viernes, 10 de enero de 2014

CAPITULO 108




Pedro

Con Paula a mi lado durante la cena no iba a ser capaz de
concentrarme en Daniela. Iba a estar protegiendo a Paula. Cuando Daniela despertó de su coma y supo del bebé, parecía haberse descongelado un poco con Paula. Luego se enteró que Miguel no era su padre. Que Mateo lo era.
Había estado fuera de control desde entonces. Entendía su deseo de tener un padre que la quisiera. Yo había odiado a Miguel Chaves durante años por el hecho de que mi pequeña hermana estuviera tan destrozada. Pero no había sido su culpa.
Mi madre debió haber sido honesta, y el jodido de Mateo debió haber dado un paso al frente, como mi padre, y haber hecho algo al respecto.
Paula apretó mi mano con fuerza a medida que entrábamos en el comedor.
Escaneé la habitación y me sentí aliviado de que Daniela todavía no estuviera allí.
Quería que Paula se sentara y relajara antes de que mi hermana apareciera.
—Pediste esta reunión familiar y llegas tarde. —Mateo arrastró las palabras mientras se recostaba en la silla y miraba a Paula. Estaba comenzando a odiar al tipo. Por varias razones.
—Daniela no está aquí todavía. No llegamos tarde —respondí y guié a Paula al otro extremo de la mesa, la senté junto a Luca y tomé la silla a su lado.
—Está raro. Comenzó a beber ron temprano —le explicó Luca a Paula. La mirada de disculpa en el rostro de mi padre me recordó que él no era tan cruel como su amigo. 
Ya sabía eso. Él no me había ignorado. Pero Mateo no había ignorado a Carolina, tampoco. Sin embargo, me preguntaba cómo habría sido si la madre de su madre no la hubiese tomado. Mateo sólo suministraba el dinero. 
Su abuela la había criado. Él sólo aparecía con ponis y promesas que nunca mantuvo.
—Sólo estoy siendo yo —gritó Mateo desde el otro lado de la mesa—. ¿Estás manteniendo a tu linda chica lejos de mí, no? —dijo con una risa—. Sólo estoy mirando, chico. No es como que si la fuera a tocar. Ella lleva a tu hijo. Me mantengo alejado de las embarazadas. No quiero que me culpen de tener más hijos.
Paula se tensó a mi lado y puse mi mano en su pierna. Esto no era algo que debía molestarla. Era bueno. Incluso si quería que él dejara de mirarla.
—Papi, deja a Pedro y Paula en paz. Molestándolos sólo haces que todo el mundo se incomode —dijo Caro. Ella había estado sentada tranquilamente al lado de Mateo. Raramente hablaba, así que no estaba acostumbrado a su suave voz.
Todavía me asombraba que este tipo la hubiese hecho. No era nada como él. Ella era la única persona que podía hacer que se calmara. Su voz parecía tranquilizarlo.
—Está bien, querida. No quiero arruinar tu cena. Sólo me estaba divirtiendo.
—Sin diversión —respondió ella en una suave orden.
Paula agachó la cabeza a mi lado. —Me agrada —susurró tan suave que casi no la escuché. Sonreí. 
No había estado equivocado sobre Carolina si a Paula le
agradaba. Ella era una genuina chica buena. Daniela le iba a dar el infierno.
El fuerte sonido de tacones golpeó el suelo de mármol que llegaba al comedor. Me tensé y preparé para Daniela. 
Ella se abalanzó en la habitación vistiendo
un corto y esponjoso vestido azul como el hielo y tacones, su largo cabello rojo estaba en lo alto de su cabeza con rizos que caían alrededor de su cara. Se había asegurado de verse bien para esto. Esa era Daniela. Noté como sus ojos observaban a todo el mundo en la mesa.
La mirada irritada con la que miró a Paula no era nada comparada con la llena de odio que le lanzó a Caro. Esperé a ver si decía algo que necesitara callar.
