domingo, 8 de diciembre de 2013

CAPITULO 31







Pedro no estaba mintiendo cuando dijo que quería vestirme. Me abrochó el sujetador en la espalda y luego me dio un pequeño beso en el hombro antes de poner mi camisa sobre mi cabeza.
—Preferiría que te quedaras aquí, mientras voy a encontrar a Isa. Tienes que ver tu muy contenta cara, y en serio es sexy. No quiero acabar en una pelea.
Más elogios. No estaba segura de que me acostumbrara a esto de su parte.
—Vine aquí con Isa porque estaba tratando de animarla a no dormir por ahí con chicos que nunca la verían por más que un momento de diversión.
Entonces, viniste con nosotras y ahora aquí estoy, en el asiento trasero de tu coche. Siento que le debo una explicación.
Pedro no respondió de inmediato. Me estudió un momento, pero no podía leer su expresión en la oscuridad. —Estoy tratando de decidir si querías decirlo para que sonara como si estuvieras haciendo lo que la animaste a no hacer. —
Movió su cuerpo hacia atrás sobre el mío y metió la mano en mi pelo—. Porque he tenido una probada y no estoy compartiendo. Esto no es sólo por diversión. Puede que sea un poco adicto.
Mi corazón se estrelló contra mis costillas y di un profundo suspiro. Vaya. Bien. Oh mí. Logré un movimiento de cabeza y Pedro bajó la cabeza y me dio un pequeño beso en los labios antes de pasar la punta de la lengua por el labio
inferior. —Mmm, sí. Quédate aquí. Voy a traer a Isabel para que hable contigo.
Una vez más, lo único que pude hacer fue asentir.
Pedro se alejó de mí y estaba fuera de la puerta y caminando hacia el bar.
Antes de que pudiera recuperar el aliento. Se podría pensar que era adicto, pero no tenía ni idea de cómo me hacía
sentir. Al menos él podía caminar. Nunca habría sido capaz de soportar estar sobre mis propios pies tan pronto.
Sentada con la espalda recta, acomodé mi falda y me deslicé a través de la puerta. Necesitaba salir y pasar al frente, pero todavía no estaba segura de que confiaba en mis piernas. ¿Era esto incluso normal? ¿Un chico debería ser capaz de hacerme sentir de esta manera? Tal vez había algo mal en mí. No debería estar reaccionando a Pedro de esta manera... ¿debería?
Este fue uno de esos momentos en los que realmente necesitaba una amiga.
La única que tenía era Isabel y estaba bastante segura de que no era la mejor persona para dar consejos cuando se trataba de chicos. Necesitaba a mi mamá.
El dolor se estableció cuando recordé y cerré los ojos para combatirlo. No podía dejar que la tristeza ganara en estos momentos.
La puerta se abrió y allí estaba Isa, sonriéndome. —Bueno, mírate.
Haciéndolo con la cosa más caliente de Rosemary en la parte trasera de su Range Rover. Y pensaba que querías un hombre de cuello azul. —Sus palabras se fueron
arrastrando un poco.
—Súbete, Isabel, antes de que deje tu culo aquí afuera —dijo Pedro detrás suyo. Miré por encima del hombro. Parecía molesto.
—No me quiero ir. Me gusta Esteban, ¿o se llamaba Juan? No, espera, ¿qué pasó con Carlos? Lo perdí... creo. —Isabel divagaba mientras subía al asiento trasero.
—¿Quiénes son Esteban y Juan? —pregunté mientras ella agarraba el apoyo para la cabeza y luego caía hacia atrás en el asiento.
—Esteban está casado. Dijo que no lo estaba, pero lo está. Me di cuenta. Los casados siempre tienen el olor sobre ellos.
¿Qué estaba diciendo?
La puerta de Isabel se cerró y empecé a preguntarle más cuando la puerta se abrió a mi lado. Me giré para ver a Pedro de pie, con la mano extendida para que la tomara. —No se trata de darle sentido a todo lo que dice. La encontré en el bar terminando una ronda de seis chupitos de tequila que el casado Esteban le había comprado. Está destrozada.
Esta noche no era exactamente lo que había esperado que fuera. Había pensado que los chicos de mi tierra natal serían diferentes. Tal vez tratarla con respeto. Pero luego ella llevaba pantalones cortos de cuero rojo. Puse la mano en la
de Pedro y él la apretó. —No hay necesidad de explicarle nada esta noche. No lo recordará por la mañana.
Probablemente tenía razón. Salí de la Range Rover y me atrajo hacia su pecho antes de cerrar la puerta detrás de mí. —Quiero saborear esos dulces labios, pero me voy a negar. Tenemos que llegar a su casa antes de que se enferme —dijo Pedro en un bajo susurro ronco.
Asentí con la cabeza. También quería que me besara, pero si Isa iba a estar enferma, entonces teníamos que llevarla a casa. Empecé a alejarme, pero sus brazos se apretaron a mí alrededor. —Pero lo que he dicho antes. Lo dije en serio.
Te quiero en mi cama esta noche.
Una vez más, lo único que pude hacer fue asentir. También quería estar en su cama. Puede ser que sea tan estúpida como Isabel cuando se trataba de hombres, después de todo. Pedro me llevó hasta el lado del pasajero y abrió la
puerta para mí. —A la mierda lo de ser amigos —murmuró, agarrando mi cintura para ayudarme a levantarme.
Sonriendo, lo vi caminar de regreso por la parte delantera de la Range Rover y subir. —¿Por qué la sonrisa? —preguntó una vez que estuvo detrás del volante.
