lunes, 16 de diciembre de 2013
CAPITULO 50
Permití que me dirigiera por el camino hacia mi camioneta. —¿Me dejarías llevarte con mi abuela? Tiene una habitación de invitados y le encantaría que te quedaras allí. Está muy sola en esa casa. Incluso me llamaría menos si tiene algo de
compañía.
Carmen era la madre de la madre de Facundo. Había sido mi maestra en las clases de los domingos durante toda la escuela primaria. También nos enviaba comida una vez a la semana cuando mamá se puso muy enferma.
—Tengo algo de dinero. Iba a registrarme en un motel. No quiero molestarla.
Facundo dejó salir una risotada. —Si llega a enterarse de que estás en la habitación de un hotel, aparecerá frente a la puerta a formar alboroto. Estarás en su casa cuando termine contigo. Es más fácil simplemente ir a su casa ahora en lugar de causar una escena. Además, Pau, sólo hay un motel en este pueblo. Tú y yo sabemos las muchas citas que han terminado en ese lugar. Enorme factor de asco.
Tenía razón.
—No tienes que llevarme. Iré a verla yo misma. Tienes a Carla esperándote—le recordé.
Rodó los ojos. —No vayas hasta allá, Pau. Sabes más que eso. En un chasquido, nena. Sólo un chasquido de tus dedos. Es todo lo que tomaría.
Me había estado diciendo eso durante años. Ahora sólo era un chiste. Al menos, para mí lo era. Mi corazón no se encontraba allí. Unos ojos plateados aparecieron de pronto en mi mente y el dolor atravesó el entumecimiento. Sabía
dónde se encontraba mi corazón, y no estaba muy segura de si alguna vez volvería a verlo. No si pensaba sobrevivir.
Carmen no dejaría que tuviera un momento de tranquilidad. No dejaría que me asentara. Hoy necesitaba paz. Soledad.
—Facundo. Necesito esta noche para estar sola. Necesito pensar. Procesar todo.
Debo quedarme en el hotel esta noche. Por favor, compréndeme, y haz que tu abuela comprenda. Sólo por esta noche.
Facundo miró por encima de mi cabeza con una mueca de frustración. Sabía que quería hacer preguntas, pero estaba siendo respetuoso. —Pau, odio todo esto. Sé que estás lastimada. Puedo verlo en todo tu rostro. Te he visto lastimada durante muchísimos años. Lentamente me carcome por dentro. Habla conmigo, Pau. Necesitas hablar con alguien.
Tenía razón. Necesitaba hablar con alguien, pero en este momento tenía que preocuparme en lidiar con todo internamente. Eventualmente, le contaré todo lo
que sucedió en Rosemary Beach. Tendré que decírselo a alguien. Facundo era el amigo más cercano que tenía en este lugar.
—Dame algo de tiempo —dije, mirándolo.
—Tiempo. —Asintió—. He estado dándote tiempo durante tres años. No veo qué daño pueda hacer un poco más.
Abrí la puerta de la camioneta y entré. Mañana estaré lista para enfrentar la verdad. Los hechos. Podré hacerlo… mañana.
—¿Tienes teléfono? Llamé a tu antiguo número el día en que te fuiste y me dejaste, y decía que estaba desconectado.
Pedro. Su rostro cuando me rogó que me quedara con el celular del que había mentido, pasó por mi mente. El dolor me atravesó un poco más fuerte.
Sacudí la cabeza. —No. No tengo.
La mueca de Facundo se hizo más pronunciada.
—Demonios, Pau. No deberías estar por ahí sin teléfono.
—Tengo un arma —le recordé.
—Aun así, necesitas un teléfono. Dudo que alguna vez en tu vida amenaces con eso a alguien.
—Allí era donde se equivocaba. Me encogí de hombros—.
Consigue uno mañana —ordenó. Asentí, aunque en realidad no tenía la intención de conseguir uno, luego cerré la puerta tras de mí.
***
Conduje de vuelta hacia la calle con doble camino. Conduje media cuadra hasta el primer semáforo y giré hacia la derecha. El motel era el segundo edificio a la izquierda. Nunca antes me había hospedado allí. Tenía amigos que habían venido aquí luego del baile de graduación, pero eso sólo era parte de una secundaria de la que sólo escuchaba en los pasillos.
Pagar por una noche fue lo suficientemente fácil. La chica trabajando detrás del mostrador se me hacía familiar, pero era menor que yo. Probablemente aún en la secundaria. Tomé mi llave y me dirigí afuera otra vez.
La brillante Range Rover que se encontraba aparcada al lado de mi camión lucía completamente fuera de lugar aquí. El corazón que había pensado entumecido, latió con fuerza dentro de mi pecho con un solo doloroso latido cuando mis ojos se conectaron con los de Pedro. Se encontraba de pie frente a la camioneta con sus manos dentro de sus bolsillos, observándome.
CAPITULO 49
El suspiro de alivio que esperé sentir cuando conduje debajo del primer semáforo con tres luces de tráfico en Sumit, Alabama, no llegó. El entumecimiento se había apoderado completamente de mí en el viaje de siete horas. Las palabras que había escuchado a mi padre decir sobre
mi madre sonaban una y otra vez en mi cabeza hasta que ya no pude sentir nada por nadie.
Giré hacia la izquierda en el segundo semáforo y me dirigí al cementerio.