Carolina mantuvo su mirada baja y jugó con la servilleta en su regazo. La tensión en la habitación era obvia, y odiaba que Daniela pensara que tenía que hacer esto para
llamar la atención.
—Siéntate, chica, y deja de estar parada ahí gruñendo. Queremos comer —dijo Mateo con ligereza y los ojos de Daniela lo miraron airadamente. 
Observó al otro lado del asiento de Mateo y luego caminó para sentarse al lado de Luca. 
La pequeña niña en ella todavía tenía miedo de ser rechazada. Sabía que mi padre no la iba a rechazar.
—No sabía que la habías traído —respondió Daniela.
Paula estaba tan tensa a mi lado que quería abrazarla hasta que se relajara.
—Por supuesto que lo hice. Va a donde yo voy.
Daniela rodó los ojos. —Extraño al viejo Pedro.
—Yo no —respondí.
—Este es un asunto familiar. ¿Crees que puedes mantenerte unos momentos lejos de él o planeas asfixiarlo por el resto de su vida? —El dolor de Daniela se estaba
convirtiendo en amargura rápidamente. Sin embargo, no iba a desquitarse con Paula.
Me incliné sobre la mesa y nivelé su mirada fija. 
—Nunca más le hables de esa manera. Si ella no hubiera aceptado venir conmigo, no habría venido. No subestimes su importancia. Ella es mía. Respeta eso.
Daniela se erizó y se recostó en su silla. Odiaba hablar de esa manera cuando sabía que le estaba haciendo daño. Pero Paula estaba primero. Siempre.
—Me muero de hambre. ¿Dónde está la maldita comida? —gritó Mateo fuertemente. Dos mujeres en sus veinte llegaron corriendo con bandejas.
Normalmente no había camareras por aquí. Luca y Mateo no iban a lo grande en cenas formales. Pero Luca había llamado a una empresa de catering para manejar
la cena de esta noche. La mujeres tenían una mirada de fascinación en sus ojos mientras ponían los aperitivos en la mesas y tomaban las órdenes de las bebidas.
—Mírate —dijo Mateo mientras deslizaba una mano por la pierna de una de las mujeres.
—Papi, no —susurró Carolina.
Mateo dejó escapar una risa dura y guiñó un ojo a la camarera. —Más tarde.
—Dios. No puedo creer que mi madre haya dormido con ese hombre —dijo Dani un poco demasiado alto.
—No vayas ahí, Daniela —advirtió Luca. Ya era demasiado tarde. Pude ver la molesta diversión en los ojos de Mateo.
—¿Por qué no? Soy un jodido Dios del rock, niña. Un jodido. Dios. Del. Rock. —Tomó un sorbo de su bebida y sonrió—. Todas las mujeres quieren una probada. Tu mami no fue la excepción.
—Papi, por favor —dijo Carolina, estirando la mano y tocando su brazo ligeramente.
—Mi madre era demasiado joven para ser más sabia —disparó Daniela en respuesta.
—No era tan joven. Sólo estaba intentando hasta lo imposible dormir con cada uno de nosotros. Creo que se puede decir que oficialmente puede aclamar el récord de “Se ha follado a todo Slacker Demon” y esa no es una tarea fácil. Luca es más exigente que la mayoría.
El rostro de Daniela palideció y sabía que tenía que intervenir antes que esto se saliera de control. 
—Gracias, Mateo, por asegurarte de que fuéramos conscientes de los hábitos sexuales de nuestra madre cuando era más joven. Ahora, ¿podemos pasar de eso y tratar de llevarnos bien?
Asintió. —Por supuesto. Vamos a comer algo de esta mierda.
Las meseras rápidamente comenzaron a caminar alrededor de la mesa con bandejas de comida y preguntándonos qué queríamos. Paula rechazó casi todos los aperitivos. Sólo tomó una rebanada de pan.
—¿Por qué no estás comiendo más que eso? —pregunté, preocupado.
Se inclinó hacia mí para que nadie más pudiera oírla
—Porque no puedo comer carne cruda o quesos con leche sin pasteurizar mientras estoy embarazada.
Mierda. Algo más que no sabía. Empujé mi silla y me dirigí a la cocina. Iban a hacer algo que ella pudiera comer.