Me encogí de hombros. —“A la mierda lo de ser amigos.” Me hizo reír.
Pedro se rió y negó con la cabeza antes de arrancar la Range Rover y salir del estacionamiento ahora lleno.
—Sé algo que no sabes. Sí, lo sé. Sí, lo sé —empezó a cantar Isabel con voz cantarina. Me di la vuelta para mirarla. No sonreía, pero un torpe gesto fue plasmado en su rostro—. Sé algo —susurró en voz alta.
—Escuché eso —respondí y miré por encima a Pedro que no parecía divertido. No era un fan de Isabel borracha.
—Es un gran secreto. Uno enorme... y lo sé. No debo, pero lo sé. Sé algo que tu no sabes. No lo sabes. No lo sabes —comenzó a cantar de nuevo Isabel .
Empecé a preguntarle qué era lo que sabía, pero Pedro habló primero. —Es suficiente Isabel . —La alerta de Pedro fue clara. Incluso me estremecí con lo dura que sonó su voz.
Isa apretó los labios y actuó como si estuviera girando una llave y luego tirándola a la basura.
Me di la vuelta, preguntándome si sabía algo que necesitaba saber. Pedro seguramente actuó como si ella lo hiciera. Parecía a punto de parar el coche y tirarla fuera.
Pedro comenzó a jugar con la radio por un poco de música, así que decidí permanecer en silencio. Se molestó porque Isa sabía algo que no debía saber.
Tenía tantos secretos que lo rodeaban. Había cosas que se negaba a hablar.
Estábamos atraídos  el uno por el otro. Eso no quería decir que tenía que decirme todos sus secretos. ¿Lo hacía? ¡No! Por supuesto que no. Pero una vez más, ¿estaba dispuesta a dar una parte de mí misma por alguien que no conozco
realmente? Él era tan cerrado. ¿Sería capaz de hacer esto con él y no apegarnos? No estaba segura.
La mano de Pedro se deslizó sobre la mía. Lo miré y él estaba observando la carretera, pero estaba pensando. Me hubiera gustado poder preguntarle. Pero todavía no estábamos ahí. Tal vez nunca lo estaríamos. ¿Debo darle mi virginidad a un hombre que estaría caminando fuera de mi vida pronto, sin esperanza de algo más?
—Ese fue el mejor momento, de siempre. Me gustan los muchachos de cuello azul. Son muy divertidos. —Dormida en el asiento trasero, Isabel arrastró las palabras—. Deberías haber mirado alrededor por algunos más, Paula. Hubiera sido más inteligente por tu parte. Pedro es una mala idea. Porque siempre habrá una Dani.
¿Dani? Me giré para mirar hacia Isabel. Tenía los ojos cerrados y la boca abierta. Un suave ronquido escapó y sabía que cualquier explicación a ese comentario no estaría sucediendo esta noche. Al menos no de Isa.
Me volví a mirar hacia Pedro cuya mano había dejado la mía y ahora estaba agarrando el volante con fuerza. Su mandíbula se apretó, también. ¿Cuál era el asunto con su hermana? Era su hermana, ¿verdad?
—¿Es Dani tu hermana? —pregunté, mirándolo para cualquier reacción.
Simplemente asintió, pero no dijo nada más. Esto era lo que había recibido la última vez que lo llevé ahí. Completamente cerrado a mí—. Entonces, ¿qué significa lo que dijo Isabel? ¿Cómo dormir juntos le afectaría a Daniela?

sábado, 7 de diciembre de 2013

CAPITULO 30

CAPITULO 30 










—No podía encontrarte. ¿Por qué estás aquí afuera? Aquí no es seguro.
Ya había tenido suficiente con su rol de hermano mayor. Podía cuidarme yo misma. Él tenía que retroceder. 
—Estoy bien. Vuelve adentro y continúa con tu sesión de besos en nuestra mesa. —La amargura en mi voz era evidente. No podía evitarlo.
—¿Por qué estás aquí afuera? —Repitió, lentamente dio otro paso hacia mí.
—Porque quiero —respondí con la misma lentitud, mirándolo.
—La fiesta es adentro. ¿No era eso lo que querías? ¿Ir a un bar con hombres y bebidas? Te lo estás perdiendo aquí afuera.
—Aléjate, Pedro.
Pedro dio un paso más hacia mí, dejando sólo unos centímetros entre nosotros. —No. Quiero saber que pasó.
Algo dentro de mí se rompió y puse ambas manos en su pecho y lo empujé tan fuerte como pude. Apenas se tambaleó hacia atrás. —¿Quieres saber qué pasó?
TÚ pasaste, Pedro. Eso es lo que pasó. —Me apresuré a su lado y caminé hacia el oscuro estacionamiento.
Una fuerte mano se envolvió alrededor de mi brazo deteniéndome y tiré con fuerza tratando de liberarme, pero no sirvió de nada. Pedro tenía un firme agarre
de mí y no iba a dejarme ir.
—¿Qué significa eso, Paula? —preguntó, tirándome contra su pecho.
Me retorcí contra él, luchando con el impulso de gritar. Odiaba la forma en que su olor hacía que mi corazón se acelerará y mi cuerpo latiera a toda prisa.
Necesitaba que se mantuviera a distancia. No que me frotara su delicioso y cálido cuerpo por todas partes.
—Déjame. Ir. —Espeté.
—No hasta que me digas cuál es tu problema —respondió enojado.
