jueves, 2 de enero de 2014

CAPITULO 90







Pedro

Siete días y Daniela aún no había abierto sus ojos. 
Mi madre pasaba cada vez menos. Fede comenzaba a 
ser el único visitante que se quedaba y se mostraba regularmente. Abe pasaba una vez al día por sólo unos
minutos a la vez. Éramos Daniela y yo contra el mundo 
una vez más.
—Necesitas llamarla —dijo Fede, rompiendo el silencio. Sabía de quién hablaba. 
Paula estaba constantemente en mi mente. 
Me sentía culpable mientras me sentaba allí mirando a mi 
hermana y todo en lo que podía pensar era Paula.
—No puedo —respondí, incapaz de mirarlo. 
Él vería que me había dado por vencido si lo hacía.
—Esto no es justo para ella. Antonio dijo que no 
está yendo allá y que no ha lo llamado en tres días. 
Él sigue chequeando las cosas a través de Isabel pero
incluso Ella no está segura de que Paula se va a quedar 
por más tiempo. Tú necesitas llamarla.
Dejarme sería la mejor cosa que ella haría. 
¿Cómo podría yo ser lo que merece si estaba dividido 
entre mi hermana y ella todo el tiempo? No podía
mantener a Dani a salvo. 
¿Cómo podía confiar en mí para mantenerla a ella 
y al bebé a salvo?
—Merece algo mejor —manejé decir en voz alta. En vez de sólo decirlo en mi cabeza.
—Sí, probablemente es así. Pero te quiere a ti.
Dios, eso dolía. Yo también la quería. Quería a nuestro bebé. Quería esa vida que me dejé pretender que podía tener. 
¿Cómo podría darle eso si mi hermana
nunca despertaba? Estaría lleno de culpa y dolor. 
No sería el hombre que merece.
Esto eventualmente me comería hasta que no valga 
nada para nadie.
—No puedo —fue todo lo que manejé decir.
Federico maldijo y se levantó, lanzando su chaqueta en 
el piso antes de salir de la habitación y cerrar la puerta de golpe. Él no entendía. 
Nadie lo hacía. Sólo me quedé mirando la pared frente a mí. Comenzaba a entumecerme. Estaba perdiendo todo lo que me había dejado amar una vez.
La puerta se abrió y miré esperando ver a Fede. En vez de él era Miguel. No estaba de humor para verlo. 
Él había abandonado a las dos personas que más
amaba en el mundo en algún momento de sus vidas.
—¿Por qué carajo vienes aquí? A ti no te importa una mierda —gruñí.
Miguel no respondió. Caminó hacia la silla que Fede había dejado vacía y se sentó. 
Nunca se sentaba ni se quedaba por un largo tiempo. 
El hecho de que iba a hacerlo ahora no me pareció bien. Necesitaba estar solo.
—Me importa. Tu madre no sabe que estoy aquí. No aprobaría lo que estoy a punto de decirte. Pero creo que mereces saberlo.
No había nada que ese hombre tuviera que decir que quisiera escuchar pero me quedé en silencio 
y esperé. Mientras más rápido dijera lo que quería, más
pronto se iría.
—Daniela no es mi hija. Tu madre siempre ha sabido eso. Ella quería que Dani fuera mía pero los dos sabíamos cuando quedó embarazada que eso era imposible. Habíamos terminado por casi ocho meses cuando me llamó. Acababa de darse cuenta que estaba embarazada y estaba asustada. Aún estaba enamorada de tu papá, que fue por lo que terminamos para empezar. 
Yo no podía superar a la leyenda que era Luca Alfonso. Quería ser suficiente para alguien.
 Nunca lo sería para Georgina. Pero la amaba y ella estaba preocupada sobre cómo iba a manejar otro hijo. Yo era joven y estúpido así que volví con ella y hablamos sobre
matrimonio. 
Le dije que tendría que pensar sobre ello. —Se detuvo y me miró. Aún no me recuperaba del hecho de que él no era el papá de Daniela.
—Una vez que llegué, Georgina estaba dejándote con Luca cuando fuera que podía y aún salía con amigas como si no estuviera embarazada. No me diría quién era el papá. 
Yo acababa de llenar mi límite cuando Alejandra vino de visita.
 —Sus ojos se suavizaron y los cerró brevemente. Nunca había visto al hombre mostrar tanta emoción.
—Era hermosa. Largo cabello rubio que parecía como si fuera tejido por los ángeles. Los ojos verdes más grandes que había visto y tan malditamente dulce.
Ella te amaba. No le gustaba que tu madre te llevara con Luca. Le preocupaba que no estuvieras a salvo con un montón de estrellas de rock. 
Se quedaba contigo cuando tu madre salía. Te hacía estos panqueques con orejas de Mickey Mouse que te encantaban. Fui atraído por ella y no podía alejarme. Tu madre nos usó a los dos
por un tiempo. Alejandra no se iría porque se preocupaba por ti. Y yo no me iría porque me había enamorado de Ale. —Esta no era la historia que mi madre me había contado. Esta no era la historia que me habían hecho creer todos estos años pero ahora que he conocido a Paula… 
que la conocía… esto tenía mucho mas maldito sentido.
—Tu mamá vino a casa ebria una noche. No estaba muy adelantada en su embarazo y anunció que Luca también 
