Paula
los tablones de madera crujieron debajo de mis pies mientras retrocedí un paso en el pórtico de la casa de Carmen. Dejé que la puerta de tela metálica se cerrara detrás de mí con un ruidoso golpe antes de recordar que era vieja y sus resortes hace mucho tiempo estaban oxidados. Había pasado muchos días de mi niñez en este pórtico
bombardeando guisantes con Facundo y Carmen. No quería que ella se molestara conmigo. Mi estómago se retorció.
—Siéntate, niña, y deja de lucir como si estuvieras a punto de llorar. Dios sabe que te amo como si fueras mía. Pensé que lo serías algún día. —Sacudió su cabeza—. Estúpido chico, no pudo ponerse las pilas. Esperaba que se hubiera dado cuenta antes de que fuera demasiado tarde. Pero no lo hizo, ¿lo hizo? Te fuiste y encontraste a alguien más.
Esto no había sido lo que yo esperaba. Tomé el asiento enfrente de ella y comencé a bombardear guisantes, así no tendría que mirarla. —Facundo y yo terminamos hace tres años. Nada de lo que está pasando ahora le afecta. Él es mi
amigo, eso es todo.
Carmen pronunció un “umm” y se movió en el columpio del pórtico donde estaba sentada. —No creo eso. Ustedes eran inseparables de niños. Incluso de niño no podía quitarte los ojos de encima. Era gracioso de ver cuánto te adoraba
y él ni siquiera se daba cuenta. Pero los chicos llegan a la adolescencia y se olvidan momentáneamente de sus intereses. Odié que lo hiciera. Odié que te perdiera,niña. Porque no habrá otra Paula para Facundo. Tú eras para él.
Ella no había mencionado mis pruebas de embarazo. ¿Siquiera sabía que las había comprado? No quería recapitular mi pasado con Facundo. Seguro teníamos
historia, pero había mucha tristeza y arrepentimiento que yo no quería tocar. Vivi en una mentira que mi padre construyó en ese entonces. Recordarlo dolía.
—¿Facundo se ha pasado por aquí hoy? —pregunté.
—Sí. Vino esta mañana a buscarte. Le dije que no habías regresado a casa desde que te marchaste en la mañana. Él lucía preocupado, se fue sin decirme nada más. Aunque había estado llorando. No creo haberlo visto llorando alguna vez. Por lo menos, no desde que era un niño.
¿Había estado llorando? Cerré mis ojos y dejé caer los guisantes en el balde grande que Carmen estaba usando. No se suponía que Facundo se molestara. No se suponía que llorara. Me había dejador ir hace mucho tiempo. ¿Por qué esto era tan difícil para él? —¿Hace cuando fue de eso? —pregunté, pensando sobre las horas que habían pasado desde que le había desnudado mi alma en el estacionamiento de la farmacia.
—Ah, hace como nueve horas, creo. Era temprano. Él era un desastre, niña.
Al menos ve a buscarlo y habla con él. No importa cómo te sientas sobre él ahora,necesita escuchar de ti que las cosas están bien.
Asentí. —¿Puedo usar tu teléfono? —pregunté, poniéndome de pie.
—Claro que puedes. Come una de esas tartas fritas mientras estas ahí. Hice suficientes para un ejército después de que saliera corriendo esta mañana. Son de tu sabor favorito —dijo.
—Cereza —repliqué y ella me dio una sonrisa. Podía ver tantas cosas en los ojos de ella. Conocía a Facundo. Nada de él me sorprendía. Lo entendía. Teníamos un pasado. Amaba a su familia y ellos obviamente también me amaban. Eso era seguro.
Isabel estaba parada en el otro lado de la puerta sorbiendo de su vaso de té helado y tendiéndome el teléfono. Ella había está escuchando. No me sorprendía.
—Llama al chico. Termina con eso —dijo.
Tomé el teléfono y entré a la sala de estar para darme algo de privacidad antes de marcar el número de Facundo. Lo sabía de memoria. Él tenía el mismo número desde que obtuvo su primer celular cuando tenía dieciséis.
—Hola —Vino su respuesta. Podía escuchar la vacilación en su voz. Algo andaba mal. Sonaba como si hablara a través de su nariz.
—¿Facundo? ¿Está bien? —pregunté repentinamente preocupada por él.
Hubo una pausa entonces un largo suspiro. —Paula. Sí… estoy bien.
—¿Dónde estás? Aclaró su garganta. —Estoy, uh... Estoy en Rosemary Beach.
¿Estaba en Rosemary? Me hundí en el sofá detrás de mí y agarré el teléfono más fuerte. ¿Le estaba diciendo a Pedro? Mi corazón se golpeó contra mi pecho y cerré mis ojos apretadamente antes de preguntar—: ¿Por qué estás en Rosemary? Por favor, dime que tu no… —No podía decirlo. No con Isa en la otra habitación y era más que probable que me estaba escuchando.
—Necesitaba ver su rostro. Necesitaba ver si él te ama. Necesito saber… porque, solo necesito saber. —Eso no tenía ningún sentido.
—¿Qué le dijiste? ¿Cómo lo encontraste? ¿Lo encontraste? —Tal vez no lo había encontrado. Tal vez podía detenerlo.