CAPITULO 107




Paula

No estaba segura de que una cena familiar en esta casa fuese una buena idea.Pedro, sin embargo, estaba decidido a encontrar una manera de ayudar a que Daniela y Mateo se llevaran bien. 
A pesar de que estábamos a finales de noviembre, todavía hacía veinticinco grados afuera.
Estaba acostumbrada al loco clima cálido en invierno en Alabama, pero el sol parecía incluso más caliente aquí. 
Pedro se había sentado a mi lado y había hecho grandes esfuerzos para frotar el protector solar por todo mi cuerpo.
Después de la ducha, me sentí renovada y lista para aceptar a esta familia de locos, por amor a Pedro
Me agradó Carolina, al menos durante el poco tiempo que
había pasado con ella. No bromeaba acerca de permanecer encerrada en su habitación. Casi nunca salía. Casi me sentía mal por ella. Parecía una vida solitaria.
Me pregunté cómo había sido su vida en Carolina del Sur. ¿Tenía amigos allí a los que extrañaba?
Pedro entró en la habitación, pero se detuvo al momento que sus ojos se posaron en mí. 
—No. Paula, nena, te ves increíble. Pero no puedes llevar ese vestido en la cena. Tus tetas están ahí arriba haciéndome querer cancelar la cena y tenerte desnuda. Después las piernas y los tacones. No puedes ir a la cena así. Mateo es un pervertido y acabaré matándolo. Por favor, ponte algo que muestre menos escote y piernas. Demonios, usa vaqueros, un suéter y unos tenis.
Si no hubiera parecido tan angustiado y loco, me habría cabreado. 
Me encantaba este vestido. Aún me hacía sentir sexy a pesar de mi vientre. Cuanto más grande se ponía el bebé, menos atractiva me sentía yo.
 Mi cintura desaparecía rápidamente. 
—Ninguno de mis vaqueros me entra, y me gusta este vestido. Me hace sentir bonita.
Pedro gimió y se acercó a mí. 
—Te ves jodidamente hermosa. Bonita no es la palabra que uno usaría para describirte en ese vestido. Necesito que parezcas menos a una caliente inductora de orgasmos y más a mi prometida embarazada.No quiero escuchar a Mateo decirte cosas maleducadas. Quiero centrarme en que Daniela y él logren hacer las paces. De acuerdo. 
—Bueno, cuando lo pones de esa manera, creo que podría
cambiarme —respondí.
—Sí, por favor. Por mí —rogó Pedro.
—¿Puedes bajarme la cremallera, entonces? Lo pasé bastante mal intentando subirla.
Pedro se acercó, me bajó la cremallera y luego deslizó el vestido por mis hombros hasta que cayó alrededor de mi cintura. 
No estaba usando sujetador porque la parte de atrás era muy escotada, y mis pechos desnudos parecían haber
captado su atención.
—Y pónte un sujetador —dijo en un susurro ronco. Luego bajó la cabeza para tomar uno de mis pezones en su boca. El metal en su lengua frotó contra la sensible carne y me agarré a sus hombros, aferrándome con fuerza.
Pedro, tenemos una cena pronto —le recordé mientras él deslizaba el vestido hacia abajo sobre mis caderas hasta que cayó al suelo.
—Ahora mismo me importa una mierda —murmuró mientras llevaba su atención de un pezón a otro. 
Su mano de coló en el interior de la parte delantera de
mis bragas y deslizó su dedo dentro de mí con un empuje suave. Mis rodillas se doblaron.
—Por favor, por… favor.
—¿Por favor, qué? —preguntó, recogiéndome y poniéndome sobre el tocador detrás de mí—. Abre las piernas —exigió.
Hice lo que me dijo. Su mano se deslizó por encima de mi montículo y su dedo comenzó a deslizarse dentro y fuera de mí en un ritmo constante. 
Cada vez que lo sacaba, la humedad en su dedo se deslizaba sobre mi clítoris, y luego bombeaba de nuevo en mí. Estaba muy cerca del orgasmo, Pedro parecía saber
cómo provocármelos fácilmente.
—¿Se siente bien? Alguien estaba toda mojada y lista —dijo en mi oído, y me estremecí cuando su dedo se deslizó fuera y esta vez se movió hacia atrás, hacia mi otra entrada. 
Lo giró a su alrededor y, por sorprendente que parezca, me
encendió en lugar de molestarme. Pensé que lo haría. El gemido que se me escapó no le pasó desapercibido.
—¿Te gusta eso? —preguntó mientras su dedo empujaba gentilmente esa entrada. Lo sentí en mi clítoris. Apretando los ojos, sólo asentí—. Joder, nena. No voy a ser capaz de pasar la maldita cena sin pensar en ti luciendo tan caliente y sin molestarte conmigo por jugar con tu culo.
No quería ir a cenar. Quería correrme.
Pedro movió su dedo de vuelta a mi clítoris y lo removió varias veces y luego lo pellizcó con el pulgar y el índice, mientras el anular se deslizaba dentro de mí.
Agarré sus brazos y grité en voz alta, mientras el orgasmo que había sentido construyéndose dentro de mí, estallaba.
Me volví inerte entre sus brazos y me abrazó con fuerza mientras su mano se deslizaba fuera de mi ropa interior. Comenzó a lamerse los dedos de uno en uno y mi estómago se estremeció mientras lo miraba. Una sonrisa tocó sus labios cuando el último dedo salió de su boca.
—Esto me mantendrá hasta que la pesadilla haya terminado. Pero hazme un favor y déjate las bragas puestas. Quiero bajar sabiendo que yo las puse mojadas.
Sus palabras hicieron que mis pechos doliesen de nuevo. 
Si no se detenía, nunca iríamos a cenar.
—Ponte algo que me mantenga calmado y vamos a enfrentar el infierno que nos espera —susurró  Pedro mientras me acercaba—. A menos que quieras quedarte aquí. Te traeré comida si prefieres evitarlo.
No había manera de que me fuese a esconder aquí mientras él iba por allí y lidiaba con Daniela. Iba a ir, también. Aunque tenía la intención de mantener la boca cerrada, estaría allí para el apoyo moral. 
—Voy contigo. Sólo dame un segundo. Estoy un poco sin aliento y débil.
Pedro sonrió.
—Justo como me gusta tenerte.
Recogí mi vestido desechado y se lo tiré. Luego me fui al armario donde había colgado mis cosas y encontré otro vestido que caía justo encima de mis rodillas y tenía un escote alto. Podía usar mis botas hasta las rodillas con este y sería bastante lindo.
Me lo puse y luego volví a agarrar mis botas.
—¿Llevarás botas? ¿Esas botas? —preguntó mientas metía uno de mis pies en la primera.
—Sí —le contesté.
Pedro gimió y sacudió la cabeza. 
—Malditas botas, hacen que un hombre piense en ti llevando nada más que eso.
Pedro. Tienes que parar. Crees que todo el mundo quiere verme desnuda.
En caso de que no lo hayas notado, tengo una barriga que asusta. Ningún hombre quiere verme desnuda… excepto tú.
Ambas cejas se le dispararon hacia arriba. 
—¿De verdad crees eso, no?
—No lo creo. Lo sé.
Pedro dejó escapar un suspiro de derrota. 
—Y esa es una de las razones por las que eres tan condenadamente irresistible. Ven, mi dulce Pau. Vamos a cenar.