era el papá de este bebé. Yo estaba furioso de que ella había estado tomando y aún más furioso de que tu padre había hecho esto de nuevo sin intención de hacerle bien a Georgina. Así que lo llamé y le dije que quería hablar con él. La charla no salió bien. Dijo que el bebé no era suyo. 
Si fuera de él, encantado lo clamaría pero no lo era. 
Ella había estado acostándose con el cantante de Slacker Demon por cerca de un mes. El bebé era de Mateo y bueno,
creciste alrededor de El. Lo conoces lo suficientemente bien para saber que no es de material de padre.
¿Mateo era el papá de Daniela? Enterré mi cara en mis manos mientras diferentes recuerdos venían a mí. 
Mateo viniendo tarde a gritarle y maldecir a mi mamá por
robar a su hija. Mateo llamando a mamá puta barata 
y esperando que “su chica” no terminara de la misma manera. Había olvidado esas cosas. O sólo las bloqueé?.
—A través de eso Ale y yo nos acercamos. Luca te tomó 
y juró que iba a hacerse cargo de lo que era suyo. 
Tu madre maldijo y empujó a Ale por las escaleras llamándola de formas que no voy a repetir y nos dijo a ambos que nos fuéramos después de  que me vio besando a Alejandra una noche. 
Nos fuimos después de eso. 
Ale lloró demasiado porque estaba preocupada por ti. Siempre se preocupaba por ti.
Cuando él hablaba sobre Alejandra todo lo que yo podía ver era el rostro de Paula. Su rostro dulce e inocente y mi pecho sentía como si estuviera a punto de explotar.
—Le pedí a Ale que se casara conmigo. Aceptó. Semanas después de nuestra luna de miel nos dimos cuenta de que estaba embarazada de gemelas. Esas niñas eran mi mundo. Adoraba el suelo por el que caminaban casi tanto como
adoraba a su madre. Nunca pasó un día sin que estuviera agradecido por la vida que me habían dado. —Se detuvo y ahogó un sollozo.
—Entonces un día Vale y yo conducíamos de vuelta de las compras. Habíamos ido a comprarle unos zapatos para voleibol. Sus pies habían crecido en el verano pero los de Paula no. Eran casi idénticas pero comenzaba a parecer como que Paula podría ser la más chica de las dos. Estábamos riendo porque yo cantaba junto con una tonta banda de chicos en la radio. No vi… no vi la luz roja. 
Fuimos golpeados por el lado del auto donde estaba Vale por un camión que iba a ciento treinta kilómetros por hora. —Se detuvo y pasó una mano sobre su cara para
limpiar las lágrimas y soltar otro sollozo.
—Perdí a mi bebé. No había estado prestando atención. Con ella, perdí a mi esposa, quien no podía mirarme y a mi otra hija quiera era sólo una cáscara de la chica que había sido. 
Luego te presentaste con la fotografía de Daniela 
y en vez de quedarme y ser el hombre que mis chicas necesitaban que fuera, huí. Me dije a mí mismo que necesitaban más de lo que yo podía darles. Nunca seré capaz de perdonarme a mí mismo. Nunca sería capaz de seguir adelante y verme sólo las lastimaría más. Así que las dejé. Me odiaba en ese momento; me odio ahora. 
Pero soy un hombre débil. Debí haberme quedado. Cuando me enteré de que Alejandra estaba enferma fui a beber en exceso. La idea de un mundo sin Ale era imposible
para mí de aceptar. Pero ir a ver a mi vibrante esposa, a quien amaba y siempre voy a amar, acostada allí muriendo no era algo que podía hacer. Había enterrado a mi hija. 
No podía enterrar a mi esposa. Porque era débil dejé a mi bebé que enterrara a su mami. Nunca me perdonaré por eso. —Finalmente miró en mi dirección.
—Todo lo que ves es un hombre egoísta que sólo piensa en sí mismo. Tienes razón. No merezco el amor de nadie o el perdón. No lo quiero. Tu madre y Daniela me querían. 
Las dos actuaban como si me necesitaran. Yo podía pretender con ellas. La verdad es que tu madre está tan perdida y rota como lo estoy yo. 
Tal vez por diferentes razones pero los dos estamos vacíos por dentro. Yo iba a aclarar todo esto y decirle a Daniela hace tres meses. No podía continuar con esta farsa. Sólo quería
ir y sentarme al lado de la tumba de mi esposa y llorar. 
Pero luego Paula me llamó.
Me necesitaba, pero no tenía nada que darle. Así que le mentí. No sabía mucho del hombre en el que te convertirías pero sabía una cosa. Amabas apasionadamente.
Harías lo que fuera por tu hermana. No tenía dudas en mi mente de que el momento en que pusieras tus ojos en Paula, llegaría hasta ti. 
El espíritu gentil y dulce que había en su madre está en Paula. Vale era como yo. Pero Paula… es mi Ale. 
Es muy parecida a ella. Ningún hombre puede estar cerca de ella y no amarla. Yo quería alguien fuerte y capaz de cuidarla. Así que la envié hacia ti. —Se limpió el resto de las lágrimas y se puso de pie. Yo estaba sin palabras.
—No te vuelvas como yo. No la decepciones como lo hice yo. Sólo mereces lo que te haces a ti mismo ser digno de tener. Haz lo que no pude. Sé un hombre. —Miguel se dio la vuelta y salió sin otra palabra.

