sábado, 7 de diciembre de 2013

CAPITULO 29

CAPITULO 29



Isa le dio la dirección a Pedro de su bar favorito. Estaba a cuarenta Minutos de Rosemary. No fue exactamente sorprendente. El único entretenimiento en Rosemary era el club de campo y no era nada parecido a donde estábamos yendo.
El bar era grande y estaba completamente hecho de lo que parecían tablones de madera. Aparentemente, era famoso. Probablemente porque no había muchos
de estos lugares en la zona. Señales brillantes y fluorescentes de cerveza adornaban
las paredes exteriores e interiores. —Tendrán música en vivo en unos treinta minutos. Es el mejor momento para bailar. Tenemos un montón de tiempo para encontrar un buen lugar y beber algunos tragos de tequila —gritó Isa por encima del ruido.
Nunca había tomado tequila. Nunca había tomado ni siquiera una cerveza. Esta noche iba a cambiar. Iba a ser libre. Disfrutar la noche. Pedro se movió detrás de mí y su mano se asentó en mi espalda. Esa no era una posición amistosa… ¿o sí?
Decidí no corregirlo ya que tendría que gritar a través de la música. Pedro nos llevó hasta una cabina vacía que estaba lejos de la pista de baile. Dio un paso atrás y me deslicé dentro. Isa se deslizó por encima de mí y Pedro se sentó a mi lado.
—¿Qué quieres tomar? —preguntó Pedro, inclinándose en mi oído para no gritar.
—No estoy segura —respondí, mirando a Isa por orientación—. ¿Qué puedo beber? Los ojos de Isabel se abrieron y luego se río. —¿Nunca has bebido antes? 
Negué con la cabeza. —No soy lo suficientemente mayor para comprar mi propio alcohol, ¿y tú?
Ella aplaudió. —Esto será muy divertido. Y sí, tengo veintiuno o por lo menos eso dice mi identificación. —Posó sus ojos en Pedro—. Debes dejarla salir. La voy a llevar al bar.
Pedro no se movió. Luego me miró. —¿Nunca has bebido alcohol?
—Nop. Pero pretendo remediar eso esta noche —le aseguré.
—Entonces, necesitas ir lento. No tendrás una tolerancia muy alta. — Extendió la mano y agarró el brazo de una camarera—. Necesitamos un menú.
Isa puso las manos en sus caderas. —¿Por qué vas a ordenar comida?
Vinimos aquí para beber y bailar con vaqueros. No a comer.
Pedro giró su cabeza, no podía ver su cara pero noté que sus hombros se pusieron rígidos. —Ella nunca ha tomado antes. Necesita comer primero o vomitara sus tripas en dos horas más.
Oh. No quiero vomitar. No, en absoluto.
Isabel rodó los ojos y agitó la mano delante de su cara como si Pedro fuera un idiota. —Como sea, papá Pedro. Voy a buscarme algo de beber y le traeré algo a ella, también. Así que aliméntala rápido.
La camarera regresó con un menú antes de que Isa terminara de hablar.
Pedro lo tomó y lo abrió. —Escoge algo. No importa lo que la diva borracha diga, necesitas comer primero.
Asentí. No quería enfermarme.
—Las papas fritas con queso se ven bien.
Pedro sostuvo el menú y la camarera volvió corriendo.
—Papas fritas con queso. Dos órdenes y un vaso grande de agua.
Una vez que la camarera asintió y se alejó, Pedro se echó hacia atrás e inclinó la cabeza para mirarme. —Así que estás en un bar country. ¿Es lo que esperabas que fuera? Porque si soy honesto, la música es dolorosa.
Sonriendo, me encogí de hombros y miré alrededor. Había tipos con sombreros vaqueros, pero también había hombres normales. Algunos tenían
grandes hebillas en el cinturón y la mayoría veía como gente de mi ciudad natal.
—Acabo de llegar y no he bebido ni bailado todavía, así que te diré después de que suceda.
Pedro sonrió. —¿Quieres bailar?
Quería bailar pero no con él. Sabía lo fácil que me olvidaría de que era sólo un amigo. —Sí, quiero. Pero necesito una inyección de coraje primero, y necesito que alguien me lo pida.
—Pensé que te había preguntado —contestó.
Puse los codos en la mesa y apoyé la barbilla en mi mano. —¿Crees que es una buena idea? —
Quería que admitiera que no era una buena idea.
Suspiró. —Probablemente no.
Asentí con la cabeza.
Dos platos de papas fritas con queso se deslizaron delante de nosotros y una taza de agua con hielo se estableció enfrente de Pedro. La comida se veía
sorprendentemente buena. No me di cuenta que tenía tanta hambre. Tenía que seguir el ritmo de cuánto estaba gastando. Esto eran siete dólares. No iba a gastar
más de veinte dólares esta noche. Eso podría significar que sólo tomaría una bebida, pero Pedro dijo que primero necesitaba comer así que voy a comer.
Tomé una papa frita cubierta de queso y le di un mordisco.
—Esto es mejor que los sándwiches con mantequilla de maní, ¿no? — preguntó Pedro con una sonrisa burlona. Asentí y tomé otra papa frita.
Isa se deslizó en el otro lado con dos bebidas en pequeños vasos. Eran amarillos. —Pensé que deberías empezar con algo fácil. El tequila era una bebida de chicas grandes. No estás lista aún. Este es un caramelo de limón. Es dulce y
delicioso.