jueves, 9 de enero de 2014

CAPITULO 106



Pedro

Mateo estaba sin camisa y balanceando sus brazos tatuados con un cigarrillo entre sus dedos y una botella de ron en la otra mano. 
¿Cuál bendita mierda es tu problema? Demonios, tienes asuntos maternales entonces ve a hacerte la perra con la hija de puta de Georgina. ¿Por qué soy yo el único que está lidiando con esta loca mierda? —le estaba gritando Mateo a
Daniela cuando entré en la sala de juegos. 
Un par de bragas de encaje negro yacían en la mesa de billar, pero la mujer que las había dejado unas horas antes no estaba a la vista. Pequeños milagros.
—¡Pedro! ¿Lo oyes? Él no se preocupa por mí. No le importa haberme ignorado la mayor parte de mi vida y, ¿sabes que tiene una hija? Una perra estirada que ni siquiera me mira —seguía gritando Daniela.
Me acerqué a ella y le agarré ambas manos. 
—Respira hondo varias veces,Dani. Tienes que calmarte para que todos podamos hablar. El que grites no va a
arreglar la mierda.
Ella me miró de mala gana, pero hizo lo que le dije. Esperé hasta que inhaló dos veces antes de apretar sus manos. 
—Bien. Ahora, ve a sentarte en ese sofá y no hables. Déjame hablar a mí. ¿De acuerdo?
Frunció el ceño, pero asintió con la cabeza y caminó al sofá desmontable de cuero blanco que definía dos de las cuatro paredes de esta habitación. 
Una vez que estuvo sentada, me di la vuelta para mirar a Mateo. Él estaba tomando otro largo trago de ron. El hombre tenía que dejar de beber, y comer algo. Se le podían ver las
costillas. 
Su fetiche con el cuero iba más allá de los muebles. Lo usaba, también.
Los pantalones que tenía, de esa tela, colgaban en sus caderas tatuadas.
—No puedo creer que lograras que se calle por un maldito minuto —murmuró Mateo y puso el cigarrillo de vuelta a sus labios.
Miré a Daniela y sacudí la cabeza. Eran demasiado parecidos. A ambos les gustaba tener la última palabra.
—Ella está molesta. Por favor, sólo cuida tus palabras y trata de recordar que es tu hija. La que abandonaste para vivir con la peor madre que un hijo podría tener. 
Ahora —miré a Daniela—. No puedes odiar a Carolina porque él decidió hacerse cargo de ella. Odiabas a Paula por las mismas razones. Ella nunca te hizo nada, pero la detestabas de todos modos. 
Sólo hay dos personas culpables por cómo terminaron las cosas. Mateo y mamá. Necesitas mantener tu aborrecible malicia dirigida hacia ellos. No a todo el que los rodea.
—Ella ha hecho que tú me odies. Nunca solías llamarme nombres hirientes.La odio porque te alejó de mí. Puedo culparla. Ella tomó a la única familia que tenía y que me amó. Todo lo que haces ahora es corregirme y controlarme. Ni siquiera me has llamado desde que dejé el hospital —escupió y se levantó—. Me harté de tratar de hacer que todos me amen. No debería haberme esforzado tanto.
¡Espero que todos estén contentos! —Salió corriendo de la habitación y sus tacones hicieron clic bajo el pasillo y las escaleras. No estaba seguro de si estaba realmente
marchándose o iba a empezar una pelea y ver quién la seguiría. 
Yo ya la había seguido por mucho tiempo. Había ayudado a hacerla de esta manera.
—Mierda. Te necesité por aquí todo el tiempo. Puedes deshacerte de ella sin ningún problema. Maldita sea, eso fue fácil —dijo Mateo mientras se hundía en el sofá y levantaba los pies, cruzándolos en los tobillos. Su mano todavía agarraba el ron y el cigarrillo aún colgaba de su boca—. Siéntate y háblame de esa chica que no he conocido aún. Saliste corriendo de aquí cuando Princesa dejó caer su camisa.
El nombre de la mujer no era Princesa. Así era como él llamaba a todas las mujeres que follaba. 
Me dijo cuando era más joven que si las llamaba a todas de la misma manera, cuando disparara mi carga no estaría atrapado gimiendo el nombre equivocado. Yo pensaba que era un genio en ese entonces. Quizá estaba en la categoría de artista, pero con las mujeres era un idiota. Era un milagro que todavía tuviera polla. La había metido en tantos lugares que solía preocuparme de que fuera a caerse.
—Princesa tenía un fino coño, también. Deberías haberlo visto. Todo rosa y depilado. Creo que incluso se aceitó esa cosa para mí.
—No quiero oír hablar de ello.  No es por eso que 
estoy aquí —le interrumpí antes de que pudiera seguir.
Mateo se rió y tomó un trago de su botella. 
—Chupaba como una maldita aspiradora, también —dijo.
—Papi, por favor. No necesito las imágenes mentales que van junto con eso.—La voz de Carolina me hizo girar la cabeza para buscar a Paula. Estaba de pie junto a Carolina con un vestido azul pálido y blanco, a rayas y de mangas largas. 
El escote sumergido demasiado bajo, mostrando sus pechos que estaban volviéndose cada vez mejores con el embarazo. También llegaba varios centímetros por encima de la rodilla y estaba descalza.
—Bien, que me condenen, ella es el más apetitoso bocado. Te ofrezco mi regazo, cariño, pero creo que tu hombre me podría castrar si te tengo demasiado cerca.
—Haría más que eso —gruñí, lanzando una mirada de advertencia a Mateo antes de caminar hacia Paula.
—Nunca enviaste comida, así que vinimos aquí en busca de algo. Todo estaba tranquilo en la casa, así que pensé que Daniela se había ido —explicó Carolina.
Mierda. Me había olvidado de la comida. —Lo siento, nena. Daniela estaba gritando y lo olvidé. Vamos, déjame alimentarte.
—Ya tengo al nuevo cocinero, el señor Branders, preparándonos un poco de ensalada de pollo —respondió Carolina.
Paula apretó mi brazo. —Estoy bien. Deja de verte tan preocupado.
Tratar con mi familia no era lo que necesitaba en estos momentos. Tenía que cuidar a Paula y a nuestro bebé. 
¿Por qué había accedido a venir aquí? Paula no
pertenecía a este estilo de vida. El olor al humo del cigarrillo encontró mi nariz y giré a Paula y la dirigí hacia la puerta. 
—Vamos a salir de aquí. Él está fumando —le expliqué.
—¿Realmente estás haciéndola salir porque estoy fumando? —preguntó Mateo con un tono divertido.
Ni siquiera le respondí. Sólo seguí llevando a Paula a la puerta. Estaba tentado en decirle que no respirara hasta que pudiera conseguirle aire fresco. 
Tenía que conseguir enderezar esta mierda de Daniela, y rápido. Paula necesitaba el aire fresco y limpio de Rosemary, y no este lugar infestado de nicotina.
—Déjalo en paz —regañó Caro a Mateo suavemente.
—Luca no me estaba jodiendo. El chico se ha ido y le ha salido un coño —gritó Mateo con una carcajada.
Apreté los dientes y seguí llevando a Paula hacia la cocina.
—Él suena interesante. Nunca fui presentada adecuadamente —dijo Paula.
—No quieres que te lo presente. No es alguien a quien quiera cerca de ti.
Paula me miró y frunció el ceño. —¿Por qué?
—Porque no tiene modales. Ninguno. En absoluto. Y los límites son un lenguaje extraño para él. Las mujeres se le lanzan y las folla, y luego pasa a la siguiente. No quiero que te mire.
—Realmente me gustaría poder confirmarle que, de hecho, tienes un pene. Un muy grande y bonito pene —susurró Paula.
Hice una mueca. —Por favor, sólo llámalo grande. No lo llames bonito.
Lastimas sus sentimientos.
Paula se rió y se apresuró delante de mí.