Hubo una risita dura al final de la otra línea. —Sí, lo encontré, vale. No fue realmente difícil. Este lugar es pequeño y todos saben donde vive el hijo de la estrella del rock.
Oh Dios, oh Dios, oh Dios… —¿Qué le dijiste? —pregunté lentamente como si el horror me invadiera.
—No le dije. No te haría eso. Dame algo de crédito. Te engañé porque yo era un idiota adolescente caliente, pero maldita sea, Pau, ¿cuándo vas a perdonarme? ¿Pagaré por ese error el resto de mi vida? ¡Lo siento! DIOS, estoy tan jodidamente arrepentido. Volvería atrás y lo cambiaría todo si pudiera. —Se detuvo e hizo un gruñido que sonó como si estuviera herido.
—¿Facundo, que está mal contigo? ¿Estás bien? —pregunté. No quería admitir lo que había dicho. Sabía que estaba arrepentido. Yo también. Pero no, nunca iba a
dejar pasar eso. Perdonar era una cosa. Olvidar era otra.
—Estoy bien. Solo estoy un poco golpeado. Digamos que al tipo no le alegro verme, de acuerdo.
El tipo. ¿Pedro? ¿Lo había herido Pedro? Eso no sonaba como El en absoluto. —¿Qué tipo?
Facundo suspiró. —Pedro.
Mi mandíbula cayó abierta mientras miraba fijamente al frente. ¿Pedro había herido a Facundo? —No lo entiendo.
—Está bien. Conseguí una habitación para la noche y estoy durmiendo para olvidar eso. Estaré en casa mañana. Tenemos cosas que hablar.
—Facundo. ¿Por qué te hirió Pedro?
Otra pausa y luego un suspiro cansado. —Porque le pregunté algunas cosas que él pensó que no son de mi incumbencia. Estaré en casa mañana.
Le preguntó. ¿Qué tipo de preguntas?
—Pau, no tienes que decirle. Yo cuidaré de ti. Sólo… necesitamos hablar.
¿El cuidará de mí? ¿De qué estaba hablando? No iba a dejarlo cuidar de mí.
—¿Dónde estás exactamente? —pregunté.
—En algún hotel justo a las afueras de Rosemary. Ellos piensan que todo aquí es de mejor calidad. Todo aquí cuesta cinco veces mucho más.
—Bien. Quédate en cama y te veré mañana —repliqué, entonces colgué.
Isabel dio un paso en la habitación. Levantó una de sus oscuras cejas mientras me miraba, esperando. Ella había estado escuchando. Sabía que lo haría.
—Necesito un aventón a Rosemary —Le dije levantándome. No podía dejar a Facundo tumbado y herido en la habitación de un hotel, no podía arriesgarme a que regresara y tratara de hablar con Pedro otra vez. Si Isa pudiera llevarme ahí, yo
podría checarlo y después llevarlo a casa.
Isabel asintió y una pequeña sonrisa tiró en sus labios. Podía decir que intentaba ocultar lo feliz que estaba de escuchar eso. No me quedaría allí. Ella no debía hacerse ilusiones. —Esto es solo por Facundo. No estoy… no puedo quedarme allá.
No aparentó creerme. —Seguro. Lo sé.
No estaba de humor para convencerla. Le entregué el teléfono y regresé a mi habitación temporal para empacar algunas cosas.
Paula
Isabel salió del coche de Jose en el aparcamiento de Dairy K. Vi el pequeño Volkswagen azul de Carla y decidí no salir del coche. Sólo había visto dos veces a Carla desde que regresé y ella había estado a punto de arañar mis ojos. Ella había puesto los ojos en Facundo desde la secundaria.
Entonces, yo regresé a casa y fastidié cualquier tipo de relación que ellos finalmente habían logrado tener. Yo no había querido eso. Ella podía quedarse con El.
Isa comenzó a salir del coche y yo la agarré del brazo.
—Hablemos en el coche —le dije, deteniéndola.
—Pero quiero un helado con Oreos —se quejó.
—No puedo hablar en ese sitio. Conozco a mucha gente —le expliqué.
Isa suspiró y se recostó en su asiento. —Está bien. Mi culo no necesita nada de helado y galletas, de todos modos.
Sonreí y me relaje, agradecida por los oscuros cristales tintados. Sabiendo que no estaba en exhibición cuando la gente se detenía y se quedaba mirando el coche de Jose. Nadie de por aquí conducía estos coches.
—No voy a andar con rodeos, Paula. Te echo de menos. Nunca he tenido una amiga cercana antes. Nunca. Entonces, llegaste y luego te fuiste. Odio que te hayas ido. El trabajo es una mierda sin ti. No tengo a nadie para hablar de mi vida sexual con Jose y lo dulce que es él, que es algo que no tendría si no te hubiera escuchado. Te extraño.
Sentí las lágrimas picando mis ojos. Sentirse extrañada se sentía bien. La extrañaba demasiado. Me perdí un montón de cosas. —Yo también te extraño —le respondí, con la esperanza de que no me dieran ganas de llorar.
Isabel asintió con la cabeza y una sonrisa se asomó en sus labios. —Eso está bien. Porque necesito que regreses a vivir conmigo. Jose me dio un apartamento frente al mar en la propiedad del club. Yo, sin embargo, me niego a dejar que él lo pague. Así que necesito una compañera de piso. Por favor, vuelve. Te necesito. Y Antonio dijo que tendría tu trabajo de inmediato.
