lunes, 20 de enero de 2014
CAPITULO 130
Paula
Le tenía miedo a la agujas. Había decidido meses atrás que no me iban a clavar una gran aguja en mi espalda. En este momento, estaba pensando que podría haber sido una mala decisión. Porque sentía como si mis entrañas estuvieran siendo desgarradas.
No ayudaba el hecho de que cada vez que necesitaba gritar, Pedro enloquecía completamente. Necesitaba calmarse como la mierda. Tenía que gritar para lidiar con esto. Nunca más me quejaría por el dolor menstrual. Esos eran una
caminata en el parque comparado con esto.
Otra ola me golpeó y agarré con mi puño las sábanas y dejé salir otro grito de dolor. La última vez que la enfermera me comprobó, tenía siete centímetros de dilatación. Necesitaba llegar a diez, maldición.
—¿Necesito llamar a la enfermera? ¿Puedo conseguirte un poco de hielo? ¿Quieres apretar mi mano? —Pedro seguía haciéndome preguntas. Sabía que sus intenciones eran buenas, pero por el momento no me importaba. Me levanté, tomé su camiseta y bajé su cara hacia la mía.
—Alégrate de que no tengo mi arma porque ahora mismo estoy pensando en las diferentes maneras en que puedo conseguir que te calles. Déjame gritar y retrocede —le espeté y agarré mi estómago mientras otra contracción llegaba.
—Hora de comprobarte de nuevo —dijo la alegre enfermera con el cabello rojo brillante recogido en coletas mientras rebotaba en la habitación. Ella también necesitaba alegrarse de que no tuviera mi arma.
Porque sería la siguiente en mi lista.
Cerré mis ojos, esperando no tener una contracción mientras ella estaba allá abajo porque podría patearla en la cara.
—¡Oh! Ya estamos en diez y listos para rodar. Déjame llamar al doctor. No pujes —me dijo una vez más. Me habían dicho que no pujara durante la última hora. Todo lo que mi cuerpo quería hacer era pujar. El doctor necesitaba apurar su culo.
Pedro estaba anormalmente callado. Levanté la mirada hacia él y, en este momento, su rostro me recordó al de un niño pequeño. Lucía asustado y nervioso.
Me sentí mal por gritarle pero el sentimiento no duró mucho cuando otra contracción me golpeó y esta vez fue peor. No me había dado cuenta que podía ser peor.
El médico calvo entró y me sonrió como si esto fuera algo bueno. —Es hora de sacar a ese pequeño niño de allí y traerlo al mundo. —Sonaba tan alegre como mi enfermera. Bastardo.
—Puedes o venir aquí y observar, siempre y cuando no estés mareado, o puedes permanecer ahí mientras ella puja —dijo el doctor a Pedro.
Pedro dio un paso hacia la cabecera, se agachó y puso mi mano en la suya. — Me quedaré con ella —dijo y le dio un suave apretón a mi mano.
El estímulo hizo que me dieran ganas de llorar. Había trabajando tan duro en hacer que las cosas fueran más fáciles para mí, y lo había amenazado con dispararle. Era una esposa horrible. Sollocé y él instantáneamente estaba a mi lado.
—No llores. Está bien. Puedes hacer esto —dijo, luciendo decidido y listo para entrar en batalla.
—Fui mala. Lo siento —dije conmovida.
Él sonrió y besó mi cabeza. —Estás pasando por un increíble dolor y si golpearme te hace sentir mejor, dejaría que lo hagas.
Quería besarlo pero entonces otra contracción llegó.
—¡Puja! —ordenó el doctor e hice lo que me dijeron.
***
Varias maldiciones y empujes después oí el sonido más hermoso en el mundo.
Un llanto.
El llanto de mi bebé.
CAPITULO 129
Pedro
Te ves bien para un hombre casado —bromeó Federico mientras yo regresaba al carrito para buscar mi palo.
—Por supuesto que sí. Estoy casado con Paula. Soy el bastardo más afortunado del planeta —contesté, sin caer en su trampa.
Quería hacerme enojar porque Federico pensaba que enfadarme era gracioso.
—Paula es caliente. Incluso embarazada de nueve meses —dijo arrastrando las palabras, echándose hacia atrás y apoyando sus piernas sobre el tablero del carrito.
—Si quieres que tu jodida nariz fracturada entonces sigue así, hermano —gruñí, mirándolo de mala gana.
Comenzó a reír y supe que había conseguido lo que quería. Rodé los ojos.
Mi teléfono comenzó a vibrar y sonar en mi bolsillo. Ese era el timbre de Paula.
Dejé caer mi palo y metí la mano en el bolsillo para sacar el celular. Ella no me llamaba al azar. Si lo estaba haciendo, entonces me necesitaba. Empecé a caminar hacia el carrito esperando a que respondiera.
—Hola —dije al momento en que lo hizo. Respiró hondo, entonces puse el carrito en reversa y conduje a toda velocidad hacia la casa club.