CAPITULO 105




Paula




La boca de Pedro dejaba besos en mi cuello mientras la ducha de aerosol caía sobre nuestras cabezas como si estuviera lloviendo. 
Yo quería uno de estos cabezales de ducha en nuestra casa. Las dos manos de Pedro se deslizaron por mi cintura y cubrieron mi estómago. 
Tenía dificultades para mantener sus manos alejadas de mi vientre, ya que había sentido el golpe del bebé. Era como si necesitara hacer valer su pretensión regularmente. Si no fuera tan malditamente lindo cuando se trataba de protegerme, me pondría nerviosa.
Antes de que pudiera disfrutar plenamente de tener a Pedro abrazándome por completo y sus manos 
sobre mí, el grito airado en tono alto, que sabía que
pertenecía a Daniela, nos detuvo. El cuerpo de Pedro se puso rígido detrás de mí.
—¿Daniela? —le pregunté, aunque ya sabía la respuesta.
—Sí. Supongo que se enteró de que ya estaba aquí —respondió y presionó un beso más en mi cuello—. Termina de ducharte. Tengo que ir a hacerle frente a esto. Ella y mi padre no se llevan muy bien.
Asentí con la cabeza y me quedé bajo el agua tibia mientras que él salía de la ducha y agarraba una de las grandes toallas mullidas blancas, dobladas sobre una mesa de pedestal de mármol. Quería ir con él, pero no me lo había pedido. Así que no lo haría. Estaba muy preocupado de que nadie me molestara.
La voz grave de un hombre comenzó a gritar en respuesta a los gritos de Daniela. ¿Quién era? Sólo había estado en la presencia de Luca un poco, pero no creía que el hombre se hubiera emocionado lo suficientemente como para levantar la voz. Apagué el agua, agarré una toalla y luego seguí a Pedro al dormitorio.
—¿Quién más está aquí? —le pregunté mientras se ponía un par de pantalones vaqueros para tapar su trasero desnudo y cogía una camiseta.
—Supongo que ese sería Mateo. Al parecer, están teniendo su reunión padre-hija —respondió en un tono frustrado.
Mateo. Yo sólo había visto imágenes del dios del rock. Pero él estaba aquí. En esta casa...
—Quédate aquí. Por eso hemos venido. Así podría hacerle frente a ella. Está levantando un infierno y Mateo no puede manejarla. Tan pronto como estén calmados y bajo control, podremos volver a Rosemary.
Asentí con la cabeza y sostuve la toalla con fuerza a mi alrededor. Pedro caminó hacia la puerta y luego se detuvo y se dio la vuelta.
Una sonrisa torcida tiró de sus labios y caminó hacia mí. 
Sus manos se deslizaron en mi cabello húmedo y ahuecó mi cara mientras me miraba. 
—Sólo quiero estar aquí contigo —susurró antes de bajar su boca a la mía.
Agarré sus dos brazos y me aferré a él cuando su boca rozó suavemente la mía antes de darle un pequeño lametón de mi labio inferior. Abrí la boca para que pudiera probar más, cuando otro grito agudo salió de abajo. Pedro se echó hacia
atrás y suspiró. —Maldita familia de locos —murmuró.
—Ve a tratar con ello. Estaré bien aquí.
Un golpe en la puerta me sorprendió y tire de la toalla con fuerza contra mí.
Pedro se puso delante de mí para bloquear la vista de cualquiera.
—¡¿Qué?! —gritó.
Eché un vistazo alrededor de su espalda cuando la puerta se abrió lentamente. Estaba preparándome mentalmente para Daniela irrumpiendo en la habitación. En cambio, una chica de mi edad estaba en la puerta. Ella no se parecía
a nadie que hubiera imaginado que pudiera pertenecer a esta casa. Tenía el pelo largo y castaño, que le rozaba la cintura en rizos suaves y estaba partido al medio.
No tenía flequillo. Era toda alta y esbelta. Oscuras pestañas enmarcaban su sensual mirada, sus ojos eran color avellana, pero no llevaba ningún tipo de maquillaje.
Los cortos pantalones rectos le llegaban justo por encima de la rodilla, y llevaba una blusa de color rosa pálido de broche en el frente. Era simple y con clase.
