sábado, 14 de diciembre de 2013
CAPITULO 46
—¿Quién eres tú? —pregunté mientras los recuerdos de aquel rostro poco a poco volvían a mí.
—Ten cuidado a cómo responder a eso —dijo la voz apretada de Pedro detrás de mí. Todavía estaba cerca de mí.
Sus ojos se movieron de mí a mi padre y luego a mí.
—¿Sabes quién soy Paula? Nos hemos visto antes.
—Vino a mi casa. Usted... usted hizo llorar a mi madre.
La mujer rodó los ojos.
—Última advertencia, madre —dijo Pedro.
—Dani quería conocer a su padre. Así que la llevé a él. Llegó a ver a su pequeña y agradable familia con bonitas gemelas rubias que amaba y una mujer igualmente perfecta. Estaba cansada de tener que decirle a mi hija que no tenía padre. Ella sabía que lo tenía. Así que le mostré exactamente lo que él había elegido en lugar de ella. No preguntó por él hasta mucho más tarde.
La niña de mi edad que había estado sosteniendo la mano de su madre fuertemente y estudiándome mientras estaba en la puerta. Había sido Daniela. Mi estómago se revolvió. ¿Qué había hecho mi padre?
—Paula, por favor, mírame. —La voz desesperada de Pedro llegó detrás de mí, pero no podía reconocerlo. Él sabía todo esto. Éste había sido el gran secreto de Daniela. Lo había protegido por ella. ¿No vio que este era mi secreto, también? Él era mi padre y yo no sabía nada. Las palabras de Antonio sonaron en mi cabeza. “Si él tiene que elegir entre tú y Dani, la elegirá a ella.”
Supe entonces que Pedro había elegido a Daniela. Todo el mundo en este pueblo conocía el secreto, excepto yo. Todos sabían quién era yo, pero yo no.
—Estuve comprometido con Georgina. Ella estaba embarazada de Daniela. Tu madre vino a visitarla. Ella era como nadie que hubiese conocido. Era adictiva.
No fui capaz de mantenerme alejado de ella. Georgina todavía estaba sosteniéndose mientras Pedro seguía visitando a su padre todos los fines de semana. Esperaba que Georgy dejara ir a Luca en el momento en que decidiera
que quería una familia. Ni siquiera estaba seguro de que Dani era mía. Tu madre era inocente y divertida. Ella no estaba con rockeros y me hacía reír. La perseguí y
ella me ignoró. Entonces, mentí. Le dije que Georgy estaba embarazada de otro de los hijos de Luca. Sintió lástima por mí. De alguna manera, la convencí de huir conmigo. Tirar la amistad que había tenido toda su vida.
Apreté mis manos sobre mis oídos para bloquear las palabras de mi padre.
No podía escuchar esto. Era todo mentira. Este mundo enfermo en el que vivían era para mí. Quería ir a casa. Regresar a Alabama. Volver a lo que entendía. Donde
las estrellas de rock y el dinero no fueran un problema.
—Detente. No quiero oír eso. Sólo quiero mis cosas. Sólo quiero irme. —El sollozo que siguió no tuvo remedio. Mi mundo y lo que conocía de él acababa de ser volado en mil pedazos. Tenía que ir a sentarme junto a la tumba de mi madre y hablar con ella. Quería ir a casa.
—Nena, por favor, háblame. Por favor. —Pedro estaba detrás de mí otra vez.
Estaba demasiado cansada como para empujarlo. Me aparté de él en su lugar. No lo miraba.
—No puedo mirarte. No quiero hablar contigo. Sólo quiero mis cosas. Quiero ir a casa.
—Paula, cariño, no hay casa. —La voz de mi padre me crispaba los nervios.
Alcé los ojos y lo miré. Todo el dolor y la amargura que había mantenido arrastrándose dentro desde que nos dejó me había consumido.
—Las tumbas de mi madre y mi hermana son una casa. Quiero estar cerca de ellas. He estado aquí y escuchado a todos ustedes decir que mi madre era alguien que yo sé que no era. Ella nunca hubiera hecho lo que le acusan. Quédate
aquí con tu familia, Miguel. Estoy segura de que te amarán tanto como la última lo hizo. Trata de no matar a ninguno de ellos —escupí.
El jadeo ruidoso de Georgina fue lo último que oí antes de salir de la habitación. Quería irme, pero necesitaba mi bolso y mis llaves. Subí corriendo las escaleras, eché todo lo que pude en mi equipaje y lo cerré de golpe. Levanté la
correa del bolso sobre mi hombro y me dirigí a la puerta para ver a Pedro de pie, observándome.
Su rostro estaba pálido y tenía los ojos inyectados en sangre. Cerré los ojos.
No me importaba que él estuviera molesto. Él debía estarlo. Me había mentido. Me había traicionado.
—No me puedes dejar —dijo en un susurro ronco.
—Mírame —contesté con una fría voz plana.
—Paula, no me dejaste explicar. Iba a decirte todo hoy. Llegaron a casa ayer por la noche y entré en pánico. Necesitaba contarte primero. —Dio un puñetazo
contra el marco de la puerta—. No se suponía que lo supieras de esa manera. No así. Dios, no así. —Sonaba realmente molesto.