CAPITULO 89






Paula

Me senté en la sala de espera y me esforcé en no mirar 
a las otras mujeres embarazadas que también estaban esperando. Había tres de nosotras. 
La mujer delante de mí se acurrucó contra el brazo de su marido. 
Él le susurraba cosas en el oído, haciéndola sonreír. 
Su mano nunca dejó su estómago. No había una actitud posesiva. Sólo protectora. Era como si él estuviese protegiendo a su esposa e hijo con ese simple gesto.
La otra mujer estaba mucho más lejos de cualquiera 
de nosotras, y su bebé se estaba moviendo. Su marido 
tenía ambas manos en su estómago y la miraba con
asombro. 
Había una dulce mirada de adoración en su rostro. 
Ellos estaban compartiendo un momento y el sólo 
mirar en esa dirección me hacía sentir como si
me estuviera entrometiendo.
Entonces, ahí estaba yo. Con Antonio. Le había dicho 
que no necesitaba que viniera conmigo pero él había 
dicho que le gustaría hacerlo. No entraría a la sala
de examen porque en lo absoluto lo dejaría verme casi desnuda en una pequeña y delgada bata de algodón, 
por lo que iba a sentarse en la sala de espera.
Se las había arreglado para conseguir una taza de 
café complementario y desde que sólo le había dado 
un sorbo, asumí que sabía horrible. Extrañaba el café.
Probablemente sería delicioso para mí. Necesitaba 
comprar algo de café descafeinado.
—Paula Chaves —llamó la enfermera desde la puerta 
que conducía a las salas de examen.
Me levanté y le sonreí a Antonio. —No debería tardar mucho.
Él se encogió. —No tengo prisa.
—Tu esposo puede venir contigo —dijo la enfermera alegremente. Mi cara estuvo instantáneamente caliente. Supe, sin mirar mis mejillas, que estaba ruborizada.
—Es sólo un amigo —le corregí rápidamente.
Esta vez fue ella quién se sonrojó. Obviamente no 
había leído mi registro para ver que estaba soltera.
—Lo lamento. Uh, bueno él puede venir también si 
quiere oír el latido del corazón.
Sacudí la cabeza. Eso era demasiado personal. Antonio 
era un amigo pero yo no estaba lista para compartir algo 
tan importante como los latidos del corazón de
mi bebé con él. Pedro ni siquiera lo había hecho aún.
—No, así está bien.
No me volteé hacia Antonio porque estaba avergonzada 
de nosotros dos. Él sólo me estaba ayudando. 
Ser etiquetado como el papá del bebé no había sido con
lo que había contado.

