lunes, 9 de diciembre de 2013
CAPITULO 33
Marcos ya estaba en la sala de personal con el delantal cuando llegué. Me dedicó una sonrisa y luego hizo un puchero con los labios.
—Uh, oh, parece que alguien tuvo una mala mañana.
No podía contarle a Marcos mis problemas. Él también conocía a estas personas. Tenía que mantener mis asuntos para mí misma. —No dormí bien — contesté.
Marcos chasqueó la lengua. —Qué vergüenza. Dormir es una cosa tan bella.
Asentí con la cabeza y me registré. —¿Hoy estoy sola? —pregunté.
—Por supuesto. Tenías esto controlado después de seguirme dos horas. Deberías pasar con facilidad este día.
Me alegraba que alguien lo pensara. Tomé una libreta para las órdenes y un bolígrafo y los metí en el bolsillo de mi delantal negro.
—Hora del desayuno —dijo Marcos con un guiño y abrió la puerta que daba al comedor—. Oh, parece que el jefe y sus amigos están en la mesa ocho. Por mucho que me gustaría ir a comerme con los ojos sus hermosos culos, te preferirían a ti. Iré a atender a la mamás del tenis mañanero en la mesa diez. Dan buenas propinas.
Servirle a Antonio y sus amigos no era algo que quería hacer esta mañana.Pero no podía discutir con Marcos. Él tenía razón. Conseguiría mejores propinas de las mujeres. Lo amaban.
Me dirigí a su mesa. Antonio levantó la mirada para encontrarse con la mía y sonrió.
—Te ves mucho mejor aquí —dijo cuando me detuve enfrente de ellos.
—Gracias. Es mucho más fresco —contesté.
—Paula ha ascendido. Voy a tener que comer más aquí —dijo el chico con el pelo rubio rizado. Todavía no sabía su nombre.
—Esto podría ser bueno para el negocio —coincidió Antonio.
—¿Cómo estuvo tu noche con Isabel? —preguntó Jose con un ligero borde en su voz. Al parecer, mantenía el asunto de Isa contra mí. No me importaba.
Era un alga en un estanque, en lo que a mí respecta.
—Nos la pasamos bien. ¿Qué puedo traerles para beber? —pregunté,cambiando de tema.
—Café, por favor —intervino el rubio.
—Bien, entendido. Fuera de límites. Código de chicas y toda esa mierda. Quiero un zumo de naranja —contestó Jose.
—Café para mí, también —respondió Antonio.
—Volveré con sus bebidas —contesté y me di la vuelta para ver dos mesas más con clientes. Marcos estaba sirviendo una de las mesas así que me dirigí a la otra. Me costó un segundo darme cuenta de quién estaba en esa mesa.
Mis pies dejaron de moverse mientras veía a Daniela echar su pelo rubio fresa sobre el hombro y luego mirarme con el ceño fruncido. Miré atrás hacia Marcos, que estaba terminando los pedidos de bebidas de su segunda mesa. Tenía que hacer esto. Estaba siendo tonta. Era la hermana de Pedro.Forcé mis pies a moverse y me acerqué a su mesa. Estaba sentada con otra chica. Una que no había visto antes. Era tan glamorosa como Dani.
— Deben dejar trabajar aquí a cualquiera estos días. Tengo que decirle a Antonio que hable con su padre acerca de ser más selectivos con sus empleados —dijo Daniela arrastrando las palabras en una voz bastante alta.
Mi cara estaba caliente y sabía que me había sonrojado. Ahora sólo tenía que demostrar que podía salir de esto. Daniela me odiaba por razones desconocidas. A menos claro que Pedro le hubiese dicho que estaba husmeando en sus secretos. No sonaba como algo que Pedro haría, pero ¿lo conozco muy bien? No.
—Buenos días, ¿qué puedo traerles para beber? —dije tan cortésmente como pude.
La otra chica se rio y bajó la cabeza. Daniela me miró como si yo fuera algo repugnante. —No puedes traernos nada. Espero un camarero con más clase cuando vengo aquí a comer. Tú no lo harás.
Busqué a Marcos una vez más, pero él se había ido. Daniela podría ser la hermana pequeña de Pedro, pero era una perra importante. Si no necesitase tanto este trabajo, le diría que me besara el culo y me iría.
—¿Hay algún problema? —La voz de Antonio salió de detrás de mí. Por una vez en mi vida, me sentí aliviada por su presencia.
—Sí, lo hay. Contrataste basura blanca. Deshazte de ella. Pago demasiado para ser miembro de aquí como para tolerar esta clase de servicio.
¿Era porque vivía en casa de su hermano? ¿Odiaba a mi padre, también? No quería que me odiara. Si me odiara, Pedro nunca se abriría a mí. Esa puerta estaba
firmemente cerrada.
—Daniela, nunca has pagado una sola vez para ser miembro de aquí. Estás aquí porque tu hermano lo permite. Paula es una de las mejores empleadas que hemos tenido y ningún otro miembro que pague se ha quejado. Desde luego, no tu hermano. Por lo tanto, esconde las garras, cariño, y sobreponte. —Antonio chasqueó los dedos y Marcos se acercó corriendo hacia nosotros. Debió haber salido durante el drama y yo lo había echado de menos
—. Marcos, ¿podrías por favor servir a Daniela y Lorena? Dani parece tener un problema con Paula y no quiero que Ella se vea obligada a atenderle.
Marcos asintió. Antonio me tomó del brazo y me llevó de vuelta a la cocina.
Sabía que estábamos llamando la atención, pero en ese momento no me importaba.
Estaba muy agradecida por alejarme de los curiosos y tener un respiro.
Una vez que la puerta de la cocina se cerró detrás de mí, solté el aliento que había estado conteniendo.
—Sólo voy a decir esto una vez, Paula. La otra noche en casa de Pedro me dejaste plantado. No tenía que preguntar por qué. Lo supe cuando me di cuenta de que Pedro estaba desaparecido. Tú hiciste tu elección y yo retrocedí. Pero lo que pasó ahí dentro es sólo una pequeña muestra. La perra tiene veneno en las venas.
Ella está amargada y enfadada, y cuando llegue el momento de elegir, Pedro la elegirá a ella.
Me volví y miré a Antonio, sin estar segura de lo que quería decir. El me sonrió con tristeza, entonces me soltó el brazo y volvió a entrar al comedor. Antonio también sabía el secreto. Tenía que saberlo. Esto me estaba volviendo loca.
¿Cuál era el gran problema?
domingo, 8 de diciembre de 2013
CAPITULO 32
CAPITULO 32
El cuerpo de Pedro se apretó. No respondió. Mi corazón se hundió. Ese secreto, fuera lo que fuera, nos impedía hacer algo más. Era muy importante para él, por lo tanto, era una señal de aviso para mí. Si no podía decirme algo que
incluso Isabel sabía, entonces teníamos un problema.
—Daniela es mi hermana menor. No... No puedo hablar de ella contigo. —El modo en que dijo contigo hizo que mi estómago se revolviera. Algo estaba mal aquí. Quería hacerle más preguntas, pero la tristeza y la pérdida que se apoderó de mí cuando me di cuenta que no me dormiría en su cama esta noche o cualquier otra noche me detuvo. Esto me impedía acercarme demasiado a Pedro. Nunca debí
haber dejado que me tocara como lo hizo antes. No cuando podía tan fácilmente echarme a un lado.
Nos quedamos en silencio hasta llegar a las oficinas. Pedro bajó del Range Rover sin decir una palabra y despertó a Isabel. Luego, la ayudó a entrar. Estaba cerrada, pero Isabel tenía una llave. Murmuró algo acerca de pasar la noche aquí o su padre la mataría. No fui de ayuda. No tenía la energía. Sólo quería ir a la cama. Quería ir a mi cama debajo de las escaleras. No a la nueva y grande que esperaba por mí.
Cuando volvió al coche, todavía estaba en silencio. Traté de averiguar por qué iba a cerrarse como lo hizo sobre lo de Dani y lo que podían significar los comentarios de Isabel, pero nada tenía sentido. Un par de minutos después
entrabamos en el garaje para cuatro coches. Abrí la puerta y bajé tan pronto como se estacionó. No esperé por él cuando me dirigí a la puerta. Estaba cerrada con llave, así que tuve que esperarlo para que viniera a desbloquearla.
Pedro abrió la puerta y dio un paso atrás para que yo pudiera entrar.
Entré y me dirigí a la cocina.
—Tu habitación está arriba ahora —dijo Pedro, rompiendo el silencio.
Ya lo sabía. Mi mente solamente estaba en otra parte. Di media vuelta y me dirigí hacia las escaleras. Pedro no me siguió. Quería mirar atrás y ver lo que estaba haciendo, pero no pude.
—Traté de mantenerme lejos de ti. —Sus palabras sonaban oscuras. Me detuve y me volví para mirarlo. Estaba de pie en el primer escalón, observándome.
La expresión de dolor en su rostro hizo que me doliera el corazón—. Esa primera noche, traté de deshacerme de ti. No porque no me gustaras. —Dejó escapar una dura risa amarga—. Sino porque lo sabía. Sabía que te meterías debajo de mi piel.
Sabía que no sería capaz de mantenerme alejado. Tal vez entonces te odié un poco a causa de la debilidad que serías capaz de encontrar en mí.
—¿Qué es lo que está tan mal de que te sientas atraído por mí? —pregunté, necesitando que al menos me contestara eso.
—Porque no sabes todo lo que puedo decirte. No puedo contarte los secretos de Daniela. Son suyos. La amo, Paula. La he amado y protegido toda mi vida.
Es mi hermana pequeña. Es lo que hago. A pesar de que te quiero como no he querido ninguna otra cosa en mi vida, no puedo contarte los secretos de Dani.