No podía dejar que tirara de mi corazón la expresión de su rostro. Sería una idiota si lo hiciera. Además, su hermana... Daniela era su hermana. No era de extrañar que hubiera crecido protegiéndola. Había sido la hija sin un padre. Tragué la bilis en mi garganta. Mi padre era un hombre horrible.
—No puedo quedarme aquí. No puedo verte. Representas el dolor y la traición, no sólo a mí, sino el de mi madre. —Sacudí mi cabeza—. Todo lo que había se ha acabado. Murió en el momento en que bajé las escaleras y me di cuenta de que el mundo que siempre había conocido era una mentira.
CAPITULO 45
Di el primer paso y me detuve. ¿Podría enfrentarme a él? ¿Me pediría que me fuera? ¿Sabría que había dormido con Pedro? ¿Daniela tendría a su madre odiándome, también? No había tenido tiempo para trabajar a través de todo esto.
Mi padre dijo mi nombre y sabía que tenía que ir allí y hacerle frente a esto.
Fuera lo que fuera. Me esforcé por cada paso. Caminé a través del vestíbulo y me detuve una vez que los oí con claridad. Necesitaba saber en lo que me estaba metiendo.
—No puedo creerlo, Pedro. ¿En qué estabas pensando? ¿Sabes quién es? ¿Lo que significa ella para ésta familia? —Estaba hablando su madre. Nunca la había conocido, pero lo sabía.
—No puedes hacerla responsable. Ella ni siquiera había nacido todavía. No tienes ni idea de todo lo que ha pasado. Lo que ÉL la ha hecho pasar. —Pedro estaba enojado.
Comencé a caminar hacia la puerta, pero me detuve. Espera. ¿Qué significo para esta familia? ¿De qué estaba hablando ella?
—No vayas por ahí todo arrogante y soberbio. Fuiste tú el que fue y lo encontró para mí. Así que todo lo que él la hizo pasar —espetó—, tú lo empezaste. ¿Después vas y duermes con ella? En serio, Pedro. Dios mío, ¿en qué estabas pensando? Eres igual que tu padre.
Extendí la mano para agarrar el marco de la puerta de apoyo. No sabía lo que se avecinaba, pero mi respiración se estaba volviendo poco profunda. Podía sentir el pánico creciente en mi pecho.
—Recuerda quién es dueño de esta casa, madre. —Esa fue la clara advertencia de Pedro.
Su madre soltó una carcajada ruidosa. —¿Puedes creer esto? Se está volviendo en mi contra por una chica que acaba de conocer. Miguel, tienes que hacer algo.
Se hizo el silencio. Entonces, mi padre se aclaró la garganta. —Es su casa, Georgy. No puedo obligarlo a hacer nada. Debí haber esperado esto. Ella es tan parecida a su madre.
—¿Qué se supone que significa eso? —rugió la mujer.
Mi padre suspiró. —Ya hemos pasado por esto antes. La razón por la que te dejé por ella era porque tenía este magnetismo por ella. Me parecía que no podía dejarla ir…
—YA LO SÉ. No quiero volver a oírlo. La querías tan desesperadamente que me dejaste embarazada con un montón de invitaciones de boda para anular.
—Cariño, cálmate. Te quiero. Sólo estaba explicando que Paula tiene el carisma de su madre. Es imposible no sentirse atraído por ella. Y ella es tan ciega como su madre. No puede evitarlo.
—¡AH! ¿Nunca me dejará en paz esa mujer? ¿Siempre arruinará mi vida? Se ha ido, por el amor de Dios. Tengo al hombre que amo de nuevo y nuestra hija tiene finalmente a su padre y ahora esto. Vas y duermes con esta, ¡esta chica!
Mi cuerpo estaba entumecido. No me podía mover. No podía tomar un respiro profundo. Todavía estaba soñando. Eso era todo. No había despertado todavía. Cerré los ojos con fuerza, obligándome a despertar de este sueño enfermo
y retorcido.
—Una palabra más contra ella y tendrás que irte. —El tono de Pedro era frío y duro.
—Georgy, cariño, por favor, cálmate. Paula es una buena chica. Su estancia aquí no es el fin del mundo. Ella necesita un lugar donde quedarse. Ya te lo expliqué. Sé que odias a Alejandra, pero ella era tu mejor amiga. Ambas habían sido
amigas desde que eran niñas. Hasta que llegué y arruiné todo lo de ustedes, eran como hermanas. Esta es su hija. Ten un poco de compasión.
No. NO. No. No. No. No acabo de oír eso. Esto no es real. Mi madre nunca había separado la boda de alguien. Nunca hubiera dejado a mi padre abandonar a una mujer que estaba embarazada de su hijo. Mi madre era una mujer compasiva, dulce. Ella nunca, nunca hubiese dejado que eso sucediera. No podía estar aquí y escucharlos hablar de ella de esa manera. Estaban equivocados. No la conocían. Mi padre había estado fuera tanto tiempo que había olvidado lo que realmente sucedió.
Solté el agarre de muerte que tenía en el marco de la puerta y me dirigí a la habitación donde estaban deshonrando el nombre de mi madre.
—¡NO! Todos ustedes cierren la boca —grité. La sala quedó en silencio.
Encontré a mi padre y estabilicé mi mirada enojada sobre él. No había nadie más por aquí que importara en estos momentos. No la mujer que escupió mentiras sobre mi madre o el hombre que amaba. Al que le había dado mi cuerpo. El que me había estado mintiendo.