Me retorcí en sus brazos pero no se movió ni un centímetro. Esto era ridículo. No quería escuchar lo que tenía que decirle. Esa comprensión me hizo querer decírselo. Sabiendo que lo que le iba a decirle lo molestaría. Estropeando toda su idea de ser amigos.
—No me gusta verte tocar a otras mujeres. Odio cuando otros hombres agarran mi culo. Quiero que seas tú quien me toca allí. Quien desea tocarme ahí. Pero no lo haces y tengo que lidiar con eso. Ahora, ¡déjame ir! —Me liberé y corrí hasta su Range Rover. Me podría esconder allí hasta que estuviera listo para llevarme a casa.
Las lágrimas picaban mis ojos y corrí con más fuerza. Cuando llegué a su vehículo, caminé a un lado y me apoyé contra él cerrando mis ojos. Acababa de decirle a Pedro que quería que tocara el culo. ¿Qué tan estúpida podría ser? Me
había dado mi propia habitación. Ofreció dejarme quedar allí hasta que mi papá llegara a casa, así podría ahorrar dinero, y acabo de darle muchas razones para echarme.
El seguro del Range Rover hizo clic y abrí mis ojos para ver a Pedro dirigiéndose a mí. Iba a llevarme a casa y echarme. Se detuvo a mi lado y abrió de golpe la puerta de atrás. Me decía que subiera al auto. Qué humillante.
—Entra o te meteré —gruñó.
Subí en el asiento de atrás antes de que pudiera tirarme dentro. Pero no cerró la puerta tras de mí. En vez de eso, se subió detrás de mí.
—¿Qué estás haciendo? —Pregunté, justo antes de que me presionara contra el asiento y cubriera mi boca con la suya. Me abrí a él con una probada de su lengua. El golpe del metal en mi boca era excitante. Esta noche su sabor a menta, no estaba mezclado con algo más. Podría saborearlo por horas y nunca aburrirme.
Sus manos encontraron mis caderas y me movió hasta que una pierna estuvo arriba, sobre el asiento con mi rodilla doblada, y mi otra pierna aún seguía en el suelo. Me extendió abierta y luego se coloco entre mí. Su boca dejó la mía y dejó un rastro de besos hambrientos por mi cuello. Dio un pequeño mordisco en mi hombro desnudo causando que una oleada de excitación me atravesara.
Sus manos encontraron el dobladillo de mi blusa.  Quítatela —dijo.mientras la levantaba sobre mi cabeza y luego la tiró en el asiento delantero sin apartar sus ojos de mi pecho—. Quiero que te quites todo, dulce Pau. —Llegó a mi espalda con una mano y desabrochó mi sujetador en menos de un segundo. Lo bajó por mis brazos antes de lanzarlo en el asiento delantero con mi blusa.
—Esto es por lo que traté de mantenerme alejado. Esto, Paula. No voy a ser capaz de detenerlo. No ahora. —Bajó la cabeza y tiró de un pezón con su boca. Lo chupó con fuerza y una explosión estalló entre mis piernas. Grité, agarrando sus hombros y sosteniéndome.
Vi cómo sacó la lengua y pasó la barra de metal sobre mi piel. Era la cosa más erótica que jamás había visto. —Sabes a caramelo. Las chicas no deberían saber tan dulce. Es peligroso —susurró contra mi piel y rozó su nariz sobre mi
escote mientras inhalaba con fuerza—. Y hueles increíble.
Sus labios de nuevo estaban en los míos mientras una de sus grandes manos cubría mi pecho, frotándolo suavemente y luego tirando de mi pezón. Yo quería sentir más. Pasé mis manos por su pecho y las deslicé por debajo de su camisa.
Había visto su pecho lo suficiente como para saber exactamente cómo lucía. Ahora quería saber cómo se sentía debajo de mis manos. La cálida piel que cubría sus
fuertes músculos era suave. Pasé mis dedos sobre cada ondulación en su estómago y memoricé la sensación. No tenía promesa de que esto sería más que un evento de
una sola vez y lo quería todo.
Pedro se sacó la camisa, tirándola a un lado luego volvió a devorar mis labios con los suyos. Me arqueé más cerca de él. Nunca había estado sin camisa con un chico. Quería sentir su pecho desnudo contra el mío. Parecía saber lo que quería y me envolvió con fuerza entre sus brazos y tirándome contra él. La humedad de su boca había dejado mi pecho frío, pero el calor de su piel era impactante.
Grité y lo acerqué más, con miedo de que se alejara de mí. Tenía lo que había querido desde que lo había visto afuera en el pórtico con aquella chica. Era yo entre cuyas piernas estaba ahora. Esta era mi fantasía.
—Dulce Pau —susurró, tirando de mi labio inferior con su boca y chupándolo.
Me moví debajo de él en un intento de tener su dureza presionada entre mis piernas. Estaba palpitando y quería sentir su erección contra mí. Pedro deslizó su mano hacia abajo para acariciar mi rodilla y luego la subió hacia el interior de mi muslo. Dejé que mi pierna se abriera aún más, necesitando que se acercara más. El dolor crecía y la idea de su mano estando cerca de mi dolorosa necesidad me
mareaba.
En el momento que su dedo recorrió la entrepierna de mis bragas de seda me sacudí y dejé escapar un gemido. —Tranquila. Sólo quiero ver si aquí abajo es tan jodidamente dulce como el resto de ti —dijo Pedro con voz ronca. Traté de asentir pero no podía hacer nada más que recordar respirar. Miré fijamente a los ojos plateados de Pedro mientras adquirían un brillo ahumado. No apartó la
mirada de mí mientras su dedo se deslizaba dentro de los bordes de encaje de mis bragas.