—Hola, Caro —dijo Pedro, sorprendiéndome aún más—. Estaba en camino. La oigo.
Una perfectamente esculpida ceja se arqueó en la frente de la chica. —Tenía la esperanza de que pudiera ocultarme contigo. ¿De verdad vas a hacerle frente a eso?
El acento del sur de su voz me sobresaltó. ¿Quién era ella y por qué tenía acento del sur? Estábamos en Beverly Hills.
—Es por eso que estoy aquí. Para ayudar con la 
    situación —respondió Pedro.
La chica asintió con la cabeza y luego sus ojos se centraron en mí. —Tú debes de ser Paula.
—Sí —dije, mirando a Pedro.
Él me acercó más a su costado. —Paula, ésta es Carolina. Ella es la otra hija de Mateo. Carolina, ésta es mi prometida, Paula.
—Ya sé todo acerca de Paula, Luca me ha llenado de información ¿Te importa si me quedo aquí contigo? 
Daniela no es fanática mía, y me gusta estar lejos
de la gente enojada.
—Ella tiene que vestirse, y no estoy seguro de que…
—Sí, me encantaría. Voy a agarrar algo de mi maleta y ponérmelo. No tomará más de un minuto —le contesté, interrumpiendo a Pedro
Normalmente juzgaba bien el carácter de la gente, y me agradaba Carolina. Parecía casi tímida.
Era suave hablado y no había malicia en sus ojos. Tampoco hubo miradas lascivas hacia Pedro cuando lo observó. Esa era una gran ventaja para mí.
—¿Estás segura? Iba a traer algo de comida y…
—La comida suena maravilloso. Envía algo para Carolina también, por favor—le dije antes de que pudiera decir nada más.
La risa de Carolina me sobresaltó y me miró fijamente. 
—Lo siento. Es sólo que está siendo tan diferente al viejo Pedro. Es divertido verlo así.
Sip. Me gustaba. —Deja que me vista y ve tratar con Daniela antes de que venga a buscarte. No quiero verla justo ahora.
Eso pareció encajar en la determinación de Pedro de anclarme a la cama como una inválida. Él no quería a Daniela cerca de mí mientras estaba en ese estado
de ánimo, tampoco. Asintió con la cabeza y se dirigió a la puerta.
Una vez fuera de la puerta, le hice señas a Carolina para que entrara. —Sólo voy a ir a ponerme algo de ropa. Ponte cómoda.
—Gracias. Nunca he estado en la habitación de Pedro antes. Me suelo quedar en la mía y leer. Pero cuando Luca me habló de ti, tuve curiosidad —admitió con una sonrisa tímida.
—Yo también siento curiosidad por ti. No sabía que Mateo tuviera otra hija.La que yo conozco no es muy agradable. No eres para nada como Daniela.
Carolina pareció triste por un momento. —Yo me crié de una forma muy diferente a Daniela. Mi abuela me hubiera curtido el pellejo si alguna vez hubiera actuado de la manera en que lo hace ella. No se me permitía ser exigente o lanzar
puños a medida que crecía. La abuela se aseguró de que estuviera bien atendida.
Yo creo que por eso a papá le gustaba venir a buscarme. No me metía en el medio cuando venía aquí. Me siento en mi habitación y leo libros, en su mayor parte.
Cuando tenía tiempo para mí, él venía a buscarme e íbamos a ver una película o a un parque de diversiones. Pero aparte de eso, mi vida estaba con mi abuela en Carolina del Sur.
Así que por eso tenía acento sureño. 
—Crecí en Alabama. Me preguntaba acerca de su acento —confesé.
Ella sonrió. —La mayoría de la gente lo hace. Nadie espera que la hija de Mateo sea una chica de campo.
Asentí con la cabeza, porque ella tenía razón. No lo hacían. Con un nombre como Carolina y un padre famoso, me imaginaba que sería una chica mimada y elitista. 
No era ninguna de esas cosas. Saqué un vestido de mi maleta. Llevaba vestidos con más frecuencia desde que mi estómago creció demasiado como para que pudiera ponerme mis pantalones vaqueros.
—Ya regreso —le dije y corrí al baño para vestirse.