—Paula—La voz de Pedro sonó lejos. Tendí la mano para detenerlo. No lo quería cerca de mí.
—Tú —Señalé con mi dedo a mi padre—, sólo estás dejándolos mentir sobre mi madre —grité. No me importaba si parecía una lunática. Odiaba a todos en estos momentos.
—Paula, déjame explicarte…
—¡Cállate! —rugí—. Mi hermana, mi otra mitad, murió. Ella murió, papá.En un coche de camino a la tienda, contigo. Era como si mi alma hubiera sido tomada de mí y partida en dos. Perderla fue insoportable. Vi a mi madre lamentarse, llorar y afligirse, y entonces vi a mi padre alejarse. Para no volver
jamás. Mientras su hija y su esposa estaban tratando de recoger los pedazos de su mundo sin Valeria en él. Entonces, mi madre se enferma. Te llamo, pero no
contestas. Por lo tanto, tengo un trabajo extra después de la escuela y me pongo a hacer los pagos para la atención médica de mamá. No hago más que cuidar a mi madre e ir a la escuela. Excepto mi último año, ella se pone tan enferma que tengo que abandonar los estudios. Porque tenía a la única persona en el planeta que me amaba muriendo mientras estaba sentada y miraba sin poder hacer nada. Sostuve su mano mientras ella tomó su último aliento.
Organicé su funeral. Los vi bajarla a la tierra. Nunca llamaste. Ni una sola vez.
Luego, tuve que vender la casa que la abuela nos dejó y todo de valor en ella sólo para pagar las facturas médicas. —Me detuve y tomé un ruidoso y jadeante respiro, un sollozo se me escapó.
Dos brazos me rodearon y grité, lanzando mis brazos y alejándome.
—¡NO ME TOQUES! —No quería que me tocara. Me había mentido. Él lo sabía y me había mentido—. Ahora estoy siendo forzada a oírte hablar de mi madre, que era una santa. ¿Me oyes? ¡Ella era una santa! Todos ustedes son unos mentirosos. Si alguien es culpable de esta mierda que oigo saliendo de tu boca es ese hombre. —Señalé a mi padre. No podía llamarlo así. No ahora—. Él es el
mentiroso. No vale la tierra bajo mis pies. Si Daniela es su hija. Si estabas embarazada... —Abrí los ojos a la mujer que aún no había visto y las palabras se congelaron en mis labios. La recordaba. Me tambaleé hacia atrás y sacudí la cabeza.
No. Eso no era lo que parecía.
viernes, 13 de diciembre de 2013
CAPITULO 44
Pedro dejó escapar una sexi risa baja y me acercó a él.
—Estoy pensando que sexo en el hoyo dieciséis en el lago estaría bien.
Incliné mi cabeza como si estuviera pensando en ello.
—Mmm... El problema es que tengo que cambiarme e ir a trabajar en la cocina el resto de la noche.
Pedro dejó escapar un profundo suspiro. —Mierda.
Le di un beso en la mandíbula. —Tienes una hermana a quien acompañar — le recordé.
Los brazos de Pedro se apretaron a mí alrededor. —Todo en lo que puedo pensar es estar dentro de ti. Tenerte apretada contra mí y oírte haciendo esos pequeños gemidos sexis.
Oh. Dios. Mi ritmo cardiaco se aceleró ante la idea.
—Si pudiera alejarme de ti, fácilmente te llevaría a esa oficina y te presionaría contra la pared y me enterraría profundamente dentro de ti. Pero no puedo tener un rapidito contigo. Eres demasiado adictiva. —Su descripción hizo
que respirara con dificultad y me aferrara a sus hombros—. Cámbiate. Estaré aquí, así no estaré tentado. Luego, te acompañaré de regreso a la cocina —dijo Pedro
mientras me soltaba lentamente.
Necesité un momento para recuperar el control antes de soltar sus brazos.
Entonces, me giré y corrí a la oficina.
***
No vi a Pedro después que lo dejé en la puerta de la cocina con un beso rápido. La noche había sido interminable y estaba agotada. Preparar la comida era más difícil de lo que parecía. Después de que el lugar se había vaciado y
desocupado, habíamos quedado justo con la tarea de la limpieza.
Tres horas más tarde, eran casi las cuatro de la mañana. Casi caminé a trompicones en la oscuridad de la madrugada y me dirigí a mi camioneta. Una parte de mí esperaba que Pedro estuviese esperando por mí, pero para eso habría
tenido que dormir en el coche, lo que hubiera sido ridículo.
Conduje mi camioneta y me dirigí a su casa. No tenía que ir a trabajar hoy, por lo que podía dormir. Tampoco tendría que encontrar ese apartamento por más tiempo. Tan pronto como entré en el camino de entrada, miré hacia arriba para ver que las luces seguían encendidas en la habitación de Pedro. La parte superior de la casa estaba toda iluminada en comparación con la oscuridad en el resto de la misma.
La puerta principal estaba abierta, así que entré en la casa y cerré la puerta detrás de mí. Me pregunté si Pedro seguía despierto esperando por mí o si se había dormido con las luces encendidas. ¿Voy a mi cuarto o al suyo?
Me dirigí escaleras arriba y me encontré a Pedro sentado en el suelo, apoyado contra la puerta mirándome directamente. ¿Qué estaba haciendo?