¿Volver a Rosemary? Donde Pedro estaba... y Daniela... y mi papá. No podía regresar. Yo no podía verlos. Estarían en el club. ¿Mi papá llevaría a Dani a jugar al golf? ¿Podría soportar ver eso? No, yo no podría. Sería demasiado.
—No puedo —Estaba conmovida. Ojalá pudiera. No sabía a iría ahora que sabía que estaba embarazada, pero no podía ir a Rosemary y tampoco podía quedarme aquí.
—Por favor, Paula. Él te echa de menos, también. Él nunca sale de su casa. Jose dijo que él da lastima.
La herida de rabia en mi pecho cobró vida. Sabiendo de Pedro sufría también. Me lo imaginaba teniendo fiestas en su casa y siguiendo adelante. Yo no quería que él siguiera triste. Sólo necesitaba que nosotros siguiéramos adelante.
Pero quizás yo nunca lo haría. Yo siempre tendría un recuerdo de Pedro.
—No puedo verlos. A ninguno de ellos. Sería demasiado duro —me detuve.
No podía decirle a Isabel sobre mi embarazo. Apenas había tenido tiempo de asimilarlo. Yo no estaba dispuesta a contárselo a nadie. Nunca podría decírselo a alguien que no fuera Facundo. Me iría de aquí muy pronto. Cuando me vaya no conoceré a nadie. Comenzaría de nuevo.
—Tu... uh, papá y Georgina no están allí. Se fueron. Daniela está pero es más tranquila ahora. Creo que está preocupada por Pedro. Sería difícil al principio, pero después de que te quites el vendaje seguirás adelante. Sobre todo. Además, los ojos de Antonio se iluminaron cuando le mencioné tu regreso, podrías distraerte con él.
Él está más que interesado.
Yo no quería a Antonio. Y a nadie para distraerme. Isabel no lo sabía todo.
No podía decirle eso. Hoy no.
—Por mucho que me quieras... yo no puedo. Lo siento.
Yo lo sentía. Mudarme con Isabel y trabajar en el club sería la respuesta a mis problemas, casi.
Isa dejó escapar un suspiro de frustración, puso su cabeza hacia atrás en el asiento y cerró los ojos. —Está bien. Lo entiendo. No me gusta, pero lo entiendo.
Estiré mi mano y apreté su mano con fuerza. Yo deseaba que las cosas fueran diferentes. Si Pedro fuera solo un tipo con el que había roto, lo serían. Pero él no lo era. Él nunca lo sería. Era más. Mucho más de lo que podía entender.
Isabel me apretó la mano. —Voy a dejar pasar esto por hoy. Pero no voy a buscar otra compañera de habitación de inmediato. Te doy una semana para pensar en esto. Entonces, tendré que buscar a alguien que me ayude a pagar las cuentas. ¿Podrías considerarlo?
Asentí con la cabeza, porque sabía que era lo que ella necesitaba, aunque yo sabía que su espera era inútil.
—Bien. Voy a ir a casa y orar, si Dios se acuerda de quién demonios soy.
Ella me guiñó un ojo y luego se inclinó sobre el asiento para abrazarme. —Come un poco de comida por mí, ¿de acuerdo? Te estás volviendo demasiado flaca—dijo.
—Está bien —le contesté, preguntándome si eso sería posible.
Isabel se echó hacia atrás. —Bueno, si no vas a empacar y regresar a Rosemary conmigo, por lo menos salgamos. Tengo que pasar la noche aquí antes de regresarme. Podemos ir a buscar un poco de diversión en algún lugar y luego quedarnos en un hotel.
Asentí con la cabeza. —Sí. Eso suena bien. Pero nada de clubs de música country. —Yo no podía entrar en otro de esos. Por lo menos, no tan pronto.
Isa frunció el ceño. —Está bien... pero ¿hay algo más en este Estado?
Ella tenía razón. —Sí... podemos conducir a Birmingham. Es la ciudad más cercana.
—Perfecto. Vamos a pasar un buen rato.
Cuando nos detuvimos en el camino de entrada de la abuela Carmen ella estaba sentada en el pórtico desgranando guisantes. Yo no quería enfrentarme a ella, pero ésta me había dado un techo sobre mi cabeza durante tres semanas sin condiciones. Se merecía una explicación si la quería. No estaba segura de sí Facundo le había dicho algo. Su camioneta no se encontraba aquí y yo estaba inmensamente agradecida.
—¿Quieres que me quede en el coche? —me preguntó Isabel. Sería más fácil si lo hacía, pero la abuela Carmen la vería y me llamaría grosera por no dejar que mi amiga entrara.
—Puedes venir conmigo —le dije y abrí la puerta del coche.
Isabel caminó alrededor de la parte delantera del auto y se puso a mi lado.
La abuela Carmen todavía no había levantado la vista de sus guisantes, pero yo sabía que nos había escuchado. Ella estaba pensando en lo que iba a decir. Facundo debió de
habérselo contado. Joder.