—Rompí fuente —dijo tratando de parecer tranquila.
—Estoy en camino. Quédate justo ahí. No te muevas. No conduzcas. Sólo espérame.
—Estoy en el estacionamiento del club. Iba a buscarte cuando sucedió — contestó.
—Estoy casi ahí, nena, aguanta. Menos de un minuto, te lo juro —le aseguré.
Emitió un gruñido y luego tomó unas cuantas respiraciones profundas.
—Bien —respondió y colgó.
—Mierda —gruñí y pedí a Dios que el estúpido carrito fuera más rápido.
—Supongo que está en trabajo de parto —respondió Federico desde el asiento a mi lado.
—Sí —espeté. No quería hablar. Sólo tenía que llegar a ella rápidamente.
—Supongo que eso significa que no te importa que acabas de dejar tu palo allí —respondió Federico.
—Joder, no, no me importa el maldito palo.
Federico cruzó los brazos sobre su pecho. —Está bien, sólo comprobaba.
—Necesito que tomes mi teléfono. Busca el número de Miguel y llámalo.
Federico agarró el teléfono e hizo lo que le pedí mientras dejaba el carro en el parque y echaba a correr por el césped hacia el estacionamiento.
Paula estaba de pie al lado del Mercedes que le había comprado, con una mano en el coche y la otra en su estómago. Se veía más relajada de lo que imaginé.
—Eso fue rápido. —Sonrió cuando sus ojos se encontraron con los míos.
—¿Estás bien? —pregunté, envolviendo mi brazo alrededor de ella y llevándola al lado del pasajero.
—Estoy bien ahora. Los calambres se han aliviado. Pero Pedro, no debería entrar a este auto. Es completamente nuevo y tengo... bueno... estoy mojada —dijo, tropezando con sus palabras.
—Me importa un huevo este auto. Entra. Voy a llevarte al hospital.
Me dejó ayudarla a entrar al auto, aunque pude ver la reticencia en su rostro. No quería arruinar su auto nuevo.
Le di un beso en la frente.
—Te juro que voy a tenerlo completamente arreglado antes de que salgas del hospital —le aseguré antes de cerrar la puerta.
Corrí alrededor de la parte delantera del auto y Federico estaba parado allí con una expresión nerviosa. —¿Está bien?
—Está en trabajo de parto —indiqué lo obvio y abrí la puerta del conductor.
—Llamé a Miguel. ¿Qué más puedo hacer?
—Llama a Luca. Querrá saber —le dije antes de cerrar la puerta del auto.
No me dejé considerar el hecho de que no iba a llamar a mi mamá o hermana. No tenía sentido. No podía confiar en ellas con Paula.
—¿Crees que tal vez debería llamar a tu mamá? ¿O crees que preferiría no saber?
La miré de reojo mientras salía a la calle y corría a Destin, donde estaba el hospital más cercano. —No quiero que sean parte de esto. No se lo merecen — contesté, y luego me incliné y apreté la mano de Paula—. Ahora ésta es nuestra familia. Mía y tuya. Nosotros decidimos a quién dejamos entrar en ella.
Paula asintió y apoyó la cabeza en el reposacabezas.
Me di cuenta que estaba un poco dolorida por cómo apretujaba el rostro a pesar de que estaba manteniéndose en silencio al respecto.
—¿Cómo puedo ayudar? —pregunté, ansioso por hacer algo para que esto se detuviera.
—Conduce —respondió con una sonrisa forzada.
Me apretó la mano y dejó escapar un profundo suspiro de alivio.
—Esa se ha acabado. No son muy largas o seguidas, así que estamos bien de tiempo. —Sonaba sin aliento.
Apretó mi mano de nuevo. —¡Pedro!
Casi me salí de la carretera. —¿Qué, nena? ¿Estás bien? —Mi corazón golpeaba contra mi pecho.
—Me olvidé de Sofia. Tienes que llamar a Antonio. Necesita saber que llegaron unos policías y se la llevaron.
¿Quién diablos era Sofia? ¿Estaba alucinando? —Cariño, no conozco a Sofia —contesté con cuidado en caso de que esta cosa de alucinación pudiera enloquecerla. No había leído acerca de esto en ninguno de los libros que ella había
mantenido junto a la cama.
—Sofia es con quien está saliendo Antonio. Marcos piensa que están haciendo el “cuchi cuchi”. Ella era muy dulce y me agradó. Se veía tan asustada. Antonio tiene que ayudarla.
Ella había ido al club para visitar a Marcos. Es por eso que estaba allí. No porque había estado en parto. Esto tenía sentido ahora. —Federico tiene mi teléfono.¿Dónde está el tuyo? —Si esto no significara mucho para ella, no estaría
preocupado sobre la vida amorosa de Antonio y su supuesta novia siendo arrestada por los policías. Debido a que esa mierda no sonaba prometedora y no quería a Paula cerca de alguien peligrosa. Pero ella no necesitaba más estrés, así que haría todo lo posible para que se sintiera mejor.