Necesitaba hablar con mamá antes de registrarme en el único motel que había en el pueblo. Quería hacerle saber que no creía nada de lo que habían dicho. Yo sabía
qué clase de mujer había sido ella. Qué clase de madre había sido. Nadie podrá compararse. Había sido mi roca cuando la que estaba a punto de morir era ella.
Nunca había sentido el miedo de que se alejara de mí.
El estacionamiento de gravilla se encontraba vacío. La última vez que había estado aquí, todo el pueblo había venido a brindarle sus respetos a mi madre. Hoy, el sol de la tarde se desvanecía y las sombras eran la única compañía que tenía.
Tragué el nudo que había subido hasta mi garganta al salir del camión.
Estaba aquí de nuevo. Sabía que ella se encontraba aquí, pero que a la vez no. Hice el camino hasta su tumba, preguntándome si alguien habría venido a verla
mientras no estuve. Tenía amigos. Seguramente alguien había venido a traerle flores frescas. Mis ojos picaban. No me gustaba pensar que había estado sola durante semanas. Me sentía contenta de haberla enterrado junto a Valeria. Hizo mucho más fácil mi partida.
El camino de lodo fresco ahora se encontraba cubierto de grama. No había podido pagar nada extra. Verla cubierta de grama me hacía sentir como si estuviese cubierta
apropiadamente, tan tonto como sonaba. Su tumba ahora lucía igual a la de Valeria. Aunque su lápida no era tan lujosa como la de ella. Era simple; había sido todo lo que podía pagar. Había pasado horas intentando decidirme lo que quería que dijera exactamente.
Alejandra
19 de Abril, 1967 – 2 de Junio, 2012
El amor que dejó atrás será la razón por la que los sueños sean alcanzados. Ella fue la roca
en un mundo que se caía a pedazos. Su fuerza permanecerá por siempre. Se encuentra en
nuestros corazones.
La familia que me había amado ya no se encontraba aquí. Estar de pie aquí, mirando sus tumbas, me hacía darme cuenta lo sola que en verdad estaba. Ya no
tenía familia. Y nunca reconocería la existencia de mi padre luego de este día.
—No esperaba que regresaras tan pronto. —Había escuchado la grama crujir detrás de mí, y sabía quién era sin siquiera tener que voltearme. No lo miré.
Aún no estaba lista. Él vería a través de mí. Facundo había sido mi amigo desde el jardín de niños. El año en que nos convertimos en algo más, sólo había sido de esperarse. Lo he amado durante años.
—Mi vida se encuentra aquí —respondí con simpleza.
—Intenté discutir ese punto hace algunas semanas. —El toque de humor en su voz no pasó desapercibido. Le gustaba tener la razón. Siempre había sido así.
—Creí necesitar la ayuda de mi padre. No era así.
La grama crujió un poco más al acercarse a mi lado.
—¿Aún es un imbécil?
Sólo asentí. No estaba lista para decirle a Facundo lo imbécil que era mi padre.
No podía decirlo en este momento. De alguna manera, decirlo en voz alta sólo lo haría más real. Quería creer que era un sueño.
—¿No te gusta su nueva familia? —preguntó Facundo. No se rendiría. Me haría preguntas hasta que me derrumbara y le contara todo.
—¿Cómo supiste que estaba en casa? —pregunté, cambiando el tema. Sólo lo distraería por un momento, pero no tenía la intención de quedarme por aquí durante todo ese tiempo.
—En verdad, no habrás esperado conducir tu camioneta alrededor del pueblo y no convertirte en noticia número uno en sólo cinco minutos, ¿cierto? Conoces este lugar mejor que eso, Pau.
—¿He estado aquí cinco minutos? —pregunté, aun estudiando la tumba frente a mí. El nombre de mi madre bordeado en la roca.
—Nah, probablemente no. Me encontraba sentado afuera del supermercado esperando a que Carla saliera del trabajo —dijo. Estaba saliendo con Carla de nuevo. Para nada sorpresivo. Ella parecía ser alguien de la cual él no tenía
suficiente.
Tomé aire profundamente y finalmente giré mi cabeza para mirar fijamente a sus ojos azules. Las emociones atravesaron el entumecimiento al que me aferraba. Este era mi hogar. Esto era seguro. Esto era todo lo que conocía.
—Voy a quedarme —le dije.
Una sonrisa adornó sus labios, y asintió. —Me alegra. Te hemos extrañado.
Aquí es donde perteneces, Pau.
Hace algunas semanas había pensado que sin mamá, yo no encajaba en ningún lugar. Quizá haya estado equivocada. Mi pasado se encontraba aquí.
—No quiero hablar sobre Miguel —dije, y volví la mirada hacia la tumba de mi madre.
—Hecho. Nunca volveré a mencionarlo.
No tenía que decir nada más. Cerré los ojos y recé en silencio para que mi mamá y mi hermana estuviesen juntas y felices. Facundo no se movió. Nos quedamos allí sin hablar hasta que el sol se puso.
Cuando la oscuridad finalmente descendió sobre el cementerio, Facundo deslizó su mano entre la mía.
—Vamos, Pau. Encontremos algún lugar donde puedas
quedarte.
domingo, 15 de diciembre de 2013
CAPITULO 48
Me dirigí al club de campo. Tenía que decirles que me iba. Elena merecía saberlo para que no me esperase. También Antonio, para el caso. No quería explicarme, pero probablemente ya lo sabían. Todo el mundo sabía más que yo.