Cada palabra que salía de su boca sonaba como si estuviera siendo arrancada de él. Daniela era verdaderamente su hermana y entendía ese tipo de
lealtad y amor. Habría muerto por Valeria si pudiera. Sólo había sido quince minutos más joven que yo, pero habría hecho lo que ella necesitara que hiciese. Ningún hombre u otro sentimiento me habrían hecho traicionarla.
—Puedo entender eso. Está bien. No debería haber preguntado. Lo siento.
—Estaba arrepentida. Me había entrometido en su vida y en la de su hermana.
Obviamente, lo que fuera que Isabel sabía, no debería saberlo. Si Isa pensaba que la necesidad de Pedro de proteger a su hermana sería un problema para nosotros, se equivocaba.
Pedro cerró los ojos con fuerza y murmuró algo. Él estaba lidiando con algo. Tal vez esto había traído un mal recuerdo. Por mucho que me gustaría ir y abrazarlo, sabía que no era bienvenida en estos momentos. Había arruinado eso.
—Buenas noches, Pedro —dije y subí las escaleras. No miré atrás esta vez.
Fui directamente a mi habitación.
***
No había manera de confundir la hora por la mañana con estas ventanas.
No sería necesario poner la alarma del reloj. El sol me había despertado una hora antes de que sonara mi alarma. Me duché y me vestí con facilidad ahora que tenía
un cuarto de baño justo aquí y más habitación por la que moverme.
No estaba de humor para comer la comida de Pedro esta mañana. Realmente no estaba de humor para comer, pero hoy tenía dos turnos de trabajo, así que necesitaba algo de comida. Me pasaría por la cafetería y conseguiría un poco de cafeína y una magdalena.
La falda corta de lino negra y la camisa blanca, que teníamos que usar como uniforme cuando servíamos en el comedor del club, teníamos que mantenerlas lavadas y planchadas bajo nuestra responsabilidad. Ayer había pasado un par de horas planchando las pocas que tenía aquí en casa.
Una vez que me puse las zapatillas, me dirigí escaleras abajo. Todavía no había oído ninguna actividad en el piso de arriba hoy, así que sabía que Pedro todavía no se había levantado. Por una vez, estaba agradecida por no tener que
enfrentarlo. Ahora que había tenido tiempo de dormir, me avergonzaba por los acontecimientos de anoche.
No solo había dejado a Pedro tocarme en sitios donde nadie me había tocado antes, después me di la vuelta y actué como una zorra loca entrometida. Tenía que pedirle perdón, pero no estaba preparada para hacer eso ahora mismo.
Cerré la puerta con cuidado detrás de mí y me dirigí a mi camioneta. Por lo menos, esta noche no estaría en casa hasta que hubiese anochecido. Sin tener que
enfrentarme a Pedro al menos por doce horas más.
El cuerpo de Pedro se apretó. No respondió. Mi corazón se hundió. Ese secreto, fuera lo que fuera, nos impedía hacer algo más. Era muy importante para él, por lo tanto, era una señal de aviso para mí. Si no podía decirme algo que
incluso Isabel sabía, entonces teníamos un problema.
—Daniela es mi hermana menor. No... No puedo hablar de ella contigo. —El modo en que dijo contigo hizo que mi estómago se revolviera. Algo estaba mal aquí. Quería hacerle más preguntas, pero la tristeza y la pérdida que se apoderó de mí cuando me di cuenta que no me dormiría en su cama esta noche o cualquier otra noche me detuvo. Esto me impedía acercarme demasiado a Pedro. Nunca debí
haber dejado que me tocara como lo hizo antes. No cuando podía tan fácilmente echarme a un lado.
Nos quedamos en silencio hasta llegar a las oficinas. Pedro bajó del Range Rover sin decir una palabra y despertó a Isabel. Luego, la ayudó a entrar. Estaba cerrada, pero Isabel tenía una llave. Murmuró algo acerca de pasar la noche aquí o su padre la mataría. No fui de ayuda. No tenía la energía. Sólo quería ir a la cama. Quería ir a mi cama debajo de las escaleras. No a la nueva y grande que esperaba por mí.
Cuando volvió al coche, todavía estaba en silencio. Traté de averiguar por qué iba a cerrarse como lo hizo sobre lo de Dani y lo que podían significar los comentarios de Isabel, pero nada tenía sentido. Un par de minutos después
entrabamos en el garaje para cuatro coches. Abrí la puerta y bajé tan pronto como se estacionó. No esperé por él cuando me dirigí a la puerta. Estaba cerrada con llave, así que tuve que esperarlo para que viniera a desbloquearla.
Pedro abrió la puerta y dio un paso atrás para que yo pudiera entrar.
Entré y me dirigí a la cocina.
—Tu habitación está arriba ahora —dijo Pedro, rompiendo el silencio.
Ya lo sabía. Mi mente solamente estaba en otra parte. Di media vuelta y me dirigí hacia las escaleras. Pedro no me siguió. Quería mirar atrás y ver lo que estaba haciendo, pero no pude.
—Traté de mantenerme lejos de ti. —Sus palabras sonaban oscuras. Me detuve y me volví para mirarlo. Estaba de pie en el primer escalón, observándome.
La expresión de dolor en su rostro hizo que me doliera el corazón—. Esa primera noche, traté de deshacerme de ti. No porque no me gustaras. —Dejó escapar una dura risa amarga—. Sino porque lo sabía. Sabía que te meterías debajo de mi piel.
Sabía que no sería capaz de mantenerme alejado. Tal vez entonces te odié un poco a causa de la debilidad que serías capaz de encontrar en mí.
—¿Qué es lo que está tan mal de que te sientas atraído por mí? —pregunté, necesitando que al menos me contestara eso.
—Porque no sabes todo lo que puedo decirte. No puedo contarte los secretos de Daniela. Son suyos. La amo, Paula. La he amado y protegido toda mi vida.
Es mi hermana pequeña. Es lo que hago. A pesar de que te quiero como no he querido ninguna otra cosa en mi vida, no puedo contarte los secretos de Dani.
Cada palabra que salía de su boca sonaba como si estuviera siendo arrancada de él. Daniela era verdaderamente su hermana y entendía ese tipo de
lealtad y amor. Habría muerto por Valeria si pudiera. Sólo había sido quince minutos más joven que yo, pero habría hecho lo que ella necesitara que hiciese. Ningún hombre u otro sentimiento me habrían hecho traicionarla.
—Puedo entender eso. Está bien. No debería haber preguntado. Lo siento.
—Estaba arrepentida. Me había entrometido en su vida y en la de su hermana.
Obviamente, lo que fuera que Isabel sabía, no debería saberlo. Si Isa pensaba que la necesidad de Pedro de proteger a su hermana sería un problema para nosotros, se equivocaba.
Pedro cerró los ojos con fuerza y murmuró algo. Él estaba lidiando con algo. Tal vez esto había traído un mal recuerdo. Por mucho que me gustaría ir y abrazarlo, sabía que no era bienvenida en estos momentos. Había arruinado eso.
—Buenas noches, Pedro —dije y subí las escaleras. No miré atrás esta vez.
Fui directamente a mi habitación.
***
No había manera de confundir la hora por la mañana con estas ventanas.
No sería necesario poner la alarma del reloj. El sol me había despertado una hora antes de que sonara mi alarma. Me duché y me vestí con facilidad ahora que tenía
un cuarto de baño justo aquí y más habitación por la que moverme.
No estaba de humor para comer la comida de Pedro esta mañana. Realmente no estaba de humor para comer, pero hoy tenía dos turnos de trabajo, así que necesitaba algo de comida. Me pasaría por la cafetería y conseguiría un poco de cafeína y una magdalena.
La falda corta de lino negra y la camisa blanca, que teníamos que usar como uniforme cuando servíamos en el comedor del club, teníamos que mantenerlas lavadas y planchadas bajo nuestra responsabilidad. Ayer había pasado un par de horas planchando las pocas que tenía aquí en casa.
Una vez que me puse las zapatillas, me dirigí escaleras abajo. Todavía no había oído ninguna actividad en el piso de arriba hoy, así que sabía que Pedro todavía no se había levantado. Por una vez, estaba agradecida por no tener que
enfrentarlo. Ahora que había tenido tiempo de dormir, me avergonzaba por los acontecimientos de anoche.
No solo había dejado a Pedro tocarme en sitios donde nadie me había tocado antes, después me di la vuelta y actué como una zorra loca entrometida. Tenía que pedirle perdón, pero no estaba preparada para hacer eso ahora mismo.
Cerré la puerta con cuidado detrás de mí y me dirigí a mi camioneta. Por lo menos, esta noche no estaría en casa hasta que hubiese anochecido. Sin tener que
enfrentarme a Pedro al menos por doce horas más.
CAPITULO 31
Pedro no estaba mintiendo cuando dijo que quería vestirme. Me abrochó el sujetador en la espalda y luego me dio un pequeño beso en el hombro antes de poner mi camisa sobre mi cabeza.
—Preferiría que te quedaras aquí, mientras voy a encontrar a Isa. Tienes que ver tu muy contenta cara, y en serio es sexy. No quiero acabar en una pelea.
Más elogios. No estaba segura de que me acostumbrara a esto de su parte.
—Vine aquí con Isa porque estaba tratando de animarla a no dormir por ahí con chicos que nunca la verían por más que un momento de diversión.
Entonces, viniste con nosotras y ahora aquí estoy, en el asiento trasero de tu coche. Siento que le debo una explicación.
Pedro no respondió de inmediato. Me estudió un momento, pero no podía leer su expresión en la oscuridad. —Estoy tratando de decidir si querías decirlo para que sonara como si estuvieras haciendo lo que la animaste a no hacer. —
Movió su cuerpo hacia atrás sobre el mío y metió la mano en mi pelo—. Porque he tenido una probada y no estoy compartiendo. Esto no es sólo por diversión. Puede que sea un poco adicto.