Miré de reojo mientras ella seguía desgranando los guisantes en silencio. Su cabello corto negro balanceándose era todo lo que podía ver de ella. No hay contacto visual. Sería mucho más fácil ir dentro y tomar ventaja de que ella no me había hablado. Pero esta era su casa. Si ella no me quería aquí, yo necesitaba hacer las maletas y marcharme.
—Hola, abuela Carmen —le dije y me detuve, esperando a que levantara la cabeza para mirarme.
Silencio. Ella estaba molesta conmigo. Decepcionada o enojada, yo no estaba seguro de cuál de las dos. Odiaba a Facundo en este momento por decírselo.
¿Él no podía mantener la boca cerrada?
—Ésta es mi amiga Isabel. Ella vino a verme hoy —continué.
La abuela Carmen finalmente levantó la cabeza y le dio una sonrisa a Isa y luego volvió sus ojos a mí.
—Ofrécele un buen vaso de té helado y dale una de las
empanadas fritas que están enfriándose sobre la mesa. Luego, ven aquí y habla conmigo un minuto, ¿De acuerdo? —Eso no fue una petición. Fue una demanda
sutil. Asentí con la cabeza y dirigí a Isabel al interior.
—¿Has enfadado a la anciana? —susurró Isa cuando estábamos a salvo en el interior.
Me encogí de hombros. Yo no estaba segura. —No lo sé todavía —le contesté.
Fui al armario y cogí un vaso grande y le serví a Isabel un vaso de té helado.
Yo ni siquiera le pregunte si tenía sed. Sólo intenté obedecer lo que la abuela Carmen me había dicho.
—Aquí tienes. Bébete esto y comete una empanada frita. Volveré en unos minutos —le dije y me apresuré a salir. Tenía que terminar con esto
Pedro
Era el cumpleaños de mamá. Daniela ya me había llamado dos veces pidiéndome que le llamase. No podía hacerlo. Ella estaba en una playa de las Bahamas con él. Esto no la afecto en lo absoluto. Una vez más, se había fugado para disfrutar de su vida, mientras dejaba a sus hijos para que resolvieran las cosas.
—Dani llamó otra vez. ¿Quieres que le conteste y le diga que te deje en paz?
—Federico caminó dentro de la sala, tendiéndome mi celular en su mano mientras sonaba.
Ambos peleábamos como hermanos reales.
—No, dámelo a mí —respondí
mientras me tiraba el teléfono—. Dani —dije en forma de saludo.
—¿Vas a llamar a mamá o no? Me ha llamado dos veces hasta ahora, preguntándome si hablé contigo y si recuerdas su cumpleaños. Se preocupa por ti.
No dejes que esa chica arruine todo, Pedro. Me apuntó con una pistola, por el amor de Dios. Una pistola, Pedro. Está loca. Ella…
—Detente. No digas nada más. No la conoces. No quieres conocerla. Así que detente. No voy a llamar a mamá. La próxima vez que lo haga, dile que no quiero escuchar su voz. Me importa una mierda su viaje o qué quiere por su cumpleaños.
—Auch —murmuró Fede mientras se sentaba en el sofá frente a mí y apoyaba las piernas sobre la mesa.
—No puedo creer que hayas dicho eso. No te entiendo. Ella no puede ser tan buena en…
—No, Daniela. La conversación terminó. Llámame si tú me necesitas. — Presioné finalizar, lancé mi celular en el asiento junto a mí, y recosté mi cabeza contra el almohadón.
—Salgamos. Bebe un poco. Bailemos con algunas chicas. Olvida esta mierda. Todo —dijo Fede. Sugirió esto varias veces en las pasadas tres semanas. O al menos desde que dejé de romper cosas y él se sintió lo suficientemente seguro para hablar.
—No —contesté sin mirarlo. No había razón para actuar como si estuviera bien. Hasta que supiera que Paula estaba bien, yo nunca estaría a estar bien. Ella no me puede perdonar. Infiernos, nunca me mirará de nuevo, pero necesitaba saber que seguía adelante. Necesitaba saber algo. Lo que sea.
—He sido realmente bueno no entrometiéndome. He dejado que enloquezcas, le gruñas a todo lo que se mueve y te pongas de mal humor. Creo que es tiempo de que me digas algo. ¿Qué ocurrió cuando fuiste a Alabama? Algo tuvo
que haber pasado. No volviste igual.
Quería a Federico como un hermano, pero no había forma que le dijera acerca de la noche en la habitación del hotel con Paula. Ella estaba herida y yo desesperado. —No quiero hablar acerca de eso. Pero necesito salir. Dejar de mirar esas paredes y recordarla… sí, necesito salir. —Me paré y Fede salió de su lugar en el sofá. El alivio en sus ojos era obvio.
—¿De qué tienes ganas? ¿Cervezas? ¿Chicas? ¿O ambas?
—Música alta —contesté. Realmente no necesitaba ninguna cerveza y las chicas… simplemente no estaba listo para eso.
—Tendremos que ir al centro de la ciudad. ¿Tal vez a Destin? Le lancé mis llaves del auto. —Seguro, guíame.
El timbre sonó deteniéndonos a ambos. La última vez que había tenido un invitado inesperado no terminó bien. Es muy probable que sean unos policías que vienen a arrestarme por golpear el rostro de Facundo. Por extraño que parezca, no me importó. Estaba indiferente.
