que una chica hiciera cosas locas. Pero aun así. Era tan cruel.
—¿Lo haces a menudo? —pregunté antes de que pudiera detenerme.
Pedro arqueó una ceja. —¿Qué? ¿Preguntarle a la gente si durmió bien?
Él sabía lo que estaba preguntando. Lo estaba evitando. No era asunto mío.
Tenía que permanecer fuera de su camino para que él me dejara quedarme.
Abrir la boca para regañarlo no era una buena idea.
—Tener sexo con chicas y luego tirarlas como basura —repliqué. Cerré la boca, horrorizada mientras las palabras que acababa de decir se hacían eco en mi cabeza. ¿Qué estaba haciendo? ¿Tratando de que me echen?
Pedro dejó la taza sobre la mesa a su lado y se sentó. Se echó hacia atrás estirando sus largas piernas. Entonces, me devolvió la mirada. 
—¿Siempre metes la nariz donde no te incumbe? —preguntó.
Quise enojarme con él. Pero no podía. Él tenía razón. ¿Quién era yo para señalarlo con el dedo? No lo conocía.
—Normalmente no, no. Lo siento —dije, y me apresuré a entrar. No quería darle la oportunidad de echarme también. Necesitaba esa cama debajo de las escaleras por lo menos durante dos semanas.
Me puse a trabajar en recoger los vasos vacíos y botellas de cerveza. Aquel lugar necesitaba una limpieza y podía hacerlo antes de irme a buscar un trabajo.
Sólo esperaba que él no hiciera fiestas como ésta todas las noches. Si así fuera, no me podía quejar, y quién sabe, después de unas cuantas noches podría ser capaz
de dormir sobre cualquier cosa.
—No tienes que hacer eso. lourdes estará aquí mañana.
Dejé caer las botellas que había recogido en la basura y luego me volví hacia él. Estaba de pie en la puerta, mirándome.
—Sólo quería ayudar.-Pedro sonrió. —Ya tengo un ama de llaves. No estoy buscando contratar a otra si eso es lo que estás pensando.
Negué con la cabeza. —No. Ya lo sé. Sólo estaba tratando de ser útil. Tú me dejaste dormir en tu casa anoche.
Pedro se acercó y se paró frente a la barra, cruzando los brazos sobre su pecho. 
—Acerca de eso. Tenemos que hablar.
CAPITULO 5




—Es un hijo de puta malhumorado —dijo Federico, sacudiendo la cabeza y mirando hacia mí. No podría estar en desacuerdo con él.
—No tienes que llevar mi maleta adentro otra vez —le dije alcanzándola.
Federico la movió de nuevo fuera de mi alcance. 
—Sucede que soy el hermano encantador. No voy a dejarte llevar esta maleta cuando tengo dos muy fuertes, por no hablar muy impresionantes, brazos para llevarlas.
Habría sonreído si no fuera por la palabra que me había acabado de lanzar.
—¿Hermano? —repliqué.
Federico sonrió, pero no llegó a sus ojos. 
—Supongo que olvidé mencionar que soy el chico del esposo número dos de Georgina. Estuvo casada con mi padre desde que yo tenía tres años, y Pedro tenía cuatro, hasta que cumplí los quince años. Para entonces, él y yo éramos hermanos. El hecho de que mi padre se divorció de su madre no cambió nada entre nosotros. Fuimos juntos a la
universidad e incluso nos unimos a la misma fraternidad.
Oh. Bien. No esperaba eso. 
—¿Cuántos maridos ha tenido Georgina?
Dejó escapar una risa dura y luego comenzó a caminar hacia la puerta. 
—Tu papá es el esposo número cuatro.
Mi padre era un idiota. Esta mujer sonaba como si cambiara de maridos como lo hacía con sus pantaletas. ¿Cuánto tiempo pasaría antes de que se deshiciera de él y siguiera su camino?
Pedro volvió a subir los escalones y no me dijo nada más mientras nos dirigimos hacia la cocina. Era enorme, con encimeras de mármol negro y electrodomésticos elaborados. Me recordaba a algo salido de una revista de decoración de hogar. Entonces abrió una puerta que parecía un gran pasillo en la despensa. Confundida, miré a mí alrededor y luego lo seguí adentro. Se dirigió a la parte de atrás y abrió otra puerta.
Había espacio suficiente para caminar y poner mi maleta en la cama. Lo seguí y me arrastré por la cama doble que dejaba sólo unos cuantos centímetros
entre ella y la puerta. Era obvio que estaba debajo de la escalera. Una pequeña
mesita de noche se ajustaba entre la cama y la pared. Aparte de eso, no había nada.