***

El examen no se hizo esperar. Esta vez había sido capaz 
de oír los latidos del bebé sin tener una varita atorada en 
mi interior. Fue tan fuerte y dulce como antes.
El embarazo estaba progresando bien y estaba limpia 
para ir con una cita dentro de cuatro semanas a partir de ahora.
Caminando de regreso a la sala de espera, encontré a Antonio leyendo la revista Parenting. Él levantó la mirada
 y me sonrió tímidamente.
—El material de lectura aquí es limitado —explicó.
Ahogué la risa.
Se paró y caminamos juntos hasta la puerta.
Una vez que estuvimos en el auto él miró en mi dirección.
—¿Tienes hambre?
En realidad sí tenía, pero entre más tiempo pasaba con Antonio más incómoda me sentía. No pude evitar la sensación de que a Pedro no le gustaría esto.
Nunca le ha gustado que este mucho alrededor de Antonio. A pesar de que necesitaba el aventón, estaba comenzando a preocuparme de que esto haya sido una mala idea. Sería mejor si Antonio solamente me deja de regreso en la casa de Pedro.
—Estoy más cansada que otra cosa. ¿No podrías simplemente dejarme en donde Pedro? —pregunté.
—Por supuesto —contestó con una sonrisa. Antonio era muy fácil de manejar. Me gustaba eso. No estaba de humor para lo difícil.
—¿Todavía no has hablado con Pedro? —preguntó él.
Esa no era una pregunta que quisiera responder. Demasiado para no ponerse difícil. Yo sólo sacudí la cabeza. 
Él no necesitaba una explicación y si lo hacía, pues muy mal porque yo no tenía una. 
Me había rendido y hace dos noches llamé a Pedro para ir directamente al buzón de voz. Le dejé un mensaje 
pero no me había devuelto la llamada. Estaba comenzando a preguntarme si él tenía la esperanza de que yo me fuera cuando él regresara. ¿Cuánto tiempo se supone que
estaría en su casa?
—No está lidiando bien con esto, imagino. Te llamará 
 pronto —dijo Antonio.
Podía darme cuenta por el tono de su voz que ni siquiera creía lo que estaba diciendo. Sólo era para hacerme sentir mejor. Cerré mis ojos y pretendí dormir, así él no diría nada más. No quería hablar de eso. No quería hablar de nada.
Antonio encendió la radio y conducimos en silencio por el resto del camino hacia Rosemary. 
Cuando el coche se detuvo, abrí mis ojos para ver la casa de Pedro frente a mí. Estaba de regreso.
—Gracias —dije, mirando en dirección a Antonio. Su expresión era seria.
Podía decir que estaba pensando en algo que no quería compartir conmigo. No necesitaba preguntar para saber qué era. Piensa que yo debería irme también. 
Pedro no iba a llamarme y había una posibilidad de que no fuese a volver. No podía simplemente vivir en su casa.
—Llámame si necesitas algo —dijo Antonio reuniéndose con mi mirada.
Asentí pero ya estaba decidida a no llamarlo más. Incluso si a Pedro no le importaba lo que hiciera, no se sentía correcto.
 Abrí la puerta del auto y di un paso hacia afuera. Con un saludo final, me dirigí hacia la puerta del frente y de vuelta a la casa vacía.