—Yo abro —dijo Federico, mirándome con el ceño fruncido en preocupación.
Estaba pensando lo mismo.
Volví a sentarme en el sofá y apoyé los pies sobre la mesa de café. Mi mamá odiaba cuando lo hacía. La había comprado durante uno de sus viajes internacionales de compras y la trajo hasta aquí. Sentí una repentina punzada de culpa por no llamarla, pero lo ignoré. Toda mi vida hice feliz a esa mujer y me hice cargo de Daniela. Se acabó.
—Jose, ¿qué sucede? Estábamos a punto de salir. ¿Quieres venir con nosotros? —dijo Fede retrocediendo y dejando que Jose entrara a la casa. No me levanté. Quería que se fuera. Ver a Jose me recordaba a Isa, quien me recordaba a Paula. Jose necesitaba irse.
—Uh, no, yo uh… necesitaba hablar contigo sobre algo —dijo Jose, arrastrando los pies y metiendo las manos en sus bolsillos. Parecía listo para salir corriendo por la puerta.
—Está bien —contesté.
—Puede que hoy no sea el mejor día para hablar con él, hombre —dijo Fede, parándose frente a él y centrándose en mí—. Íbamos a salir. Vamos. Jose puede desnudar su alma después.
Ahora tenía curiosidad. —No soy una bala perdida, Federico. Siéntate. Déjalo hablar.
Fede dejó escapar un suspiro y sacudió la cabeza. —Bien. Lo que quieras decir, solo dilo.
Jose lo miró nerviosamente y luego volvió hacia mí. Caminó y se sentó en la silla más alejada. Observé mientras se metía el pelo detrás de la oreja y me pregunté qué tenía para decir que fuese gran cosa.
—Isabel y yo vamos algo serios —comenzó. Ya sabía eso. No me importaba.
Sentí el dolor abriendo mi pecho y apreté los puños. Tenía que concentrarme en forzar el aire hacia mis pulmones. Isabel había sido amiga de Paula. Ella sabría cómo estaba—. Y eh… bueno, el alquiler de Isa aumentó y de todos modos era una mierda ese lugar. No me sentía seguro con ella quedándose ahí. Así que, hablé con Antonio y dijo que su papá tenía dos habitaciones disponibles si quería alquilar
eso. Yo eh, las conseguí para ella, pagué el depósito y todo eso. Pero cuando la llevé a ver se enojó. Bastante. No quiso que pagara su renta. Dijo que la hacía sentir barata. —Suspiró y la mirada de disculpa en sus ojos seguía sin tener sentido. No me importaba su pelea con Isabel.
—Es dos veces mas cuanto mucho… o, al menos, Isa cree que son dos veces que su último lugar. Y en realidad son cuatro. Le hice jurar a Antonio que sea discreto. Estoy pagando la otra parte sin que ella lo sepa. De todas formas. Ella, uh…. ella… fue hoy hacia Alabama. Le encanta el condominio. Quiere vivir en la propiedad del club sobre la playa. Pero la única persona que alguna vez consideraría tenerla como compañera es… Paula.
Me puse de pie. No podía estar sentado.
—Guau, hombre… siéntate —saltó Federico y me hizo señas con la mano.
—No estoy alterado… sólo necesito aire —dije, mirando por las ventanas de cristal hacia las olas rompiendo contra la orilla. Isabel fue a buscar a Paula. Mi corazón latía. ¿Vendría?
—Sé que ustedes tuvieron un mal final. Le pedí que no, pero ella se cabreo y no quise molestarla. Dijo que extrañaba a Paula y que ella necesitaba a alguien.
Ella, eh, también habló con Antonio acerca de devolverle su trabajo a Paula para conseguir que regrese.
Paula. Regresando…
No volvería. Me odia. Odia a Daniela. Odia a mi mamá. Odia a su padre. No volvería aquí… pero Dios, quería que lo hiciera. Me volteé y miré a Jose.
—No regresará —dije. El dolor en mi voz era innegable. No me preocupé por esconderlo. Ya no más.
Jose se encogió.
—Ella ha tenido bastante tiempo para lidiar con las cosas. ¿Y si vuelve? ¿Qué harás? —me preguntó Federico.
¿Qué haría?
Suplicaría.
Paula
la tumba de mi madre era el único lugar al que podía pensar ir. No tenía casa. No podía regresar a donde Carmen. Ella era la abuela de Facundo.
Probablemente, él estuviera allí, esperándome. O quizás no estuviera. Quizás le había empujado demasiados lejos. Me senté a los pies de la tumba de mi madre. Tiré de mis rodillas bajo mi barbilla y rodeé mis piernas con mis brazos.
Había vuelto a Sumit porque era el único lugar que conocía para regresar.
Ahora necesitaba marcharme. No podía quedarme aquí. Otra vez, mi vida estaba a punto de tomar un giro repentino. Uno para el que yo no estaba preparada. Cuando había sido una niña, mi madre nos llevo un domingo a la escuela de la iglesia Baptista local. Recuerdo un pasaje de la Biblia que nos leyeron acerca de que Dios no pone en nuestro camino más de lo que podemos soportar.