—Come más papas fritas primero —La interrumpió Pedro.
Tomé otra papa frita y la comí rápidamente seguida de otra. Luego agarré el caramelo de limón. —Bien, estoy lista —le dije a Isa y ella tomó el suyo y sonrió.
Vi como se lo llevó a los labios e inclinó la cabeza hacia atrás. Luego hice lo mismo.
Estaba realmente bueno. Sólo una pequeña quemadura en mi garganta. Me gustaba el limón. Puse el vaso vacío y sonreí por encima de Pedro, quien me estaba
observando.
—Come —replicó.
Traté de no reírme de él, pero no pude evitarlo. Me reí. Él hacía el ridículo.
Tomé otro bocado de papas fritas y Bethy se acercó y tomó unas cuantas.
—Me encontré algunos chicos en el bar. Te señalé y nos han estado viendo desde que llegamos. ¿Estás lista para hacer nuevos amigos?
Pedro se movió un poco más cerca de mí y su calor y la calidez de mi estómago me dieron ganas de quedarme aquí con mi… amigo. Razón por la cual tenía que levantarme.
Asentí.
—Déjala ir, Pedro. Puedes mantener la cabina caliente en caso de que regresemos —dijo Isa.
Pedro no se movió de inmediato y comencé a pensar que la iba a ignorar o que me haría comer un poco más. Por último, se deslizó y se levantó.
Quería decirle algo. Alguna cosa que lo hiciera sonreír y dejar de fruncir el ceño, pero no sabía qué.
—Ten cuidado. Estaré aquí por si me necesitas —dijo en voz baja mientras se acercaba. Sólo asentí. Mi pecho se apretó y quise arrastrarme de nuevo a la mesa
con él.
—Vamos, Pau. Es tiempo de conseguir bebidas gratis y hombres. Eres la compañera más sexy que he tenido. Esto deberá ser divertido. Sólo que no le digas a los chicos que tienes diecinueve. Diles a todos que tienes veintiuno.
—Bien.
Isabel me llevó hacia dos hombres que estaban obviamente mirándonos.
Uno era alto, de pelo largo y rubio escondido detrás de las orejas. Parecía que no se había afeitado en varios días y por debajo de su camisa de franela se ajustaba un
musculoso cuerpo que se veía impresionante. Sus ojos se posaron en mí, luego en Isa, y luego otra vez en mí. No había tomado la decisión todavía.
El otro tenía el pelo castaño corto con un par de rizos y una hermosa mirada azul. Del tipo azul claro que te hace suspirar. Su camiseta blanca no dejaba mucho
a la imaginación y su amplio pecho era agradable a la vista. Tenía un cuello azul.
Reconocía una camisa Wranglers en cualquier lugar y a él le quedaban bien. Sus ojos estaban en mí. No se movieron o cambiaron. Una pequeña sonrisa curvó sus labios y decidí que no sería malo después de todo.
—Chicos, ella es Paula. La alejé de su hermano y ahora necesita un trago.
El de cabello oscuro se puso de pie y me tendió la mano. —Oscar. Es un placer conocerte, Paula.
Deslicé mi mano en la suya y la sacudí. —Es un placer conocerte también, Oscar
—¿Puedo conseguirte un trago? —preguntó tenía una sonrisa de aprobación en el rostro.
—Quiere un caramelo de limón. Es lo suyo —dijo Isabel a mi lado.
—Hola, Paula, soy Carlos —dijo el rubio, tendiéndome la mano y estrechándola.
—Hola, Carlos .
—Bueno, chicos, no vamos a pelear. Somos dos. Enfríate, Carlos . La inocencia de ella puede gustarte —dijo Isabel en un tono molesto—. Baila conmigo y te mostraré como las niñas traviesas pueden gustarte.
Isa ahora tenía la atención de Carlos por completo. Cubrí mi boca para evitar reírme. Era buena. Ella me guiñó un ojo y se llevó a Carlos a la pista de baile.
—Que amiga tienes. Se estaba ofreciendo para quedarse con ambos. Le expliqué que no me gustaban ese tipo de cosas y te señaló. Todo lo que vi fue tu cabello rubio y estuve intrigado —dijo Oscar, entregándome un caramelo de limón.
—Gracias. Y sí, Isabel es muy divertida. Ella me trajo esta noche. Esta es mi primera vez en un lugar así.
Oscar asintió con la cabeza en dirección a Pedro. Una rubia de piernas largas estaba sentada en el borde de la mesa. Miré como su dedo corrió a lo largo de su muslo. Seguro que no le tomará mucho tiempo.
—¿Por qué tu hermano salió contigo esta noche?
La pregunta de Oscar me recordó por qué estaba aquí y aparté mis ojos de Pedro y las piernas de la chica. 
—Um, uh… quería conocer el lugar también.
Puse el vaso en mis labios y lo bebí rápidamente.
—Podemos… Quiero decir, ¿quieres bailar? —pregunté cuando puse el vaso sobre la barra.
Oscar se levantó para llevarme a la pista de baile. Isa ya estaba apretando su cuerpo contra el de Carlos de una manera que no debería ser legal en público. No iba a bailar así. Esperaba que Oscar no esperara lo mismo.