miércoles, 1 de enero de 2014

CAPITULO 88







Pedro

No había sido capaz de cerrar los ojos. Me senté en el sillón de cuero junto a la cama del hospital y miré fijamente a mi hermana menor.
Ella aún no había abierto los ojos. Los monitores parpadearon y emitieron un pitido diciéndome que estaba viva. Su forma sigue sobre la cama con una gasa envuelta alrededor de la cabeza y las agujas en sus brazos lo hacían sentir como si se hubiera ido. Las últimas palabras que le había dicho habían sido duras.
Parecían crueles ahora. Sólo había querido que madurara. Ahora eso nunca podría suceder.
La rabia que había sentido cuando llegué había sido arrancada de mí cuando puse los ojos en ella. Sólo viéndola tan rota y desválida me estaba matando. 
Yo no podía comer ni dormir. Sólo necesitaba que abriera los ojos. Tenía que decirle que la amaba y que lo sentía. Le prometí que siempre me tendría. No importara lo que pasara. Luego había tirado esto en ella. Porque no podía aceptar a Paula.
Mi estómago se anudó pensando en cómo había dejado a Paula. Sus ojos habían estado abiertos y aterrorizados. Me había alejado dejándola mal también,pero estaba asustado. No podía llamarla todavía. No mientras Dani estuviese así.
Ya había puesto a Paula antes que a Daniela y mira dónde terminé. Esta vez Daniela tenía que venir primero. Si ella sabía que estaba aquí sentado esperando, abriría sus ojos.
Sabía que lo haría.
La puerta se abrió y Federico dio un paso dentro. Sus ojos se abrieron al instante por Dani. El dolor que brilló en ellos no me sorprendió. A pesar de que actuaba como si no le cayera bien, sabía que él se preocupaba por Ella. Ella había
sido la pequeña mocosa necesitada que era imposible de no amar cuando estábamos creciendo. Esos tipos de vínculos son imposibles de romper.
—Acabo de hablar con Antonio. Paula está bien. No pudo entrar a la casa anoche, pero se quedó dónde Isabel. Llamé a Lourdes y abrió la casa para ella. —habló en voz baja como si fuera a despertar a Daniela o la molestara al hablar de Paula.
Yo la había dejado sola de pie en la calzada a altas horas de la noche.
Gracias a Dios que tenía un teléfono. La idea de ella siendo abandonada en la oscuridad era más de lo que podía manejar en estos momentos.
—¿Está enojada? —Lo que realmente quería preguntar era si estaba molesta conmigo. ¿Cómo podía no estar molesta conmigo? La había abandonado después de gritarle para que se fuera de mi coche. Cuando mamá me había dicho sobre Daniela, algo en mí había cambiado y lo había perdido.
—Él me dijo que iba a cuidar de ella... —Federico se fue apagando. Yo sabía lo que estaba pensando. Dejar que Antonio cuidara de Paula era peligroso. Él era rico,
exitoso y su familia no la odiaba. ¿Y si ella se daba cuenta que yo era un desperdicio de su tiempo?
—Está embarazada —le dije. Tenía que contárselo a alguien.
—Oh infiernos —murmuró, y se dejó caer en la dura silla de plástico que estaba recostada en un rincón de la habitación—. ¿Cuándo te enteraste?
—Me contó poco después de que volviera.
Federico cubrió su boca y sacudió la cabeza. No había sido algo que había esperado oír. Pero entonces no sabía que estábamos comprometidos tampoco. Él había dejado Rosemary ya cuando me había comprometido. No le había dicho.
—¿Es por eso que te comprometiste? —En realidad no era una pregunta. Era más bien un comunicado.
—¿Cómo sabes eso? Movió los ojos a Daniela. —Dani me dijo.
Daniela había necesitado ventilarse, estaba seguro. 
El hecho de que ella hubiese elegido a Federico para desahogarse era interesante. Normalmente, los dos
apuntaban hacia la garganta del otro. Rara vez pasaban tiempo de calidad juntos.
—Ella no estaba feliz por eso —le dije.
—No, no lo estaba —Concordó.
Miré por encima hacia ella y deseaba que Dios pudiera cambiarme de lugar con ella en ese momento. Odiaba que me necesitara, y esto era algo que no podía arreglar para ella. Había estado arreglando sus problemas durante toda su vida. Y ahora, cuando más me necesitaba todo, lo que podía hacer era sentarme aquí y mirarla fijamente con impotencia.
—Ella piensa que has perdido la cabeza. Si supiera sobre el bebé pensaría que le preguntaste a Paula sólo por el bebé.
—No le pregunté por el bebé. Le pregunté porque no puedo vivir sin ella.
Sólo necesito que Daniela entienda eso. Me he pasado la vida haciendo a Dani feliz.
Tratando de hacer lo imposible por arreglar sus problemas. Yo era su madre y su padre. Y ahora que he encontrado lo que me hace feliz, ella no lo puede aceptar. —Sentí que mi garganta se cerraba y sacudí mi cabeza. No iba a llorar—. Yo sólo quería que aceptara que Paula me hace feliz.
Federico dejó escapar un profundo suspiro.
—Creo que con el tiempo lo hará. Daniela quiere que seas feliz también. Ella cree que sabe lo que es mejor para ti. Al igual que tú crees que sabes lo que es mejor para ella. —El tono de su voz cuando dijo la última parte estaba apagado. Él había querido decir algo más profundo de lo que estaba diciendo. O yo estaba exhausto y necesitaba tomar una siesta.
—Eso espero —le contesté, y luego recosté mi cabeza contra la silla y cerré mis ojos—. Necesito una siesta. No puedo seguir con esto. Mi cabeza está confusa.
La silla en la que había estado sentado raspo a través del piso mientras se levantaba. Yo escuché mientras caminaba a través de la habitación de vuelta hacia la puerta.
—Está pendiente a Paula por mí. Por favor —pedí, abriendo mis ojos para asegurarme de que seguía allí y me escuchara.
—Lo haré —me aseguró, después salió por la puerta.