—No contesta su teléfono. Va directamente al correo de voz. ¿A quién más podemos llamar? —preguntó.
Alcancé el teléfono y marqué el número de Federico.
—Llamé a Luca y está tomando el siguiente vuelo —fue lo que dijo al responder.
—Gracias. Escucha, Antonio no contesta su teléfono.
Llama a su padre. Dile que Sofia… —Hice una pausa y miré a Paula quien asintió ya que había recordado bien el nombre—. Que Sofia fue detenida y necesita ayuda.
—¡MIERDA! ¿Cuándo fue arrestada Sofia? ¿Qué demonios pasó? —rugió Fede en mi oído. Supongo que él sabía quién era Sofia.
—No lo sé. Mi esposa está en trabajo de parto. Sólo llama a su papá. Él lo puede encontrar. Me tengo que ir.
—Le diré —respondió Federico, y colgué.
—El papá de Antonio sabrá cómo encontrarlo —le aseguré a Paula. Ella estaba frunciendo el ceño.
—No estoy segura de ello, pero tal vez entendí mal. —Dejó de hablar y apretó mi mano de nuevo. Otra contracción.
domingo, 19 de enero de 2014
CAPITULO 128
Tres meses después…
Yo era una chica del sur. Eso era evidente. Aunque me había encantado nuestro tiempo en Nueva York, estaba contenta de estar de vuelta en casa, donde podía encontrar té helado dulce cuando quería. Pedro también había extrañado Rosemary. Podía decirlo.
Desempacamos, luego llevamos toda la ropa y los juguetes que habíamos comprado para el bebé, que todavía no habíamos nombrado, y los pusimos en su cuarto. Había sido
divertido colgar su ropa en el armario, doblar las mantas y alinear todos sus zapatitos. Nos habíamos ido un poco por la borda con la compra de ropa.
Federico había pasado para llevarse a Pedro a un tiempo de chicos en el golf poco después de nuestra llegada, así que decidí ir a hacer algunas visitas.
No había nada para comer aquí y me estaba muriendo de hambre. Ir a ver si Marcos estaba en el club trabajando y conseguir algo de comer mataría dos pájaros de un tiro.
Cogí las llaves y salí en busca de mi coche... o camioneta... o lo que fuera. No la había conducido todavía. Pedro la había tenido allí estacionada, esperando por mí, cuando llegamos a casa.
Todo lo que sabía era que la idea era un Mercedes Benz como vehículo utilitario. Yo estaba contenta de que no me había conseguido una minivan. Al parecer, este es uno de los coches más seguros en la carretera. Él me dio un
argumento de venta muy largo sobre él y luego me dijo que si no me gustaba podía regresarlo y conseguir lo que quería.
Era un Mercedes, por amor de Dios. No iba a meter mi nariz en eso. Por supuesto que estaba contenta con él. Sólo tenía que encontrar la manera de conducirlo. Bajé la mirada hacia la llave que me había dejado.
Había indicaciones que me dio. Se suponía que sólo debía apegarme a esta cosa que sin duda NO era una llave y llevarla en el bolso conmigo. Cuando tocara el pomo de la puerta se desbloquearía automáticamente, siempre y cuando la llave estuviera en mi cuerpo.
Luego tendría que poner mi pie en el freno y presionar el botón "prender" para girar el volante del coche. Todo lo demás debería ser bastante fácil. Sí, claro.
Hice lo que me dijo y me metí en el coche, lo que no es fácil cuando tu estómago es enorme. Después de empujarme, me las arreglé para poner en marcha el auto sin la llave que era tan extraña.
Ni siquiera traté de tocar las cosas del tablero. Se veía como algo de un avión. No entendía nada de eso.
Abrí mi bolso, saqué mi pistola y luego la deslicé debajo de mi asiento. No había estado llevándola conmigo ya que siempre estaba con Pedro. Pero ahora que tenía mi propio coche nuevo y que saldría sola, y luego con mi bebé, quería saber que había una cierta protección escondida en algún lugar.
Una vez que el bebé fuera más grande, iba a tener que encontrar otro lugar para guardarla. No quería que estuviera en ninguna parte donde pudiera tocarla. Eso era algo que tenía que hablar con Pedro.
Llegar al club era bastante fácil. El coche se apagó con sólo pulsar un botón y cerré las puertas con la cosa a la que Pedro llamaba llave, luego me dirigí hacia el interior.
Justo cuando llegaba al comedor, Marcos salió de la cocina y sus ojos se encontraron con los míos. Una lenta sonrisa se dibujó en su rostro. —Mírate,ardiente mamá. Puedes hacer que un vientre embarazado del tamaño de una pelota de playa se vea sexy. Ve a la cocina y espérame. Ya vuelvo —dijo Marcos,con un gesto de la cabeza. Sólo llevaba dos vasos de agua por lo que iba a ser rápido.