Comenzaba a preguntarme si eso era sólo para aquellas personas que iban a la iglesia cada domingo y rezaban antes de irse a la cama por las noches. Porque él no
se estaba conteniendo a la hora de lanzarme golpes.
Sentir lástima por mí misma no me ayudaría. No podía hacer esto. Tenía que resolverlo también. Mi estancia con Carmen y dejar que Facundo me ayudara a lidiar con el día a día había sido temporal. Supe cuando me mudé a la habitación
de invitados que no podía quedarme mucho tiempo. Había demasiada historia entre Facundo y yo. Historia que no tenía la intención de repetir.
El momento de marcharse estaba aquí, pero todavía no tenía ni idea de a dónde iba a ir y qué iba a hacer igual que había estado tres semanas atrás.
—Me gustaría que estuvieras aquí, mamá. No sé qué hacer y no tengo nadie a quien preguntarle —susurré mientras estaba allí sentada en el silencioso cementerio. Quería creer que ella podía oírme. No me gustaba la idea de ella estando bajo tierra, pero después de que mi hermana gemela, Valeria, hubiera muerto me había sentado aquí en este lugar con mi madre y nos gustaba hablar con Vale. Mamá había dicho que su espíritu estaba pendiente de nosotras y que
podía oírnos. Así que quería creer eso ahora.
—Soy solo yo. Te echo de menos. No quiero estar sola… pero lo estoy. Y tengo miedo. —El único sonido era el susurro de las hojas en los árboles—. Una vez me dijiste que si escuchaba realmente fuerte sabría la respuesta en mi corazón.
Estoy escuchando, mamá, pero estoy tan confundida. ¿Tal vez podrías ayudarme señalándome en la dirección correcta de alguna manera?
Descansé la barbilla sobre mis rodillas y cerré los ojos, negándome a llorar.
—¿Recuerdas cuando dijiste que tenía que contarle a Facundo cómo me sentía exactamente? Que no me sentiría mejor hasta que lo dejara salir todo. Bueno, justo hice eso hoy. Incluso si él me perdona, nunca será lo mismo. No puedo seguir confiando en él para las cosas, de cualquier modo. Es el momento de que resuelva las cosas por mi cuenta. Es solo que no sé cómo.
Solo preguntárselo me hizo sentir mejor. Saber que no obtendría una respuesta parecía no importar.
La puerta de un coche se cerró de golpe rompiendo la paz y dejé caer mis brazos de mis piernas y me giré hacia atrás para mirar hacia el aparcamiento, vi un coche demasiado caro para esta pequeña ciudad. Girando mis ojos para ver quién se había bajado del coche, abrí la boca y me puse de pie de un salto. Era Isabel.
Estaba aquí. En Sumit. En el cementerio… conduciendo un coche que parecía muy, muy caro.
Su largo cabello marrón estaba recogido sobre su hombro en una coleta. Una sonrisa tiraba de sus labios cuando mis ojos se encontraron con los suyos. No me podía mover. Tenía miedo de que me estuviera imaginando cosas. ¿Qué estaba Isa haciendo aquí?
—No tienes un teléfono móvil, ¿cómo diablos se supone que voy a llamarte y a decirte que voy a patearte el culo si no tengo un número al que llamar, eh? —
Sus palabras no tenía sentido, pero solo oír su voz me hizo recorrer a la carrera la distancia entre nosotras.
Isabel se rió y abrió sus brazos cuando me arrojé en ellos. —No puedo creer que estés aquí —dije después de abrazarla.
—Sí, bueno, yo tampoco. Fue un largo viaje. Pero tú lo vales y ya que dejaste
el teléfono móvil en Rosemary, no tenía ninguna manera de hablar contigo.
Quería contárselo todo, pero no podía. Todavía no. Necesitaba tiempo. Ella ya sabía sobre mi padre. Sabía sobre Dani. Pero el resto… yo sabía que ella no lo conocía.
—Estoy contenta de que estés aquí, ¿pero cómo me has encontrado?
Isa sonrió e inclinó la cabeza hacia un lado. —Conduje por la ciudad buscando tu camioneta. No fue tan difícil. Este lugar tiene como una luz roja. Si hubiera parpadeado dos veces lo habría pasado por alto.
—Ese coche probablemente llama un poco la atención en la ciudad —dije mirando más allá de ella.
—Es de Jose. Esa cosa se conduce como un sueño.
Aún estaba con Jose. Bueno. Pero me dolía el pecho. Jose me recordaba a Rosemary. Y Rosemary me recordaba a Pedro.
—Me gustaría preguntarte cómo estás, pero chica, tienes la figura de un palo. ¿Has comido algo desde que te marchaste de Rosemary?
Mis ropas colgaban flojas sobre mí. Comer había sido difícil con el gran nudo que se mantenía apretado en mi pecho en todo momento. —Han sido unas semanas difíciles, pero creo que estoy cada vez mejor. Superando las cosas. Lidiando con ello.
Isabel desvió la mirada hacia la tumba detrás de mí. Hacia ambas. Pude ver la tristeza en sus ojos mientras leía sus lápidas. —Nadie puede quitarte tus recuerdos. Tienes eso —dijo apretando mi mano entre las suyas.