Oscar tomó mis manos y las puso alrededor de su cuello antes de deslizar sus manos alrededor de mi cintura y acercarme a él. Esto era agradable. Más o menos. La música era lenta y sexy. No exactamente algo que quisiera bailar con un desconocido.
—¿Vives por aquí? No te he visto por aquí antes —dijo, bajando la cabeza a mi oído para poder escucharme.
Negué con la cabeza. 
—Vivo a unos cuarenta minutos y me acabo de mudar
aquí. Soy de Alabama.
Sonrió. —Eso explica el acento sureño en tu voz. Sé que es más grueso en los habitantes de esa zona.
La mano de Oscar se deslizó más abajo por mi cintura hasta que sus dedos rozaron la parte superior de la curva de mi trasero. Eso me preocupa un poco.
—¿Estás en la universidad? —preguntó, deslizando su mano un centímetro más abajo.
Negué. —No. Yo… uh… trabajo.
Busqué en la multitud a Isa y no la encontré por ninguna parte. ¿Dónde se fue? Por mucho que lo odiara, miré en la mesa para ver si Pedro seguía allí. La rubia estaba en la mesa con él. Parecía que sus labios estaban sobre ella.
La mano de Oscar se deslizó más y ahuecó mi trasero completamente. —Maldición, chica, tu cuerpo es increíble —murmuró en mi oído.
Alerta Roja. Necesito ayuda.
Espera. ¿Desde cuándo necesito ayuda? No había confiado en alguien en años. No tenía necesidad de empezar a buscar ayuda ahora. Puse ambas manos en el pecho de Oscar y lo empujé. —Necesito algo de aire y no me gusta que hombres extraños toquen mi trasero —le informé y me giré para dirigirme a la salida. No quería volver a la mesa y ver a Pedro besarse con otra chica y tampoco quería encontrar otra pareja para bailar. Necesito aire fresco.
Al salir a la oscuridad, tomé una respiración profunda y me apoyé contra la pared del edificio. Quizás no estaba hecha para este tipo de cosas. O quizás era muy pronto. De cualquier manera, necesitaba un respiro y un nuevo compañero de baile. Oscar no iba a funcionar.
—Paula? —El tono preocupado de Pedro me sorprendió, abrí mis ojos y me esforcé por verlo caminar hacia mí en la oscuridad.
—¿Sí? —le contesté.


viernes, 6 de diciembre de 2013

CAPITULO 28 







Podría no tener la ropa adecuada para las fiestas de Pedro, pero tenía todo lo que necesitaba para ir un bar de música country. Ha pasado un largo tiempo desde que usé mi falda de jean azul. Era más corta de lo que recordaba, pero seguía quedándome bien. Especialmente con mis botas.
Pedro se había ido esta mañana mientras yo tomaba un baño y no ha regresado desde entonces. Me pregunté si mi habitación estaba fuera de los límites de sus amigos si tenía una fiesta aquí. No me agradaba la idea de extraños
teniendo sexo sobre mi cama. En realidad, no me gustaba la idea de nadie teniendo sexo en la cama donde se suponía que yo dormía. Quise preguntarle pero no estaba segura sobre cómo encarar algo así.
Marcharme antes de que regresara significaba que no sabría qué esperar. ¿Debería planear lavar mis sabanas cuando volviera a casa? La idea me hizo estremecer. Cuando mi pie golpeó el último escalón de la puerta del frente, la puerta se abrió y Pedro entró. Cuando sus ojos me encontraron se quedó paralizado y lentamente asimiló mi apariencia. No estaba vestida para impresionar a sus amigos, pero había otro tipo de público afuera del que podría conseguir un poco
de atención.
—Maldición —murmuró y cerró la puerta detrás de él.
No me moví. Intenté resolver cómo insinuar la cosa de extraños teniendo sexo sobre mi cama.
—Tú, uh, ¿usarás eso para salir a la discoteca? —preguntó.
—Iré a un bar de música country. Estoy bastante segura que es una cosa completamente diferente —Lo corregí.
Pedro pasó sus manos sobre su corto cabello y dejó salir un suspiro que sonó tanto frustrado como divertido. Si estaba a punto de hacer uno sus chistes acerca de mi ropa, le arrojaría una bota.
—¿Puedo ir con ustedes esta noche? Nunca he estado en un bar de ese estilo.
¿Qué? ¿Acabo de escucharlo correctamente?
—¿Quieres venir con nosotros? —pregunté en confusión.
Pedro asintió y sus ojos recorrieron mi cuerpo una vez más. —Sí, eso quiero.
Supongo que podría ir también. Si éramos amigos, entonces deberíamos ser capaces de salir juntos.
—Está bien. Si realmente quieres ir. Sin embargo, necesitamos irnos en diez minutos. Isa está esperando que la recoja.
—Puedo estar listo en cinco —dijo, y subió las escaleras de dos en dos corriendo hacia arriba.
Eso no era completamente lo que había esperado. Extraño giro de acontecimientos.
Siete minutos después, Pedro bajó las escaleras y vestía un par de jeans ceñidos y una playera negra ajustada que tenía Slacker Demon escrito en la parte del frente con una impresión blanca gótica. El emblema que tenía en su hombro también se apreciaba. El anillo plateado estaba de nuevo en su mano, y por primera vez desde que lo conocí, tenía un par de aretes de argolla en su oreja.