Abrí la puerta de la cocina y entré. Varios de los cocineros me saludaron y yo se les devolví con un movimiento de mano tratando de recordar tantos nombres como podía.
—Por favor, dime que estás de vuelta en Rosemary para bien. No más correr por todo el mundo. Te he echado de menos —gimió Marcos, tirando de mí en un abrazo.
—No hay planes para ir a cualquier parte en el futuro cercano —aseguré.
—Dios, Paula, tu estómago es enorme. ¿Cuándo viene el bebé? —Preguntó Marcos y empezó a frotar mi barriga—. No puedes quedarte ahí para siempre, pequeñito. Es hora de que salgas. Tú mamá no es tan grande, no podrá soportar mucho más.
La puerta de la cocina se abrió y levanté mis ojos para ver una nueva cara.
Ella tenía el pelo castaño oscuro y una excelente estructura ósea. Estaba observando a Marcos hablar con mi estómago con una curiosa sonrisa.
—Hola —dije, y sus ojos se movieron de mi estómago para mirarme a los ojos. Tenía hermosos ojos, también. ¿Dónde la había encontrado Antonio y, la había contratado por su belleza? Porque conociendo a Antonio, él se habría dado cuenta.
—Hola —respondió ella con un acento sureño grueso que me sorprendió. La chica no era de Rosemery.
Marcos se puso de pie y le sonrió a la chica. A él le agradaba. Eso era una buena señal. —Me alegro de que hayas vuelto, chica. Ayer fue una mierda sin ti — le dijo él y luego me miró—.
Sofia, ella es Paula. Es mi mejor amiga, que salió corriendo y me dejó por otro hombre. Uno por el que no puedo culparla, porque es un caliente pedazo de culo. Paula, ella es Sofia. Puede ser o no el cuchi-cuchi del jefe.
No pude esconder la sonrisa de mi cara. Sí, Antonio se había fijado en ella.
—¡Marcos! —dije, cuando su cara se puso roja como un tomate y me di cuenta de que también le había reclamado. Me gustaba esta chica. Puede que acabara de encontrar material nuevo para una amiga.
—¿Antonio, verdad? ¿Ese jefe? —pregunté sonriendo, porque sabía que no había manera de que ella estuviera metiéndose con el papá de Antonio.
—Por supuesto, Antonio. La muchacha tiene buen gusto. Ella no va hacer cuchi-cuchi con el anciano —respondió Marcos rodando sus ojos.
—¿Podrías dejar de decir cuchi-cuchi? —preguntó ella, todavía ruborizada.
Necesitaba aliviar su vergüenza porque Marcos sólo estaba empeorando las cosas.
—Marcos no debería haberme dicho eso, pero ya que lo hizo, puedo decirte,Antonio es un gran tipo. Si estás de hecho... em... haciendo el "cuchi-cuchi" con él,entonces escogiste a uno bueno.
—Gracias —dijo, reprimiendo una sonrisa. Realmente esperaba que Antonio tuviera sentimientos por ella. Tenía la sensación de que Isabel también la amaría.
—Si no tengo a este bebé esta semana tal vez podamos juntarnos a almorzar—sugerí. Llamaría a Isabel para que viniera también. Ella bajó la mirada hacia mi estómago y me di cuenta de que pensaba que era muy poco probable que fuera a salir por la puerta sin tener a este bebé, y mucho menos hasta la próxima semana.
Probablemente tenía razón.
—Está bien. Eso suena bien —contestó.
No podía esperar para contarle a Pedro. Tal vez deberíamos invitarla a ella y a Antonio a cenar una noche. Eso sería divertido.
—Sofia Sloane. —Un gruñido enojado interrumpió mis pensamientos y retiré mi mirada de ella para el oficial de policía de pie en la puerta.
—Sí, señor —respondió. Vi como su cara se ponía blanca y miré a mí alrededor para detectar cualquier signo de Antonio.
¿Dónde estaba cuando lo necesitaba? Siempre había interrumpido en el momento equivocado cuando yo
trabajaba aquí. Ahora sería un buen momento para que interrumpiera.
—Tiene que venir conmigo, señorita Sloane —dijo el oficial mientras sostenía abierta la puerta esperando a que Sofia saliera—. Señorita Sloane, si no viene voluntariamente voy a tener que ir en contra de los deseos del señor Kerrington y arrestarla en los terrenos del club.
¿Qué acaba de decir? ¿Arresto? ¿Señor Kerrington? Antonio no haría esto. Si lo hubiera hecho, habría al menos aparecido y sido parte de ello. Además, yo era una buena lectora de gente y Marcos igual. A ambos nos agradaba Sofia. Algo estaba mal.
—¿Por qué la va a arrestar? Seguro como el infierno que no creo que Antonio sepa de esto —demandó Marcos mientras permanecía de pie frente a Sofia, como para protegerla. Lo amé aún más por eso. Ella parecía que estaba a punto de
desmayarse.