Todos habían estado esperando que lo averiguara. No entendía por qué ninguno de ellos simplemente no pudo habérmelo dicho.
No era como si esto fuese a alterar la vida de Daniela. Todo lo que alguna vez había conocido no acababa de ser volado en el infierno. Mi vida acababa de volcarse sobre su eje. No se trataba de Daniela. Esto era sobre mí. Yo, maldita sea. ¿Por qué tenían que protegerla? ¿De qué necesitaba protección?
Aparqué la camioneta fuera de la oficina y Elena me recibió en la puerta delantera.
—¿Te olvidaste de revisar el calendario, chica? Es tu día libre. —Me sonreía, pero se desvaneció cuando mis ojos encontraron los suyos. Se detuvo y se agarró a la barandilla del pórtico de la oficina. Luego, sacudió la cabeza—. Lo sabes, ¿verdad? —Hasta la señora Elena lo había sabido. Simplemente asentí. Dejó escapar un prolijo suspiro—. Había oído los rumores, como la mayoría de la gente, pero no sabía toda la verdad. No quiero saberlo porque no es asunto mío, pero si es lo que he oído, entonces sé que duele.
Elena caminó el resto de la escalera. Abrió los brazos cuando llegó al último escalón y corrí hacia ellos. No lo pensé. Necesitaba que alguien me sostuviera. Los
sollozos llegaron al momento de envolverme en sus brazos.
—Sé que apesta, cariño. Me gustaría que alguien te lo hubiese dicho antes.
No podía hablar. Sólo lloraba y me aferraba a ella mientras me sostenía con fuerza.
—¿Paula? ¿Qué está mal? —La voz de Isa sonaba preocupada y miré hacia arriba para verla corriendo por las escaleras hacia nosotras—. Oh mierda. Lo sabes —dijo, deteniéndose en seco—. Debería habértelo dicho, pero me daba miedo. No conocía todos los hechos. Sabía lo que Jose había oído de Dani. No quería decir algo equivocado. Tenía la esperanza de que Pedro te lo dijera. Lo hizo, ¿no? Estaba segura de que lo haría después de ver cómo te miraba anoche.
Me eché hacia atrás en los brazos de Elena y me limpié la cara. —No. No me lo dijo. Lo escuché. Mi padre y Georgina llegaron a casa.
—Mierda —dijo Isabel en un suspiro de frustración—. ¿Te vas? —La expresión de dolor en sus ojos me dijo que ya sabía la respuesta.
Sólo asentí.
—¿A dónde irás? —preguntó Elena.
—Devuelta a Alabama. De vuelta a casa. Tengo un poco de dinero ahorrado. Seré capaz de encontrar trabajo y tengo amigos allí. Las tumbas de mi madre y mi hermana están ahí... —No terminé. No podía sin quebrarme de nuevo.
—Te echaremos de menos por aquí —dijo Elena con una sonrisa triste.
Los echaría de menos. A todos. Incluso a Antonio. Asentí.
—Yo también.
Isabel dejó escapar un gemido fuerte y corrió hacia mí, rodeándome con los brazos. —Nunca he tenido una amiga como tú. No quiero que te vayas.
Mis ojos se llenaron de más lágrimas. Había hecho unos pocos amigos aquí.
No todo el mundo me había traicionado. —Tal vez podrías venir a Bama y visitarme alguna vez —susurré en un sollozo ahogado.
Se apartó y lloriqueó. —¿Me dejarás visitarte?
—Por supuesto —respondí.
—Está bien. ¿Es la próxima semana demasiado pronto?
Si tuviese la energía para sonreír, lo habría hecho. Dudaba de volviera a sonreír. —Tan pronto como esté lista.
Asintió y se frotó la nariz roja en su brazo.
—Le dejaré saber a Antonio. Lo entenderá —dijo Elena detrás de nosotras.
—Gracias.
—Se cuidadosa. Haznos saber cómo lo estás haciendo.
—Lo haré —contesté, preguntándome si sería una mentira. ¿Podría alguna vez volver a hablar con ellas?
Elena dio un paso atrás y le indicó a Isabel que fuese a su lado. Me despedí de ambas y me metí en la camioneta. Ya era hora de dejar atrás este lugar.
CAPITULO 47
Pedro dejó caer las manos del marco de la puerta y sus hombros se hundieron mientras bajaba la cabeza. No dijo nada. Sólo dio un paso atrás para que pudiera salir. El pequeño corazón que había dejado intacto se destrozó con su mirada derrotada. No había otra manera. Estábamos contaminados.
no miré hacia atrás y él no me llamó otra vez. Bajé las escaleras con la maleta en la mano. Cuando llegué al último escalón, mi padre salió de la sala de estar y entró en el vestíbulo. Un ceño se dibujaba en su rostro. Se veía quince años mayor desde la última vez que lo había visto. Los
últimos cinco años no habían sido buenos con él.
—No te vayas, Paula. Hablemos de esto. Date tiempo para pensar en las cosas. —Deseaba que me quedara. ¿Por qué? ¿Así podría sentirse mejor por arruinar mi vida? ¿Por arruinar la vida de Daniela?
Saqué el teléfono que quería que tuviese y se lo tendí.
—Tómalo. No lo quiero —dije.
Lo observó y luego a mí. —¿Por qué tomaría el teléfono?
—Porque no quiero nada de ti —contesté. La ira seguía ahí, pero estaba cansada. Quería salir de aquí.