Parecía más el hijo de una famosa estrella de rock de lo que nunca lo ha sido. Sus negras pestañas risadas hacían parecer como si estuviera usando delineador y eso
solamente aumentaba su atractivo.
Cuando mis ojos hicieron su camino hasta su rostro, sacó la lengua para mostrar su piercing de plata y me guiñó. —Me imaginé que si voy a ir a un bar sureño con chicos en botas y sombreros vaqueros, necesito permanecer fiel a mis
raíces. El Rock and Roll está en mi sangre. No puedo fingir encajar en ningún otro lugar.
Me reí mientras él me sonreía. —Esta noche estarás tan incómodo y como yo me siento en tus fiestas. Esto será divertido. Vamos, engendro del rock —bromeé y me dirigí hacia la puerta.
Pedro la abrió y retrocedió, así yo pude salir. El chico podía ser tan extraño cuando quería. —Dado a que tu amiga viene con nosotros, ¿por qué no tomamos uno de mis autos mejor? Estaríamos más cómodos que en tu camioneta.
Me detuve y lo miré en respuesta. —Pero encajamos mejor si vamos en mi camioneta.
Pedro sacó un pequeño control remoto y una de las puertas de sus cuatro garajes se abrió. Un Range Rover negro con llantas metálicas y un trabajo perfectamente reluciente de pintura quedó en el centro de la atención. No podía
estar en desacuerdo con él. Estaríamos mucho más cómodos en ese vehículo.
—Eso es ciertamente impresionante —respondí.
—¿Eso significa que podemos tomar el mío? No me emociona compartir asiento con Isa. A la chica le gusta tocar las cosas sin permiso —dijo Pedro.
Sonreí. —Sí, le gusta. Es un poco coqueta, ¿verdad?
Pedro arqueó una ceja. —Coqueta se queda corto.
—Bien. Seguro. Usaremos el auto de Pedro Alfonso si tanto insiste. Pedro me lanzó una mirada arrogante y se dirigió hacia el garaje. Lo seguí de cerca.
Abrió la puerta para mí, lo cual fue dulce pero hizo sentir más como una cita. No lo necesitaba confundiéndome más. Tenía firmemente claro que éramos sólo amigos. Debía jugar el juego correcto. 
—¿Abres la puerta de todas tus amigas?—le pregunté, de pie y mirándolo. Quería que notara el error que cometía.
Su tranquila sonrisa desapareció y una expresión seria tomó su lugar. 
—No—contestó, retrocediendo para dirigirse a la puerta del conductor. Me sentí como una completa idiota. Debí sólo haberle dicho gracias y pasarlo por alto. ¿Por qué
tenía que ser quien le recuerde sus propias reglas?
Una vez que estuvimos dentro del Range Rover, Pedro arrancó y condujo sin decir una palabra. Odié el silencio. Lo hacía incomodo. —Lo lamento. No quise ser grosera.
Pedro dejó escapar un suspiro y sus hombros se relajaron. Luego sacudió la cabeza. —No. Tienes razón. No tengo ninguna amiga, por lo tanto no soy bueno para equilibrar lo que debo o no hacer.
—Así que, ¿abres las puertas para tus citas? Es algo muy caballeroso. Tu madre te crió bien.
Sentí una punzada de celos. Hay chicas ahí fuera que consiguen ese tipo de trato por parte de Pedro. Aquellas con las que él quiere salir y ser más que amigos.
—En realidad, no. Yo… tú… pareces el tipo de chica que merece que le abran la puerta. Tuvo sentido en mi cabeza al momento. Pero comprendo tu punto.
Si vamos a ser amigos, necesito dibujar una línea y permanecer detrás de ella. Mi corazón se derritió un poco más.
—Gracias por abrirla para mí. Fue dulce.
Se encogió y no dijo nada más.
—Necesitamos recoger a Isa. Estará en la parte trasera de la oficina del campo de golf. Tenía que trabajar hoy. Se duchará y vestirá allí.
Pedro giró hacia el club de campo. —¿Cómo se volvieron amigas Isabel y tú?
—Trabajamos juntas un día. Creo que ambas necesitábamos una amiga. Es divertida y un espíritu libre. Todo lo que yo no.
Dejo escapar una risa. —Lo dices como si fuera una cosa mala. No quisieras ser como Isabel. Confía en mí.
Tenía razón. No quería ser como Isa pero era divertido tenerla cerca.

Cuando el Range Rover se detuvo frente a la oficina, abrí mi puerta y salí.
Isa no estaría buscando este vehículo. Estaría esperando mi camioneta.
La puerta del despacho se abrió y ella se paseó en un par de diminutos shorts de cuero rojos, un top de cuello halter y unas botas blancas de cuero hasta las rodillas.
—¿Qué diablos estás haciendo en uno de los coches de Pedro? —preguntó, sonriendo.
—Viene con nosotras. El quiso ir con nosotras al bar, también. Así que…—Me fui callando y miré hacia el Range Rover.
—Esto limitará tus oportunidades de ligar. Sólo digo —dijo Isa mientras bajaba las escaleras y le daba un rápido vistazo a mi atuendo—. O no. Luces caliente. Quiero decir, sé que eres hermosa pero luces realmente caliente con eso.
Quiero unas botas vaqueras para mí. ¿De dónde sacaste esas?