—Pedro —suspiré, apretando sus hombros y sosteniendo su mirada.
—Shhh, está bien —respondió. No estaba asustada. Él intentaba calmar mi temor, pero no había ninguno. La excitación y la necesidad eran demasiado.
Necesitaba que se diera prisa. Algo crecía dentro de mí y necesitaba alcanzarlo. El dolor punzante estaba creciendo.
Pedro enterró su cabeza en mi cuello y dejó escapar un profundo y largo suspiro. 
—Esto es jodidamente difícil —gimió. Comencé a abrir mi boca y rogarle que no se detuviera. Lo necesitaba. Necesitaba esa liberación que sabía que venía.
Su dedo se deslizo sobre mi humedad y los dedos de mis pies se enroscaron mientras mi cuerpo se doblaba sin control. Luego su dedo se deslizó dentro.
Lentamente. Me quedé inmóvil, temerosa de cómo se sentiría esto. El grosor de su dedo me alivió un poco más y quise tomar su mano y empujarla con fuerza. Esto era bueno. Demasiado bueno.
—Mierda. Madre del maldito infierno. Húmeda, caliente… tan jodidamente caliente. Y Jesús, estás tan apretada. —La respiración de Pedro se había vuelto más pesada contra mi cuello mientras me decía cosas que sólo me excitaban más. Entre más picantes eran sus palabras más respondía mi cuerpo.
—Pedro. Por favor —supliqué, luchando con la urgencia de tomar su mano y forzarlo a darme el alivio que palpitaba debajo de su toque—. Necesito… —No sabía lo que necesitaba. Sólo lo necesitaba.
Pedro levantó su cabeza y pasó su nariz por mi cuello, luego presionó un beso en mi barbilla. —Sé lo que necesitas. Es sólo que no estoy seguro de que
pueda manejar el verte teniéndolo. Me tienes excitado de muchas maneras, chica.
Estoy tratando de ser un buen chico. No puedo perder el control en la parte trasera de un maldito auto.
Negué con la cabeza. No podía parar. No quería que fuera bueno. Lo quería dentro de mí. Ahora. —Por favor, no seas bueno. Por favor —supliqué.
Pedro dejó escapar un fuerte suspiro. —Mierda, nena. Basta. Voy a explotar.
Te daré tu liberación, pero cuando finalmente me entierre dentro de ti por primera vez no vas a estar tendida en la parte trasera de mi auto. Estarás en mi cama.
Su mano se movió antes de que pudiera responder y mis ojos rodaron hacia atrás de mi cabeza. —Eso es. Córrete para mí, dulce Pau. Córrete en mi mano y déjame sentirlo. Quiero verte. 
—Sus palabras me enviaron en espiral hacia el borde
del risco que había estado tratando tan difícilmente de alcanzar.
—¡PEEEDROOOOOOO! —Escuché el grito que salió de mí mientras iba cayendo en completa dicha. Sabía que estaba gritando por él, gritando su nombre y tal vez arañándolo, pero ya no podía controlarme. El éxtasis era demasiado.
—Ahhhh, sí. Eso es. Mierda, sí. Eres tan hermosa. —Escuché las palabras de Pedro, pero se sentían tan lejos. Me sentía sin fuerzas y jadeaba en busca de aire cuando mis sentidos volvieron a mí.
Forcé mis párpados a abrirse, así podría ver si había herido a Pedro con mi salvaje reacción a lo que sabía que era mi primer orgasmo. Había escuchado lo suficiente sobre ellos, pero nunca había sido capaz de provocarme uno. Claro que
lo había intentado varias veces, pero no tenía la imaginación para hacerlo. Después de esta noche, tenía la sensación de que ese asunto no sería más un problema. Pedro me había dado suficiente material para trabajar y él aún tenía sus vaqueros puestos. Miré a Pedro, quien me miraba fijamente con su dedo en su boca. Me tomó un momento registrar exactamente que dedo era ese. El jadeo de sorpresa después de mi compresión sólo hizo reír a Pedro mientras se lo sacaba de la boca y sonreía.
—Tenía razón. Eres tan dulce en ese pequeño y caliente coño tuyo como lo eres en todas partes.
Si no estuviera tan cansada me habría sonrojado. Todo lo que pude hacer fue volver a cerrar mis ojos con fuerza. Pedro se rió más fuerte. —Oh, vamos, dulce Pau. Acabas de correrte toda salvaje y sexy sobre mi mano e incluso dejaste unas marcas de arañazos en mi espalda para probarlo. No te pongas tímida conmigo ahora. Porque, nena, antes de que termine la noche estarás desnuda en mi cama.
Lo miré fijamente, esperando haberlo oído correctamente. Yo quería más de esto. Mucho más.
—Déjame vestirte y luego iré a buscar a Isa para ver si necesita un aventón o si encontró a un vaquero que la lleve a casa.
Me estiré y luego logré asentir. —Está bien.
—Si no estuviera tan duro como una maldita roca ahora mismo, consideraría quedarme justo aquí y disfrutar de esa pequeña mirada satisfecha y Somnolienta en tus ojos. Me gusta saber que la puse ahí. Pero necesito un poco más.

CAPITULO 29

CAPITULO 29



Isa le dio la dirección a Pedro de su bar favorito. Estaba a cuarenta Minutos de Rosemary. No fue exactamente sorprendente. El único entretenimiento en Rosemary era el club de campo y no era nada parecido a donde estábamos yendo.
