sábado, 28 de diciembre de 2013
CAPITULO 77
Paula
Pedro se encontraba de espaldas, tirándome hacia él cuando me vine en un orgasmo que estaba bastante segura, me había hecho desmayar. Me acurruqué en sus brazos y suspiré de alivio. Había hecho muy felices a mis necesitadas partes. Más que felices.
Estaba dolorida por todas partes y me encantaba.
—Creo que puede que me hayas roto. —Ahogó una risa contra mi sien y colocó allí un beso.
—Espero que no, porque cuando tenga energía para moverme, me gustaría hacerlo de nuevo —le contesté tan dulcemente como pude.
—¿Porque de pronto me estoy sintiendo utilizado? —preguntó.
Pellizqué la piel que cubría sus abdominales.
—Lo siento si te sientes utilizado, pero con un cuerpo como el tuyo, ¿qué esperas?
Pedro rió y me puso de espaldas antes de cubrirme con su cuerpo. Sus ojos plateados brillaron al mirarme.
—¿Eso crees?
Solo asentí. Temía que diría algo más si hablaba. Como el hecho de que estaba enamorada de él.
—Eres tan hermosa —susurró mientras bajaba la cabeza para besar mi rostro, como si fuera algo para adorar.
No era hermosa. Él lo era, pero no señalé ese dato. Si quería pensar que lo era, entonces lo dejaría. Sus manos corrieron bajo mi cuerpo haciéndolo zumbar de placer.
—¿Despiertas así cada mañana? —preguntó con un brillo en sus ojos. Podría mentir, pero había tenido suficiente de eso.
—Sí. A veces en medio de la noche también.
Pedro levanto una ceja.
—¿En medio de la noche?Asentí.
Extendió la mano y peinó los mechones fuera de mi rostro. —¿Cómo se supone que te ayude en medio de la noche
si no estás conmigo? —su voz sonaba realmente preocupada.
—No me quieres despertándote cada noche por
sexo —le dije.
—Nena, si te despiertas caliente quiero estar listo y disponible —su voz bajó y deslizo una mano hacia
abajo para ahuecarla entre mis piernas—. Esto es
mío, y yo cuido de lo que me pertenece.
—Pedro —advertí.
—¿Si?
—Voy a montarte aquí mismo y exprimir tus sesos
si no dejas de decir cosas como esa.
Pedro sonrió.
—Eso no es una gran amenaza, dulce Pau.
Volví la cabeza para sonreír y el reloj en mi mesita
de noche me llamo la atención. ¡Oh mierda! Empuje a Pedro.
—Tengo que estar en el trabajo en diez minutos —le
grité a modo de explicación.
Pedro se apartó de mí y salté fuera de la cama, sólo
para darme cuenta que me encontraba bastante
desnuda, y que Pedro estaba tendido en la cama
con una sonrisa, viéndome entrar en pánico.
—Por favor, no me importa. La vista es estupenda
desde aquí —dijo con una sexysonrisa.
Negué con la cabeza y agarré un par de bragas
limpias y un sujetador, luego corrí al baño.
***
—Parece que alguien tuvo suerte o ¿esa sonrisa de
felicidad es por todas esas donas que te llevé? —Marcos arrastré las palabras mientras entraba a la cocina con un minuto de retraso.
Mi cara se sentía como si estuviera en llamas —Me encantan las donas. Gracias, y lo siento, lo olvide
anoche. Fue un uh… día loco —contesté, eligiendo un
delantal, asustada de hacer contacto visual con él.
—Nena, si acabara de salir de la cama de Pedro
Alfonso estaría sonriendo como loco también. De
hecho, estoy terriblemente celoso. Sé que mis donas no pusieron ese brillo de satisfacción en tus ojos.
Comencé a reír y cogí un lápiz y una libreta.
—Es bastante asombroso.
—Oh, por favor, dame detalles. Pondré atención a
cada palabra —rogó
Marcos saliendo hacia el comedor junto a mí.
—Ve a coquetear con mujeres y deja de fantasear
con mi… mi…—¿Qué era Pedro? No era mi novio.
Era el padre de mi bebé y eso apenas sonaba justo.
—Es tu hombre. Dilo porque es verdad. El chico
adora tu altar.
No respondí. No estaba segura de que contestar. Ya
había mesas llenas y tenía trabajo que hacer. Antonio,
Jose y Matias, el rubio con cabello rizado de cuyo
nombre me había enterado hace poco, estaban
sentados en una de mis mesas. Fui a tomar las
órdenes de bebidas del señor Lovelady y de su acompañante de hoy.