—Yo no te lo di —dijo, aun pareciendo confundido.
—Acepta el teléfono, Paula. Si quieres irte, no puedo retenerte aquí. Pero, por favor, acéptalo. —Pedro estaba de pie en la parte superior de las escaleras. Él me había comprado el teléfono. Mi padre nunca le dijo que lo hiciera. El entumecimiento estaba asentándose. No podía sentir más el dolor. Nada de pena por lo que podríamos haber tenido.
Me acerqué y puse el teléfono en la mesilla junto a la escalera. —No puedo.—Fue mi simple respuesta. No miré hacia atrás a ninguno de ellos. A pesar de escuchar los tacones de Georgina hacer click en el suelo de mármol. alertándome de que había entrado en el vestíbulo.
Agarré la manija y abrí la puerta. No volvería a verlos. Sólo lloraría la pérdida de uno.
—Te pareces a ella. —La voz de Georgina resonó por el silencioso vestíbulo. Sabía que se refería a mi madre. No tenía ni siquiera el derecho de recordarla. O de hablar de ella. Había mentido sobre mi madre. Hizo que la única
mujer a la que admiraba por encima de todos los demás pareciese cruel y egoísta.
—Sólo espero que puedas ser la mitad de mujer de lo que ella era —dije en voz alta y clara. Quería que todos me escucharan. Necesitaban saber que no había duda alguna en mi mente de que mi madre era inocente.
Salí a la luz del sol y cerré firmemente la puerta detrás de mí. Un plateado coche deportivo se estacionó mientras iba hacia mi camioneta. Sabía que era Daniela.
No podía mirarla. Ahora no.
La puerta del coche se cerró de golpe y ni me inmuté. Tiré mi maleta en la parte trasera de la camioneta y abrí la del conductor. Había terminado aquí.
—Sabes —dijo en voz alta en tono divertido. No le respondí. No escucharía más mentiras vomitadas por su boca sobre mi madre—. ¿Cómo se siente? ¿Saber que te dejaron por otra persona por tu propio padre?
Se sentía borroso. Eso era lo menor de mi dolor. Mi padre nos dejó hacía cinco años. Yo había seguido adelante.
—Ya no te sientes tan alta y poderosa ahora, ¿no? Tu madre era una mujerzuela barata que se merecía lo que le pasó.
La tranquilidad que se había apoderado de mí, se rompió. Nadie iba a hablaría de mi madre otra vez. Nadie. Metí la mano bajo el asiento y saqué mi nueve milímetros. Me giré y la dirigí a sus mentirosos labios rojos.
—Una palabra más sobre mi madre y haré un agujero en tu cuerpo —dije con voz plana y dura.
Daniela gritó y alzó las manos al aire. No bajé el arma. No iba a matarla. Sólo la heriría en el brazo si volvía a abrir la boca. Mi puntería era perfecta.
—¡Paula! Baja el arma. Daniela, no te muevas. Sabe cómo usar esa cosa mejor que la mayoría de los hombres. —La voz de mi padre hizo que mis manos temblaran. La estaba protegiendo. De mí. Su hija. A la que él quería. A la que dejó por ellos. A la que había abandonado la mayor parte de su vida. No sabía qué sentir.
Oí la voz de pánico de Georgina. —¿Qué hace con esa cosa? ¿Es incluso legal que la tenga?
—Tiene un permiso —contestó mi padre—, y sabe lo que hace. Mantén la calma.
Bajé la pistola. —Voy a meterme en esa camioneta e irme de tu vida. Para siempre. Simplemente mantén la boca cerrada sobre mi madre. No lo escucharé de nuevo —advertí antes de girarme y subir a mi camioneta. Metí la pistola bajo el
asiento y salí de la calzada. No miré atrás para ver si estaban apiñados alrededor de la pobre Daniela. No me importaba. Tal vez se lo pensaría dos veces antes de
que jodiera con la mamá de otra persona. Porque, por Dios, mejor que nunca hablase mal de la mía de nuevo.
sábado, 14 de diciembre de 2013
CAPITULO 46
—¿Quién eres tú? —pregunté mientras los recuerdos de aquel rostro poco a poco volvían a mí.
—Ten cuidado a cómo responder a eso —dijo la voz apretada de Pedro detrás de mí. Todavía estaba cerca de mí.
Sus ojos se movieron de mí a mi padre y luego a mí.
—¿Sabes quién soy Paula? Nos hemos visto antes.
—Vino a mi casa. Usted... usted hizo llorar a mi madre.
La mujer rodó los ojos.
—Última advertencia, madre —dijo Pedro.
—Dani quería conocer a su padre. Así que la llevé a él. Llegó a ver a su pequeña y agradable familia con bonitas gemelas rubias que amaba y una mujer igualmente perfecta. Estaba cansada de tener que decirle a mi hija que no tenía padre. Ella sabía que lo tenía. Así que le mostré exactamente lo que él había elegido en lugar de ella. No preguntó por él hasta mucho más tarde.
La niña de mi edad que había estado sosteniendo la mano de su madre fuertemente y estudiándome mientras estaba en la puerta. Había sido Daniela. Mi estómago se revolvió. ¿Qué había hecho mi padre?
—Paula, por favor, mírame. —La voz desesperada de Pedro llegó detrás de mí, pero no podía reconocerlo. Él sabía todo esto. Éste había sido el gran secreto de Daniela. Lo había protegido por ella. ¿No vio que este era mi secreto, también? Él era mi padre y yo no sabía nada. Las palabras de Antonio sonaron en mi cabeza. “Si él tiene que elegir entre tú y Dani, la elegirá a ella.”