Su elogio fue agradable. No he tenido amigas en largo tiempo. Cuando Valeria fue asesinada, las chicas que habían sido cercanas  a nosotras desaparecieron de mi vida. Era como si no pudieran estar cerca de mí sin
recordarla. Facundo se había convertido en mi único amigo.
—Gracias, y por lo de las botas, las conseguí en navidad dos años atrás por parte de mi mamá. Eran suyas. Las he amado desde que las compró y después de que se puso, después… después de que enfermo… me las dio a mí.
Isa frunció el ceño. —¿Tu mamá se enfermó?
No estaba de humor para hablar de esas cosas esta noche. Asentí y forcé una sonrisa. —Sip. Pero esa es otra historia. Vamos a buscar a nuestros vaqueros.
Me devolvió la sonrisa y abrió la puerta de mi lado del Range Rover. —Te dejaré ir adelante porque tengo un fuerte presentimiento de que es donde el conductor te quiere.
No tuve tiempo para responder antes de que Isabel saltara al Range Rover y cerrara la puerta detrás de ella. Entré y sonreí hacia Pedro, quien me miraba fijamente. —Es hora de buscar nuestro vaquero interior —le dije.

CAPITULO 27







La primera habitación no era atractiva. Tenía los colores oscuros y la vista era al patio delantero. Sin mencionar que era la más cercana a las escaleras y el nivel de ruido sería difícil de pasar por alto. Fui a la habitación de al lado y la cama de matrimonio estaba cubierta de volantes blancos y almohadas bastante rosadas.
Una araña rosa colgaba del techo. Era muy dulce. No es algo que esperaba encontrar en la casa de Pedro. Por otra parte, su madre vivía aquí la mayor parte del tiempo.
Abrí la última puerta a la izquierda. Había grandes ventanales que iban desde el suelo hasta el techo y daban al océano. Era precioso. El esquema de color azul claro y verde era acentuado con una enorme cama que parecía estar hecha de madera flotante. Por lo menos la cabecera y el pie lo eran. Tenía un ambiente muy costera. Me gustó. No, borren eso. Me encantó. Puse mi maleta en el suelo y me acerqué a la puerta que conducía a baño privado. Grandes toallas blancas mullidas y jabones caros decoraban el mármol blanco. Pinceladas de color azul y verde se encontraban en la habitación, pero en su mayor parte era blanca.
La bañera era grande y redonda. A pesar de que nunca había visto una antes, sabía que era un jacuzzi. Tal vez entré en la habitación equivocada. Sin duda, esta no era una habitación de invitados. Querría está habitación si viviera aquí.
Sin embargo, estaba en el lado izquierdo del pasillo. Tenía que ser una de las habitaciones que él mencionó. Volví a salir del baño. Me gustaría ir a decirle que había escogido esta habitación y si no le parecía bien que me lo dijera. Dejé mi maleta contra la pared justo detrás de la puerta y luego me dirigí a la planta baja.
Cuando entré a la cocina, Pedro estaba sentado a la mesa con un plato de tocino y unos huevos revueltos. Sus ojos se encontraron de inmediato con los míos.
—¿Has elegido una habitación? —preguntó.
Asentí y me dirigí al otro lado de la mesa. —Sí. Creo que sí. La que dijiste que tenía una gran vista es... ¿la verde y azul? 
Sonrió. —Sí, lo es.
—¿Y estás de acuerdo que me quedé en esa habitación? Es muy bonita. Me gustaría tener esa habitación si esta fuera mi casa.
La sonrisa de Pedro se ensanchó. —No has visto mi habitación todavía.
La suya debía ser aún más agradable. —¿Tu habitación está en el mismo piso?
Cogió un trozo de tocino. —No, la mía ocupa toda la planta superior.
—¿Quieres decir que todas esas ventanas… es toda una gran habitación? —
Parecía que el último piso estuviera hecho de cristal desde el exterior. Siempre me pregunté si era una ilusión o si se trataba de varias habitaciones.
Asintió. —Sip.
Quería ver su habitación. No se ofreció a mostrármela, así que no se lo pregunté.
—¿Has guardado ya tus cosas? —preguntó, y luego le dio un mordisco a su tocino.
—No, quería comprobarlo contigo antes de deshacer todo. Probablemente no debería desempacar. A finales de la semana que viene voy a estar lista para mudarme. Mi sueldo en el club es bueno y he ahorrado bastante.
Dejó de masticar y sus ojos se endurecieron mientras miraba algo en el exterior. Seguí su mirada, no vi nada, la playa estaba vacía.
—Puedes quedarte todo el tiempo que quieras, Pau.—
¿Cómo? Me dijo que tenía un mes.
No le respondí.
—Siéntate a mi lado y come algo de tocino. —Tiró de la silla de su lado y me senté sin discutir. El tocino olía bien y estaba lista para algo más que la mantequilla de maní.
Movió su plato hacia mí. —Come.
Cogí un trozo de tocino y le di un mordisco. Era crujiente y grasiento, como a mí me gusta. Terminé el pedazo y Pedro empujó el plato hacia mí otra vez. — Come más.
Luché contra una risita ante su repentina necesidad de alimentarme. ¿Qué le pasaba? Tomé otro pedazo de tocino y me lo comí disfrutando del sabor.