Siempre tenía chicas con él que parecía que podían
ser sus nietas, pero nunca lo eran. Según Marcos,
el señor Lovelady era más rico que Dios. A pesar
de ello, era viejo. Lo que era sencillamente asqueroso.
Después de tomar sus órdenes de bebidas me dirigí
a la mesa de Antonio.
Los tres chicos me sonrieron cuando me acerqué,
y Matias me guiñó un ojo. Era el chico guapo a quien le gustaba coquetear, y todos lo sabían. Por lo que ignorarlo fue fácil. —Buenos días, muchachos. ¿Qué
puedo traerles para beber? —pregunté mientras
colocaba sus vasos de agua en frente a ellos.
—Luces alegre esta mañana. Es bueno verte sonreír
otra vez —dijo Matias mientras tomaba su vaso de
agua y bebía un sorbo.
El sonrojo volvió a mis mejillas. Podía sentirlo. Eché
un vistazo hacia Antonio, quien me observaba con una mirada cómplice. Era lo suficientemente listo para entenderlo.
—Quiero un café —fue la única respuesta de Antonio. Estaba muy agradecida de que no estuviera de humor
para tomarme el pelo.
—Isabel no me dejó tocar las donas que Marcos trajo
esta mañana. No me di cuenta que las donas te ponían
de tan buen humor —la sonrisa de satisfacción en el
rostro de Jose dijo que sabía exactamente qué había sucedido. ¿Acaso, ahora todo el club iba a saber
sobre mi vida sexual? ¿Era así de interesante?
—Sucede que me encantan las donas —respondí, estudiando mi libreta en vez de mirar a cualquiera
de ellos.
—Apuesto que lo haces —Jose se rió entre
dientes—. Tráeme una Honey Brown, por favor.
—Siento como que me estoy perdiendo de algo
aquí y odio sentirme excluido —dijo Matias apoyándose
en la mesa e inspeccionándome más de cerca.
—Aléjate y pide tu maldita bebida —le espetó Antonio.
Matias rodó los ojos y se echó hacia atrás en su asiento.
—Todos están tan sensibles. Quiero una botella de agua mineral.
Lo anoté y luego miré hacia Antonio. —¿Les gustaría
que les traiga frutas frescas a la mesa? Asintió.
—Por favor.Contenta de haber terminado con esos tres,
me dirigí a la cocina luego de haber sido detenida por la Sra. Higgenbotham, la cual quería una Mimosa para ella
y su hija, quien parecía tener unos dieciocho años.
Marcos estaba cargando su bandeja cuando entré a la cocina. Me miró por encima de su hombro.
—Sé que estoy siendo entrometido pero tengo que preguntar, ¿quién es la chica que Pedro dejo aquí
ayer al salir corriendo?
Emilia. No sabía nada más sobre ella. Solo Emilia, una
vieja amiga. De hecho había olvidado que Pedro la había dejado aquí. —Es una vieja amiga suya. No sé mucho
más.
—Antonio la conoce bien también. Fue y habló con ella después de que ustedes salieran corriendo. Supuse que
no era nueva si ambos la conocían.
Me recordé a mí misma que era parte de su pasado. No tenía razón para sentir celos de ninguna manera. Eran
viejos amigos. Solo porque era una de ellos no
significaba que tuviera que sentirme inferior.
Puse las frutas de Antonio en mi bandeja y cogí las
bebidas que todos habían pedido antes de volver a
entrar al comedor.
Me concentré en la entrega de bebidas a mis mesas
antes de hacer un barrido mientras caminaba hacia la
mesa de Antonio. Vi a Antonio entrecerrar sus ojos
desde mi dirección hacia una mesa a mi izquierda.
Estaba en el área de Marcos.
Miré hacia atrás para ver si eso era una pista para que ayudara a alguien, cuando mis ojos se encontraron con
los de Pedro. Me detuve. Estaba aquí. Una sonrisa
comenzó a formarse en mis labios cuando mis ojos se movieron para ver a Daniela sentada a su lado, con una mueca de enfado en su rostro. Giré mi atención de nuevo hacia Antonio y decidí pretender que no estaban aquí.
—Aquí está su fruta —podía oír el tono nervioso en mi
voz y rogué que los chicos no se dieran cuenta—. Y aquí están sus bebidas. ¿Todos listos para ordenar ahora? —pregunté, forzando una sonrisa. Los tres se me
quedaron mirando,haciendo todo aún más incómodo.
Era algo que iba a tener que aprender a superar.