El bar era grande y estaba completamente hecho de lo que parecían tablones de madera. Aparentemente, era famoso. Probablemente porque no había muchos
de estos lugares en la zona. Señales brillantes y fluorescentes de cerveza adornaban
las paredes exteriores e interiores. —Tendrán música en vivo en unos treinta minutos. Es el mejor momento para bailar. Tenemos un montón de tiempo para encontrar un buen lugar y beber algunos tragos de tequila —gritó Isa por encima del ruido.
Nunca había tomado tequila. Nunca había tomado ni siquiera una cerveza. Esta noche iba a cambiar. Iba a ser libre. Disfrutar la noche. Pedro se movió detrás de mí y su mano se asentó en mi espalda. Esa no era una posición amistosa… ¿o sí?
Decidí no corregirlo ya que tendría que gritar a través de la música. Pedro nos llevó hasta una cabina vacía que estaba lejos de la pista de baile. Dio un paso atrás y me deslicé dentro. Isa se deslizó por encima de mí y Pedro se sentó a mi lado.
—¿Qué quieres tomar? —preguntó Pedro, inclinándose en mi oído para no gritar.
—No estoy segura —respondí, mirando a Isa por orientación—. ¿Qué puedo beber? Los ojos de Isabel se abrieron y luego se río. —¿Nunca has bebido antes? 
Negué con la cabeza. —No soy lo suficientemente mayor para comprar mi propio alcohol, ¿y tú?
Ella aplaudió. —Esto será muy divertido. Y sí, tengo veintiuno o por lo menos eso dice mi identificación. —Posó sus ojos en Pedro—. Debes dejarla salir. La voy a llevar al bar.
Pedro no se movió. Luego me miró. —¿Nunca has bebido alcohol?
—Nop. Pero pretendo remediar eso esta noche —le aseguré.
—Entonces, necesitas ir lento. No tendrás una tolerancia muy alta. — Extendió la mano y agarró el brazo de una camarera—. Necesitamos un menú.
Isa puso las manos en sus caderas. —¿Por qué vas a ordenar comida?
Vinimos aquí para beber y bailar con vaqueros. No a comer.
Pedro giró su cabeza, no podía ver su cara pero noté que sus hombros se pusieron rígidos. —Ella nunca ha tomado antes. Necesita comer primero o vomitara sus tripas en dos horas más.
Oh. No quiero vomitar. No, en absoluto.
Isabel rodó los ojos y agitó la mano delante de su cara como si Pedro fuera un idiota. —Como sea, papá Pedro. Voy a buscarme algo de beber y le traeré algo a ella, también. Así que aliméntala rápido.
La camarera regresó con un menú antes de que Isa terminara de hablar.
Pedro lo tomó y lo abrió. —Escoge algo. No importa lo que la diva borracha diga, necesitas comer primero.
Asentí. No quería enfermarme.
—Las papas fritas con queso se ven bien.
Pedro sostuvo el menú y la camarera volvió corriendo.
—Papas fritas con queso. Dos órdenes y un vaso grande de agua.
Una vez que la camarera asintió y se alejó, Pedro se echó hacia atrás e inclinó la cabeza para mirarme. —Así que estás en un bar country. ¿Es lo que esperabas que fuera? Porque si soy honesto, la música es dolorosa.
Sonriendo, me encogí de hombros y miré alrededor. Había tipos con sombreros vaqueros, pero también había hombres normales. Algunos tenían
grandes hebillas en el cinturón y la mayoría veía como gente de mi ciudad natal.
—Acabo de llegar y no he bebido ni bailado todavía, así que te diré después de que suceda.
Pedro sonrió. —¿Quieres bailar?
Quería bailar pero no con él. Sabía lo fácil que me olvidaría de que era sólo un amigo. —Sí, quiero. Pero necesito una inyección de coraje primero, y necesito que alguien me lo pida.
—Pensé que te había preguntado —contestó.
Puse los codos en la mesa y apoyé la barbilla en mi mano. —¿Crees que es una buena idea? —
Quería que admitiera que no era una buena idea.
Suspiró. —Probablemente no.
Asentí con la cabeza.
Dos platos de papas fritas con queso se deslizaron delante de nosotros y una taza de agua con hielo se estableció enfrente de Pedro. La comida se veía
sorprendentemente buena. No me di cuenta que tenía tanta hambre. Tenía que seguir el ritmo de cuánto estaba gastando. Esto eran siete dólares. No iba a gastar
más de veinte dólares esta noche. Eso podría significar que sólo tomaría una bebida, pero Pedro dijo que primero necesitaba comer así que voy a comer.
Tomé una papa frita cubierta de queso y le di un mordisco.
—Esto es mejor que los sándwiches con mantequilla de maní, ¿no? — preguntó Pedro con una sonrisa burlona. Asentí y tomé otra papa frita.
Isa se deslizó en el otro lado con dos bebidas en pequeños vasos. Eran amarillos. —Pensé que deberías empezar con algo fácil. El tequila era una bebida de chicas grandes. No estás lista aún. Este es un caramelo de limón. Es dulce y
delicioso.
—Come más papas fritas primero —La interrumpió Pedro.
Tomé otra papa frita y la comí rápidamente seguida de otra. Luego agarré el caramelo de limón. —Bien, estoy lista —le dije a Isa y ella tomó el suyo y sonrió.
Vi como se lo llevó a los labios e inclinó la cabeza hacia atrás. Luego hice lo mismo.