Supe entonces que Pedro había elegido a Daniela. Todo el mundo en este pueblo conocía el secreto, excepto yo. Todos sabían quién era yo, pero yo no.
—Estuve comprometido con Georgina. Ella estaba embarazada de Daniela. Tu madre vino a visitarla. Ella era como nadie que hubiese conocido. Era adictiva.
No fui capaz de mantenerme alejado de ella. Georgina todavía estaba sosteniéndose mientras Pedro seguía visitando a su padre todos los fines de semana. Esperaba que Georgy dejara ir a Luca en el momento en que decidiera
que quería una familia. Ni siquiera estaba seguro de que Dani era mía. Tu madre era inocente y divertida. Ella no estaba con rockeros y me hacía reír. La perseguí y
ella me ignoró. Entonces, mentí. Le dije que Georgy estaba embarazada de otro de los hijos de Luca. Sintió lástima por mí. De alguna manera, la convencí de huir conmigo. Tirar la amistad que había tenido toda su vida.
Apreté mis manos sobre mis oídos para bloquear las palabras de mi padre.
No podía escuchar esto. Era todo mentira. Este mundo enfermo en el que vivían era para mí. Quería ir a casa. Regresar a Alabama. Volver a lo que entendía. Donde
las estrellas de rock y el dinero no fueran un problema.
—Detente. No quiero oír eso. Sólo quiero mis cosas. Sólo quiero irme. —El sollozo que siguió no tuvo remedio. Mi mundo y lo que conocía de él acababa de ser volado en mil pedazos. Tenía que ir a sentarme junto a la tumba de mi madre y hablar con ella. Quería ir a casa.
—Nena, por favor, háblame. Por favor. —Pedro estaba detrás de mí otra vez.
Estaba demasiado cansada como para empujarlo. Me aparté de él en su lugar. No lo miraba.
—No puedo mirarte. No quiero hablar contigo. Sólo quiero mis cosas. Quiero ir a casa.
—Paula, cariño, no hay casa. —La voz de mi padre me crispaba los nervios.
Alcé los ojos y lo miré. Todo el dolor y la amargura que había mantenido arrastrándose dentro desde que nos dejó me había consumido.
—Las tumbas de mi madre y mi hermana son una casa. Quiero estar cerca de ellas. He estado aquí y escuchado a todos ustedes decir que mi madre era alguien que yo sé que no era. Ella nunca hubiera hecho lo que le acusan. Quédate
aquí con tu familia, Miguel. Estoy segura de que te amarán tanto como la última lo hizo. Trata de no matar a ninguno de ellos —escupí.
El jadeo ruidoso de Georgina fue lo último que oí antes de salir de la habitación. Quería irme, pero necesitaba mi bolso y mis llaves. Subí corriendo las escaleras, eché todo lo que pude en mi equipaje y lo cerré de golpe. Levanté la
correa del bolso sobre mi hombro y me dirigí a la puerta para ver a Pedro de pie, observándome.
Su rostro estaba pálido y tenía los ojos inyectados en sangre. Cerré los ojos.
No me importaba que él estuviera molesto. Él debía estarlo. Me había mentido. Me había traicionado.
—No me puedes dejar —dijo en un susurro ronco.
—Mírame —contesté con una fría voz plana.
—Paula, no me dejaste explicar. Iba a decirte todo hoy. Llegaron a casa ayer por la noche y entré en pánico. Necesitaba contarte primero. —Dio un puñetazo
contra el marco de la puerta—. No se suponía que lo supieras de esa manera. No así. Dios, no así. —Sonaba realmente molesto.
No podía dejar que tirara de mi corazón la expresión de su rostro. Sería una idiota si lo hiciera. Además, su hermana... Daniela era su hermana. No era de extrañar que hubiera crecido protegiéndola. Había sido la hija sin un padre. Tragué la bilis en mi garganta. Mi padre era un hombre horrible.
—No puedo quedarme aquí. No puedo verte. Representas el dolor y la traición, no sólo a mí, sino el de mi madre. —Sacudí mi cabeza—. Todo lo que había se ha acabado. Murió en el momento en que bajé las escaleras y me di cuenta de que el mundo que siempre había conocido era una mentira.
CAPITULO 45
Di el primer paso y me detuve. ¿Podría enfrentarme a él? ¿Me pediría que me fuera? ¿Sabría que había dormido con Pedro? ¿Daniela tendría a su madre odiándome, también? No había tenido tiempo para trabajar a través de todo esto.
Mi padre dijo mi nombre y sabía que tenía que ir allí y hacerle frente a esto.
Fuera lo que fuera. Me esforcé por cada paso. Caminé a través del vestíbulo y me detuve una vez que los oí con claridad. Necesitaba saber en lo que me estaba metiendo.
—No puedo creerlo, Pedro. ¿En qué estabas pensando? ¿Sabes quién es? ¿Lo que significa ella para ésta familia? —Estaba hablando su madre. Nunca la había conocido, pero lo sabía.
—No puedes hacerla responsable. Ella ni siquiera había nacido todavía. No tienes ni idea de todo lo que ha pasado. Lo que ÉL la ha hecho pasar. —Pedro estaba enojado.
Comencé a caminar hacia la puerta, pero me detuve. Espera. ¿Qué significo para esta familia? ¿De qué estaba hablando ella?