—El señor Kerrington lo sabe. Él es quien me envió aquí para escoltar a una Sofia Sloane fuera del edificio y luego detenerla una vez que la tuviera en el estacionamiento. Sin embargo, si ella no viene de buena gana, tendré que arrestarla y a todo aquel que se interponga en mi camino.
Antonio no lo sabía. Yo no le creía. Algo estaba mal.
—Está bien, Marcos —dijo Sofia, y caminó alrededor de él. Observé impotente mientras se dirigía hacia la puerta.
—Tienes que encontrar a Antonio —dijo Marcos, mirando hacia atrás, a mí—.No creo eso. Creo que hay más en esto y que todos los dedos apuntan al anciano.
Asentí con la cabeza. Estaba de acuerdo. —No tengo el número de Antonio en mi teléfono. A Pedro le molestaba, así que lo saqué —admití, mirando a Marcos tímidamente.
Marcos sacudió la cabeza y luego sonrió, tomó mi teléfono de las manos y marcó el número de Antonio.
—Llámalo. Si no responde, ve a buscarlo. No puedo
ayudar. Estoy solo en este turno, y tengo que poner mi culo en marcha.
Asentí con la cabeza y me dirigí hacia la puerta para ver cómo Sofia era puesta en el coche de policía con mucha más fuerza de la necesaria.
El teléfono de Antonio fue directamente al correo de voz. Lo intenté de nuevo, pero pasó lo mismo otra vez. Corriendo por el pasillo, o más bien como trotando rápidamente, fui a su oficina y llamé, pero nada. Traté de abrirla, pero estaba cerrada firmemente. Mierda.
Corrí fuera mientras marcaba el teléfono de Pedro. Él sabría qué hacer y Antonio podría muy probablemente estar con él. Mientras mi pie golpeaba el camino de piedra, sentí un calambre seguido de un chorro de agua entre mis piernas. Me quedé helada.
Acababa de romper fuente.
CAPITULO 127
Paula
El año pasado dejé a mi madre dormir bastante, porque había estado despierta hasta tarde y enferma la noche anterior. Me había levantado temprano y había hecho su desayuno favorito, waffles de fresa con crema batida y encendí las luces del árbol.
Sería mi última Navidad con ella y lo había sabido. Me aseguré de que todo fuera perfecto.
Cuando había entrado en la sala de estar había sido recibida con fuego en la chimenea, una media llena de sus artículos derrochados favoritos, música de Navidad y yo.
Ella se rió, después lloró y me abrazó mientras nos sentábamos y comíamos nuestros desayunos antes de abrir los regalos.Había querido comprarle muchas cosas, pero el dinero había estado escaso, y usando mis habilidades creativas dispersas le había hecho un álbum de Valeria y yo creciendo.
Mamá había sido sepultada con él en sus manos.
Ese año había hecho todo lo posible para que mi madre estuviera orgullosa de mí.
Había momentos en el que su villancico favorito sonaba y tenía que reprimir el impulso de ir a acurrucarme en posición fetal y llorar. Pero ella me hizo prometerle algo el año pasado, también sabía que era su última Navidad y me pidió que le hiciera un favor; la siguiente Navidad yo celebraría lo suficiente por las dos. Había hecho mi mejor esfuerzo.
Mis ojos se abrieron antes del amanecer esta mañana y me las había arreglado para salir de la cama sin despertar a Pedro.
Necesitaba tiempo para estar sola. Para recordar. Sabía que si mi madre me pudiera ver ahora, estaría muy feliz por mí. Estaba casada con el hombre que amaba. Iba a ser madre y había perdonado a mi papá. Sostuve mi café cerca y puse mis piernas debajo de mí cuando me senté en el sofá, frente al árbol decorado de colores. Esta foto de mi vida habría sido la que mi mamá quería para mí.
No me sequé las lágrimas de mi cara, porque no todas eran tristes, algunas eran felices. Algunas eran agradecidas y otras eran recuerdos.
Disfruté el silencio y miré el amanecer por la ventana. Pedro me querría en la cama para cuando despertara. Tendría que colarme de nuevo después de que terminara mi café y me lavara los dientes.
Este año quería que la Navidad fuera perfecta para él, era nuestra primera y esta era yo colocando un precedente para los años siguientes.
—Despertarte en Navidad sin tu regalo favorito en la cama apesta. —La somnolienta voz de Pedro me sorprendió y miré hacia atrás para verlo entrar a la sala de estar. Se había puesto un par de pantalones de chándal, pero eso era todo.
Su pelo estaba desordenado por dormir y sus ojos seguían entrecerrados.
—Lo siento, me iba a colar de nuevo en la cama después de ver la salida del sol —le dije, mientras se sentaba en el sofá junto a mí y me ponía a su lado.
—Me habría levantado y observado contigo si lo hubieses pedido —dijo,con la barbilla apoyada en la parte superior de mi cabeza.