—No tengo ni idea de dónde se supone que vas a guardar tu equipaje. Esta habitación es pequeña. En realidad, yo nunca he estado aquí. —Federico sacudió la cabeza y suspiró—. Escucha, si quieres puedes venir a mi apartamento conmigo. Voy a darte una habitación en la que, por lo menos, puedes moverte.
Tan agradable como era Federico, no iba a aceptar esa oferta. Él no necesitaba que un invitado no deseado tomara una de sus habitaciones. Por lo menos aquí estaba escondida para que nadie me viera. Podría limpiar alrededor de la casa y conseguir un trabajo en alguna parte. Quizás Pedro me dejaría dormir en esta pequeña habitación no utilizada hasta que tuviera el dinero suficiente para
mudarme. No sentía como si me hubiera asentando de verdad aquí. Me gustaría encontrar una tienda de comestibles mañana y usar mis veinte dólares para un
poco de comida. La mantequilla de maní y pan me deberían durar una semana más o menos.
—Esto es perfecto. Estoy cómoda con esto. Además, Pedro llamará a mi padre mañana y averiguará cuándo va a regresar. Tal vez mi padre tiene un plan.
No sé. Sin embargo, gracias, realmente aprecio tu oferta.
Federico miró alrededor de la habitación una vez más y frunció el ceño. No estaba contento con ella, pero me sentí aliviada. Era dulce de su parte preocuparse.
—No me gustaría dejarte aquí. Se siente mal. —Me miró esta vez con un sonido suplicante en su voz.
—Esto es genial. Mucho mejor de lo que habría sido mi camioneta.
Frunció el ceño. —¿Camioneta? ¿Ibas a dormir en tu camioneta?
—Sí. Lo iba a hacer. Esto, sin embargo, me da un poco de tiempo para
averiguar lo que voy a hacer a continuación.
Federico se pasó una mano por su cabello desordenado. 
—¿Me prometes algo?—preguntó.
No era de las que hacían promesas. Sabía que se rompen con facilidad. Me encogí de hombros. Era lo mejor que podía hacer.
—Si Pedro te echa, me llamas.
Empecé a estar de acuerdo y me di cuenta que no tenía un teléfono.
—¿Dónde está tu teléfono para que pueda poner mi número en él? —preguntó.
Esto iba a hacerme sonarme aún más patética. —No tengo uno.
Federico me miró boquiabierto —¿No tiene un teléfono celular? No me extraña que lleves una maldita arma. —Metió la mano en su bolsillo y sacó lo que parecía
un recibo.
—¿Tienes un lápiz?
Saqué uno de mi bolso y se lo entregué.
Rápidamente escribió su número, luego me entregó el papel y la pluma. —Me llamas. Lo digo en serio.
Nunca lo llamaría, pero era agradable que se ofreciera. Asentí con la cabeza.
No le había prometido nada.
—Espero que duermas bien aquí. —Miró alrededor de la habitación pequeña, con preocupación en sus ojos. Dormiría maravillosamente.
—Lo haré —le aseguré.
Asintió con la cabeza y salió de la habitación cerrando la puerta detrás de él.
Esperé hasta que lo oí cerrar la puerta de la despensa, antes de sentarme en la cama junto a mi maleta. Esto está bien. Podría lidiar con esto.

domingo, 24 de noviembre de 2013

CAPITULO 4






¿Sabes qué? Realmente no me importaba. Aunque parecía ridículamente sexy haciendo eso. Empecé a poner en marcha la camioneta, pero en lugar del rugido del motor, me encontré con un clic y un poco de silencio. Oh, no. Ahora no. Por favor, ahora no.
Moví la llave y recé estar equivocada. Sabía que el indicador de gasolina estaba roto, pero había estado viendo el kilometraje. No debería estar sin gasolina.
Tenía unos cuantos kilómetros más. Sé que los tenía.
Apreté mi mano contra el volante y le hablé a la camioneta por unos cuantos nombres, pero no pasó nada. Estaba atorada. ¿Llamaría de prisa a la policía? Tan seriamente me quería fuera de su propiedad que vino hasta aquí para asegurarse de que me fui. Ahora que no podía irme, ¿haría que me detuvieran? O peor aún, llamaría a una grúa. No tenía dinero para sacar mi camioneta de un corralón si lo
hacía. Al menos en la cárcel había una cama y comida.
Tragando el nudo aprisionado en mi garganta, abrí la puerta de la camioneta y esperé lo mejor.
—¿Problemas? —preguntó.
Quería gritar desde lo más hondo de mis pulmones en frustración. En su lugar, hice un movimiento de cabeza. 
—Me he quedado sin gasolina. —Pedro dejó
escapar un suspiro. No dije nada. Decidí esperar a que el veredicto fuera la mejor opción aquí. Siempre podía rogar y suplicar después.