—No vayas por ahí todo arrogante y soberbio. Fuiste tú el que fue y lo encontró para mí. Así que todo lo que él la hizo pasar —espetó—, tú lo empezaste. ¿Después vas y duermes con ella? En serio, Pedro. Dios mío, ¿en qué estabas pensando? Eres igual que tu padre.
Extendí la mano para agarrar el marco de la puerta de apoyo. No sabía lo que se avecinaba, pero mi respiración se estaba volviendo poco profunda. Podía sentir el pánico creciente en mi pecho.
—Recuerda quién es dueño de esta casa, madre. —Esa fue la clara advertencia de Pedro.
Su madre soltó una carcajada ruidosa. —¿Puedes creer esto? Se está volviendo en mi contra por una chica que acaba de conocer. Miguel, tienes que hacer algo.
Se hizo el silencio. Entonces, mi padre se aclaró la garganta. —Es su casa, Georgy. No puedo obligarlo a hacer nada. Debí haber esperado esto. Ella es tan parecida a su madre.
—¿Qué se supone que significa eso? —rugió la mujer.
Mi padre suspiró. —Ya hemos pasado por esto antes. La razón por la que te dejé por ella era porque tenía este magnetismo por ella. Me parecía que no podía dejarla ir…
—YA LO SÉ. No quiero volver a oírlo. La querías tan desesperadamente que me dejaste embarazada con un montón de invitaciones de boda para anular.
—Cariño, cálmate. Te quiero. Sólo estaba explicando que Paula tiene el carisma de su madre. Es imposible no sentirse atraído por ella. Y ella es tan ciega como su madre. No puede evitarlo.
—¡AH! ¿Nunca me dejará en paz esa mujer? ¿Siempre arruinará mi vida? Se ha ido, por el amor de Dios. Tengo al hombre que amo de nuevo y nuestra hija tiene finalmente a su padre y ahora esto. Vas y duermes con esta, ¡esta chica!
Mi cuerpo estaba entumecido. No me podía mover. No podía tomar un respiro profundo. Todavía estaba soñando. Eso era todo. No había despertado todavía. Cerré los ojos con fuerza, obligándome a despertar de este sueño enfermo
y retorcido.
—Una palabra más contra ella y tendrás que irte. —El tono de Pedro era frío y duro.
—Georgy, cariño, por favor, cálmate. Paula es una buena chica. Su estancia aquí no es el fin del mundo. Ella necesita un lugar donde quedarse. Ya te lo expliqué. Sé que odias a Alejandra, pero ella era tu mejor amiga. Ambas habían sido
amigas desde que eran niñas. Hasta que llegué y arruiné todo lo de ustedes, eran como hermanas. Esta es su hija. Ten un poco de compasión.
No. NO. No. No. No. No acabo de oír eso. Esto no es real. Mi madre nunca había separado la boda de alguien. Nunca hubiera dejado a mi padre abandonar a una mujer que estaba embarazada de su hijo. Mi madre era una mujer compasiva, dulce. Ella nunca, nunca hubiese dejado que eso sucediera. No podía estar aquí y escucharlos hablar de ella de esa manera. Estaban equivocados. No la conocían. Mi padre había estado fuera tanto tiempo que había olvidado lo que realmente sucedió.
Solté el agarre de muerte que tenía en el marco de la puerta y me dirigí a la habitación donde estaban deshonrando el nombre de mi madre.
—¡NO! Todos ustedes cierren la boca —grité. La sala quedó en silencio.
Encontré a mi padre y estabilicé mi mirada enojada sobre él. No había nadie más por aquí que importara en estos momentos. No la mujer que escupió mentiras sobre mi madre o el hombre que amaba. Al que le había dado mi cuerpo. El que me había estado mintiendo.
—Paula—La voz de Pedro sonó lejos. Tendí la mano para detenerlo. No lo quería cerca de mí.
—Tú —Señalé con mi dedo a mi padre—, sólo estás dejándolos mentir sobre mi madre —grité. No me importaba si parecía una lunática. Odiaba a todos en estos momentos.
—Paula, déjame explicarte…
—¡Cállate! —rugí—. Mi hermana, mi otra mitad, murió. Ella murió, papá.En un coche de camino a la tienda, contigo. Era como si mi alma hubiera sido tomada de mí y partida en dos. Perderla fue insoportable. Vi a mi madre lamentarse, llorar y afligirse, y entonces vi a mi padre alejarse. Para no volver
jamás. Mientras su hija y su esposa estaban tratando de recoger los pedazos de su mundo sin Valeria en él. Entonces, mi madre se enferma. Te llamo, pero no
contestas. Por lo tanto, tengo un trabajo extra después de la escuela y me pongo a hacer los pagos para la atención médica de mamá. No hago más que cuidar a mi madre e ir a la escuela. Excepto mi último año, ella se pone tan enferma que tengo que abandonar los estudios. Porque tenía a la única persona en el planeta que me amaba muriendo mientras estaba sentada y miraba sin poder hacer nada. Sostuve su mano mientras ella tomó su último aliento.
Organicé su funeral. Los vi bajarla a la tierra. Nunca llamaste. Ni una sola vez.
Luego, tuve que vender la casa que la abuela nos dejó y todo de valor en ella sólo para pagar las facturas médicas. —Me detuve y tomé un ruidoso y jadeante respiro, un sollozo se me escapó.