Mi corazón se estrelló contra mis costillas y di un profundo suspiro. Vaya. Bien. Oh mí. Logré un movimiento de cabeza y Pedro bajó la cabeza y me dio un pequeño beso en los labios antes de pasar la punta de la lengua por el labio
inferior. —Mmm, sí. Quédate aquí. Voy a traer a Isabel para que hable contigo.
Una vez más, lo único que pude hacer fue asentir.
Pedro se alejó de mí y estaba fuera de la puerta y caminando hacia el bar.
Antes de que pudiera recuperar el aliento. Se podría pensar que era adicto, pero no tenía ni idea de cómo me hacía
sentir. Al menos él podía caminar. Nunca habría sido capaz de soportar estar sobre mis propios pies tan pronto.
Sentada con la espalda recta, acomodé mi falda y me deslicé a través de la puerta. Necesitaba salir y pasar al frente, pero todavía no estaba segura de que confiaba en mis piernas. ¿Era esto incluso normal? ¿Un chico debería ser capaz de hacerme sentir de esta manera? Tal vez había algo mal en mí. No debería estar reaccionando a Pedro de esta manera... ¿debería?
Este fue uno de esos momentos en los que realmente necesitaba una amiga.
La única que tenía era Isabel y estaba bastante segura de que no era la mejor persona para dar consejos cuando se trataba de chicos. Necesitaba a mi mamá.
El dolor se estableció cuando recordé y cerré los ojos para combatirlo. No podía dejar que la tristeza ganara en estos momentos.
La puerta se abrió y allí estaba Isa, sonriéndome. —Bueno, mírate.
Haciéndolo con la cosa más caliente de Rosemary en la parte trasera de su Range Rover. Y pensaba que querías un hombre de cuello azul. —Sus palabras se fueron
arrastrando un poco.
—Súbete, Isabel, antes de que deje tu culo aquí afuera —dijo Pedro detrás suyo. Miré por encima del hombro. Parecía molesto.
—No me quiero ir. Me gusta Esteban, ¿o se llamaba Juan? No, espera, ¿qué pasó con Carlos? Lo perdí... creo. —Isabel divagaba mientras subía al asiento trasero.
—¿Quiénes son Esteban y Juan? —pregunté mientras ella agarraba el apoyo para la cabeza y luego caía hacia atrás en el asiento.
—Esteban está casado. Dijo que no lo estaba, pero lo está. Me di cuenta. Los casados siempre tienen el olor sobre ellos.
¿Qué estaba diciendo?
La puerta de Isabel se cerró y empecé a preguntarle más cuando la puerta se abrió a mi lado. Me giré para ver a Pedro de pie, con la mano extendida para que la tomara. —No se trata de darle sentido a todo lo que dice. La encontré en el bar terminando una ronda de seis chupitos de tequila que el casado Esteban le había comprado. Está destrozada.
Esta noche no era exactamente lo que había esperado que fuera. Había pensado que los chicos de mi tierra natal serían diferentes. Tal vez tratarla con respeto. Pero luego ella llevaba pantalones cortos de cuero rojo. Puse la mano en la
de Pedro y él la apretó. —No hay necesidad de explicarle nada esta noche. No lo recordará por la mañana.
Probablemente tenía razón. Salí de la Range Rover y me atrajo hacia su pecho antes de cerrar la puerta detrás de mí. —Quiero saborear esos dulces labios, pero me voy a negar. Tenemos que llegar a su casa antes de que se enferme —dijo Pedro en un bajo susurro ronco.
Asentí con la cabeza. También quería que me besara, pero si Isa iba a estar enferma, entonces teníamos que llevarla a casa. Empecé a alejarme, pero sus brazos se apretaron a mí alrededor. —Pero lo que he dicho antes. Lo dije en serio.
Te quiero en mi cama esta noche.
Una vez más, lo único que pude hacer fue asentir. También quería estar en su cama. Puede ser que sea tan estúpida como Isabel cuando se trataba de hombres, después de todo. Pedro me llevó hasta el lado del pasajero y abrió la
puerta para mí. —A la mierda lo de ser amigos —murmuró, agarrando mi cintura para ayudarme a levantarme.
Sonriendo, lo vi caminar de regreso por la parte delantera de la Range Rover y subir. —¿Por qué la sonrisa? —preguntó una vez que estuvo detrás del volante.
Me encogí de hombros. —“A la mierda lo de ser amigos.” Me hizo reír.
Pedro se rió y negó con la cabeza antes de arrancar la Range Rover y salir del estacionamiento ahora lleno.
—Sé algo que no sabes. Sí, lo sé. Sí, lo sé —empezó a cantar Isabel con voz cantarina. Me di la vuelta para mirarla. No sonreía, pero un torpe gesto fue plasmado en su rostro—. Sé algo —susurró en voz alta.
—Escuché eso —respondí y miré por encima a Pedro que no parecía divertido. No era un fan de Isabel borracha.
—Es un gran secreto. Uno enorme... y lo sé. No debo, pero lo sé. Sé algo que tu no sabes. No lo sabes. No lo sabes —comenzó a cantar de nuevo Isabel .
Empecé a preguntarle qué era lo que sabía, pero Pedro habló primero. —Es suficiente Isabel . —La alerta de Pedro fue clara. Incluso me estremecí con lo dura que sonó su voz.
Isa apretó los labios y actuó como si estuviera girando una llave y luego tirándola a la basura.
Me di la vuelta, preguntándome si sabía algo que necesitaba saber. Pedro seguramente actuó como si ella lo hiciera. Parecía a punto de parar el coche y tirarla fuera.
Pedro comenzó a jugar con la radio por un poco de música, así que decidí permanecer en silencio. Se molestó porque Isa sabía algo que no debía saber.
Tenía tantos secretos que lo rodeaban. Había cosas que se negaba a hablar.
Estábamos atraídos el uno por el otro. Eso no quería decir que tenía que decirme todos sus secretos. ¿Lo hacía? ¡No! Por supuesto que no. Pero una vez más, ¿estaba dispuesta a dar una parte de mí misma por alguien que no conozco
realmente? Él era tan cerrado. ¿Sería capaz de hacer esto con él y no apegarnos? No estaba segura.
La mano de Pedro se deslizó sobre la mía. Lo miré y él estaba observando la carretera, pero estaba pensando. Me hubiera gustado poder preguntarle. Pero todavía no estábamos ahí. Tal vez nunca lo estaríamos. ¿Debo darle mi virginidad a un hombre que estaría caminando fuera de mi vida pronto, sin esperanza de algo más?
—Ese fue el mejor momento, de siempre. Me gustan los muchachos de cuello azul. Son muy divertidos. —Dormida en el asiento trasero, Isabel arrastró las palabras—. Deberías haber mirado alrededor por algunos más, Paula. Hubiera sido más inteligente por tu parte. Pedro es una mala idea. Porque siempre habrá una Dani.
¿Dani? Me giré para mirar hacia Isabel. Tenía los ojos cerrados y la boca abierta. Un suave ronquido escapó y sabía que cualquier explicación a ese comentario no estaría sucediendo esta noche. Al menos no de Isa.
Me volví a mirar hacia Pedro cuya mano había dejado la mía y ahora estaba agarrando el volante con fuerza. Su mandíbula se apretó, también. ¿Cuál era el asunto con su hermana? Era su hermana, ¿verdad?
—¿Es Dani tu hermana? —pregunté, mirándolo para cualquier reacción.
Simplemente asintió, pero no dijo nada más. Esto era lo que había recibido la última vez que lo llevé ahí. Completamente cerrado a mí—. Entonces, ¿qué significa lo que dijo Isabel? ¿Cómo dormir juntos le afectaría a Daniela?
sábado, 7 de diciembre de 2013
CAPITULO 30
CAPITULO 30
—No podía encontrarte. ¿Por qué estás aquí afuera? Aquí no es seguro.
Ya había tenido suficiente con su rol de hermano mayor. Podía cuidarme yo misma. Él tenía que retroceder.
—Estoy bien. Vuelve adentro y continúa con tu sesión de besos en nuestra mesa. —La amargura en mi voz era evidente. No podía evitarlo.
—¿Por qué estás aquí afuera? —Repitió, lentamente dio otro paso hacia mí.
—Porque quiero —respondí con la misma lentitud, mirándolo.
—La fiesta es adentro. ¿No era eso lo que querías? ¿Ir a un bar con hombres y bebidas? Te lo estás perdiendo aquí afuera.
—Aléjate, Pedro.
Pedro dio un paso más hacia mí, dejando sólo unos centímetros entre nosotros. —No. Quiero saber que pasó.
Algo dentro de mí se rompió y puse ambas manos en su pecho y lo empujé tan fuerte como pude. Apenas se tambaleó hacia atrás. —¿Quieres saber qué pasó?
TÚ pasaste, Pedro. Eso es lo que pasó. —Me apresuré a su lado y caminé hacia el oscuro estacionamiento.
Una fuerte mano se envolvió alrededor de mi brazo deteniéndome y tiré con fuerza tratando de liberarme, pero no sirvió de nada. Pedro tenía un firme agarre
de mí y no iba a dejarme ir.
—¿Qué significa eso, Paula? —preguntó, tirándome contra su pecho.
Me retorcí contra él, luchando con el impulso de gritar. Odiaba la forma en que su olor hacía que mi corazón se acelerará y mi cuerpo latiera a toda prisa.
Necesitaba que se mantuviera a distancia. No que me frotara su delicioso y cálido cuerpo por todas partes.
—Déjame. Ir. —Espeté.