Estaba casi segura que hubiera hecho cualquier cosa que le hubiese pedido, y es por eso que lo dejé dormir. —Lo sé —le contesté.
Pedro pasó su mano de arriba abajo por mi brazo izquierdo. —¿Necesitabas un tiempo a solas? —preguntó. La comprensión de su pregunta me dijo que no necesitaba detalles. Él lo sabía.
—Sí —le contesté.
—¿Necesitas un poco más?
—No —dije sonriéndole.
—Bien, porque no iba a desaparecer tan fácilmente.
Me reí y puse la cabeza contra su pecho. —Es una hermosa mañana.
—Sí, lo es —Estuvo de acuerdo e inclinó su cabeza hacia abajo, a mi oído—. ¿Puedo darte uno de tus regalos ahora? —preguntó.
—¿Requiere que estemos desnudos? —pregunté en broma.
—Eh, no… pero si deseas desnudarte, nena, siempre estoy a favor de eso —respondió.
Sorprendida, me di la vuelta en sus brazos y lo miré.
—¿Quieres decir que quieres abrir los regalos ahora? —pregunté. Pensé que íbamos a hacer el amor primero.
—No abrirlos, exactamente. Tengo que mostrártelo —dijo, poniéndose de pie y tirando de mí con él.
Esto no era lo que yo esperaba. Asentí y dejé que me llevara de vuelta a través de la casa y de la escalera. Tal vez sí nos íbamos arriba a tener sexo, después de todo.
Pedro se detuvo en la habitación que una vez había elegido como mía. No había estado ahí desde que se la había mostrado a Caro antes de la boda.
La puerta estaba cerrada y Pedro dio un paso atrás y me hizo señas para que la abriera. Estaba realmente confundida ahora.
Di un paso adelante para girar la cerradura y dejar que la puerta se abriera lentamente. Lo primero que vi fue una cuna de madera de cerezo colocada en el medio de la habitación y un móvil elaborado con animales marinos exóticos colgados de él.
Pedro metió la mano y prendió el interruptor. En lugar de la luz que venía del techo, el móvil se iluminó y comenzó a tocar. Pero no era una canción de cuna, era la canción que Pedro había cantado para mí el día de nuestra boda.
El móvil entero iluminaba el camino hacia el techo. Todo lo que pude hacer fue cubrir mi boca en total asombro y shock, mientras entraba más en la habitación.
Luces giraban a través de las paredes mientras el móvil giraba lentamente tocando nuestra canción.
Una mecedora estaba colocada en la esquina con una manta hecha a mano encima. Una mesa para cambiar pañales, un armario y hasta una pequeña cama de día adornaban la habitación. La pintura azul suave en las paredes era perfecta,considerando que una pared era casi ventanas que daban al cielo ahora azul, y al océano.
Finalmente encontré mi voz, pero lo único que salió fue un sollozo antes de que me arrojara en los brazos de Pedro y llorara. Esto era perfecto, y él lo había hecho. Él había elegido la habitación perfecta para nuestro hijo.
—Realmente espero que esas sean lágrimas de felicidad, porque voy a ser honesto. Estaba preocupado de que estuvieras enojada. Isabel mencionó que posiblemente querías hacerlo tú misma y no había pensado en eso —dijo en un susurro bajo.
Isabel no sabía nada. Quizás a Ella le gustaría hacer esto sola pero sabiendo que Pedro se había tomado todo el tiempo y pensado en el cuarto del niño, hizo que mi corazón se hinchara hasta que pensé que iba a estallar.
—Esto es perfecto. Es precioso… oh, Pedro, a él le va a encantar. A mí me encanta —le aseguré, y después agarré su cabeza y la tiré hacia a mí para poder besarlo. Una fabulosa habitación de niños digna de revista hace que una mujer embarazada se caliente. ¿Quién iba a saberlo?
sábado, 18 de enero de 2014
CAPITULO 126
Pedro
Normalmente pasaba la Navidad borracho en una estación de esquí con cualquier chica con la que estuviera saliendo en ese momento y algunos amigos. Era mi sitio al que ir para las fiestas.
Al crecer,mi mamá no decoraba un árbol u horneaba galletas. Sólo había visto ese tipo de cosas en televisión.
El olor de árboles de pino, manzana con canela, y galletas llenaba nuestra casa.
El árbol de Navidad más ridículamente grande que pude encontrar en Rosemary cubría nuestra sala de estar, y estaba decorado con adornos de colores brillantes y luces parpadeantes. Teníamos vivas guirnaldas y bayas en nuestra repisa de la chimenea y tres calcetines con monogramas de la letra P colgados en ella.
Dos grandes coronas de flores con lazos de terciopelo rojo decoraban nuestra puerta principal y la casa estaba llena de villancicos mientras sonaban a través del sistema de sonido. Paula había encontrado una estación de Navidad en la radio
satélite y me amenazaba si la tocaba.