Cuando sus ojos se encontraron con los míos, se puso de pie y caminó hacia mí. Lo encontré a mitad de camino. Parecía desesperado. No podía entender por qué.
—Te necesito en el piso de arriba. Ahora —dijo en una apretada voz frenética.
Mi corazón se aceleró. ¿Había alguien herido? ¿Estaba bien?
Corrí detrás de él. Cerró la puerta con llave. Nunca la cerraba. Luego, sus manos estaban sobre mí antes de que incluso hubiera subido las escaleras.
Era como si un hombre salvaje estuviera tomando el control. Pedro pasó las manos por mis caderas y sobre mi trasero y después las subió otra vez. Agarró mi camisa y la arrancó. Oí estallarse un botón e hice una mueca. Esa era la camisa del uniforme. Empecé a preguntarle qué le pasaba, pero su boca cubrió la mía y su lengua estaba dentro. Sus manos encontraron el broche en mis pantalones cortos y
comenzó a abrirlos mientras los empujaba hacia abajo. Los pequeños gruñidos hambrientos que estaba haciendo estaban causando que mi cuerpo reaccionara.
Sentí la humedad entre mis piernas y el inicio del palpitar ansioso.
Pedro me empujó de nuevo en la escalera y tiró de mis zapatos, de mis pantalones y bragas, y luego agarró mis dos rodillas y las empujó para separarlas.
No tuve tiempo para procesar antes de que su boca estuviera sobre mí, lamiendo mis pliegues y deslizándose dentro de mí. Mi carne tierna por el sexo salvaje que
había tenido la noche anterior estaba extremadamente sensible a cada caricia de su lengua. Empecé a gritar su nombre. Apoyándose en los codos, miré cuando comenzó a repartir besos a lo largo de mis muslos y luego enterró su cara entre mis piernas de nuevo para enviarme jadeando y pidiendo más.
—Mío. Esto es mío —gritó como un poseso mientras tiraba hacia atrás para mirarme. Pasó los dedos suavemente por el centro y luego pasó su mirada a la mía—. Mío. Este dulce coño es mío, Paula.
Estaba dispuesta a aceptar cualquier cosa si me hacía correrme. Aunque primero lo quería dentro de mí.
—Dime que es mío —exigió. Asentí con la cabeza y deslizó un dedo en mi interior provocando que otro gemido se me escapara—. Dime que es mío —repitió.
—Es tuyo. Ahora, por favor, Pedro, fóllame.
Sus ojos se agrandaron y se puso de pie y empujó hacia abajo los pantalones de pijama que llevaba. Su erección se destacó con orgullo.
—Sin preservativo esta noche. Lo sacaré. Sólo tengo que sentirte por completo —dijo mientras empujaba mis rodillas y se dejaba caer hasta que estuvo en mi entrada. No chocó contra mí como esperaba. Descendió lentamente.
—¿Te duele? —preguntó mientras se movía.
Me dolía un poco, pero no iba a admitir eso. Lo quería sin control. —Se siente bien —aseguré.
Se mordió el labio inferior y lentamente se retiró. —Estas escaleras son demasiado duras para ti. Ven aquí. —Se inclinó y me recogió en sus brazos,
comenzando a subir las escaleras. Nunca había sido llevada por un hombre antes y tengo que decir que fue una experiencia excelente. El pecho desnudo de Pedro
sosteniéndome fue increíble.
—¿Harías algo por mí? —preguntó inclinando la cabeza hacia abajo para presionar pequeños besos en mi nariz y párpados.
—Sí —contesté.
Se detuvo junto a la cama y lentamente me dejó hasta que mis pies tocaron el suelo. —Inclínate hacia delante y pon tu pecho en la cama. Pon tus manos sobre tu cabeza y deja tu trasero al aire.
Um... bien. No le pregunté por qué, porque me había dado cuenta de eso.
Manteniendo los pies en el suelo, me incliné hacia delante y me puse en la cama como pidió.
Su mano pasó por encima de mi trasero e hizo un sonido de satisfacción en su garganta. —Tienes el culo más perfecto que he visto —dijo en un tono reverente.
Sus dos manos encontraron mis caderas y lentamente entró en mí, empujándome hacia él mientras se deslizaba en mi interior. Era más profundo de esta manera. —¡Pedro! —grité mientras el dolor leve me golpeaba por la profundidad en la que estaba.
—Mierda, estoy profundamente —se quejó.
Luego, retiró lentamente sus caderas y comenzó ese movimiento familiar.
Agarré las sábanas mientras mi cuerpo empezaba a subir hacia su punto culminante. Sabía lo que se avecinaba y mis piernas empezaron a temblar por el placer que comenzaba a construirse dentro de mí.
Una de las manos de Pedro se deslizaron hacia abajo hasta que toco mi clítoris hinchado y comenzó a frotar su pulgar sobre él. —Dios, estás empapada — jadeó.
Mis piernas se pusieron rígidas cuando el orgasmo se apoderó de mí y luego empecé a sacudirme incapaz de hacerle frente a la sensación de Pedro todavía rozándome. Era tanto placer que dolía. Antes de que pudiera pedir misericordia, sus manos agarraron mi cintura y me empujó rápidamente.
—¡AH! —gritó mientras me desplomaba sobre la cama, sabiendo sin mirar que se había salido antes de correrse—. Maldita sea, nena, si supieras cuan jodidamente increíble se ve tu culo en este momento —dijo en una voz sin aliento.