Estaba realmente bueno. Sólo una pequeña quemadura en mi garganta. Me gustaba el limón. Puse el vaso vacío y sonreí por encima de Pedro, quien me estaba
observando.
—Come —replicó.
Traté de no reírme de él, pero no pude evitarlo. Me reí. Él hacía el ridículo.
Tomé otro bocado de papas fritas y Bethy se acercó y tomó unas cuantas.
—Me encontré algunos chicos en el bar. Te señalé y nos han estado viendo desde que llegamos. ¿Estás lista para hacer nuevos amigos?
Pedro se movió un poco más cerca de mí y su calor y la calidez de mi estómago me dieron ganas de quedarme aquí con mi… amigo. Razón por la cual tenía que levantarme.
Asentí.
—Déjala ir, Pedro. Puedes mantener la cabina caliente en caso de que regresemos —dijo Isa.
Pedro no se movió de inmediato y comencé a pensar que la iba a ignorar o que me haría comer un poco más. Por último, se deslizó y se levantó.
Quería decirle algo. Alguna cosa que lo hiciera sonreír y dejar de fruncir el ceño, pero no sabía qué.
—Ten cuidado. Estaré aquí por si me necesitas —dijo en voz baja mientras se acercaba. Sólo asentí. Mi pecho se apretó y quise arrastrarme de nuevo a la mesa
con él.
—Vamos, Pau. Es tiempo de conseguir bebidas gratis y hombres. Eres la compañera más sexy que he tenido. Esto deberá ser divertido. Sólo que no le digas a los chicos que tienes diecinueve. Diles a todos que tienes veintiuno.
—Bien.
Isabel me llevó hacia dos hombres que estaban obviamente mirándonos.
Uno era alto, de pelo largo y rubio escondido detrás de las orejas. Parecía que no se había afeitado en varios días y por debajo de su camisa de franela se ajustaba un
musculoso cuerpo que se veía impresionante. Sus ojos se posaron en mí, luego en Isa, y luego otra vez en mí. No había tomado la decisión todavía.
El otro tenía el pelo castaño corto con un par de rizos y una hermosa mirada azul. Del tipo azul claro que te hace suspirar. Su camiseta blanca no dejaba mucho
a la imaginación y su amplio pecho era agradable a la vista. Tenía un cuello azul.
Reconocía una camisa Wranglers en cualquier lugar y a él le quedaban bien. Sus ojos estaban en mí. No se movieron o cambiaron. Una pequeña sonrisa curvó sus labios y decidí que no sería malo después de todo.
—Chicos, ella es Paula. La alejé de su hermano y ahora necesita un trago.
El de cabello oscuro se puso de pie y me tendió la mano. —Oscar. Es un placer conocerte, Paula.
Deslicé mi mano en la suya y la sacudí. —Es un placer conocerte también, Oscar
—¿Puedo conseguirte un trago? —preguntó tenía una sonrisa de aprobación en el rostro.
—Quiere un caramelo de limón. Es lo suyo —dijo Isabel a mi lado.
—Hola, Paula, soy Carlos —dijo el rubio, tendiéndome la mano y estrechándola.
—Hola, Carlos .
—Bueno, chicos, no vamos a pelear. Somos dos. Enfríate, Carlos . La inocencia de ella puede gustarte —dijo Isabel en un tono molesto—. Baila conmigo y te mostraré como las niñas traviesas pueden gustarte.
Isa ahora tenía la atención de Carlos por completo. Cubrí mi boca para evitar reírme. Era buena. Ella me guiñó un ojo y se llevó a Carlos a la pista de baile.
—Que amiga tienes. Se estaba ofreciendo para quedarse con ambos. Le expliqué que no me gustaban ese tipo de cosas y te señaló. Todo lo que vi fue tu cabello rubio y estuve intrigado —dijo Oscar, entregándome un caramelo de limón.
—Gracias. Y sí, Isabel es muy divertida. Ella me trajo esta noche. Esta es mi primera vez en un lugar así.
Oscar asintió con la cabeza en dirección a Pedro. Una rubia de piernas largas estaba sentada en el borde de la mesa. Miré como su dedo corrió a lo largo de su muslo. Seguro que no le tomará mucho tiempo.
—¿Por qué tu hermano salió contigo esta noche?
La pregunta de Oscar me recordó por qué estaba aquí y aparté mis ojos de Pedro y las piernas de la chica. 
—Um, uh… quería conocer el lugar también.
Puse el vaso en mis labios y lo bebí rápidamente.
—Podemos… Quiero decir, ¿quieres bailar? —pregunté cuando puse el vaso sobre la barra.
Oscar se levantó para llevarme a la pista de baile. Isa ya estaba apretando su cuerpo contra el de Carlos de una manera que no debería ser legal en público. No iba a bailar así. Esperaba que Oscar no esperara lo mismo.
Oscar tomó mis manos y las puso alrededor de su cuello antes de deslizar sus manos alrededor de mi cintura y acercarme a él. Esto era agradable. Más o menos. La música era lenta y sexy. No exactamente algo que quisiera bailar con un desconocido.
—¿Vives por aquí? No te he visto por aquí antes —dijo, bajando la cabeza a mi oído para poder escucharme.
Negué con la cabeza. 
—Vivo a unos cuarenta minutos y me acabo de mudar
aquí. Soy de Alabama.
Sonrió. —Eso explica el acento sureño en tu voz. Sé que es más grueso en los habitantes de esa zona.
La mano de Oscar se deslizó más abajo por mi cintura hasta que sus dedos rozaron la parte superior de la curva de mi trasero. Eso me preocupa un poco.