Regalos con papeles de colores vivos y lazos brillantes estaban amontonados bajo nuestro árbol y no podía sacarme de encima a mis amigos.
Estaban siempre aquí. Comiéndose los dulces que Paula seguía haciendo y bebiendo la sidra de manzana que nunca dejaba que se acabara. Era como si Santa
Claus hubiera vomitado en nuestra casa.
Hace un año, esto hubiera sonado como el infierno para mí. Ahora, no podía imaginar hacer nunca la Navidad de
cualquier otra manera. Esta era la Navidad hecha al modo de Paula y me gustaba.
No, jodidamente me encantaba. Ella cantaba fuera de tono los villancicos mientras sacaba galletas del horno y rodaba esas bolas de mantequilla de maní en azúcar en polvo mientras yo esperaba que pusiera uno en mi boca.
Así iba ser como mis hijos crecerían, creyendo que la Navidad era todo esto, y me encantaba. Acurrucarme en el sofá viendo películas navideñas, tomar chocolate caliente mientras ponía mi mano en el estómago de Paula y disfrutaba sintiendo a mi chico patear. Esto era algo que el dinero no podía comprar. No este tipo de felicidad.
—¿Crees que veremos a tu papá antes de Navidad? —preguntó Paula, entrando a la sala de estar donde estaba disfrutando del árbol mientras escuchaba cantar a Paula “We Wish You a Merry Christmas”.
—Lo dudo. Se acaba de ir la semana pasada —le recordé.
Frunció el ceño y luego asintió. —Está bien. Supongo que tenemos que enviar su regalo, entonces. Tengo algo que enviarle a Caro también. Esperaba que me ayudaras a pensar en algo para tu mamá y Daniela. No sé qué comprarles.Nunca he pasado tiempo con ellas.
¿Mi madre y Daniela? ¿Le había comprado a mi papá un regalo? ¿Y a Caro?
Demonios. Todo lo que yo había hecho era comprar cosas para ella y el bebé. No había pensado comprarle algo a alguien más.
—Eh, si, em, supongo. Pero ellas no estarán esperando nada. Nosotros en realidad no intercambiamos regalos. No es realmente una fiesta que celebremos como una familia.
El rostro de Paula cayó y me miró con ojos tristes. No me gustaba verla triste. Me gustaba el canto fuera de tono y feliz que había estado haciendo minutos antes.
—Pero es Navidad. Le compras cosas a la gente que quieres en Navidad. No tiene que ser mucho. Sólo algo. Es divertido dar cosas.
Si quería darle a mi malvada madre y a mi hermana algo, entonces, jodidamente iría a comprarles lo que demonios ella quisiera que les comprara y se los enviaríamos con una sonrisa.
—Está bien, nena. Les encontraré algo y podemos enviarlos con las otras cosas.
Eso pareció calmarla y asintió —Oh, bueno. Está bien. —Empezó a dar la vuelta y se detuvo—. También tengo algo para Mateo. Tenemos que enviarlo por correo cuando enviemos las otras cosas a LA.
No pude evitar reír. Le había comprado algo a Mateo. Todos iban a pensar que me había vuelto loco cuando recibieran paquetes de mi parte —Mateo también.
Lo tengo —contesté.
Lo único bueno de las compras interminables de Paula era que eso me daba tiempo para prepararle su sorpresa.
Ella no paraba de decir que después de Navidad necesitábamos pensar en el cuarto del bebé. Me mantenía en acuerdo con ella. Pero también mantenía la última habitación de la izquierda, la que tenía la vista que a ella le encantaba, cerrada con llave.
CAPITULO 125
Paula
Todavía no puedo asimilar que me cantaste una canción y tocaste la guitarra. Simplemente, guau, Pedro. Guau. —Estaba todavía aturdida de haber visto a Pedro esperándome con una guitarra en sus brazos. Entonces, en lugar de Jason Mraz, él había cantado una canción que había escrito para mí. Después de los diversos regalos y cartas enviadas a mi habitación me pareció que no podría superarse a sí mismo. Me había equivocado.
—Dejé de cantar cuando estaba en la universidad. Decidí que estaba cansado de las chicas estuvieran interesadas en mí por Luca. Si cantaba, sólo empeoraba mi conexión con Slacker Demon. Así que lo dejé. Pero para ti… Quería
que caminaras por el pasillo hacia mí con mis palabras y mi voz cantando algo escrito para ti. No un tema genérico que se pone en un millón de otras bodas. —Pedro besó el lugar justo debajo de mi oreja—. No hay otras bodas como ésta y
nunca las habrán —susurró en mi oído.
Me acurruqué más cerca de él mientras bailábamos la versión de nuestra banda en vivo de la canción de Ed Sheeran, "Kiss Me". Luca se había ofrecido a conseguir una "banda de verdad", pero yo no quería eso. No quería que nuestra boda fuese más que una pequeña reunión íntima. No quería hacerla un concierto para la banda.