Dos brazos me rodearon y grité, lanzando mis brazos y alejándome.
—¡NO ME TOQUES! —No quería que me tocara. Me había mentido. Él lo sabía y me había mentido—. Ahora estoy siendo forzada a oírte hablar de mi madre, que era una santa. ¿Me oyes? ¡Ella era una santa! Todos ustedes son unos mentirosos. Si alguien es culpable de esta mierda que oigo saliendo de tu boca es ese hombre. —Señalé a mi padre. No podía llamarlo así. No ahora—. Él es el
mentiroso. No vale la tierra bajo mis pies. Si Daniela es su hija. Si estabas embarazada... —Abrí los ojos a la mujer que aún no había visto y las palabras se congelaron en mis labios. La recordaba. Me tambaleé hacia atrás y sacudí la cabeza.
No. Eso no era lo que parecía.
viernes, 13 de diciembre de 2013
CAPITULO 44
Pedro dejó escapar una sexi risa baja y me acercó a él.
—Estoy pensando que sexo en el hoyo dieciséis en el lago estaría bien.
Incliné mi cabeza como si estuviera pensando en ello.
—Mmm... El problema es que tengo que cambiarme e ir a trabajar en la cocina el resto de la noche.
Pedro dejó escapar un profundo suspiro. —Mierda.
Le di un beso en la mandíbula. —Tienes una hermana a quien acompañar — le recordé.
Los brazos de Pedro se apretaron a mí alrededor. —Todo en lo que puedo pensar es estar dentro de ti. Tenerte apretada contra mí y oírte haciendo esos pequeños gemidos sexis.
Oh. Dios. Mi ritmo cardiaco se aceleró ante la idea.
—Si pudiera alejarme de ti, fácilmente te llevaría a esa oficina y te presionaría contra la pared y me enterraría profundamente dentro de ti. Pero no puedo tener un rapidito contigo. Eres demasiado adictiva. —Su descripción hizo
que respirara con dificultad y me aferrara a sus hombros—. Cámbiate. Estaré aquí, así no estaré tentado. Luego, te acompañaré de regreso a la cocina —dijo Pedro
mientras me soltaba lentamente.
Necesité un momento para recuperar el control antes de soltar sus brazos.
Entonces, me giré y corrí a la oficina.
***
No vi a Pedro después que lo dejé en la puerta de la cocina con un beso rápido. La noche había sido interminable y estaba agotada. Preparar la comida era más difícil de lo que parecía. Después de que el lugar se había vaciado y
desocupado, habíamos quedado justo con la tarea de la limpieza.
Tres horas más tarde, eran casi las cuatro de la mañana. Casi caminé a trompicones en la oscuridad de la madrugada y me dirigí a mi camioneta. Una parte de mí esperaba que Pedro estuviese esperando por mí, pero para eso habría
tenido que dormir en el coche, lo que hubiera sido ridículo.
Conduje mi camioneta y me dirigí a su casa. No tenía que ir a trabajar hoy, por lo que podía dormir. Tampoco tendría que encontrar ese apartamento por más tiempo. Tan pronto como entré en el camino de entrada, miré hacia arriba para ver que las luces seguían encendidas en la habitación de Pedro. La parte superior de la casa estaba toda iluminada en comparación con la oscuridad en el resto de la misma.
La puerta principal estaba abierta, así que entré en la casa y cerré la puerta detrás de mí. Me pregunté si Pedro seguía despierto esperando por mí o si se había dormido con las luces encendidas. ¿Voy a mi cuarto o al suyo?
Me dirigí escaleras arriba y me encontré a Pedro sentado en el suelo, apoyado contra la puerta mirándome directamente. ¿Qué estaba haciendo?
Cuando sus ojos se encontraron con los míos, se puso de pie y caminó hacia mí. Lo encontré a mitad de camino. Parecía desesperado. No podía entender por qué.
—Te necesito en el piso de arriba. Ahora —dijo en una apretada voz frenética.
Mi corazón se aceleró. ¿Había alguien herido? ¿Estaba bien?
Corrí detrás de él. Cerró la puerta con llave. Nunca la cerraba. Luego, sus manos estaban sobre mí antes de que incluso hubiera subido las escaleras.
Era como si un hombre salvaje estuviera tomando el control. Pedro pasó las manos por mis caderas y sobre mi trasero y después las subió otra vez. Agarró mi camisa y la arrancó. Oí estallarse un botón e hice una mueca. Esa era la camisa del uniforme. Empecé a preguntarle qué le pasaba, pero su boca cubrió la mía y su lengua estaba dentro. Sus manos encontraron el broche en mis pantalones cortos y
comenzó a abrirlos mientras los empujaba hacia abajo. Los pequeños gruñidos hambrientos que estaba haciendo estaban causando que mi cuerpo reaccionara.
Sentí la humedad entre mis piernas y el inicio del palpitar ansioso.
Pedro me empujó de nuevo en la escalera y tiró de mis zapatos, de mis pantalones y bragas, y luego agarró mis dos rodillas y las empujó para separarlas.
No tuve tiempo para procesar antes de que su boca estuviera sobre mí, lamiendo mis pliegues y deslizándose dentro de mí. Mi carne tierna por el sexo salvaje que
había tenido la noche anterior estaba extremadamente sensible a cada caricia de su lengua. Empecé a gritar su nombre. Apoyándose en los codos, miré cuando comenzó a repartir besos a lo largo de mis muslos y luego enterró su cara entre mis piernas de nuevo para enviarme jadeando y pidiendo más.