—No hasta que me digas cuál es tu problema —respondió enojado.
Me retorcí en sus brazos pero no se movió ni un centímetro. Esto era ridículo. No quería escuchar lo que tenía que decirle. Esa comprensión me hizo querer decírselo. Sabiendo que lo que le iba a decirle lo molestaría. Estropeando toda su idea de ser amigos.
—No me gusta verte tocar a otras mujeres. Odio cuando otros hombres agarran mi culo. Quiero que seas tú quien me toca allí. Quien desea tocarme ahí. Pero no lo haces y tengo que lidiar con eso. Ahora, ¡déjame ir! —Me liberé y corrí hasta su Range Rover. Me podría esconder allí hasta que estuviera listo para llevarme a casa.
Las lágrimas picaban mis ojos y corrí con más fuerza. Cuando llegué a su vehículo, caminé a un lado y me apoyé contra él cerrando mis ojos. Acababa de decirle a Pedro que quería que tocara el culo. ¿Qué tan estúpida podría ser? Me
había dado mi propia habitación. Ofreció dejarme quedar allí hasta que mi papá llegara a casa, así podría ahorrar dinero, y acabo de darle muchas razones para echarme.
El seguro del Range Rover hizo clic y abrí mis ojos para ver a Pedro dirigiéndose a mí. Iba a llevarme a casa y echarme. Se detuvo a mi lado y abrió de golpe la puerta de atrás. Me decía que subiera al auto. Qué humillante.
—Entra o te meteré —gruñó.
Subí en el asiento de atrás antes de que pudiera tirarme dentro. Pero no cerró la puerta tras de mí. En vez de eso, se subió detrás de mí.
—¿Qué estás haciendo? —Pregunté, justo antes de que me presionara contra el asiento y cubriera mi boca con la suya. Me abrí a él con una probada de su lengua. El golpe del metal en mi boca era excitante. Esta noche su sabor a menta, no estaba mezclado con algo más. Podría saborearlo por horas y nunca aburrirme.
Sus manos encontraron mis caderas y me movió hasta que una pierna estuvo arriba, sobre el asiento con mi rodilla doblada, y mi otra pierna aún seguía en el suelo. Me extendió abierta y luego se coloco entre mí. Su boca dejó la mía y dejó un rastro de besos hambrientos por mi cuello. Dio un pequeño mordisco en mi hombro desnudo causando que una oleada de excitación me atravesara.
Sus manos encontraron el dobladillo de mi blusa. Quítatela —dijo.mientras la levantaba sobre mi cabeza y luego la tiró en el asiento delantero sin apartar sus ojos de mi pecho—. Quiero que te quites todo, dulce Pau. —Llegó a mi espalda con una mano y desabrochó mi sujetador en menos de un segundo. Lo bajó por mis brazos antes de lanzarlo en el asiento delantero con mi blusa.
—Esto es por lo que traté de mantenerme alejado. Esto, Paula. No voy a ser capaz de detenerlo. No ahora. —Bajó la cabeza y tiró de un pezón con su boca. Lo chupó con fuerza y una explosión estalló entre mis piernas. Grité, agarrando sus hombros y sosteniéndome.
Vi cómo sacó la lengua y pasó la barra de metal sobre mi piel. Era la cosa más erótica que jamás había visto. —Sabes a caramelo. Las chicas no deberían saber tan dulce. Es peligroso —susurró contra mi piel y rozó su nariz sobre mi
escote mientras inhalaba con fuerza—. Y hueles increíble.
Sus labios de nuevo estaban en los míos mientras una de sus grandes manos cubría mi pecho, frotándolo suavemente y luego tirando de mi pezón. Yo quería sentir más. Pasé mis manos por su pecho y las deslicé por debajo de su camisa.
Había visto su pecho lo suficiente como para saber exactamente cómo lucía. Ahora quería saber cómo se sentía debajo de mis manos. La cálida piel que cubría sus
fuertes músculos era suave. Pasé mis dedos sobre cada ondulación en su estómago y memoricé la sensación. No tenía promesa de que esto sería más que un evento de
una sola vez y lo quería todo.
Pedro se sacó la camisa, tirándola a un lado luego volvió a devorar mis labios con los suyos. Me arqueé más cerca de él. Nunca había estado sin camisa con un chico. Quería sentir su pecho desnudo contra el mío. Parecía saber lo que quería y me envolvió con fuerza entre sus brazos y tirándome contra él. La humedad de su boca había dejado mi pecho frío, pero el calor de su piel era impactante.
Grité y lo acerqué más, con miedo de que se alejara de mí. Tenía lo que había querido desde que lo había visto afuera en el pórtico con aquella chica. Era yo entre cuyas piernas estaba ahora. Esta era mi fantasía.
—Dulce Pau —susurró, tirando de mi labio inferior con su boca y chupándolo.
Me moví debajo de él en un intento de tener su dureza presionada entre mis piernas. Estaba palpitando y quería sentir su erección contra mí. Pedro deslizó su mano hacia abajo para acariciar mi rodilla y luego la subió hacia el interior de mi muslo. Dejé que mi pierna se abriera aún más, necesitando que se acercara más. El dolor crecía y la idea de su mano estando cerca de mi dolorosa necesidad me
mareaba.
En el momento que su dedo recorrió la entrepierna de mis bragas de seda me sacudí y dejé escapar un gemido. —Tranquila. Sólo quiero ver si aquí abajo es tan jodidamente dulce como el resto de ti —dijo Pedro con voz ronca. Traté de asentir pero no podía hacer nada más que recordar respirar. Miré fijamente a los ojos plateados de Pedro mientras adquirían un brillo ahumado. No apartó la
mirada de mí mientras su dedo se deslizaba dentro de los bordes de encaje de mis bragas.
—Pedro —suspiré, apretando sus hombros y sosteniendo su mirada.
—Shhh, está bien —respondió. No estaba asustada. Él intentaba calmar mi temor, pero no había ninguno. La excitación y la necesidad eran demasiado.
Necesitaba que se diera prisa. Algo crecía dentro de mí y necesitaba alcanzarlo. El dolor punzante estaba creciendo.
Pedro enterró su cabeza en mi cuello y dejó escapar un profundo y largo suspiro.
—Esto es jodidamente difícil —gimió. Comencé a abrir mi boca y rogarle que no se detuviera. Lo necesitaba. Necesitaba esa liberación que sabía que venía.
Su dedo se deslizo sobre mi humedad y los dedos de mis pies se enroscaron mientras mi cuerpo se doblaba sin control. Luego su dedo se deslizó dentro.
Lentamente. Me quedé inmóvil, temerosa de cómo se sentiría esto. El grosor de su dedo me alivió un poco más y quise tomar su mano y empujarla con fuerza. Esto era bueno. Demasiado bueno.
—Mierda. Madre del maldito infierno. Húmeda, caliente… tan jodidamente caliente. Y Jesús, estás tan apretada. —La respiración de Pedro se había vuelto más pesada contra mi cuello mientras me decía cosas que sólo me excitaban más. Entre más picantes eran sus palabras más respondía mi cuerpo.
—Pedro. Por favor —supliqué, luchando con la urgencia de tomar su mano y forzarlo a darme el alivio que palpitaba debajo de su toque—. Necesito… —No sabía lo que necesitaba. Sólo lo necesitaba.
Pedro levantó su cabeza y pasó su nariz por mi cuello, luego presionó un beso en mi barbilla. —Sé lo que necesitas. Es sólo que no estoy seguro de que
pueda manejar el verte teniéndolo. Me tienes excitado de muchas maneras, chica.
Estoy tratando de ser un buen chico. No puedo perder el control en la parte trasera de un maldito auto.
Negué con la cabeza. No podía parar. No quería que fuera bueno. Lo quería dentro de mí. Ahora. —Por favor, no seas bueno. Por favor —supliqué.
Pedro dejó escapar un fuerte suspiro. —Mierda, nena. Basta. Voy a explotar.
Te daré tu liberación, pero cuando finalmente me entierre dentro de ti por primera vez no vas a estar tendida en la parte trasera de mi auto. Estarás en mi cama.
Su mano se movió antes de que pudiera responder y mis ojos rodaron hacia atrás de mi cabeza. —Eso es. Córrete para mí, dulce Pau. Córrete en mi mano y déjame sentirlo. Quiero verte.
—Sus palabras me enviaron en espiral hacia el borde
del risco que había estado tratando tan difícilmente de alcanzar.
—¡PEEEDROOOOOOO! —Escuché el grito que salió de mí mientras iba cayendo en completa dicha. Sabía que estaba gritando por él, gritando su nombre y tal vez arañándolo, pero ya no podía controlarme. El éxtasis era demasiado.
—Ahhhh, sí. Eso es. Mierda, sí. Eres tan hermosa. —Escuché las palabras de Pedro, pero se sentían tan lejos. Me sentía sin fuerzas y jadeaba en busca de aire cuando mis sentidos volvieron a mí.
Forcé mis párpados a abrirse, así podría ver si había herido a Pedro con mi salvaje reacción a lo que sabía que era mi primer orgasmo. Había escuchado lo suficiente sobre ellos, pero nunca había sido capaz de provocarme uno. Claro que
lo había intentado varias veces, pero no tenía la imaginación para hacerlo. Después de esta noche, tenía la sensación de que ese asunto no sería más un problema. Pedro me había dado suficiente material para trabajar y él aún tenía sus vaqueros puestos. Miré a Pedro, quien me miraba fijamente con su dedo en su boca. Me tomó un momento registrar exactamente que dedo era ese. El jadeo de sorpresa después de mi compresión sólo hizo reír a Pedro mientras se lo sacaba de la boca y sonreía.
—Tenía razón. Eres tan dulce en ese pequeño y caliente coño tuyo como lo eres en todas partes.