—¿Estás en la universidad? —preguntó, deslizando su mano un centímetro más abajo.
Negué. —No. Yo… uh… trabajo.
Busqué en la multitud a Isa y no la encontré por ninguna parte. ¿Dónde se fue? Por mucho que lo odiara, miré en la mesa para ver si Pedro seguía allí. La rubia estaba en la mesa con él. Parecía que sus labios estaban sobre ella.
La mano de Oscar se deslizó más y ahuecó mi trasero completamente. —Maldición, chica, tu cuerpo es increíble —murmuró en mi oído.
Alerta Roja. Necesito ayuda.
Espera. ¿Desde cuándo necesito ayuda? No había confiado en alguien en años. No tenía necesidad de empezar a buscar ayuda ahora. Puse ambas manos en el pecho de Oscar y lo empujé. —Necesito algo de aire y no me gusta que hombres extraños toquen mi trasero —le informé y me giré para dirigirme a la salida. No quería volver a la mesa y ver a Pedro besarse con otra chica y tampoco quería encontrar otra pareja para bailar. Necesito aire fresco.
Al salir a la oscuridad, tomé una respiración profunda y me apoyé contra la pared del edificio. Quizás no estaba hecha para este tipo de cosas. O quizás era muy pronto. De cualquier manera, necesitaba un respiro y un nuevo compañero de baile. Oscar no iba a funcionar.
—Paula? —El tono preocupado de Pedro me sorprendió, abrí mis ojos y me esforcé por verlo caminar hacia mí en la oscuridad.
—¿Sí? —le contesté.


viernes, 6 de diciembre de 2013

CAPITULO 28 







Podría no tener la ropa adecuada para las fiestas de Pedro, pero tenía todo lo que necesitaba para ir un bar de música country. Ha pasado un largo tiempo desde que usé mi falda de jean azul. Era más corta de lo que recordaba, pero seguía quedándome bien. Especialmente con mis botas.
Pedro se había ido esta mañana mientras yo tomaba un baño y no ha regresado desde entonces. Me pregunté si mi habitación estaba fuera de los límites de sus amigos si tenía una fiesta aquí. No me agradaba la idea de extraños
teniendo sexo sobre mi cama. En realidad, no me gustaba la idea de nadie teniendo sexo en la cama donde se suponía que yo dormía. Quise preguntarle pero no estaba segura sobre cómo encarar algo así.
Marcharme antes de que regresara significaba que no sabría qué esperar. ¿Debería planear lavar mis sabanas cuando volviera a casa? La idea me hizo estremecer. Cuando mi pie golpeó el último escalón de la puerta del frente, la puerta se abrió y Pedro entró. Cuando sus ojos me encontraron se quedó paralizado y lentamente asimiló mi apariencia. No estaba vestida para impresionar a sus amigos, pero había otro tipo de público afuera del que podría conseguir un poco
de atención.
—Maldición —murmuró y cerró la puerta detrás de él.
No me moví. Intenté resolver cómo insinuar la cosa de extraños teniendo sexo sobre mi cama.
—Tú, uh, ¿usarás eso para salir a la discoteca? —preguntó.
—Iré a un bar de música country. Estoy bastante segura que es una cosa completamente diferente —Lo corregí.
Pedro pasó sus manos sobre su corto cabello y dejó salir un suspiro que sonó tanto frustrado como divertido. Si estaba a punto de hacer uno sus chistes acerca de mi ropa, le arrojaría una bota.
—¿Puedo ir con ustedes esta noche? Nunca he estado en un bar de ese estilo.
¿Qué? ¿Acabo de escucharlo correctamente?
—¿Quieres venir con nosotros? —pregunté en confusión.
Pedro asintió y sus ojos recorrieron mi cuerpo una vez más. —Sí, eso quiero.
Supongo que podría ir también. Si éramos amigos, entonces deberíamos ser capaces de salir juntos.
—Está bien. Si realmente quieres ir. Sin embargo, necesitamos irnos en diez minutos. Isa está esperando que la recoja.
—Puedo estar listo en cinco —dijo, y subió las escaleras de dos en dos corriendo hacia arriba.
Eso no era completamente lo que había esperado. Extraño giro de acontecimientos.
Siete minutos después, Pedro bajó las escaleras y vestía un par de jeans ceñidos y una playera negra ajustada que tenía Slacker Demon escrito en la parte del frente con una impresión blanca gótica. El emblema que tenía en su hombro también se apreciaba. El anillo plateado estaba de nuevo en su mano, y por primera vez desde que lo conocí, tenía un par de aretes de argolla en su oreja.
Parecía más el hijo de una famosa estrella de rock de lo que nunca lo ha sido. Sus negras pestañas risadas hacían parecer como si estuviera usando delineador y eso
solamente aumentaba su atractivo.
Cuando mis ojos hicieron su camino hasta su rostro, sacó la lengua para mostrar su piercing de plata y me guiñó. —Me imaginé que si voy a ir a un bar sureño con chicos en botas y sombreros vaqueros, necesito permanecer fiel a mis
raíces. El Rock and Roll está en mi sangre. No puedo fingir encajar en ningún otro lugar.
Me reí mientras él me sonreía. —Esta noche estarás tan incómodo y como yo me siento en tus fiestas. Esto será divertido. Vamos, engendro del rock —bromeé y me dirigí hacia la puerta.
Pedro la abrió y retrocedió, así yo pude salir. El chico podía ser tan extraño cuando quería. —Dado a que tu amiga viene con nosotros, ¿por qué no tomamos uno de mis autos mejor? Estaríamos más cómodos que en tu camioneta.