—¿Cuáles son tus planes para hoy?—preguntó, una vez que me lo tragué.
Me encogí de hombros. —No lo sé todavía. Pensé en buscar un apartamento tal vez.
Su mandíbula se marcó y su cuerpo se tensó de nuevo. 
—Deja de hablar de mudarte, ¿de acuerdo? No quiero que te mudes hasta que nuestros padres vuelvan a casa. Tienes que hablar con tu padre antes de salir corriendo y empezar a vivir sola. No es exactamente seguro. Eres demasiado joven.
Me eché a reír. Él estaba haciendo el ridículo. —No soy demasiado joven. ¿Qué pasa con tu edad y la mía? Tengo diecinueve. Soy una chica mayor. Puedo vivir por mi cuenta de forma segura. Además, puedo darle a un blanco en
movimiento mejor que la mayoría de los oficiales de policía. Mis habilidades con un arma son bastante impresionantes.
Pedro arqueó una ceja. —¿Así que realmente tienes un arma? Asentí.
—Pensé que Federico sólo bromeaba. Su sentido del humor apesta a veces.
—Nop. Le apunté con ella cuando me sorprendió mi primera noche aquí.
Pedro se rió y se recostó en su silla cruzando los brazos sobre su amplio pecho. Me obligué a mantener los ojos en su cara y no mirar hacia abajo.
—Me hubiera gustado ver eso.
No respondí. Había sido una mala noche para mí. La adaptación no era algo que se me diera fácilmente.
—No quiero que te quedes aquí sólo porque eres joven. Sé que puedes cuidar de ti misma o por lo menos creo que puedes. Te quiero aquí porque... me gusta tenerte aquí. No te vayas. Espera hasta que tu padre vuelva. Parece que
ustedes deben hablar. Luego puedes decidir lo que quieres hacer. Pero ahora, ¿puedes subir y deshacer las maletas? Piensa en todo el dinero que puedes ahorrar viviendo aquí. Cuando te mudes tendrás una cuenta de banco acolchada y
agradable.
Me quería aquí. No pude evitar la sonrisa tonta que tiraba de mis labios. Él tenía razón, podría ahorrar dinero. Una vez que papá regresara hablaría con él y luego me mudaría. No había ninguna razón para irme si Pedro me quería aquí.
—De acuerdo. Si realmente lo dices en serio, gracias.
Asintió y se inclinó para poner los codos sobre la mesa. Su mirada plateada se niveló a mi altura. —Lo digo en serio. Pero eso también significa que la cosa de
amigos entre nosotros tiene que permanecer en plena vigencia.
Tenía razón, por supuesto. Conviviríamos más e involucrarnos de alguna manera sería difícil. Además, una vez que este verano terminara él se irá a vivir a otra casa de algún otro lugar. No necesito ese tipo de dolor.
—Bien —le contesté. Sus hombros no se relajaron y su cuerpo permaneció tenso.
—Además, comenzarás a comer la comida de esta casa cuando estés aquí.
Negué con la cabeza. No, no lo haría. No lo permitiría.
—Pau, esto no está a discusión. Lo digo en serio. Come mi maldita comida.
Empujé mi silla hacia atrás y me levanté. —No. Voy a comprar mi comida y me la comeré. Yo no soy... no soy como mi padre.
Pedro murmuró algo y echó la silla hacia atrás y se levantó. —¿Crees que no sé eso a estas alturas? Has estado durmiendo en un maldito armario de escobas sin
quejarte. Limpias la casa más que yo. No comes correctamente. Soy consciente de
que no te pareces en nada a tu padre. Pero eres un invitado en mi casa y quiero que comas en mi cocina y sientas como si fuera tuya.
Esto iba a ser un problema. —Pondré mi comida en la cocina y comeré aquí. ¿Te parece mejor?
—Si todo lo que vas a comprar es mantequilla de maní y pan, entonces no. Quiero que comas adecuadamente.
Empecé a sacudir la cabeza cuando se acercó y me agarró de las manos. 
— Pau, me hará feliz saber que estás comiendo. Lourdes compra los comestibles una vez por semana y las reservas de este lugar están esperando mucha compañía.
Hay más que suficiente. Por favor. Come. Mi. Comida.
Me mordí el labio inferior para contener la risa por su mirada suplicante.
—¿Te estás riendo de mí? —preguntó con una pequeña sonrisa tirando de sus labios.
—Sí. Un poco —admití.
—¿Eso significa que vas a comer mi comida?
Suspiré. —Sólo si me dejas pagarte semanalmente.
Empezó a mover la cabeza y quité mis manos de él y empecé a alejarme.
—¿A dónde vas? —preguntó detrás de mí.
—Ya he terminado de discutir contigo. Voy a comer tu comida si pago por mi parte. Ese es el trato, sólo estaré de acuerdo con eso. Así que lo tomas o lo dejas. Gruñó. —Está bien. Págame.
Lo miré de nuevo. —Voy a ir a desempacar. Luego tomaré un baño en esa gran bañera y luego no lo sé. No tengo planes hasta la noche.
Frunció el ceño. —¿Con quién?
—Isa —contesté.
—¿Isa? ¿La chica del carrito con la que se junta Jose?
—Corrección. La chica del carrito que Jose utiliza para perder el tiempo. Ella es inteligente y está superando eso. Esta noche vamos a un bar de música country a buscar chicos normales.