—Mío. Esto es mío —gritó como un poseso mientras tiraba hacia atrás para mirarme. Pasó los dedos suavemente por el centro y luego pasó su mirada a la mía—. Mío. Este dulce coño es mío, Paula.
Estaba dispuesta a aceptar cualquier cosa si me hacía correrme. Aunque primero lo quería dentro de mí.
—Dime que es mío —exigió. Asentí con la cabeza y deslizó un dedo en mi interior provocando que otro gemido se me escapara—. Dime que es mío —repitió.
—Es tuyo. Ahora, por favor, Pedro, fóllame.
Sus ojos se agrandaron y se puso de pie y empujó hacia abajo los pantalones de pijama que llevaba. Su erección se destacó con orgullo.
—Sin preservativo esta noche. Lo sacaré. Sólo tengo que sentirte por completo —dijo mientras empujaba mis rodillas y se dejaba caer hasta que estuvo en mi entrada. No chocó contra mí como esperaba. Descendió lentamente.
—¿Te duele? —preguntó mientras se movía.
Me dolía un poco, pero no iba a admitir eso. Lo quería sin control. —Se siente bien —aseguré.
Se mordió el labio inferior y lentamente se retiró. —Estas escaleras son demasiado duras para ti. Ven aquí. —Se inclinó y me recogió en sus brazos,
comenzando a subir las escaleras. Nunca había sido llevada por un hombre antes y tengo que decir que fue una experiencia excelente. El pecho desnudo de Pedro
sosteniéndome fue increíble.
—¿Harías algo por mí? —preguntó inclinando la cabeza hacia abajo para presionar pequeños besos en mi nariz y párpados.
—Sí —contesté.
Se detuvo junto a la cama y lentamente me dejó hasta que mis pies tocaron el suelo. —Inclínate hacia delante y pon tu pecho en la cama. Pon tus manos sobre tu cabeza y deja tu trasero al aire.
Um... bien. No le pregunté por qué, porque me había dado cuenta de eso.
Manteniendo los pies en el suelo, me incliné hacia delante y me puse en la cama como pidió.
Su mano pasó por encima de mi trasero e hizo un sonido de satisfacción en su garganta. —Tienes el culo más perfecto que he visto —dijo en un tono reverente.
Sus dos manos encontraron mis caderas y lentamente entró en mí, empujándome hacia él mientras se deslizaba en mi interior. Era más profundo de esta manera. —¡Pedro! —grité mientras el dolor leve me golpeaba por la profundidad en la que estaba.
—Mierda, estoy profundamente —se quejó.
Luego, retiró lentamente sus caderas y comenzó ese movimiento familiar.
Agarré las sábanas mientras mi cuerpo empezaba a subir hacia su punto culminante. Sabía lo que se avecinaba y mis piernas empezaron a temblar por el placer que comenzaba a construirse dentro de mí.
Una de las manos de Pedro se deslizaron hacia abajo hasta que toco mi clítoris hinchado y comenzó a frotar su pulgar sobre él. —Dios, estás empapada — jadeó.
Mis piernas se pusieron rígidas cuando el orgasmo se apoderó de mí y luego empecé a sacudirme incapaz de hacerle frente a la sensación de Pedro todavía rozándome. Era tanto placer que dolía. Antes de que pudiera pedir misericordia, sus manos agarraron mi cintura y me empujó rápidamente.
—¡AH! —gritó mientras me desplomaba sobre la cama, sabiendo sin mirar que se había salido antes de correrse—. Maldita sea, nena, si supieras cuan jodidamente increíble se ve tu culo en este momento —dijo en una voz sin aliento.
Giré la cabeza hacia un lado, incapaz de levantarla, y lo miré. —¿Por qué?
Una risa baja retumbó en su pecho. —Digamos que tengo que limpiarte.
La comprensión me golpeó y la calidez en mi trasero que no había notado antes, de pronto me llamó la atención. Una risita se me escapó y enterré mi cara en mis manos.
Yací allí, escuchando cómo corría el agua, y luego regresó a mí. El calor de la toalla mientras me limpiaba su semen fue agradable y poco a poco empecé a caer dormida. Estaba agotada. Me pregunté si alguna vez despertaría.
Estaba sola. Me tapé los ojos contra el sol de la mañana y miré alrededor de la habitación.Pedro no estaba aquí. Eso fue sorprendente. Me senté y miré el reloj. Eran más de las diez. No me extrañaba que no estuviera aquí. Había dormido toda la mañana. Hoy hablaríamos. Iba a dejarme entrar. Anoche habíamos tenido un sexo increíble.
Necesitaba palabras ahora.
Me levanté y encontré mis pantalones cortos tirados en el extremo de la cama. Pedro debió haberlo traído arriba porque recuerdo dejarlos en la escalera anoche. Me los puse y luego busqué alrededor por mi camisa. Una de las camisetas de Pedro estaba doblada al lado de mis pantalones cortos, así que me la puse y me dirigí hacia las escaleras. Estaba lista para ver Pedro.
Las puertas en el lado de la sala familiar estaban abiertas. Me quedé helada.
¿Qué significaba eso? Siempre estaban cerradas. Entonces, oí voces. Caminé hacia el segundo tramo de escaleras y escuché. La voz familiar de mi padre venía a las
escaleras desde la sala de estar. Él estaba en casa.
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