Si no estuviera tan cansada me habría sonrojado. Todo lo que pude hacer fue volver a cerrar mis ojos con fuerza. Pedro se rió más fuerte. —Oh, vamos, dulce Pau. Acabas de correrte toda salvaje y sexy sobre mi mano e incluso dejaste unas marcas de arañazos en mi espalda para probarlo. No te pongas tímida conmigo ahora. Porque, nena, antes de que termine la noche estarás desnuda en mi cama.
Lo miré fijamente, esperando haberlo oído correctamente. Yo quería más de esto. Mucho más.
—Déjame vestirte y luego iré a buscar a Isa para ver si necesita un aventón o si encontró a un vaquero que la lleve a casa.
Me estiré y luego logré asentir. —Está bien.
—Si no estuviera tan duro como una maldita roca ahora mismo, consideraría quedarme justo aquí y disfrutar de esa pequeña mirada satisfecha y Somnolienta en tus ojos. Me gusta saber que la puse ahí. Pero necesito un poco más.
—No podía encontrarte. ¿Por qué estás aquí afuera? Aquí no es seguro.
Ya había tenido suficiente con su rol de hermano mayor. Podía cuidarme yo misma. Él tenía que retroceder.
—Estoy bien. Vuelve adentro y continúa con tu sesión de besos en nuestra mesa. —La amargura en mi voz era evidente. No podía evitarlo.
—¿Por qué estás aquí afuera? —Repitió, lentamente dio otro paso hacia mí.
—Porque quiero —respondí con la misma lentitud, mirándolo.
—La fiesta es adentro. ¿No era eso lo que querías? ¿Ir a un bar con hombres y bebidas? Te lo estás perdiendo aquí afuera.
—Aléjate, Pedro.
Pedro dio un paso más hacia mí, dejando sólo unos centímetros entre nosotros. —No. Quiero saber que pasó.
Algo dentro de mí se rompió y puse ambas manos en su pecho y lo empujé tan fuerte como pude. Apenas se tambaleó hacia atrás. —¿Quieres saber qué pasó?
TÚ pasaste, Pedro. Eso es lo que pasó. —Me apresuré a su lado y caminé hacia el oscuro estacionamiento.
Una fuerte mano se envolvió alrededor de mi brazo deteniéndome y tiré con fuerza tratando de liberarme, pero no sirvió de nada. Pedro tenía un firme agarre
de mí y no iba a dejarme ir.
—¿Qué significa eso, Paula? —preguntó, tirándome contra su pecho.
Me retorcí contra él, luchando con el impulso de gritar. Odiaba la forma en que su olor hacía que mi corazón se acelerará y mi cuerpo latiera a toda prisa.
Necesitaba que se mantuviera a distancia. No que me frotara su delicioso y cálido cuerpo por todas partes.
—Déjame. Ir. —Espeté.
—No hasta que me digas cuál es tu problema —respondió enojado.
Me retorcí en sus brazos pero no se movió ni un centímetro. Esto era ridículo. No quería escuchar lo que tenía que decirle. Esa comprensión me hizo querer decírselo. Sabiendo que lo que le iba a decirle lo molestaría. Estropeando toda su idea de ser amigos.
—No me gusta verte tocar a otras mujeres. Odio cuando otros hombres agarran mi culo. Quiero que seas tú quien me toca allí. Quien desea tocarme ahí. Pero no lo haces y tengo que lidiar con eso. Ahora, ¡déjame ir! —Me liberé y corrí hasta su Range Rover. Me podría esconder allí hasta que estuviera listo para llevarme a casa.
Las lágrimas picaban mis ojos y corrí con más fuerza. Cuando llegué a su vehículo, caminé a un lado y me apoyé contra él cerrando mis ojos. Acababa de decirle a Pedro que quería que tocara el culo. ¿Qué tan estúpida podría ser? Me
había dado mi propia habitación. Ofreció dejarme quedar allí hasta que mi papá llegara a casa, así podría ahorrar dinero, y acabo de darle muchas razones para echarme.
El seguro del Range Rover hizo clic y abrí mis ojos para ver a Pedro dirigiéndose a mí. Iba a llevarme a casa y echarme. Se detuvo a mi lado y abrió de golpe la puerta de atrás. Me decía que subiera al auto. Qué humillante.
—Entra o te meteré —gruñó.
Subí en el asiento de atrás antes de que pudiera tirarme dentro. Pero no cerró la puerta tras de mí. En vez de eso, se subió detrás de mí.
—¿Qué estás haciendo? —Pregunté, justo antes de que me presionara contra el asiento y cubriera mi boca con la suya. Me abrí a él con una probada de su lengua. El golpe del metal en mi boca era excitante. Esta noche su sabor a menta, no estaba mezclado con algo más. Podría saborearlo por horas y nunca aburrirme.
Sus manos encontraron mis caderas y me movió hasta que una pierna estuvo arriba, sobre el asiento con mi rodilla doblada, y mi otra pierna aún seguía en el suelo. Me extendió abierta y luego se coloco entre mí. Su boca dejó la mía y dejó un rastro de besos hambrientos por mi cuello. Dio un pequeño mordisco en mi hombro desnudo causando que una oleada de excitación me atravesara.
Sus manos encontraron el dobladillo de mi blusa. Quítatela —dijo.mientras la levantaba sobre mi cabeza y luego la tiró en el asiento delantero sin apartar sus ojos de mi pecho—. Quiero que te quites todo, dulce Pau. —Llegó a mi espalda con una mano y desabrochó mi sujetador en menos de un segundo. Lo bajó por mis brazos antes de lanzarlo en el asiento delantero con mi blusa.
—Esto es por lo que traté de mantenerme alejado. Esto, Paula. No voy a ser capaz de detenerlo. No ahora. —Bajó la cabeza y tiró de un pezón con su boca. Lo chupó con fuerza y una explosión estalló entre mis piernas. Grité, agarrando sus hombros y sosteniéndome.
Vi cómo sacó la lengua y pasó la barra de metal sobre mi piel. Era la cosa más erótica que jamás había visto. —Sabes a caramelo. Las chicas no deberían saber tan dulce. Es peligroso —susurró contra mi piel y rozó su nariz sobre mi
escote mientras inhalaba con fuerza—. Y hueles increíble.
Sus labios de nuevo estaban en los míos mientras una de sus grandes manos cubría mi pecho, frotándolo suavemente y luego tirando de mi pezón. Yo quería sentir más. Pasé mis manos por su pecho y las deslicé por debajo de su camisa.
Había visto su pecho lo suficiente como para saber exactamente cómo lucía. Ahora quería saber cómo se sentía debajo de mis manos. La cálida piel que cubría sus
fuertes músculos era suave. Pasé mis dedos sobre cada ondulación en su estómago y memoricé la sensación. No tenía promesa de que esto sería más que un evento de
una sola vez y lo quería todo.
Pedro se sacó la camisa, tirándola a un lado luego volvió a devorar mis labios con los suyos. Me arqueé más cerca de él. Nunca había estado sin camisa con un chico. Quería sentir su pecho desnudo contra el mío. Parecía saber lo que quería y me envolvió con fuerza entre sus brazos y tirándome contra él. La humedad de su boca había dejado mi pecho frío, pero el calor de su piel era impactante.
Grité y lo acerqué más, con miedo de que se alejara de mí. Tenía lo que había querido desde que lo había visto afuera en el pórtico con aquella chica. Era yo entre cuyas piernas estaba ahora. Esta era mi fantasía.
—Dulce Pau —susurró, tirando de mi labio inferior con su boca y chupándolo.
Me moví debajo de él en un intento de tener su dureza presionada entre mis piernas. Estaba palpitando y quería sentir su erección contra mí. Pedro deslizó su mano hacia abajo para acariciar mi rodilla y luego la subió hacia el interior de mi muslo. Dejé que mi pierna se abriera aún más, necesitando que se acercara más. El dolor crecía y la idea de su mano estando cerca de mi dolorosa necesidad me
mareaba.
En el momento que su dedo recorrió la entrepierna de mis bragas de seda me sacudí y dejé escapar un gemido. —Tranquila. Sólo quiero ver si aquí abajo es tan jodidamente dulce como el resto de ti —dijo Pedro con voz ronca. Traté de asentir pero no podía hacer nada más que recordar respirar. Miré fijamente a los ojos plateados de Pedro mientras adquirían un brillo ahumado. No apartó la
mirada de mí mientras su dedo se deslizaba dentro de los bordes de encaje de mis bragas.
—Pedro —suspiré, apretando sus hombros y sosteniendo su mirada.
—Shhh, está bien —respondió. No estaba asustada. Él intentaba calmar mi temor, pero no había ninguno. La excitación y la necesidad eran demasiado.
Necesitaba que se diera prisa. Algo crecía dentro de mí y necesitaba alcanzarlo. El dolor punzante estaba creciendo.
Pedro enterró su cabeza en mi cuello y dejó escapar un profundo y largo suspiro.
—Esto es jodidamente difícil —gimió. Comencé a abrir mi boca y rogarle que no se detuviera. Lo necesitaba. Necesitaba esa liberación que sabía que venía.
Su dedo se deslizo sobre mi humedad y los dedos de mis pies se enroscaron mientras mi cuerpo se doblaba sin control. Luego su dedo se deslizó dentro.
Lentamente. Me quedé inmóvil, temerosa de cómo se sentiría esto. El grosor de su dedo me alivió un poco más y quise tomar su mano y empujarla con fuerza. Esto era bueno. Demasiado bueno.
—Mierda. Madre del maldito infierno. Húmeda, caliente… tan jodidamente caliente. Y Jesús, estás tan apretada. —La respiración de Pedro se había vuelto más pesada contra mi cuello mientras me decía cosas que sólo me excitaban más. Entre más picantes eran sus palabras más respondía mi cuerpo.