No esperé a que me respondiera. Corrí hacia las escaleras y las subí corriendo. Una vez que llegué a mi nueva habitación, cerré la puerta tras de mí y suspiré con alivio.

miércoles, 4 de diciembre de 2013

CAPITULO 26 






Me recosté contra la cabecera de la cama y gemí de frustración. ¿Por qué lo había dejado entrar? Este juego de caliente y frío que jugaba estaba fuera de mi alcance. Me pregunté a dónde iría él ahora. Había un montón de mujeres por ahí que podría besar. Con las que no tenía problemas en besar si suplicaban.
El pisoteo de la gente subiendo las escaleras repiqueteaba por encima de mi cabeza. No conseguiría dormir por un rato. No quería quedarme aquí y Antonio me esperaba. No había ninguna razón para ponerme de pie. No me sentía de humor
para hablar con él, pero al menos podía decirle que no estaba para una charla en la playa.
Entré en la cocina. La espalda de Federico daba hacia mí y tenía una chica pegada a la barra. Sus manos se enredaban en sus rizos castaños silvestres.
Parecían muy absortos. Tranquilamente, salí por la puerta de atrás esperando no estar en el camino de cualquier otra sesión de ligues.
—No pensé que te presentarías —dijo la voz de Antonio desde la oscuridad.
Me giré para verlo apoyado en la barandilla, mirándome. Me sentía culpable por no haber venido aquí primero y hacerle saber que no iba a reunirme con él. No tomaba decisiones sabias cuando de Pedro se trataba.
—Lo siento. Me desvié. —No quería explicar.
—Vi a Pedro salir del pequeño agujero en el que te tiene ahí atrás — respondió.
Me mordí el labio y asentí. Yo era un fracaso. Bien podría confesar.
—No se quedó mucho tiempo. ¿Fue una visita amistosa o te estaba corriendo?
Fue... fue una visita agradable. Hablamos. Hasta le pedí que me besara nuevamente y él decidió huir. Había disfrutado de su compañía.
—Sólo una charla amistosa —le expliqué.
Antonio dejó escapar una risa dura y negó con la cabeza. 
—¿Por qué no me lo creo?
Porque él era inteligente. Me encogí de hombros.
—¿Lista para nuestro paseo a la playa?
Negué con la cabeza. —No. Estoy cansada. Vine aquí a respirar un poco de aire fresco y esperaba encontrarte para explicártelo.
Antonio me dio una decepcionada sonrisa y se apartó de la barandilla. 
—Bueno, está bien entonces. No voy a rogarte.
—No esperaba que lo hicieras —contesté.
Caminó hacia la puerta y esperé hasta que estuvo en el interior antes de exhalar un suspiro de alivio. Eso no había sido tan malo. Tal vez ahora retrocedería un poco. Hasta que entendiera qué hacer con esta atracción que sentía por Pedro no necesitaba a nadie que me confundiera más.
Unos minutos después di media vuelta y lo seguí al interior. Federico ya no estaba en el bar con la chica. Habían ido a un lugar más aislado, al parecer. Me dirigí hacia la puerta de la despensa cuando Pedro entró en la cocina seguido de
una morena riendo. Estaba colgada de su brazo y actuando como si no pudiera caminar correctamente. O bien era el alcohol o los tacones de diez centímetros le causaron ampollas a sus pies.
—Pero tú lo dijiste —arrastró las palabras y besó el brazo del que se aferraba. Sí que estaba ebria.
Los ojos de Pedro se encontraron con los míos. Él iba a besarla esta noche.
Ella ni siquiera tendría que rogarle. Ella también sabía a cerveza. ¿Era ese su estilo?
—Me quitaré las bragas aquí mismo, si quieres —dijo ella, ni siquiera notó que no estaban solos.
—Barby, ya he dicho que no. No me interesa —contestó sin apartar la mirada de mí. La estaba rechazando. Y quería que yo lo supiera.
—Será travieso —dijo en voz alta y luego se echó a otro ataque de risa.
—No, sería irritante. Estás borracha y tu cacareo me está dando un dolor de cabeza —respondió. Sus ojos aún no habían dejado los míos.
Aparté mis ojos de él y me dirigí hacia la puerta de la despensa cuando finalmente Barby me notó. —Oye, esa chica va a robar tu comida —susurró en voz alta.
Mi cara enrojeció. Maldita sea. ¿Por qué avergonzarme? Era una estúpida.
Ella estaba borracha hasta el trasero. ¿A quién le importaba lo que pensaba?
—Vive aquí, puede tomar lo que quiera —respondió Pedro.
Mi cabeza se giró inmediatamente y sus ojos no me habían abandonado.
—¿Vive aquí? —preguntó la chica.
Pedro no dijo nada más. Le fruncí el ceño y decidí que el único testigo no recordaría esto en la mañana. —No dejes que te mienta. Soy la invitada no bienvenida viviendo bajo sus escaleras. He querido un par de cosas y él sigue
diciéndome que no.
No esperé su respuesta. Abrí la puerta y entré. Un punto para mí.
Terminé el último de mis sándwiches de mantequilla de maní, sacudí las migas en mi regazo y me levanté. Tendría que ir a la tienda y reabastecerme pronto. Los sándwiches de mantequilla de maní estaban acabándose.