Me detuve y lo miré en respuesta. —Pero encajamos mejor si vamos en mi camioneta.
Pedro sacó un pequeño control remoto y una de las puertas de sus cuatro garajes se abrió. Un Range Rover negro con llantas metálicas y un trabajo perfectamente reluciente de pintura quedó en el centro de la atención. No podía
estar en desacuerdo con él. Estaríamos mucho más cómodos en ese vehículo.
—Eso es ciertamente impresionante —respondí.
—¿Eso significa que podemos tomar el mío? No me emociona compartir asiento con Isa. A la chica le gusta tocar las cosas sin permiso —dijo Pedro.
Sonreí. —Sí, le gusta. Es un poco coqueta, ¿verdad?
Pedro arqueó una ceja. —Coqueta se queda corto.
—Bien. Seguro. Usaremos el auto de Pedro Alfonso si tanto insiste. Pedro me lanzó una mirada arrogante y se dirigió hacia el garaje. Lo seguí de cerca.
Abrió la puerta para mí, lo cual fue dulce pero hizo sentir más como una cita. No lo necesitaba confundiéndome más. Tenía firmemente claro que éramos sólo amigos. Debía jugar el juego correcto. 
—¿Abres la puerta de todas tus amigas?—le pregunté, de pie y mirándolo. Quería que notara el error que cometía.
Su tranquila sonrisa desapareció y una expresión seria tomó su lugar. 
—No—contestó, retrocediendo para dirigirse a la puerta del conductor. Me sentí como una completa idiota. Debí sólo haberle dicho gracias y pasarlo por alto. ¿Por qué
tenía que ser quien le recuerde sus propias reglas?
Una vez que estuvimos dentro del Range Rover, Pedro arrancó y condujo sin decir una palabra. Odié el silencio. Lo hacía incomodo. —Lo lamento. No quise ser grosera.
Pedro dejó escapar un suspiro y sus hombros se relajaron. Luego sacudió la cabeza. —No. Tienes razón. No tengo ninguna amiga, por lo tanto no soy bueno para equilibrar lo que debo o no hacer.
—Así que, ¿abres las puertas para tus citas? Es algo muy caballeroso. Tu madre te crió bien.
Sentí una punzada de celos. Hay chicas ahí fuera que consiguen ese tipo de trato por parte de Pedro. Aquellas con las que él quiere salir y ser más que amigos.
—En realidad, no. Yo… tú… pareces el tipo de chica que merece que le abran la puerta. Tuvo sentido en mi cabeza al momento. Pero comprendo tu punto.
Si vamos a ser amigos, necesito dibujar una línea y permanecer detrás de ella. Mi corazón se derritió un poco más.
—Gracias por abrirla para mí. Fue dulce.
Se encogió y no dijo nada más.
—Necesitamos recoger a Isa. Estará en la parte trasera de la oficina del campo de golf. Tenía que trabajar hoy. Se duchará y vestirá allí.
Pedro giró hacia el club de campo. —¿Cómo se volvieron amigas Isabel y tú?
—Trabajamos juntas un día. Creo que ambas necesitábamos una amiga. Es divertida y un espíritu libre. Todo lo que yo no.
Dejo escapar una risa. —Lo dices como si fuera una cosa mala. No quisieras ser como Isabel. Confía en mí.
Tenía razón. No quería ser como Isa pero era divertido tenerla cerca.

Cuando el Range Rover se detuvo frente a la oficina, abrí mi puerta y salí.
Isa no estaría buscando este vehículo. Estaría esperando mi camioneta.
La puerta del despacho se abrió y ella se paseó en un par de diminutos shorts de cuero rojos, un top de cuello halter y unas botas blancas de cuero hasta las rodillas.
—¿Qué diablos estás haciendo en uno de los coches de Pedro? —preguntó, sonriendo.
—Viene con nosotras. El quiso ir con nosotras al bar, también. Así que…—Me fui callando y miré hacia el Range Rover.
—Esto limitará tus oportunidades de ligar. Sólo digo —dijo Isa mientras bajaba las escaleras y le daba un rápido vistazo a mi atuendo—. O no. Luces caliente. Quiero decir, sé que eres hermosa pero luces realmente caliente con eso.
Quiero unas botas vaqueras para mí. ¿De dónde sacaste esas?
Su elogio fue agradable. No he tenido amigas en largo tiempo. Cuando Valeria fue asesinada, las chicas que habían sido cercanas  a nosotras desaparecieron de mi vida. Era como si no pudieran estar cerca de mí sin
recordarla. Facundo se había convertido en mi único amigo.
—Gracias, y por lo de las botas, las conseguí en navidad dos años atrás por parte de mi mamá. Eran suyas. Las he amado desde que las compró y después de que se puso, después… después de que enfermo… me las dio a mí.
Isa frunció el ceño. —¿Tu mamá se enfermó?
No estaba de humor para hablar de esas cosas esta noche. Asentí y forcé una sonrisa. —Sip. Pero esa es otra historia. Vamos a buscar a nuestros vaqueros.
Me devolvió la sonrisa y abrió la puerta de mi lado del Range Rover. —Te dejaré ir adelante porque tengo un fuerte presentimiento de que es donde el conductor te quiere.
No tuve tiempo para responder antes de que Isabel saltara al Range Rover y cerrara la puerta detrás de ella. Entré y sonreí hacia Pedro, quien me miraba fijamente. —Es hora de buscar nuestro vaquero interior —le dije.