Giré la cabeza hacia un lado, incapaz de levantarla, y lo miré. —¿Por qué?
Una risa baja retumbó en su pecho. —Digamos que tengo que limpiarte.
La comprensión me golpeó y la calidez en mi trasero que no había notado antes, de pronto me llamó la atención. Una risita se me escapó y enterré mi cara en mis manos.
Yací allí, escuchando cómo corría el agua, y luego regresó a mí. El calor de la toalla mientras me limpiaba su semen fue agradable y poco a poco empecé a caer dormida. Estaba agotada. Me pregunté si alguna vez despertaría.
Estaba sola. Me tapé los ojos contra el sol de la mañana y miré alrededor de la habitación.Pedro no estaba aquí. Eso fue sorprendente. Me senté y miré el reloj. Eran más de las diez. No me extrañaba que no estuviera aquí. Había dormido toda la mañana. Hoy hablaríamos. Iba a dejarme entrar. Anoche habíamos tenido un sexo increíble.
Necesitaba palabras ahora.
Me levanté y encontré mis pantalones cortos tirados en el extremo de la cama. Pedro debió haberlo traído arriba porque recuerdo dejarlos en la escalera anoche. Me los puse y luego busqué alrededor por mi camisa. Una de las camisetas de Pedro estaba doblada al lado de mis pantalones cortos, así que me la puse y me dirigí hacia las escaleras. Estaba lista para ver Pedro.
Las puertas en el lado de la sala familiar estaban abiertas. Me quedé helada.
¿Qué significaba eso? Siempre estaban cerradas. Entonces, oí voces. Caminé hacia el segundo tramo de escaleras y escuché. La voz familiar de mi padre venía a las
escaleras desde la sala de estar. Él estaba en casa.
CAPITULO 43
guau, chica —dijo Marcos sosteniendo sus brazos para agarrarme cuando llegué disparada a la cocina.
Un hipo escapó y tragué el sollozo que le siguió.
—Eso fue brutal ahí, pero podría haber sido peor. Al menos Pedro fue al rescate. —Marcos me dio unas palmaditas en la espalda y me abrazó.
No quería que Marcos supiera lo increíblemente barata que era. No podía decirle que estas lágrimas eran porque me había convertido en un sucio pequeño secreto de un chico rico. No porque alguna perra hubiese tirado comida por todo
mi cuerpo delante de una sala llena de gente.
—¡Vuelve ahí, Marcos! Necesitamos más ayudantes. Voy a hablar con Paula — dijo Antonio cuando entró en la cocina.
Marcos me abrazó fuerte una vez más y luego le frunció el ceño a Antonio antes de tomar su bandeja y dirigirse a la puerta. —Se bueno con mi chica —dijo Marcos al pasar a Antonio.
El no dijo nada. En su lugar, me estudió. Pensé que esto era. El gran momento de "es tu culpa, así que puedes irte ahora."
—Voy por la molestia de advertirte acerca de Daniela y ni siquiera es culpa de Pedro que la perra celosa te atacara —gruñó Antonio y sacudió la cabeza con disgusto—. Lo siento, Paula. Esto es todo sobre mí. No me esperaba eso de ella. Es la ex novia loca de la que parece no puedo librarme.
¿No me estaba despidiendo? Me apoyé en el mostrador detrás de mí para tomar una respiración profunda.
—Debido al drama, no quiero que vuelvas allí. Puedes quedarte aquí y ayudar a preparar las bandejas, sin embargo. Me aseguraré de que hagas la misma cantidad de dinero que habrías hecho por ahí.
—Gracias. Pero, ¿puedo cambiarme? —pregunté, necesitando sacarme el caracol de encima.
Antonio, sonrió. —Sí. Ve a coger uno de los uniformes de la oficina. Tenemos todos nuestros uniformes adicionales en uso esta noche. —Me aparto del mostrador y me dirijo a la puerta—. Tómate tu tiempo. Estamos bien aquí si necesitas un descanso —dijo Antonio cuando salí de la cocina.
Pedro y Daniela estaban en el pasillo, en lo que parecía una fuerte discusión cuando salí. Ella disparó su mirada gélida hacia mí. Pude ver la frustración en la expresión de Pedro. Sólo le estaba causando dolor. No me importaba ver esto.
Podrían tener su pelea de familia y superarlo. Después de esta noche, tendría suficiente dinero para mudarme. Mañana encontraría un lugar para dormir porque con Pedro sería imposible. Di media vuelta y abrí la puerta que conducía fuera.
—Paula, espera —llamó Pedro.
—Deja que se vaya, Pedro —exigió Daniela.
—No puedo —respondió.
La puerta se cerró detrás de mí y traté de apartar lo que había oído. No tenía necesidad de pensar o siquiera considerar que Pedro lucharía por mí.
La puerta se abrió y Pedro salió corriendo de la misma. —Paula, por favor, espera. Habla conmigo —suplicó.
Me detuve y lo observé mientras corría a pararse frente a mí. No tenía nada que decirle. Lo había dicho todo.
—Lo siento. Pero te equivocas, no te ignore ahí. Pregúntale a cualquiera. Mis ojos nunca te dejaron. Si había alguna duda en la mente de alguien de lo que sentía por ti, el hecho de que no pudiera apartar la mirada de ti mientras caminabas alrededor de esa habitación, debería haberlas disipado.