Dani era su hermana. Estaría en mi vida si Pedro lo
estaba. Aprender a vivir con alguien odiándome era una parte de la vida que necesitaría saber aceptar.
—Es su hermana. Haces esta cosa con él y tienes que
lidiar con ella también —me dijo Jose como si no lo
supiera. No me gustaba sentir como si cada emoción
que tenía estuviera a la vista. Siempre había sido una persona reservada. Esto era demasiado.
Lo ignoré, sacando mi libreta y mirando deliberadamente
a Antonio. Aclaró su garganta y ordenó. Los otros
también lo hicieron sin más palabras de sabiduría.
viernes, 27 de diciembre de 2013
CAPITULO 76
Pedro
me senté en una de las sillas de piel al otro lado del escritorio de Antonio. Él estaba estudiándome y eso me molestaba. Yo había sido quien lo llamó y arregló este encuentro. ¿Porque estaba tan malditamente divertido?
—Voy a pagarte la cantidad completa por el alquiler del condominio. Yo sé cuál es la tarifa y te hice un cheque por todo un año de alquiler. Aunque, Paula probablemente no va a estar viviendo allí mucho tiempo. Al lograr que confíe en
mi, voy a hacer que se mude conmigo —Deslicé un cheque por su escritorio.
Antonio miró abajo hacia él y luego de vuelta a mí. —Asumo que esto es porque tú no quieres que me esté haciendo cargo de lo que es tuyo.
—Eso es correcto.
Antonio asintió y recogió el cheque. —Bien. Yo no debería tener que hacerme cargo de Paula o tú bebé. Pero lo haría. Tú podrías no creerme, pero estoy feliz de que estés enterado del embarazo. Solo no jodas las cosas. Tú tendrás que asegurarte de que Daniela mantenga sus garras dentro.
No necesitaba a Antonio diciéndome lo que hice y lo que no necesitaba hacer.
Nada de esto era asunto suyo. Sin embargo, aún no había terminado con él, así que hacerlo enojar era mala idea.
—No quiero que trabaje turnos dobles o afuera en el calor. Se niega a dejar de trabajar pero sus horas necesitan ser acortadas.
Antonio se cruzó de brazos sobre su pecho y se inclinó hacia atrás en su asiento. —¿Ella sabe sobre esto? Porque lo último que supe, necesitaba todas las horas que pudiera conseguir.
—Lo último que supiste era que yo no sabía que ella estaba cargando mi bebé. Nada puede sucederle, Antonio. No puedo permitir que nada más le pase.
Él asintió y dejó salir un profundo suspiro. —Bien. Estoy de acuerdo. No me gusta que me digan que hacer pero estoy de acuerdo.
—Una cosa más —dije antes de levantarme—. Marcos es gay, ¿Cierto?
Antonio soltó una carcajada y entonces asintió. —Si, lo es, pero guárdate eso para ti mismo. A las mujeres les gusta venir solo para mirarlo. Recibe buenas propinas solo por eso.
Bien. Yo creí que él lo era pero su fijación a Paula me molestaba. —Entonces supongo que él puede revolotear sobre mi chica.
Antonio esbozó una sonrisa maliciosa. —No creo que pudieras detenerlo aún si lo intentaras.
Mi teléfono sonó mientras caminaba hacia mi Range Rover. Esto me recordó que Paula no tenía teléfono. Así que no sería ella llamándome. Iba a visitarla ahora.
Hablaríamos del asunto entonces. Sacando mi teléfono, vi el nombre de mi madre en la pantalla. La había ignorado durante cuatro semanas. Yo tenía a Paula de vuelta pero aún no me encontraba listo para hablar con mamá. Presione el botón de Ignorar y guarde mi teléfono de vuelta en mi bolsillo.
Una vez que estuve en lo de Paula revisé debajo del tapete y estuve feliz de ver que no había una llave escondida. Había hablado con ella y Isabel la noche
anterior sobre lo inseguro que era eso. Golpeé la puerta y escuche los pasos en el otro lado. El auto de Isa había estado en el club cuando me fui, así que sabía que Paula estaba sola. Solo pensar en tener algo de tiempo a solas con ella me hizo sonreír.
La puerta se abrió y una “recién arrastrada de la cama” Paula se asomó en el otro lado sosteniendo una dona. El rubor en sus mejillas era adorable. La pequeña diminuta camiseta sin mangas cubriendo esas grandes y hermosas tetas suyas y los pequeños shorts bóxer tomaban lo adorable y la convertían en ardiente.
Entré y cerré la puerta detrás de mí. —Maldición, nena —murmuré mientras la regresaba al sofá—. Por favor, no vuelvas a abrir la puerta luciendo de esta
manera.