—Pedro. Por favor —supliqué, luchando con la urgencia de tomar su mano y forzarlo a darme el alivio que palpitaba debajo de su toque—. Necesito… —No sabía lo que necesitaba. Sólo lo necesitaba.
Pedro levantó su cabeza y pasó su nariz por mi cuello, luego presionó un beso en mi barbilla. —Sé lo que necesitas. Es sólo que no estoy seguro de que
pueda manejar el verte teniéndolo. Me tienes excitado de muchas maneras, chica.
Estoy tratando de ser un buen chico. No puedo perder el control en la parte trasera de un maldito auto.
Negué con la cabeza. No podía parar. No quería que fuera bueno. Lo quería dentro de mí. Ahora. —Por favor, no seas bueno. Por favor —supliqué.
Pedro dejó escapar un fuerte suspiro. —Mierda, nena. Basta. Voy a explotar.
Te daré tu liberación, pero cuando finalmente me entierre dentro de ti por primera vez no vas a estar tendida en la parte trasera de mi auto. Estarás en mi cama.
Su mano se movió antes de que pudiera responder y mis ojos rodaron hacia atrás de mi cabeza. —Eso es. Córrete para mí, dulce Pau. Córrete en mi mano y déjame sentirlo. Quiero verte.
—Sus palabras me enviaron en espiral hacia el borde
del risco que había estado tratando tan difícilmente de alcanzar.
—¡PEEEDROOOOOOO! —Escuché el grito que salió de mí mientras iba cayendo en completa dicha. Sabía que estaba gritando por él, gritando su nombre y tal vez arañándolo, pero ya no podía controlarme. El éxtasis era demasiado.
—Ahhhh, sí. Eso es. Mierda, sí. Eres tan hermosa. —Escuché las palabras de Pedro, pero se sentían tan lejos. Me sentía sin fuerzas y jadeaba en busca de aire cuando mis sentidos volvieron a mí.
Forcé mis párpados a abrirse, así podría ver si había herido a Pedro con mi salvaje reacción a lo que sabía que era mi primer orgasmo. Había escuchado lo suficiente sobre ellos, pero nunca había sido capaz de provocarme uno. Claro que
lo había intentado varias veces, pero no tenía la imaginación para hacerlo. Después de esta noche, tenía la sensación de que ese asunto no sería más un problema. Pedro me había dado suficiente material para trabajar y él aún tenía sus vaqueros puestos. Miré a Pedro, quien me miraba fijamente con su dedo en su boca. Me tomó un momento registrar exactamente que dedo era ese. El jadeo de sorpresa después de mi compresión sólo hizo reír a Pedro mientras se lo sacaba de la boca y sonreía.
—Tenía razón. Eres tan dulce en ese pequeño y caliente coño tuyo como lo eres en todas partes.
Si no estuviera tan cansada me habría sonrojado. Todo lo que pude hacer fue volver a cerrar mis ojos con fuerza. Pedro se rió más fuerte. —Oh, vamos, dulce Pau. Acabas de correrte toda salvaje y sexy sobre mi mano e incluso dejaste unas marcas de arañazos en mi espalda para probarlo. No te pongas tímida conmigo ahora. Porque, nena, antes de que termine la noche estarás desnuda en mi cama.
Lo miré fijamente, esperando haberlo oído correctamente. Yo quería más de esto. Mucho más.
—Déjame vestirte y luego iré a buscar a Isa para ver si necesita un aventón o si encontró a un vaquero que la lleve a casa.
Me estiré y luego logré asentir. —Está bien.
—Si no estuviera tan duro como una maldita roca ahora mismo, consideraría quedarme justo aquí y disfrutar de esa pequeña mirada satisfecha y Somnolienta en tus ojos. Me gusta saber que la puse ahí. Pero necesito un poco más.
CAPITULO 29
CAPITULO 29
Isa le dio la dirección a Pedro de su bar favorito. Estaba a cuarenta Minutos de Rosemary. No fue exactamente sorprendente. El único entretenimiento en Rosemary era el club de campo y no era nada parecido a donde estábamos yendo.
El bar era grande y estaba completamente hecho de lo que parecían tablones de madera. Aparentemente, era famoso. Probablemente porque no había muchos
de estos lugares en la zona. Señales brillantes y fluorescentes de cerveza adornaban
las paredes exteriores e interiores. —Tendrán música en vivo en unos treinta minutos. Es el mejor momento para bailar. Tenemos un montón de tiempo para encontrar un buen lugar y beber algunos tragos de tequila —gritó Isa por encima del ruido.
Nunca había tomado tequila. Nunca había tomado ni siquiera una cerveza. Esta noche iba a cambiar. Iba a ser libre. Disfrutar la noche. Pedro se movió detrás de mí y su mano se asentó en mi espalda. Esa no era una posición amistosa… ¿o sí?
Decidí no corregirlo ya que tendría que gritar a través de la música. Pedro nos llevó hasta una cabina vacía que estaba lejos de la pista de baile. Dio un paso atrás y me deslicé dentro. Isa se deslizó por encima de mí y Pedro se sentó a mi lado.
—¿Qué quieres tomar? —preguntó Pedro, inclinándose en mi oído para no gritar.
—No estoy segura —respondí, mirando a Isa por orientación—. ¿Qué puedo beber? Los ojos de Isabel se abrieron y luego se río. —¿Nunca has bebido antes?
Negué con la cabeza. —No soy lo suficientemente mayor para comprar mi propio alcohol, ¿y tú?
Ella aplaudió. —Esto será muy divertido. Y sí, tengo veintiuno o por lo menos eso dice mi identificación. —Posó sus ojos en Pedro—. Debes dejarla salir. La voy a llevar al bar.
Pedro no se movió. Luego me miró. —¿Nunca has bebido alcohol?
—Nop. Pero pretendo remediar eso esta noche —le aseguré.
—Entonces, necesitas ir lento. No tendrás una tolerancia muy alta. — Extendió la mano y agarró el brazo de una camarera—. Necesitamos un menú.
Isa puso las manos en sus caderas. —¿Por qué vas a ordenar comida?
Vinimos aquí para beber y bailar con vaqueros. No a comer.
Pedro giró su cabeza, no podía ver su cara pero noté que sus hombros se pusieron rígidos. —Ella nunca ha tomado antes. Necesita comer primero o vomitara sus tripas en dos horas más.
Oh. No quiero vomitar. No, en absoluto.
Isabel rodó los ojos y agitó la mano delante de su cara como si Pedro fuera un idiota. —Como sea, papá Pedro. Voy a buscarme algo de beber y le traeré algo a ella, también. Así que aliméntala rápido.
La camarera regresó con un menú antes de que Isa terminara de hablar.
Pedro lo tomó y lo abrió. —Escoge algo. No importa lo que la diva borracha diga, necesitas comer primero.
Asentí. No quería enfermarme.
—Las papas fritas con queso se ven bien.
Pedro sostuvo el menú y la camarera volvió corriendo.
—Papas fritas con queso. Dos órdenes y un vaso grande de agua.
Una vez que la camarera asintió y se alejó, Pedro se echó hacia atrás e inclinó la cabeza para mirarme. —Así que estás en un bar country. ¿Es lo que esperabas que fuera? Porque si soy honesto, la música es dolorosa.
Sonriendo, me encogí de hombros y miré alrededor. Había tipos con sombreros vaqueros, pero también había hombres normales. Algunos tenían
grandes hebillas en el cinturón y la mayoría veía como gente de mi ciudad natal.
—Acabo de llegar y no he bebido ni bailado todavía, así que te diré después de que suceda.
Pedro sonrió. —¿Quieres bailar?
Quería bailar pero no con él. Sabía lo fácil que me olvidaría de que era sólo un amigo. —Sí, quiero. Pero necesito una inyección de coraje primero, y necesito que alguien me lo pida.
—Pensé que te había preguntado —contestó.
Puse los codos en la mesa y apoyé la barbilla en mi mano. —¿Crees que es una buena idea? —
Quería que admitiera que no era una buena idea.
Suspiró. —Probablemente no.
Asentí con la cabeza.
Dos platos de papas fritas con queso se deslizaron delante de nosotros y una taza de agua con hielo se estableció enfrente de Pedro. La comida se veía
sorprendentemente buena. No me di cuenta que tenía tanta hambre. Tenía que seguir el ritmo de cuánto estaba gastando. Esto eran siete dólares. No iba a gastar
más de veinte dólares esta noche. Eso podría significar que sólo tomaría una bebida, pero Pedro dijo que primero necesitaba comer así que voy a comer.
Tomé una papa frita cubierta de queso y le di un mordisco.
—Esto es mejor que los sándwiches con mantequilla de maní, ¿no? — preguntó Pedro con una sonrisa burlona. Asentí y tomé otra papa frita.
Isa se deslizó en el otro lado con dos bebidas en pequeños vasos. Eran amarillos. —Pensé que deberías empezar con algo fácil. El tequila era una bebida de chicas grandes. No estás lista aún. Este es un caramelo de limón. Es dulce y
delicioso.
—Come más papas fritas primero —La interrumpió Pedro.
Tomé otra papa frita y la comí rápidamente seguida de otra. Luego agarré el caramelo de limón. —Bien, estoy lista —le dije a Isa y ella tomó el suyo y sonrió.
Vi como se lo llevó a los labios e inclinó la cabeza hacia atrás. Luego hice lo mismo.
Estaba realmente bueno. Sólo una pequeña quemadura en mi garganta. Me gustaba el limón. Puse el vaso vacío y sonreí por encima de Pedro, quien me estaba
observando.
—Come —replicó.
Traté de no reírme de él, pero no pude evitarlo. Me reí. Él hacía el ridículo.