Hizo una pausa y se pasó la mano por el pelo y murmuró una maldición.
—Entonces, vi la mirada en tu rostro cuando viste a Isabel con Jose. Algo dentro de mí se desgarró. No sabía lo que estabas pensando, pero sabía que te estabas dando cuenta de lo erróneo de esta noche. Nunca deberías de haber estado allí, sirviendo a todos. Debías haber estado a mi lado. Te quería a mi lado. Estaba tan malditamente tenso esperando a que alguien hiciera un movimiento en falso
hacia ti que me olvidé de respirar la mayor parte del tiempo.
Pedro extendió la mano y pasó un dedo por mi puño cerrado.
—Si me puedes perdonar, prometo que esto nunca volverá a suceder. Amo a Daniela. Pero estoy cansado de complacerla. Es mi hermana y tiene algunos problemas que necesita resolver. Le he dicho que voy a hablar contigo acerca de todo. Hay algunas cosas que necesitas saber. —Cerró los ojos y respiró profundamente—. Estoy lidiando con el hecho de que puedes alejarte de mí una vez que las conozcas y nunca mirar a atrás. Eso me asusta como el infierno. No sé qué es esto que está pasando entre nosotros, pero desde el momento en que puse mis ojos en ti supe que ibas a cambiar mi mundo. Estaba aterrorizado. Cuanto más te miraba, más te acercabas. No parecía acercarme lo suficiente.
Estaba dispuesto a abrirse a mí y dejarme entrar. No estaba simplemente usándome. No era una chica más con la que se había equivocado y arrojado a un lado. Estaba dispuesto a dejarme entrar en su mundo de secretos. Quería
mantenerme. Mi corazón se rindió. Me había contenido y luchado con él para que no sucediera. Aun así, había logrado poseerlo. Verlo vulnerable era la guinda del
pastel. No podía contenerme más.
Había caído demasiado lejos. Estaba enamorada de Pedro Alfonso.
—Está bien —dije. No había nada más que decir. Me tenía.
Pedro frunció el ceño. —¿Está bien?
Asentí con la cabeza. —Está bien. Si realmente quieres mantenerme tan desesperadamente que estás dispuesto a abrirte a mí, entonces está bien. —No le diría que lo amaba. Era demasiado pronto. Podría pensar que era porque yo era
muy joven. Eso era algo que mantendría cerca de mi pecho hasta que supiera que era el momento. Tal vez era porque era muy joven. Sentí que daba lo mismo.
Una pequeña sonrisa tiró de sus labios. —¿Te enseño mi alma y lo único que consigo es un “esta bien”? —preguntó.
Me encogí de hombros. —Has dicho todo lo que necesitaba oír. Ahora estoy enganchada. Me tienes. ¿Qué vas a hacer conmigo?
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jueves, 12 de diciembre de 2013
CAPITULO 42
—Ah y mira que es torpe. Antonio debería ser más selectivo acerca de sus empleados —susurró odiosamente.
—¡Oh, dios mío! Paula, ¿estás bien? —La voz de Isabel vino detrás de mí y me sacudió de la sorpresa.
Me las arreglé para deshacerme de los caracoles que todavía se aferraban a mi ropa.
—Muévanse —ordenó una voz profunda que reconocí al instante. Mi cabeza se disparó para encontrar a Pedro empujando a la pareja con la que la pelirroja parecía estar riéndose del lío en el que estaba. Estaba enojado. No había duda de eso. Pedro me agarró por la cintura y estudió mi rostro un momento. No estaba segura de por qué.
—¿Estás bien? —preguntó en voz baja.
Asentí con la cabeza, sin saber todavía cómo reaccionar. Las venas de su cuello comenzaron nuevamente a pulsar contra su piel mientras tragaba saliva.
Apenas giró la cabeza para colocar sus ojos en la pelirroja.
—No te acerques ni a mí ni a ella de nuevo. ¿Entendido? —dijo con una calma mortal.
Los ojos de la pelirroja se agrandaron. —¿Tú estás enojado conmigo? Ella es la torpe, se arrojó la bandeja a sí misma.
Las manos de Pedro apretaron con fuerza mis caderas.
—Si pronuncias una palabra más, voy a retirar todas mis contribuciones a este club hasta que seas escoltada fuera. Permanentemente.
La chica se quedó sin aliento.
—Pero yo soy amiga de Dani, Pedro. Su amiga más antigua, no puedes hacerme eso a mí, especialmente por el personal contratado. —Fue un puchero infantil y una voz extraña viniendo de una mujer de veintiún años.
—Pruébame —respondió. Me miró de nuevo—. Tú vienes conmigo.
No tuve tiempo de responder antes de que girara la cabeza para mirar por encima de mi hombro.
—La tengo, Isabel. Está bien. Vuelve con Jose. —Pedro deslizó su mano alrededor de mi cintura—. Cuidado con los caracoles, son resbaladizos.
Dos de los ayudantes se apresuraron a la sala, con suministros para limpiar el desorden. La música no había cesado, pero el lugar se había quedado en silencio.
Poco a poco, la gente comenzó a hablar de nuevo. Mantuve mis ojos en la puerta, esperando poder salir del salón de baile y deshacerme de los brazos de Pedro.