—¿Cuántos años tienes? 
¿Qué? ¿Estaba realmente preguntando mi edad? 
Me quedé atascada en su camino, él quería que me fuera y en vez de discutir mis opciones, me preguntaba
por mi edad. El tipo era extraño.
—Diecinueve —le contesté.
Pedro alzó ambas cejas. —¿En serio?
Trataba con fuerza de no enojarme. Necesitaba que este tipo tuviera misericordia de mí. Forcé el comentario sarcástico, que estaba en la punta de mi
lengua, a retroceder y sonreí. 
—Sí. En serio.
Pedro sonrió y se encogió de hombros. 
—Lo siento. Simplemente pareces más joven. —Se detuvo, sus ojos se arrastraron por mi cuerpo y lo recorrió de
nuevo lentamente. El repentino calor en mis mejillas era vergonzoso
—Retiro lo dicho. Cada trozo de tu cuerpo parece de diecinueve años. Es esa cara tuya la que
parece tan fresca y joven. ¿No usas maquillaje?-
¿Era eso una pregunta? ¿Qué estaba haciendo? Quería saber que me deparaba mi futuro inmediato, no discutir el hecho de que el uso de maquillaje era
un lujo que no podía permitirme. Además, Facundo, mi ex novio y último mejor amigo, siempre había dicho que no necesitaba agregarle nada a mi belleza. Lo que
quiera que eso significara.
—Me he quedado sin gasolina. Tengo veinte dólares conmigo. Mi padre se ha marchado y me dejó después de decirme que me ayudaría a volver a ponerme
de pie. Confía en mí, él era la última persona a la que quería pedir ayuda. 
No, no uso maquillaje. Tengo problemas más grandes que lucir bonita. Ahora, ¿vas a
llamar a la policía o una grúa? Me quedo con la policía en caso de tener una elección. —Cerré de golpe mi boca al terminar el discurso. Fui demasiado lejos y no había sido capaz de controlar mi boca. Ahora, tontamente, le había dado la estúpida idea de una grúa. Maldición.
Pedro ladeó la cabeza y me estudió. El silencio era casi más de lo que podía manejar. Sólo había compartido un poco de información con este tipo. Él podía hacer mi vida más difícil si quisiera.
—No me gusta tu padre y por el tono de tu voz, a ti tampoco —dijo pensativo—. Hay una habitación que está vacía esta noche. Lo estará hasta que mi mamá vuelva a casa. No mantengo a su criada cuando no está aquí. La señora
Lourdes sólo viene a limpiar una vez a la semana cuando mamá está de vacaciones. Puedes tener su habitación bajo las escaleras. Es pequeña, pero tiene una cama.
Me ofrecía una habitación. No me echaría a llorar. Podría hacer eso más Tarde esta noche. No iba a la cárcel. Gracias a Dios.
—Mi única otra opción es esta camioneta. Te puedo asegurar que lo que
estás ofreciendo es mucho mejor. Gracias.
Pedro frunció el ceño un momento, el cual rápidamente desapareció, y entonces tenía una relajada sonrisa en su cara otra vez. 
—¿Dónde está tu maleta?—preguntó.
Cerré la puerta y me dirigí a la parte trasera de la camioneta para sacarla. Antes de que pudiera alcanzarla, un cuerpo caliente que olía extraño y delicioso me ganó. Me quedé inmóvil mientras Pedro tomaba mi equipaje y lo sacaba.
Girando, alcé la vista hacia él. Me guiñó un ojo. 
—Puedo llevar tu equipaje. No soy tan imbécil.
—Gracias, otra vez—tartamudeé, incapaz de apartar la mirada de sus ojos.
Eran increíbles. Las gruesas pestañas negras que los enmarcaban casi parecían delineador de ojos. Era completamente injusto. Mis pestañas eran rubias. ¿Qué no
daría yo por pestañas como las suyas?
—Ah, bueno, la detuviste. Te estaba dando cinco minutos para luego venir aquí y asegurarme de que ella no había escapado. —La voz familiar de Federico me sacó de mi estupor y me di la vuelta agradecida por la interrupción. Había estado mirando a Pedro como una idiota. Me sorprendió que no me haya enviado al diablo
otra vez.
—Va a tomar la habitación de Lourdes hasta que pueda ponerse en contacto con su padre y encontrar algo mejor. —Pedro sonó molesto. Pasó a mí alrededor y le entregó la maleta Federico—. Toma, llévala a su habitación. Tengo
compañía con la que regresar. Se alejó sin mirar hacia atrás. Tomó toda mi fuerza de voluntad no verlo alejarse. Sobre todo porque su trasero, en un par de vaqueros, era muy tentador. Él no era alguien con quien necesitaba sentirme atraída.