Tenía el día libre hoy y no estaba segura de lo que iba a hacer. Me acosté en la cama pensando en Pedro y como de estúpida fui la mayor parte de la noche.
¿Qué tenía que hacer un chico para convencerme de que sólo quería que fuéramos amigos? Lo había dicho más de una vez. Tenía que dejar de intentar que me viera como algo más. Me humillé anoche. No debí haber hecho eso. Él no quería besarme. No podía creer que le había rogado.
Abrí la puerta de la despensa y entré en la cocina. El olor del tocino llegó a mi nariz y si Pedro no estuviera de pie en la cocina con nada más que un par de pantalones de pijama, entonces me habría concentrado solo en el delicioso olor. La vista de su espalda desnuda hizo que olvidara el tocino.
Él miró por encima de su hombro y sonrió. —Buenos días. Debe ser tu día de descanso.
Asentí con la cabeza y me pregunté qué diría un amigo. No quería romper las reglas con él. Iba a jugar con sus reglas. Me mudaría muy pronto, de todos modos.
—Huele bien —contesté.
—Saca dos platos. Hago un tocino que está de muerte.
—Me hubiera gustado no haberme comido el sándwich de mantequilla de maní. Ya he comido, pero gracias.—
Puso su tenedor en el plato y se volvió para mirarme. —¿Cómo has comido ya? Acabas de despertarte.
—Tengo mantequilla de maní y pan en mi habitación. Lo tenía desde antes de venir.
La frente de Pedro se arrugó mientras me estudiaba. —¿Por qué tienes mantequilla de maní y pan en tu habitación?
Porque no quiero su flujo interminable de amigos comiendo mi comida. Sin embargo, no podría decir exactamente eso. —Esta no es mi cocina. Guardo todas mis cosas en mi habitación.
Se tensó y me pregunté qué dije para hacerlo enojar.
—¿Me estás diciendo que sólo has comido mantequilla de maní y pan desde que llegaste? ¿Eso es todo? Lo compras y lo guardas en tu habitación y, ¿eso es todo lo que comes?
Asentí, sin saber por qué era un gran problema.
Golpeó su mano sobre el mostrador y se dio la vuelta para mirar a su tocino mientras murmuraba una maldición.
—Ve a buscar tus cosas y sube las escaleras. Toma cualquier habitación que quieras en el lado izquierdo del pasillo. Tira esa mantequilla de maní y come lo que te dé la gana en esta cocina.
No me moví. No estaba segura de dónde había venido esa reacción.
—No te quedes allí, Paula, mueve tu culo. Luego vienes aquí y comes algo de mi maldito refrigerador mientras te veo. Estaba enojado. ¿Conmigo?
—¿Por qué quieres que me mude arriba? —pregunté con cautela.
Dejó caer el último trozo de tocino en una servilleta de papel y apagó la estufa antes de mirar de nuevo hacia mí.
—Porque quiero que lo hagas. Odio ir a la cama por la noche y pensar en ti durmiendo bajo mi escalera. Ahora tengo la imagen de que comes los malditos sándwiches de mantequilla de maní sola allí abajo y es más de lo que puedo manejar.
Bien. Así que se preocupa por mí de alguna forma.
No discutí. Volví a mi habitación bajo las escaleras y saqué la maleta de debajo de la cama. Mi mantequilla de maní estaba dentro. Abrí la cremallera y saqué el frasco casi vacío y la bolsa a la izquierda con cuatro rebanadas de pan. Me
gustaría dejar esto en la cocina y luego ir a buscar una habitación.
Mi corazón latía con fuerza en mi pecho. Este se había convertido en mi lugar seguro. Estar arriba me quitaba el aislamiento. No estaba sola allí.
Dando un paso hacia la despensa, me acerqué y puse la mantequilla de maní y el pan en el mostrador. Me dirigí hacia el pasillo sin hacer contacto visual con Pedro. Él estaba de pie en la barra, agarrando los bordes con fuerza, como si estuviera tratando de no golpear algo. ¿Estaba considerando lanzarme de nuevo a la despensa? No me importa estar ahí.
—No tengo que mudarme a arriba. Me gusta este ambiente —le expliqué y observe que aprietó más su agarre.-
—Perteneces a una de las habitaciones de arriba. No perteneces bajo las escaleras. Nunca lo hiciste.
Me quería arriba. No entendía su repentino cambio de parecer.
—¿Quieres decirme al menos qué habitación tomar? No me siento bien eligiendo una. Esta no es mi casa.
Pedro finalmente soltó el agarre de muerte que tenía sobre el mostrador y volvió sus ojos a los míos. 
—En el ala izquierda hay sólo habitaciones. Hay tres.
Creo que disfrutarías la vista en la última. Tiene vista al mar. La habitación central es toda blanca con tonos color rosa pálido. Esto me recuerda a ti. Por lo tanto, elige. Cualquiera que desees. Toma una y luego ven aquí y come.
Había vuelto a querer que comiera de nuevo.
—Pero no tengo hambre. Acabo de comer…
—Si me dices que has comido esa maldita mantequilla de maní de nuevo voy a golpear una pared. —Hizo una pausa y respiró hondo—. Por favor, Paula. Ven a comer algo por mí.
Como cualquier mujer en el planeta, sería capaz de aceptar eso. Asentí y me dirigí a las escaleras. Tenía que elegir una habitación.