Si todos los de allí no sabían que estábamos teniendo sexo, ahora lo sabrían. Pedro acababa de demostrarles a todos que se preocupaba por mí hasta cierto punto, pero no quería exactamente caminar conmigo de su brazo. Mi pecho dolía, necesitaba tener espacio. Hubo un tiempo en el que aprendí a recluirme en mi pequeño mundo en el que confiaba en mí y sólo en mí. Nadie más. Una vez que
estuvimos fuera del salón de baile y lejos de miradas curiosas, me liberé de Pedro y puse algo de distancia entre nosotros. Crucé los brazos sobre el pecho y me quedé
mirándome los pies. No estaba segura de si mirarlo era una buena idea. No había tenido tiempo para disfrutar de lo guapo que se veía en un esmoquin negro. Había
estado esforzándome al máximo para no mirarlo. Ahora que estaba aquí mismo, delante de mí, vestido como iba, mientras yo iba vestida de camarera, cubierta de
aceite de caracol, la enorme diferencia entre nuestros mundos era evidente.
—Paula, lo siento. No esperaba que algo así sucediera. Ni siquiera sabía que ella tenía problemas contigo. Voy a hablar con Daniela acerca de esto, tengo la sensación de que tiene algo que ver con esto.
—La pelirroja me odia por el interés de Antonio en mí. Daniela no tiene nada que ver con esto y tú tampoco.
Pedro no respondió de inmediato. Me preguntaba si sólo debiera girarme y caminar de regreso a la cocina.
—¿Antonio sigue molestándote?
¿En serio estaba preguntándome eso? Yo estaba allí de pie, cubierta de caracoles con mantequilla, ¿y estaba preguntándome si otro chico estaba coqueteando conmigo? Ni siquiera sabía si todavía tenía un trabajo. Eso fue todo.
Había tenido suficiente. Me di la vuelta y me dirigí a la cocina. Pedro no me dejó llegar muy lejos. Su mano salió disparada y agarró mi brazo.
—Paula, espera, lo siento. No debería haber preguntado eso. Ese no es el problema ahora mismo. Quería asegurarme de que estabas bien y ayudarte a limpiarte. —Su voz fue quebrándose en la última parte.
Suspiré, me di la vuelta y esta vez lo miré a los ojos.
—Estoy bien. Tengo que ir a la cocina y ver si aún tengo trabajo. Me habían advertido esta mañana que algo así podría suceder por Antonio y que sería culpa mía. Así que, ahora mismo tengo problemas más grandes que tu repentina necesidad de ser posesivo conmigo. Lo cual es ridículo, ya que estabas haciendo lo mejor que podías para ignorarme hasta que ocurrió este incidente. O me conoces o
no, Pedro. Elige. —El dolor en mi voz no había sido fácil de enmascarar. Tiré de mi brazo, liberándolo de su mano y me dirigí hacia la cocina.
—Tú estabas trabajando. ¿Qué querías que hiciera? —gritó y me detuve—. Reconociéndote le había dado una razón a Daniela para atacarte. Estaba protegiéndote.
El hecho de que llegara a admitir eso decía mucho. Daniela iba primero. Estaba ignorándome y así manteniendo feliz a Dani. Por supuesto, lo había esperado. Yo sólo era la cita de sexo. Ella era la hermana. Él hizo bien en elegirla por encima de mí. ¿Cómo podía verme como algo más cuando había caído tan fácilmente en su cama?
—Tienes razón, Pedro. Tú ignorándome mantendrá a Daniela lejos de atacarme. Yo sólo soy la chica que te follaste las últimas dos noches. A fin de cuentas, no soy
tan especial. Soy una de tantas.
No esperé a que dijera más. Corrí por las puertas de la cocina chocando contra ellas antes de que las lágrimas en mis ojos se liberaran.
CAPITULO 41
Caminé tan rápido como pude con una bandeja llena de copas de champán.
Una vez en el salón, comencé el mismo camino a través de los miembros que estaban concentrados en conversaciones mientras yo sólo era una bandeja con bebida. Esto me gustaba más, no me ponía de nervios.
La risita familiar de Isabel captó mi atención y me giré para buscarla. No la había visto antes en la cocina. Asumí que Elena no la había querido trabajando en esta función. O el padre de Antonio no había querido.
Isa no iba vestida como nosotros. Llevaba un ceñido vestido negro de chiffon y su largo cabello castaño estaba recogido sobre la coronilla con tirabuzones cayendo por su rostro. Giró la cabeza, atrapando mis ojos y me dio una amplia sonrisa. La observé mientras se apuraba hacia mí. Los altos tacones que llevaba no hicieron que disminuyese la velocidad.
—¿Puedes creerte que estoy aquí como invitada? —preguntó Isa, mirando impresionada a su alrededor y después a mí. Sacudí la cabeza porque no podía—.
Cuando anoche vino Jose a mi apartamento, me lo rogó de rodillas y le dije que si me quería, tenía que reclamarme como su novia en público. Accedió y bueno, ya captas la idea. Las cosas se calentaron en mi apartamento. Pero bueno, de todos modos, aquí estoy —dijo con entusiasmo.
Jose había perdido el miedo. Bien por él. Miré por encima del hombro de Isabel y vi que Jose nos miraba. Le sonreí y asentí en aprobación. Una sonrisa torcida destelló en sus labios acompañada de un encogimiento de hombros.
—Me alegro de que le haya entrado algo de cordura —repliqué.