—Lo sé. No les creo. Mi padre es un mentiroso. No les creo a ninguno de ellos. Ella, mi madre, no habría hecho lo que ellos dicen. Si alguien tiene la culpa, ese es mi padre. Él causó este dolor. No mi madre. Nunca mi madre.
Isabel asintió y sostuvo mi mano en las suyas. Solo tener a alguien escuchándome y saber que me creía, que creía en la inocencia de mi madre, ayudó.
—¿Tú hermana se parecía mucho a ti?
El último recuerdo que tenía de Valeria era de su sonrisa. Esa brillante sonrisa que era mucho más bonita que la mía. Sus dientes eran perfectos sin ayuda de aparatos de ortodoncia. Sus ojos eran más brillantes que los míos. Pero todo el mundo decía que éramos idénticas. Ellos no veían la diferencia. Siempre me pregunté por qué. Yo podía verla tan claramente.
—Éramos idénticas —respondí. Isabel no entendería la verdad.
—No puedo imaginarme dos Paula Chaves. Ustedes debieron de haber roto un montón de corazones en esta pequeña ciudad. —Estaba tratando de aligerar el
ambiente después de preguntar por mi difunta hermana. Yo apreciaba eso.
—Solo Valeria. Yo estuve con Facundo desde que era joven. No rompí ningún corazón.
Los ojos de Isa se ampliaron un poco, luego apartó la mirada antes de aclararse la garganta. Esperé hasta que se volvió hacia mí. —A pesar de que verte es impresionante y que podríamos sacudir totalmente esta ciudad, vine aquí con un propósito.
Supuse que así era, solo no podía imaginarme qué propósito sería exactamente.
—De acuerdo —dije esperado más explicación.
—¿Podemos hablar de esto en alguna cafetería? —Frunció el ceño y miró de nuevo hacia la calle—. O tal vez en el Dairy K, ya que es el único lugar que he visto mientras conducía a través de la ciudad.
Ella no parecía cómoda manteniendo una conversación entre tumbas como yo. Eso era normal. Yo no lo era. —Sí, está bien —dije y me acerqué para recoger mi bolso.
—Ahí está tu respuesta —susurró una voz suave, tan bajo que casi pensé que lo había imaginado. Me giré para mirar hacia atrás, a Isa, quien sonreía con las manos metidas en los bolsillos delanteros.
—¿Dijiste algo? —pregunté confundida.
—Uh, ¿te refieres a después de que sugiriera ir al Dairy K? —preguntó.
Asentí con la cabeza. —Sí. ¿Susurraste algo?
Ella arrugó la nariz, luego miró a su alrededor con nerviosismo y sacudió la cabeza.
—No… eh… ¿por qué no salimos de aquí? —dijo estirando la mano para coger mi brazo y tirando de mí detrás de ella hacia el coche de Jose.
Volví la vista hacia la tumba de mi madre y una paz se asentó sobre mí. ¿Eso había sido…? No. Seguramente, no. Sacudiendo la cabeza, me di la vuelta y me subí en el lado del copiloto antes de que Isabel me lanzara dentro
Pedro
las olas rompiendo contra la orilla me calmaban. Había estado sentado y mirando el agua en el patio desde que era niño. Siempre me ayudaba a encontrar una mejor erspectiva de las cosas. Eso no estaba funcionándome ahora.
La casa estaba vacía. Mi madre y… y el hombre a quien quería pudrir en el infierno por toda la maldita eternidad se habían ido tan pronto como llegué de Alabama hace tres semanas. Yo había estado enojado, roto, salvaje. Después de amenazar la vida del hombre que se casó con mi madre, les exigí que se fueran. No quería ver a ninguno de ellos. Tenía que llamar a mi madre y hablar con ella, pero no quería hacerlo por el momento.
Era más fácil decir que perdonaría a mi mamá que hacerlo. Dani, mi hermana, vino varias veces y me pidió que hablara con ella. Esto fue culpa de Daniela,
pero tampoco podía con ella acerca de esto. Ella me recordaba lo que perdí. Lo que yo apenas tuve. Lo que yo nunca esperé encontrar.
Un fuerte estruendo proveniente de dentro de la casa rompió en mis pensamientos. Me giré y noté que alguien estaba en la puerta cuando el timbre sonó seguida de otro golpe. ¿Quién diablos era? Nadie había venido a excepción
de Daniela y Federico desde que Paula se fue.
Puse la cerveza en la mesa junto a mí y me levanté. Quienquiera que fuese necesitaba una buena razón para venir aquí sin invitación. Caminé por la casa que seguía limpia desde la última visita de Lourdes, la sirvienta. Sin vida social era fácil mantener las cosas ordenadas. Me gustaba mucho más esto. Los golpes comenzaron de nuevo cuando llegué a la puerta y la abrí de golpe listo para decirle a quien quiera que estuviera ahí que se fuera a la mierda cuando las palabras me fallaron. No era alguien a quien yo hubiera esperado ver otra vez. Sólo conocí al hombre una vez y al instante lo odie. Ahora estaba aquí, quería agarrarlo por los
hombros y sacudirlo hasta que me dijera como estaba ella. Si ella estaba bien.
¿Dónde vivía? Dios, esperaba que no viviera con él. ¿Y si él…? no, no, no, eso no había ocurrido. Ella no lo haría. No mi Paula.