Pedro había acordado conmigo y habíamos encontrado la mejor banda de covers que el dinero podía comprar.
—Me gustaría que no tengamos la casa llena de gente esta noche —dije en su pecho.
—Eso no importa. No vamos a estar ahí —respondió Pedro.
Me aparté y lo miré a los ojos. —¿Qué quieres decir?
Él sonrió. —¿De verdad crees que voy a compartir una casa con todas esas personas en mi noche de bodas? Por supuesto que no.
Tenemos el apartamento pent-house en el club esperando por nosotros cuando nos vayamos de aquí.
Me alegré de que hubiera pensado en eso. No quería pensar en su padre y mi padre en la misma casa que nosotros esta noche. —Bueno —contesté.
Su pecho vibró por su risa. Miré por encima a los otros huéspedes. Todos nuestros amigos estaban aquí. Todo el mundo nos felicitó.
Excepto su hermana… y su madre. Pero no lo habrían aprobado. Ambas me odiaban.
Aún así, me sentí mal de que se hubiesen perdido este día por el bien de Pedro.
Sólo esperaba que algún día fueran a ser parte de nuestras vidas, por Pedro. Sabía que, a pesar de que no las mencionó, las extrañaba.
—¿Dónde pusiste el satén? —preguntó.
Sonreí mordiéndome el labio inferior. —No tenía bolsillos —respondí.
—Lo sé. Entonces, ¿dónde está?
—Escondido en mi sujetador —admití.
—Supongo que tendrá un nuevo significado para mí de ahora en adelante —dijo, tocando el frente de mis pechos con los pulgares.
—Gracias por todo. El collar, la pulsera para el tobillo, el anillo, y voy a dejar que te quedes con el satén. Aunque me encantó tenerlo allí con nosotros.Sabiendo que había tocado la vida de ambos. Fue perfecto.
Pedro apretó sus brazos alrededor de mí. —Sí, lo fue. —El momento en que su cuerpo se puso tenso, lo sentí. Mirando hacia él vi sus ojos enfocados en algo por encima de mi hombro.
Miré hacia atrás para ver a Facundo de pie mirándonos—.
Probablemente debería dejarlo bailar contigo —dijo Pedro, aún sosteniéndome firmemente.
Le sonreí y su expresión se suavizó. —Si no quieres que baile con Facundo, entonces yo tampoco quiero. Necesito ir a hablar con él y, si quieres ir conmigo y aferrarte a mí cuando haga eso, puedes hacerlo. Relájate.
Soy Paula Alfonso ahora.
La chica a la que él amaba era Paula Chaves.
Al usar mi nuevo nombre todo su cuerpo se relajó y me abrazó más fuerte.—Dilo de nuevo. Al menos la parte en que dices tu nombre —dijo con voz ronca.
—Paula Alfonso —repetí.
—Maldita sea, eso suena bien —dijo, dándome un beso en la frente—. Ve a hablar con él. Pero si no te importa… nada de baile. No quiero sus manos sobre ti.
—¿Así que tampoco abrazos? —pregunté antes de caminar hacia Facundo.
Pedro frunció el ceño y sacudió la cabeza. —No, si quiere mantener los brazos atados a su cuerpo —respondió, haciéndome reír. Mi hombre posesivo.
Me acerqué a Facundo, que estaba allí esperando por mí, con las manos metidas en los bolsillos y una expresión de dolor en su rostro. Esto no podía ser fácil para él. En su mente habíamos sido algo eterno. Realmente no había pensado que Pedro estaría allí para mí al final.
Se había equivocado.
—Me alegro de que hayas venido —le dije mientras me detenía a pocos metros de él, manteniendo una distancia suficientemente cómoda.
—No voy a mentir. No quería hacerlo. Carmen me obligó —respondió—.Pero te ves hermosa. Tan impresionante que duele mirarte.
—Gracias. No sabía que Pedro te había enviado las entradas e invitaciones hasta que Carmen entró en mi cuarto hoy.
Facundo asintió. —Sí, me lo imaginé, un poco.
Ya que fue Pedro el que nos invitó y no tú. Carmen estuvo decidida en que vendríamos una vez que la recibió.
—Estoy feliz, Facundo.
Él me dio una sonrisa triste y asintió. —Puedo ver eso. Es difícil pasarlo por alto. Él está malditamente gritando de alegría.
No había mucho más que decir. Nuestro tiempo estaba en el pasado. Había sido mi mejor amigo una vez, pero ahora Pedro era mi todo.
—Cuídate —le dije, sabiendo que tenía que volver a Pedro antes de que decidiera que habíamos hablado mucho tiempo.
—Tú también, Paula. Envía fotos del bebé. Carmen querrá verlas —respondió.
Di media vuelta y me dirigí a Pedro, que estaba de pie en el borde de la pista de baile, con los ojos fijos en mí.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)