Isa me apretó el brazo. —Gracias —susurró.
No tenía nada que agradecerme, pero le sonreí. —Ve, diviértete. Tengo que pasar todo esto antes de que venga tu tía y me pille hablando.
—Está bien, lo haré, aunque ojalá pudieses divertirte conmigo. —Sus ojos echaron un vistazo sobre su hombro. Sabía que estaba mirando a Pedro. Él estaba allí y estaba ignorándome delante de toda esta gente. Lo estaba haciendo por el bien de Dani. ¿Pero eso lo hacía mejor?
Poco a poco me di cuenta. Me había convertido en Isabel.
—Necesito el dinero, así podré tener mi propio lugar —dije con una sonrisa forzada—. Ve a integrarte. —La animé y me fui al siguiente grupo.
Ojos siguiéndome enviaron una sensación de ardor a mi cuello. Sabía que Pedro me estaba mirando, no necesitaba girarme y verlo para confirmarlo. ¿Había llegado a la misma conclusión que yo? Lo dudaba, él era un chico. Me había
convertido en disponible y fácil, también era la más hipócrita del mundo, ahora me sentía culpable de reprender y compadecerme de Isabel.
La última copa de champán dejó mi bandeja y me acerqué de nuevo a través de la multitud con cuidado de no acercarme ni a Pedro ni a Daniela. Ni siquiera les
eché un vistazo, seguía teniendo un poco de orgullo. Sólo tuve que parar tres veces para que los clientes pusieran sus copas vacías en mi bandeja mientras me daba prisa en regresar a la seguridad de la cocina.
—Bien, estás de vuelta. Toma esta bandeja. Necesitamos un poco de comida por ahí antes de que todos beban demasiado y tengamos un lío de borrachos
pretenciosos en nuestras manos —dijo Elena y me entregó una bandeja de cosas que no reconocí. También olían mal. Arrugué la nariz y mantuve la bandeja alejada de mí. Elena se rio a carcajadas.
—Son caracoles, son repugnantes, pero estas personas piensan que son un manjar. Olvida el olor y vete. —Sentí mi estómago retorcerse. Lo podría haber hecho sin la explicación, caracoles habría sido una descripción suficiente.
Cuando llegué a la entrada del salón de baile, me tranquilicé y traté de no pensar en los caracoles que estaba dando a la gente para comer o en el hecho de que Pedro estaba ahí, actuando como si no me conociera en absoluto. Después de haber pasado las dos últimas noches en su cama.
—¿Estás bien? —preguntó Antonio cuando entré en la sala, estaba a mi lado pareciendo preocupado.
—Sí, salvo por el hecho de que estoy dándole a las personas caracoles para comer —contesté. Antonio se echó a reír, tomó uno de mi bandeja y se lo metió en la boca.
—Deberías probar uno. Son realmente muy buenos. Especialmente empapados en ajo y mantequilla.
Mi estómago se retorció de nuevo y sacudí la cabeza. Antonio se rio en voz alta esta vez.
—Siempre haces las cosas más interesantes, Paula —dijo, inclinándose hacia mi oído—. Siento lo de Pedro. Sólo para que conste, si me hubieras elegido no estarías trabajando esta noche. Irías de mi brazo.
Sentí mi rostro ruborizarse. Ya era suficiente saber que era un sucio y pequeño secreto, pero que otros se dieran cuenta era humillante. Sin embargo, quería a Pedro. Mucho. Bueno, obtuve mi deseo.
—Necesito el dinero. Estoy muy cerca de ser capaz de permitirme un lugar propio —informé con total naturalidad.
Antonio me dio un gesto enérgico y una simpática sonrisa antes de girarse a saludar a un anciano que pasaba por allí. Tomé ese momento para escapar. Tenía gente que alimentar con caracoles. Marcos me llamó la atención y me guiñó el ojo para tranquilizarme. Había atendido brillantemente el lado de la sala de Pedro. No había llegado ni siquiera cerca de él. Isabel me sonrió cuando llegué a su grupo. Su sonrisa cayó cuando vio la comida de la bandeja.
—¿Qué es eso? —preguntó con horror.
—No quieres saber —dije causando que Jose y un tipo con el que no estaba familiarizada se rieran.
—Probablemente sea mejor dejar que esto pase de largo —dijo Jose a Isa mientras colocaba la mano en su cintura y la atraía hacia su lado con afecto.
Le sonrió y eso fue todo el dulce romance que pude tomar. Me apresuré hacia el siguiente grupo. El rizado cabello rojo me era familiar. Me tomó un segundo ubicarla. El veneno malvado que destilaba su sonrisa me recordaba
exactamente donde la había visto antes. Ella había estado en la casa de Pedro, tras Antonio, la noche de la fiesta de Daniela. No había hecho una fan esa noche, gracias a
Antonio.
—¿No es divertido? —dijo ella, volviendo su atención de la pareja con la que había estado hablando y centrándose en mí—. Supongo que Antonio decidió que era más adecuado para ti trabajar para él, que salir con él. —Ella se rio y negó
con la cabeza haciendo que sus los rojos rizos rebotaran alrededor—. Lo juro, esto hace mi noche. —Levantó la mano y ladeó mi bandeja.
Los caracoles corrieron por delante de mi camisa, seguidos por la bandeja cayendo ruidosamente en el suelo. Estaba demasiado aturdida como para moverme o hablar.
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