miércoles, 8 de enero de 2014

CAPITULO 104







Pedro

Había pasado un tiempo desde que había entrado en la casa de mi papá en Beverly Hills. La última vez que lo visité, estuve borracho la mayor parte del tiempo y de fiesta con él. Ésta sería una visita muy diferente. Ya no era más ese tipo. Puse la maleta de Paula en el dormitorio que mi padre dijo que era mío. Fue donde siempre había dormido cuando venía a visitarlo.
—Esto es simplemente... guau —dijo Paula entrando detrás de mí. 
Había estado deteniéndose y conociendo el lugar desde que habíamos pasado la puerta principal. 
Por suerte, Daniela y Mateo no habían estado allí para recibirnos. 
Quería tiempo con Paula para establecernos. El viaje en avión había sido largo y podía ver el cansancio en su rostro.
—Aprenderás que las leyendas del rock están un poco del lado llamativo.Les gusta hacer alarde de su éxito con las cosas —le expliqué.
—Puedo verlo. Seguro que han hecho un buen trabajo en hacer alarde de este lugar —dijo, acercándose a la 
cama y luego dándose cuenta de que era demasiado alta para ella. Echando un vistazo por encima de su hombro me frunció el ceño—. ¿Cómo diablos voy a ser capaz de subirme en esta cosa?
No pude contener la risa. 
Se veía tan malditamente perpleja. 
—Te daré un pequeño taburete.
Paula sonrió y negó con la cabeza. 
—Eso es una locura. Así que, si quisiera acostarme ahora... ¿Cómo podría hacerlo?
Me acerqué a ella, puse mis manos en su crecida cintura y luego la levanté y coloqué sobre la cama. 
—De esa manera —le respondí y me senté a su lado antes
de lanzar una pierna sobre las de ella y acomodarme a su espalda—. Si no te vieras tan cansada, podríamos probar esta cosa —bromeé.
Se tapó la boca mientras bostezaba y me dio una sonrisa soñolienta. 
Puedo estar despierta —me aseguró y volvió su pecho hacia el mío.
Era tentador, pero sabía que su cuerpo necesitaba descanso. Le di un beso en la nariz. 
—Estoy seguro de que podrías, dulce Pau. Pero ahora mismo lo único que quiero hacer es masajear tus pies y pantorrillas mientras te relajas y duermes.
Sus ojos brillaron contentos. —Oh, ¿lo harías? Se sienten tan entumecidos después del vuelo.
—Reposa la cabeza sobre la almohada y me desharé de estos zapatos que,por cierto, no son precisamente un buen calzado para que camine una mujer embarazada. Deberías haber usado tenis, no tacones.
Paula volvió a bostezar y se recostó en la almohada con un suspiro. —Lo sé.Sólo que no quería llegar al aeropuerto luciendo desaliñada.
Nunca podía verse desaliñada. —Eso sería imposible.
Ella sonrió y cerró los ojos cuando comencé a frotar 
su arco. —Sólo porque me quieres.
—Más que la vida. Pero eso no me convierte en ciego. Serías caliente en un saco de patatas.
Ella no dijo nada. Tenía los ojos cerrados y su sonrisa aún persistía. Puse mi atención en masajear sus pies cansados y luego me abrí camino hasta sus pantorrillas. 
En el momento en que hube terminado, ella estaba respirando lenta y regularmente. Tiré de la manta sobre ella antes de salir para dejarla descansar.