Tomé otro bocado de papas fritas y Bethy se acercó y tomó unas cuantas.
—Me encontré algunos chicos en el bar. Te señalé y nos han estado viendo desde que llegamos. ¿Estás lista para hacer nuevos amigos?
Pedro se movió un poco más cerca de mí y su calor y la calidez de mi estómago me dieron ganas de quedarme aquí con mi… amigo. Razón por la cual tenía que levantarme.
Asentí.
—Déjala ir, Pedro. Puedes mantener la cabina caliente en caso de que regresemos —dijo Isa.
Pedro no se movió de inmediato y comencé a pensar que la iba a ignorar o que me haría comer un poco más. Por último, se deslizó y se levantó.
Quería decirle algo. Alguna cosa que lo hiciera sonreír y dejar de fruncir el ceño, pero no sabía qué.
—Ten cuidado. Estaré aquí por si me necesitas —dijo en voz baja mientras se acercaba. Sólo asentí. Mi pecho se apretó y quise arrastrarme de nuevo a la mesa
con él.
—Vamos, Pau. Es tiempo de conseguir bebidas gratis y hombres. Eres la compañera más sexy que he tenido. Esto deberá ser divertido. Sólo que no le digas a los chicos que tienes diecinueve. Diles a todos que tienes veintiuno.
—Bien.
Isabel me llevó hacia dos hombres que estaban obviamente mirándonos.
Uno era alto, de pelo largo y rubio escondido detrás de las orejas. Parecía que no se había afeitado en varios días y por debajo de su camisa de franela se ajustaba un
musculoso cuerpo que se veía impresionante. Sus ojos se posaron en mí, luego en Isa, y luego otra vez en mí. No había tomado la decisión todavía.
El otro tenía el pelo castaño corto con un par de rizos y una hermosa mirada azul. Del tipo azul claro que te hace suspirar. Su camiseta blanca no dejaba mucho
a la imaginación y su amplio pecho era agradable a la vista. Tenía un cuello azul.
Reconocía una camisa Wranglers en cualquier lugar y a él le quedaban bien. Sus ojos estaban en mí. No se movieron o cambiaron. Una pequeña sonrisa curvó sus labios y decidí que no sería malo después de todo.
—Chicos, ella es Paula. La alejé de su hermano y ahora necesita un trago.
El de cabello oscuro se puso de pie y me tendió la mano. —Oscar. Es un placer conocerte, Paula.
Deslicé mi mano en la suya y la sacudí. —Es un placer conocerte también, Oscar
—¿Puedo conseguirte un trago? —preguntó tenía una sonrisa de aprobación en el rostro.
—Quiere un caramelo de limón. Es lo suyo —dijo Isabel a mi lado.
—Hola, Paula, soy Carlos —dijo el rubio, tendiéndome la mano y estrechándola.
—Hola, Carlos .
—Bueno, chicos, no vamos a pelear. Somos dos. Enfríate, Carlos . La inocencia de ella puede gustarte —dijo Isabel en un tono molesto—. Baila conmigo y te mostraré como las niñas traviesas pueden gustarte.
Isa ahora tenía la atención de Carlos por completo. Cubrí mi boca para evitar reírme. Era buena. Ella me guiñó un ojo y se llevó a Carlos a la pista de baile.
—Que amiga tienes. Se estaba ofreciendo para quedarse con ambos. Le expliqué que no me gustaban ese tipo de cosas y te señaló. Todo lo que vi fue tu cabello rubio y estuve intrigado —dijo Oscar, entregándome un caramelo de limón.
—Gracias. Y sí, Isabel es muy divertida. Ella me trajo esta noche. Esta es mi primera vez en un lugar así.
Oscar asintió con la cabeza en dirección a Pedro. Una rubia de piernas largas estaba sentada en el borde de la mesa. Miré como su dedo corrió a lo largo de su muslo. Seguro que no le tomará mucho tiempo.
—¿Por qué tu hermano salió contigo esta noche?
La pregunta de Oscar me recordó por qué estaba aquí y aparté mis ojos de Pedro y las piernas de la chica.
—Um, uh… quería conocer el lugar también.
Puse el vaso en mis labios y lo bebí rápidamente.
—Podemos… Quiero decir, ¿quieres bailar? —pregunté cuando puse el vaso sobre la barra.
Oscar se levantó para llevarme a la pista de baile. Isa ya estaba apretando su cuerpo contra el de Carlos de una manera que no debería ser legal en público. No iba a bailar así. Esperaba que Oscar no esperara lo mismo.
Oscar tomó mis manos y las puso alrededor de su cuello antes de deslizar sus manos alrededor de mi cintura y acercarme a él. Esto era agradable. Más o menos. La música era lenta y sexy. No exactamente algo que quisiera bailar con un desconocido.
—¿Vives por aquí? No te he visto por aquí antes —dijo, bajando la cabeza a mi oído para poder escucharme.
Negué con la cabeza.
—Vivo a unos cuarenta minutos y me acabo de mudar
aquí. Soy de Alabama.
Sonrió. —Eso explica el acento sureño en tu voz. Sé que es más grueso en los habitantes de esa zona.
La mano de Oscar se deslizó más abajo por mi cintura hasta que sus dedos rozaron la parte superior de la curva de mi trasero. Eso me preocupa un poco.
—¿Estás en la universidad? —preguntó, deslizando su mano un centímetro más abajo.
Negué. —No. Yo… uh… trabajo.
Busqué en la multitud a Isa y no la encontré por ninguna parte. ¿Dónde se fue? Por mucho que lo odiara, miré en la mesa para ver si Pedro seguía allí. La rubia estaba en la mesa con él. Parecía que sus labios estaban sobre ella.
La mano de Oscar se deslizó más y ahuecó mi trasero completamente. —Maldición, chica, tu cuerpo es increíble —murmuró en mi oído.
Alerta Roja. Necesito ayuda.
Espera. ¿Desde cuándo necesito ayuda? No había confiado en alguien en años. No tenía necesidad de empezar a buscar ayuda ahora. Puse ambas manos en el pecho de Oscar y lo empujé. —Necesito algo de aire y no me gusta que hombres extraños toquen mi trasero —le informé y me giré para dirigirme a la salida. No quería volver a la mesa y ver a Pedro besarse con otra chica y tampoco quería encontrar otra pareja para bailar. Necesito aire fresco.
Al salir a la oscuridad, tomé una respiración profunda y me apoyé contra la pared del edificio. Quizás no estaba hecha para este tipo de cosas. O quizás era muy pronto. De cualquier manera, necesitaba un respiro y un nuevo compañero de baile. Oscar no iba a funcionar.
—Paula? —El tono preocupado de Pedro me sorprendió, abrí mis ojos y me esforcé por verlo caminar hacia mí en la oscuridad.
—¿Sí? —le contesté.
Isa le dio la dirección a Pedro de su bar favorito. Estaba a cuarenta Minutos de Rosemary. No fue exactamente sorprendente. El único entretenimiento en Rosemary era el club de campo y no era nada parecido a donde estábamos yendo.
El bar era grande y estaba completamente hecho de lo que parecían tablones de madera. Aparentemente, era famoso. Probablemente porque no había muchos
de estos lugares en la zona. Señales brillantes y fluorescentes de cerveza adornaban
las paredes exteriores e interiores. —Tendrán música en vivo en unos treinta minutos. Es el mejor momento para bailar. Tenemos un montón de tiempo para encontrar un buen lugar y beber algunos tragos de tequila —gritó Isa por encima del ruido.
Nunca había tomado tequila. Nunca había tomado ni siquiera una cerveza. Esta noche iba a cambiar. Iba a ser libre. Disfrutar la noche. Pedro se movió detrás de mí y su mano se asentó en mi espalda. Esa no era una posición amistosa… ¿o sí?
Decidí no corregirlo ya que tendría que gritar a través de la música. Pedro nos llevó hasta una cabina vacía que estaba lejos de la pista de baile. Dio un paso atrás y me deslicé dentro. Isa se deslizó por encima de mí y Pedro se sentó a mi lado.
—¿Qué quieres tomar? —preguntó Pedro, inclinándose en mi oído para no gritar.
—No estoy segura —respondí, mirando a Isa por orientación—. ¿Qué puedo beber? Los ojos de Isabel se abrieron y luego se río. —¿Nunca has bebido antes?
Negué con la cabeza. —No soy lo suficientemente mayor para comprar mi propio alcohol, ¿y tú?
Ella aplaudió. —Esto será muy divertido. Y sí, tengo veintiuno o por lo menos eso dice mi identificación. —Posó sus ojos en Pedro—. Debes dejarla salir. La voy a llevar al bar.
Pedro no se movió. Luego me miró. —¿Nunca has bebido alcohol?
—Nop. Pero pretendo remediar eso esta noche —le aseguré.
—Entonces, necesitas ir lento. No tendrás una tolerancia muy alta. — Extendió la mano y agarró el brazo de una camarera—. Necesitamos un menú.
Isa puso las manos en sus caderas. —¿Por qué vas a ordenar comida?
Vinimos aquí para beber y bailar con vaqueros. No a comer.
Pedro giró su cabeza, no podía ver su cara pero noté que sus hombros se pusieron rígidos. —Ella nunca ha tomado antes. Necesita comer primero o vomitara sus tripas en dos horas más.
Oh. No quiero vomitar. No, en absoluto.
Isabel rodó los ojos y agitó la mano delante de su cara como si Pedro fuera un idiota. —Como sea, papá Pedro. Voy a buscarme algo de beber y le traeré algo a ella, también. Así que aliméntala rápido.
La camarera regresó con un menú antes de que Isa terminara de hablar.
Pedro lo tomó y lo abrió. —Escoge algo. No importa lo que la diva borracha diga, necesitas comer primero.