***

Dos días más tarde y todavía no había señales de mejora. Daniela no estaba despertando. Me había levantado para tomar una ducha y cambiarme, porque mi madre insistió. No podía lidiar con ella y preocuparme por Dani. Sólo hice lo que me pidió para que se callara.
Hoy Federico se había sentado aquí conmigo la mayor parte del día. No habíamos hablado mucho, pero después de haber tenido a alguien más aquí,ayudó. 
Mi madre dijo que no podía manejarlo y se quedaba en el hotel la mayoría del tiempo. De vez en cuando Miguel intervendría para ver cómo estaba, pero no me esperaba nada más de él. Tampoco se preocupaba por la hija que había criado. Al hombre le faltaba un órgano vital, un corazón.
—Hablé con Paula hoy —dijo Fede, rompiendo el silencio. Sólo escuchar su nombre me hizo doler. La echaba de menos. La quería aquí, pero sólo podría alterar a todo el mundo. Necesitaba a Daniela mejor. Cuando se despertara no tenía por qué saber que Paula estuvo aquí. Sólo la trastornaría.
—¿Cómo sonaba? —¿Ella me odia?
—Bien. Supongo. Tal vez triste. Está preocupada por ti y Daniela. Pregunta por Dani antes de preguntar por ti. Ella también... también preguntó si su padre estaba bien hoy. No sé por qué le importa, pero lo hizo.
Porque Paula se preocupaba más de lo que debería por todo el mundo. Yo incluido. Era demasiado buena para mí y yo sólo iba a seguir haciéndole daño. Mi familia no la aceptaría. El padre que la abandonó a ella y a su madre se había casado con mi mamá. Yo había comenzado con esa pelota girando en toda la maldita foto. Todo lo que siempre haría es hacerle daño a largo plazo.
—Tiene cita con el médico hoy. Antonio me dijo que él la llevará. No sabe qué sé del bebé.
Otra cita del médico que me iba a perder. ¿Cuánto tiempo más ella aguantaría esto? Yo le había dicho que ella y nuestro bebé eran lo primero, pero esta era la segunda vez que mi familia vino antes de su cita con el médico. 
¿Y por qué demonios estaba Antonio llevándola?
—¿Por qué Antonio, la lleva? Tengo tres vehículos en el garaje. Federico me dio un ceño molesto.
—Sí, así es. Pero nunca le diste permiso para conducir uno y nunca le dijiste dónde podía encontrar las llaves, así que ella no puede tocarlos.Antonio ha sido su chófer durante toda la maldita semana.Joder.
—Sé que estás sufriendo a causa de Daniela. Ella es como tu hija. Tú eres el único padre verdadero que ha tenido. Pero si no te ajustas fuera de esto y te pones en contacto con Paula no estoy seguro de que ella y su bebé van a estar cerca cuando decidas ir a casa. Seguro que no quiero que mi sobrina o sobrino tenga el apellido Kerrington —espetó y salió de la habitación.

CAPITULO 87






Paula

La cara de Pedro se puso pálida. Cogí su mano, pero no reaccionó. Se quedó allí sentado escuchando hablar a la persona en la otra línea.
Cuanto más hablaban más blanco se volvía. Mi corazón estaba acelerado. Algo terrible había pasado. Me quede esperando a que él dijera algo. Cualquier cosa. Pero no lo hizo.
—Estoy en camino —dijo con una voz plana antes de dejar caer su teléfono en su regazo y moviendo su mano de mi agarre para sujetar el volante.
—¿Hay algún problema? —pregunté más asustada ahora de lo que había estado mientras él estuvo al teléfono.
—Entra a la casa, Paula. Me tengo que ir. Daniela ha tenido un accidente. Algún maldito velero —Cerró sus ojos fuertemente y masculló una maldición—. Solo necesito que salgas del auto y vayas adentro. Te llamare cuando pueda pero tengo que irme, ahora.
—¿Esta herida? ¿No puedo ir contigo?
—¡NO! —rugió, sin dejar de mirar hacia el frente—. No puedes venir conmigo. ¿Por qué siquiera preguntarías eso? Mi hermana está en la UCI y no responde. Tengo que ir a verla y necesito que salgas del auto.