Mis manos se apretaron en puños con fuerza a los costados.
—Necesito saber una cosa —dijo Facundo, el ex de Paula, cuándo me le quedé viendo confundido—. ¿Tu… —se detuvo y tragó saliva—, te… la jod…? —se quitó
la gorra y se pasó una mano por el pelo. Me di cuenta de los círculos oscuros bajo los ojos y la expresión cansada, muy cansada en su cara.
Mi corazón se detuvo. Lo tomé del brazo y lo sacudí.
—¿Dónde está Paula? ¿Está bien?
—Ella esta bien… quiero decir, ella esta bien. Suéltame antes de que me rompas el brazo. —espetó Facundo, apartando su brazo lejos de mí—. Paula está viva y bien en Sumit. No es por eso que estoy aquí.
Entonces, ¿por qué él estaba aquí? Teníamos una sola conexión: Paula.
—Cuando se fue de Sumit, ella era inocente. Muy inocente. Yo había sido su único novio. Sé lo inocente que era. Hemos sido mejores amigos desde que éramos niños. La Paula que regreso no es la misma que se fue. Ella no habla de ello. No
quiere hablar de ello. Solo necesito saber si tú y ella… si ustedes… Solo voy a decir esto, ¿Te la follaste?
Mi visión se tornó borrosa mientras me movía sin ningún pensamiento que no fuera asesinarlo. Había cruzado una línea. No le permitiría hablar de Paula así.
No le permitiría hacer ese tipo de preguntas o dudar de su inocencia. Pau era inocente, maldita sea. No tenía derecho.
—¡Santa mierda! ¡Pedro, hermano, bájalo! —la voz de Federico me estaba llamando. Lo oía, pero estaba demasiado lejos, como dentro de un túnel. Yo me
concentraba en el chico delante de mí conectando con mi puño y la sangre corriendo de su nariz. Estaba sangrando. Yo necesitaba hacerlo sangrar. Yo necesitaba hacer a alguien sangrar.
Dos brazos se enrollaron a mi alrededor por detrás y me apartaron cuando Facundo tropezó hacia atrás, levantando las manos hacia su nariz con una mirada de pánico en sus ojos. Bueno, uno de sus ojos. El otro ya estaba cerrado por la hinchazón.
—¿Qué demonios le dijiste? —preguntó la persona detrás de mí. Era Federico quien me tenía en una tenaza.
—Ni se te ocurra decirlo —rugí cuando Facundo abrió la boca para responder.
No podía oírle hablar así de ella. Lo que había hecho era más que sucio y equivocado. Él actuaba como si yo la hubiera ensuciado. Paula era inocente. Tan increíblemente inocente. Lo que había hecho no lo cambiaba.
Los brazos de Federico me apretaron tirándome contra su pecho. —Te tienes que ir ya. Solo puedo retenerlo por poco tiempo. Tiene seis kilos más que yo y esto no es tan fácil como parece. Tienes que salir de aquí, amigo. No vuelvas. Tienes una jodida suerte de que yo haya aparecido.
Facundo asintió con la cabeza, y luego se tambaleó hacia su camioneta. La ira se había consumido en mis venas, pero todavía se sentía. Quería herirlo más. Para eliminar cualquier pensamiento en su cabeza de que Paula no era tan perfecta como lo había sido cuando salió de Alabama. No sabía todo por lo que había pasado. Toda la mierda que mi familia le había hecho pasar. ¿Cómo iba a cuidar de
ella? Ella me necesitaba
—Si te libero, ¿Vas a perseguir su camioneta o estamos bien? —preguntó Federico mientras aflojaba su agarre sobre mí.
—Estoy bien. —Le aseguré, me encogí de hombros liberándome de sus brazos y me acerqué a la barandilla para agarrarme y tomar varias respiraciones profundas. El dolor volvió con toda su fuerza. Me las había arreglado para
enterrarlo hasta que solo latía un poco, pero al ver al cobarde me lo recordó todo.
Esa noche. De lo que nunca me recuperaría. La que me marcaría para siempre.
—¿Puedo preguntar por qué demonios me ibas a golpear a mí también? —preguntó Federico poniendo alguna distancia entre nosotros.
Él era mi hermano en todos los aspectos y propósitos. Nuestros padres se habían casado cuando éramos niños. Lo suficiente como para formar ese vínculo.
A pesar de que mi mamá tuvo más maridos, desde entonces, Fede era mi familia.
Me conocía lo suficiente para saber que se trataba sobre Paula.
—El ex novio de Pau—contesté sin mirarlo.
Federico se aclaró la garganta. —Así que, uh, ¿vino a presumir? ¿O solamente consiguió una nariz sangrante por que la toco?
Las dos cosas. Ninguna. Negué con la cabeza. —No, él vino a hacer preguntas sobre mí y Paula. Cosas que no le incumbían. Preguntó la cosa equivocada.
—Ah, ya veo. Eso tiene sentido. Bueno, pago por ello. El tipo probablemente tiene una fractura en la nariz junto con ese ojo cerrado.
Por fin levanté la cabeza y miré a Federico—Gracias por separarme de él. Perdí el control.
Fede asintió con la cabeza y abrió la puerta. —Vámonos. Veamos un juego y bebamos cerveza.