Asentí. No quería enfermarme.
—Las papas fritas con queso se ven bien.
Pedro sostuvo el menú y la camarera volvió corriendo.
—Papas fritas con queso. Dos órdenes y un vaso grande de agua.
Una vez que la camarera asintió y se alejó, Pedro se echó hacia atrás e inclinó la cabeza para mirarme. —Así que estás en un bar country. ¿Es lo que esperabas que fuera? Porque si soy honesto, la música es dolorosa.
Sonriendo, me encogí de hombros y miré alrededor. Había tipos con sombreros vaqueros, pero también había hombres normales. Algunos tenían
grandes hebillas en el cinturón y la mayoría veía como gente de mi ciudad natal.
—Acabo de llegar y no he bebido ni bailado todavía, así que te diré después de que suceda.
Pedro sonrió. —¿Quieres bailar?
Quería bailar pero no con él. Sabía lo fácil que me olvidaría de que era sólo un amigo. —Sí, quiero. Pero necesito una inyección de coraje primero, y necesito que alguien me lo pida.
—Pensé que te había preguntado —contestó.
Puse los codos en la mesa y apoyé la barbilla en mi mano. —¿Crees que es una buena idea? —
Quería que admitiera que no era una buena idea.
Suspiró. —Probablemente no.
Asentí con la cabeza.
Dos platos de papas fritas con queso se deslizaron delante de nosotros y una taza de agua con hielo se estableció enfrente de Pedro. La comida se veía
sorprendentemente buena. No me di cuenta que tenía tanta hambre. Tenía que seguir el ritmo de cuánto estaba gastando. Esto eran siete dólares. No iba a gastar
más de veinte dólares esta noche. Eso podría significar que sólo tomaría una bebida, pero Pedro dijo que primero necesitaba comer así que voy a comer.
Tomé una papa frita cubierta de queso y le di un mordisco.
—Esto es mejor que los sándwiches con mantequilla de maní, ¿no? — preguntó Pedro con una sonrisa burlona. Asentí y tomé otra papa frita.
Isa se deslizó en el otro lado con dos bebidas en pequeños vasos. Eran amarillos. —Pensé que deberías empezar con algo fácil. El tequila era una bebida de chicas grandes. No estás lista aún. Este es un caramelo de limón. Es dulce y
delicioso.
—Come más papas fritas primero —La interrumpió Pedro.
Tomé otra papa frita y la comí rápidamente seguida de otra. Luego agarré el caramelo de limón. —Bien, estoy lista —le dije a Isa y ella tomó el suyo y sonrió.
Vi como se lo llevó a los labios e inclinó la cabeza hacia atrás. Luego hice lo mismo.
Estaba realmente bueno. Sólo una pequeña quemadura en mi garganta. Me gustaba el limón. Puse el vaso vacío y sonreí por encima de Pedro, quien me estaba
observando.
—Come —replicó.
Traté de no reírme de él, pero no pude evitarlo. Me reí. Él hacía el ridículo.
Tomé otro bocado de papas fritas y Bethy se acercó y tomó unas cuantas.
—Me encontré algunos chicos en el bar. Te señalé y nos han estado viendo desde que llegamos. ¿Estás lista para hacer nuevos amigos?
Pedro se movió un poco más cerca de mí y su calor y la calidez de mi estómago me dieron ganas de quedarme aquí con mi… amigo. Razón por la cual tenía que levantarme.
Asentí.
—Déjala ir, Pedro. Puedes mantener la cabina caliente en caso de que regresemos —dijo Isa.
Pedro no se movió de inmediato y comencé a pensar que la iba a ignorar o que me haría comer un poco más. Por último, se deslizó y se levantó.
Quería decirle algo. Alguna cosa que lo hiciera sonreír y dejar de fruncir el ceño, pero no sabía qué.
—Ten cuidado. Estaré aquí por si me necesitas —dijo en voz baja mientras se acercaba. Sólo asentí. Mi pecho se apretó y quise arrastrarme de nuevo a la mesa
con él.
—Vamos, Pau. Es tiempo de conseguir bebidas gratis y hombres. Eres la compañera más sexy que he tenido. Esto deberá ser divertido. Sólo que no le digas a los chicos que tienes diecinueve. Diles a todos que tienes veintiuno.
—Bien.
Isabel me llevó hacia dos hombres que estaban obviamente mirándonos.
Uno era alto, de pelo largo y rubio escondido detrás de las orejas. Parecía que no se había afeitado en varios días y por debajo de su camisa de franela se ajustaba un
musculoso cuerpo que se veía impresionante. Sus ojos se posaron en mí, luego en Isa, y luego otra vez en mí. No había tomado la decisión todavía.
El otro tenía el pelo castaño corto con un par de rizos y una hermosa mirada azul. Del tipo azul claro que te hace suspirar. Su camiseta blanca no dejaba mucho
a la imaginación y su amplio pecho era agradable a la vista. Tenía un cuello azul.
Reconocía una camisa Wranglers en cualquier lugar y a él le quedaban bien. Sus ojos estaban en mí. No se movieron o cambiaron. Una pequeña sonrisa curvó sus labios y decidí que no sería malo después de todo.
—Chicos, ella es Paula. La alejé de su hermano y ahora necesita un trago.
El de cabello oscuro se puso de pie y me tendió la mano. —Oscar. Es un placer conocerte, Paula.
Deslicé mi mano en la suya y la sacudí. —Es un placer conocerte también, Oscar
—¿Puedo conseguirte un trago? —preguntó tenía una sonrisa de aprobación en el rostro.
—Quiere un caramelo de limón. Es lo suyo —dijo Isabel a mi lado.
—Hola, Paula, soy Carlos —dijo el rubio, tendiéndome la mano y estrechándola.
—Hola, Carlos .
—Bueno, chicos, no vamos a pelear. Somos dos. Enfríate, Carlos . La inocencia de ella puede gustarte —dijo Isabel en un tono molesto—. Baila conmigo y te mostraré como las niñas traviesas pueden gustarte.
Isa ahora tenía la atención de Carlos por completo. Cubrí mi boca para evitar reírme. Era buena. Ella me guiñó un ojo y se llevó a Carlos a la pista de baile.
—Que amiga tienes. Se estaba ofreciendo para quedarse con ambos. Le expliqué que no me gustaban ese tipo de cosas y te señaló. Todo lo que vi fue tu cabello rubio y estuve intrigado —dijo Oscar, entregándome un caramelo de limón.
—Gracias. Y sí, Isabel es muy divertida. Ella me trajo esta noche. Esta es mi primera vez en un lugar así.
Oscar asintió con la cabeza en dirección a Pedro. Una rubia de piernas largas estaba sentada en el borde de la mesa. Miré como su dedo corrió a lo largo de su muslo. Seguro que no le tomará mucho tiempo.
—¿Por qué tu hermano salió contigo esta noche?
La pregunta de Oscar me recordó por qué estaba aquí y aparté mis ojos de Pedro y las piernas de la chica.
—Um, uh… quería conocer el lugar también.
Puse el vaso en mis labios y lo bebí rápidamente.
—Podemos… Quiero decir, ¿quieres bailar? —pregunté cuando puse el vaso sobre la barra.
Oscar se levantó para llevarme a la pista de baile. Isa ya estaba apretando su cuerpo contra el de Carlos de una manera que no debería ser legal en público. No iba a bailar así. Esperaba que Oscar no esperara lo mismo.
Oscar tomó mis manos y las puso alrededor de su cuello antes de deslizar sus manos alrededor de mi cintura y acercarme a él. Esto era agradable. Más o menos. La música era lenta y sexy. No exactamente algo que quisiera bailar con un desconocido.
—¿Vives por aquí? No te he visto por aquí antes —dijo, bajando la cabeza a mi oído para poder escucharme.
Negué con la cabeza.
—Vivo a unos cuarenta minutos y me acabo de mudar
aquí. Soy de Alabama.
Sonrió. —Eso explica el acento sureño en tu voz. Sé que es más grueso en los habitantes de esa zona.
La mano de Oscar se deslizó más abajo por mi cintura hasta que sus dedos rozaron la parte superior de la curva de mi trasero. Eso me preocupa un poco.
—¿Estás en la universidad? —preguntó, deslizando su mano un centímetro más abajo.
Negué. —No. Yo… uh… trabajo.
Busqué en la multitud a Isa y no la encontré por ninguna parte. ¿Dónde se fue? Por mucho que lo odiara, miré en la mesa para ver si Pedro seguía allí. La rubia estaba en la mesa con él. Parecía que sus labios estaban sobre ella.
La mano de Oscar se deslizó más y ahuecó mi trasero completamente. —Maldición, chica, tu cuerpo es increíble —murmuró en mi oído.
Alerta Roja. Necesito ayuda.
Espera. ¿Desde cuándo necesito ayuda? No había confiado en alguien en años. No tenía necesidad de empezar a buscar ayuda ahora. Puse ambas manos en el pecho de Oscar y lo empujé. —Necesito algo de aire y no me gusta que hombres extraños toquen mi trasero —le informé y me giré para dirigirme a la salida. No quería volver a la mesa y ver a Pedro besarse con otra chica y tampoco quería encontrar otra pareja para bailar. Necesito aire fresco.
Al salir a la oscuridad, tomé una respiración profunda y me apoyé contra la pared del edificio. Quizás no estaba hecha para este tipo de cosas. O quizás era muy pronto. De cualquier manera, necesitaba un respiro y un nuevo compañero de baile. Oscar no iba a funcionar.
—Paula? —El tono preocupado de Pedro me sorprendió, abrí mis ojos y me esforcé por verlo caminar hacia mí en la oscuridad.
—¿Sí? —le contesté.
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