Estaba herido y asustado. Entendía eso. Pero quería estar ahí para él. Lo amaba y no lo quería sufriendo solo. 
—Pedro, por favor déjame ir contigo…
—¡SAL DEL AUTO! —gritó tan fuerte que mis oídos escocieron. Busqué a tientas por el pomo de la puerta y agarré mi bolso.
Aceleró el motor y siguió mirando hacia el frente mientras sus nudillos se volvían tan blancos como su rostro, resultado de agarrar el volante tan fuerte.
Quería decir más pero él estaba tan alterado, que estaba asustada de lo que haría.
No quería oírme hablar ni tampoco quería mirarme.
No quería llorar en frente de él. Eso no era lo que necesitaba en este momento. Salí del auto tan rápido como pude. Antes de poder cerrar la puerta por completo, tiró el auto en reversa y dio la vuelta fuera del camino de entrada. Me quedé allí, viendo cómo se alejaba. No podía ayudarlo. No era necesaria.
Las lágrimas ahora corrían libremente por mi cara. Estaba sufriendo. Mi corazón se rompió por él. Una vez que llegará ahí y la viera, me llamaría. Tenía que creer eso. 
Quería llamarlo y obligarlo a hablarme pero mis oídos aún
zumbaban y mi corazón seguía herido por sus palabras.
Finalmente giré a mirar atrás en la casa. Era grande, extensa y oscura. Nada era acogedor en ella sin Pedro. No quería estar aquí sola, pero tampoco tenía un auto para manejar donde Isabel. No debería haberme mudado. Había sido demasiado pronto. Todo con Pedro se movía demasiado rápido. Ahora, todo estaba a punto de ser probado. No estaba segura sí estaba lista para esa prueba. Aún no.
Llamar a Isabel y decirle que necesitaba un aventón al trabajo y que Pedro se había ido no era algo para lo que estaba preparada esta noche. Ella encontraría algo malo con esto y me haría sentir incluso peor. Entendía el miedo de Pedro y el modo en que reaccionó y se fue, pero Isabel no lo haría. Al menos no creía que lo hiciera. Pedro había ganado algunos puntos a su favor cuando puso el anillo en mi dedo en frente de ella y quería mantenerlo de ese modo.
Abrí mi bolso para sacar las llaves cuando me di cuenta que no las había traído. Pedro me había llevado al trabajo. No había creído necesitarlas. Mirando hacia atrás a la oscura casa, estaba casi aliviada de que no tendría que estar allí sola esta noche. El club estaba tan solo a cinco kilómetros de aquí. Podía caminar.
Entonces el departamento de Isabel estaba a solo un corto paseo desde el club. La brisa de la tarde había calmado los ánimos y no estaba tan mal. Puse la cartera sobre mi hombro y comencé a bajar por el sendero de ladrillo pavimentado hacia la calle.
Tomó cerca una hora y cincuenta minutos llegar donde Isabel. Su auto no se encontraba en el estacionamiento. Había una gran posibilidad de que estuviera quedándose con Jose esta noche. Supongo que debería haber pensado en eso. Me detuve y miré a la puerta del departamento. No tenía la energía para caminar de vuelta. Mi terquedad de no llamar por un aventón estaba mordiéndome el trasero.
Me agaché y levanté el tapete. Ahí en la alfombra estaba la llave de repuesto. Debió haberla puesto de nuevo después que me mude. Solamente había dejado de esconderla allí porque yo se lo había pedido. 
Esta noche vino extremadamente útil. De todos modos, dudaba que ella fuera a llegar hasta mañana. No tenía que contarle sobre todo esto esta noche.
Llevé la llave adentro conmigo y luego me dirigí de nuevo hacia mi baño a tomar una ducha. Pedro insistió que ella mantuviera la cama que él había comprado en el segundo dormitorio en vez de quitarla cuando me mude. 
Otra cosa que podía agradecer por esta noche.