***
Luca estaba recostado en el sofá de cuero negro seccional que ocupaba la mayor parte de la sala de entretenimiento. Tenía su último álbum sonando a través de los altavoces y jugaba Halo en su Xbox con un cigarrillo colgando de su boca.
—Mientras estemos aquí, por favor, no fumes cerca de Paula —dije cuando entré en la habitación.
Luca miró por encima de su hombro y sonrió. 
—No lo haré. No quiero hacerle daño al niño.
Puso pausa en su juego, arrojó el control a la larga y elegante mesa roja que se encontraba delante del sofá y cogió su vaso. No tuve que preguntar para saber que era whisky.
—¿Nuestra chica está tomando una siesta? —preguntó apoyando los pies sobre la mesa.
El hecho de que llamara a Paula “nuestra chica” me hizo reaccionar de la manera equivocada. Ella era mi chica, de nadie más. 
Esa era la forma en que mi padre hablaba. Actuando como si fuera una cosa de los dos. Siempre lo hacía. 
—Mi chica está dormida. Estaba agotada —respondí, tomando asiento en el otro extremo del sofá.
Luca se rió y tomó un trago de su whisky y luego una calada a su cigarrillo.
—Eres posesivo como un pequeño hombre de las cavernas, ¿no es así? No obtuviste eso de tu viejo.
No obtuve un montón de cosas de él, pero no dije eso. 
—Haré lo que sea necesario para hacerla feliz. Pero seré yo el que la haga feliz. Siempre. Sólo yo.
Luca dejó escapar un silbido y meneó la cabeza mientras se quitaba el cigarrillo de los labios y sacudía la ceniza en un cenicero. 
—Tarea difícil de cumplir. Buena suerte con eso. Las mujeres pueden ser unas perras a veces, sólo porque quieren. No hay nadie que pueda hacer feliz a una mujer cuando está siendo una perra.
Esta conversación no tenía sentido. Nunca había tenido una Paula en su vida. No tenía ni idea de lo que era. 
Yo estaba aquí por una razón y quería resolver
el problema y volver a casa
—¿Dónde está Daniela?
Luca suspiró y torció sus ojos. —No está aquí en este momento, gracias a la mierda. Es una perra loca.
—¿Dónde está Mateo? —le pregunté, tomando la decisión de ignorar su opinión sobre Daniela.
—¡Estoy jodidamente aquí! ¡Ahí está el hombre! Mírate todo crecido como mierda varonil. ¿Cómo sucedió eso en unos pocos malditos meses? —La voz de Mateo era inconfundible.
Entró en la habitación con una chica que parecía de mi edad envuelta en su brazo. Sus pechos estaban a punto de salirse de la camiseta atada que parecía un corsé. 
Ella me guiñó un ojo. Sus pestañas eran obviamente falsas. Nadie tiene pestañas tan condenadamente largas.
—Vine a lidiar con Daniela —le contesté, mirando a mi padre, que estaba tomando otra larga calada de su cigarrillo mientras dejaba que sus ojos recorrieran a la mujer que Mateo había traído con él. Sabía que compartían de vez en cuando.
Esa no era la clase de porquería que quería cerca de Paula.
—Santa mierda, te debo mi maldito huevo izquierdo. Ella me está haciendo subir a la jodida pared. Por favor, calma su culo loco y ayúdame a encontrar una manera de hablarle. ¿Siempre ha sido así de demente?
Sabía que Daniela tenía sus problemas, pero escuchar al hombre que era la causa principal de ellos hablar así de ella, me molestó. Me levanté y di la vuelta para mirarlo. 
—Si hubiera tenido un padre que le importara una mierda, tal vez habría sido tan normal como Carolina. Pero no lo tuvo. La dejaste sola con mi mamá. NINGÚN hijo debe ser sometido a eso. Al menos mi padre vino y me ayudó. Pasó tiempo conmigo. Me dio la sensación de ser querido. Nunca hiciste eso por Dani. Está jodida gracias a ti. —No tenía intención salir con sus verdades en el momento que entré en su casa, pero abrió su estúpida boca sobre mi hermana.
—Es la hermana del chico, Mateo. Ten cuidado al hablar mierda —advirtió Luca. Él había estado hablando mierda sobre Dani también, pero no lo culpé por ser como era.
La chica se apretó más a Mateo.
—Dijiste que esto iba a ser divertido. Quiero un poco de diversión, bebé. Tenías mi coño todo mojado en la limusina. Está listo para ser follado —canturreó.
Esto también era algo que no quería que Paula viera ni oyera. Ellos teniendo sexo barato y sucio. Sólo quería que Paula viera cómo era entre nosotros dos. No esta mierda retorcida.
—Sé una buena chica y desnúdate mientras hablo con el muchacho aquí.Juega bien y podría dejarle besar ese coño caliente también.
—Ooooh, bien. Dos en lugar de uno. —Se rió mientras sacaba la cadena de su camiseta para que se cayera al suelo dejando al descubierto sus pechos justo en
frente de todos nosotros. Una vez más, este era un comportamiento normal cuando yo había llegado a visitar a mi padre, pero las cosas eran diferentes ahora.
—Muer… em, ella tiene grandes pezones perforados —dijo mi papá antes de tragar el resto de su whisky y ponerse de pie.
—Voy a volver a mi habitación para comprobar a Paula. Hablaré contigo cuando ella se haya ido —le dije con disgusto antes de dirigirme a la puerta.
—¿Qué le picó a su culo? Normalmente le encanta disfrutar de los coños calientes que traemos aquí —preguntó Mateo cuando salí de la habitación.
No perdí el tiempo volviendo a donde Paula. Ella todavía estaba acurrucada en la cama. Me quité los zapatos y me fui a descansar a su lado. Poniéndola cerca de mí, me gustaba tenerla de esa manera. Esto era mucho más que todo lo que mi padre había tenido en su vida. 
La poca profundidad de sus relaciones me hizo sentir pena por él.Sabía lo que se estaba perdiendo. A pesar de todo su éxito en la vida, se había perdido de alguna manera. Muchos años.