***
Me las arreglé para llegar al trabajo sin que Isabel supiera que había necesitado pasar la noche en su departamento. No era que pensara que le importaría, pero no estaba preparada para responder sus preguntas o escuchar sus opiniones.
Después de ponerme un uniforme limpio del cuarto de suministros me dirigí hacia la cocina. Justo antes de llegar a la puerta, Antonio salió y apunto su mirada hacia mí.
—Estaba esperándote —dijo y movió su cabeza hacia el pasillo que conducía a su oficina—. Necesitamos hablar.
Lo más probable es que supiera sobre Daniela. Estaba segura de que todos en su círculo ya sabían. 
¿Iba a preguntarme sobre ella? Realmente esperaba que no lo hiciera. Admitiendo eso sabía que nada me haría sonar como si no me preocupara.
¿Pedro pensaba que no me preocupaba? 
¿Era mi responsabilidad llamarlo? Él era el herido. Su reacción la noche anterior me había asustado, pero si me necesitaba tendría que olvidarme de eso.
—¿Has dormido? —preguntó Antonio mirando atrás hacia mí.
Asentí. En verdad no había dormido muy bien pero había logrado dormir un poco. La caminata de cinco kilómetros había ayudado a agotarme a tal punto que no pude mantener mis ojos abiertos una vez que me acosté.
Antonio abrió su puerta y la sostuvo para que yo pudiera entrar. Ingresé y caminé hasta ubicarme al lado de las sillas frente a su escritorio. Él se paró frente a éste y se sentó en el borde mientras cruzaba los brazos sobre su pecho.
Un ceño arrugó su frente mientras me estudiaba. Estaba empezando a preguntarme si esto era acerca de otra cosa. Había pensado que era sobre Daniela, pero quizás no lo era. ¿Había hecho algo mal?
—Recibí una llamada de Federico esta mañana. Está en el hospital y está preocupado por ti. Dijo que Pedro apareció en medio de la noche y estaba furioso.Viendo como por primera vez en su vida Daniela y Pedro no están en buenos términos y ahora ella está en ese estado, Pedro no se lo está tomando bien. Federico estaba preocupado en cuanto al modo en que te dejo y se preguntaba si estabas bien.
Mi corazón dolió. Odiaba saber que Pedro sentía tanto dolor y no había nada que pudiera hacer. No me llamaba y eso solo me hacía creer que no quería hablar conmigo. Yo era el motivo de su distanciamiento con Daniela. 
Era el motivo por el cual él no había hablado con ella en semanas. Yo era el motivo por el cual él pasaba por esto. Lágrimas picaron mis ojos. Por mucho que no quisiera admitirlo, yo era el motivo de que esto fuera aún más duro para Pedro. Si no hubiera causado su pelea entonces él no estaría viviendo con la culpa en la que sabía estaba nadando en estos momentos.
Esto era porque Pedro y yo nunca funcionaríamos. Pretender que los cuentos de hadas eran reales había sido increíble. Pero no había sido real. 
Habíamos estado aguardando hasta el momento que el hecho de que no encajábamos en este mundo nos desmoronará. Necesitaba a su familia en estos momentos. Yo no era su familia.
Ni siquiera era aceptada por su familia. ¿Cómo encajaba yo en todo esto?
—No… no sé qué hacer —Me ahogué, odiando que Antonio fuera a verme llorar. No quería que me viera llorar. No quería que nadie me viera.
—Él te ama —dijo Antonio suavemente. No estaba segura siquiera si él creía esas palabras. No ahora. Tal vez Pedro había pensado que me amaba pero ¿Cómo podría seguir amándome? Lo había provocado a volverse en contra de Daniela y ahora él podría perderla.
—¿En verdad es así? —Era una pregunta que yo necesitaba responder, no Antonio.
—Sí, nunca lo había visto de la manera que es contigo con alguien más.
Ahora mismo… No obstante, los próximos días o semanas, el tiempo que esto dure, es probable que no lo parezca. Pero lo hace. No estoy diciéndote esto por Pedro. Él es un imbécil y no le debo nada. Estoy diciéndote esto por ti. Es la verdad y necesitas oírla en este momento.
Sacudí la cabeza. No necesitaba escucharlo. Pensar claramente y decidir qué era lo mejor para mí y mi bebé era lo que necesitaba hacer. ¿Podía traer un bebé a una familia que podría nunca aceptarlo? ¿Si yo nunca encajé entonces como lo haría mi bebé?
—No puedo decirte que creer. Pero si necesitas cualquier cosa, estoy aquí. Sé que Pedro tiene un garaje lleno de autos pero si no puedes manejar uno entonces puedo llevarte al médico o a la tienda. Solo llámame si me necesitas.
Mi próxima cita con el medico era en 5 días. ¿Cómo iba a lograr entrar a la casa? Y él nunca me había mostrado donde estaban las llaves de su auto o dado permiso para manejarlos.
—Me quede fuera de la casa. Él pensó que tenía mi llave cuando se fue —Le dije.
—¿Dónde te quedaste anoche? —Me preguntó bajando sus manos de su pecho y poniéndose de pie. Parecía enfadado. No tenía intención de hacerlo enojar.
Solamente estaba exponiendo que tenía un problema. Todas mis ropas estaban en la casa de Pedro.
—Donde Isabel.
—¿Cómo llegaste ahí?
—Caminé.
—¡Mierda! Paula, eso son al menos cinco kilómetros. Estaba oscuro anoche cuando Pedro te dejo. Tienes un teléfono ahora, úsalo —Estaba gritando.
—Quería caminar. Necesitaba caminar. No me grites —Levanté la voz y le di una mirada enojada.
La tensión en los hombros de Antonio se fue y suspiró. 
—Lo siento. No debería haberte hablado de ese modo. Es que estas tan jodidamente determinada a ser independiente. Déjame explicarme. Llámame si alguna vez necesitas un
aventón. Me gusta pensar que somos amigos. Ayudo a mis amigos.
Necesitaba amigos. —También me gusta pensar que somos amigos —contesté.
Él asintió —Bien, pero como tu jefe no te voy a dejar trabajar hoy. Te quiero en la casa de Pedro dentro de una hora. Te llevaré allí.
Antes de que pudiera preguntarle cómo, ya tenía su teléfono en su oreja.
—La tengo en mi oficina. No puede entrar a la casa —Hizo una pausa.
—No, mierda. Camino hasta el departamento de Isabel anoche. Voy a llevarla allí si puedes conseguir que la empleada de la limpieza vaya a abrir el lugar —Hizo una pausa otra vez.
—No hay problema. Feliz de ayudar. Mantenme informado. Estoy pensando en todos —Colgó y me miró—. 
Fede mandará a la empleada a abrir la casa. Ve a buscar algo para comer de la cocina y luego podemos dirigirnos hacia allá. Dijo que le daría cerca de veinte minutos.
No tenía hambre pero asentí.
 —Está bien—Emprendí camino hacia la puerta, entonces paré y me giré para volver a mirarlo—. Gracias.
Antonio hizo un guiño. —Es un placer.