Ella bajó la mirada y una sonrisa tiro de sus labios. —Continúan volviéndose más grandes. Yo creo que es por el embarazo —dijo a modo de explicación—. Olvide que se veían así…
Envolví un mechón de su cabello alrededor de mi dedo. —No es solo la diminuta camiseta sin mangas pero esto del cabello “recién salido de la cama” es sexy y… —deslicé mi mano hacia abajo sobre su trasero apenas cubierto—. Esto
necesita ser más cubierto también.
—Las personas normalmente no se detienen en esas cosas por las mañanas —Paula se escuchó sin aliento. Me gustaba saber que la afectaba.
—Bien —repliqué—. ¿Cómo fue dormir en tu cama? —le pregunté dando una mordida al lóbulo de su oreja.
—Uh… yo uh… dormí bien —dijo, nerviosa. Tire de vuelta y la miré. ¿Por qué se escuchaba nerviosa?
—¿Solo bien? —pregunté, mirando como sus mejillas se volvían rojo brillante.
Paula cambio su pie y bajo su mirada al suelo. —Los sueños de embarazada pueden ser um…
—¿Sueños de embarazada? ¿A qué te refieres? —ahora tenía curiosidad. El hecho de que su rostro entero era de un rojo brillante y ella se veía lista para arrastrarse debajo de la mesa y esconderse de mí, solo me hizo querer saber más.
Comenzó a moverse y tomé sus caderas para mantenerla mantuve atrapada entre mí y el sofá. —Oh, no, no lo harás. No puedes decirme cosas como esa y no explicarte.
Blaire dejó salir una corta risa insegura y sacudió su cabeza. —Puedes mantenerme aquí todo el día pero no voy a decirte.
Deslicé mis manos debajo de su camiseta y comencé a hacerle cosquillas.
Intente realmente fuerte no concentrarme en los senos perfectamente abultados justo a mi alcance. No quería que Paula pensara que sólo me importaba por el sexo. Antes había basado nuestra relación en sexo. Quería probarle que era más que eso. Incluso si estaba tomando duchas frías y masturbándome pensando en lo dulce ella había sabido el otro día.
Paula se reía y retorcía mientras le hacía cosquillas —¡Para! —chilló y empujó contra mí. Cuando intentó de revolverse lejos de mí, mi mano se deslizo arriba y masajeó su seno izquierdo, haciéndola congelarse. Un pequeño sonido vino de su garganta, que se escuchó realmente cercano a un gemido. Froté la yema de mi pulgar sobre su pezón y ella se presionó contra mí. A la mierda la cosa de nada de sexo. ¿Cómo se suponía que ignorara esto?
—Por favor, Pedro. Yo te necesito, para —rogó.
¿Ella me necesitaba? Espera… eran sus sueños… —Paula, nena, ¿Tus sueños son sobre sexo?
Ella gimoteó y asintió mientras yo pinchaba su pezón entre mis dedos. —Sí, y estoy cansada de despertarme cachonda —murmuró.
Mierda. Tome la dona de sus manos y la recosté en la mesa, luego chupé el glaseado de sus dedos. Su respiración se detuvo. La tomé y la levanté. Ella envolvió sus piernas alrededor de mi cintura y yo devoré su boca mientras nos
encaminaba de vuelta a su dormitorio. En esta ocasión había una gran cama para mí para que la pusiera y la mantuviera en ella todo el día, haciéndole el amor si eso
era lo que ella necesitaba.
La recosté en la cama y tire sus pequeños shorts y bragas fuera antes de arrastrarme encima de ella. —Quítate esa camiseta —dije mientras tiraba de ella hacia arriba y sobre su cabeza. Me detuve y la miré. Solo la semana pasada creí que nunca la volvería a ver así otra vez. Sostenerla era algo con lo que soñaba al dormir. Ahora ella estaba allí y yo quería apreciar cada pequeña porción de su cuerpo.
—Pedro, por favor. Te necesito dentro de mí —Se retorció y declaró. Por mucho que quería adorar su cuerpo parecía como que no iba a conseguirlo. No iba a ser capaz de rechazar a una Paula necesitada.
—¿Puedo probarte primero? —le pregunté, besando su boca otra vez y entonces corriendo besos por todo su cuerpo.
—Sí, lo que sea. Solo necesito que me toques —suspiró cuando mi mano encontró sus pliegues húmedos y deslice un dedo al interior
—. ¡Oh Dios! ¡Sí! Ahhhh —gritó mientras comenzaba a tocarla.
Paula loca por el sexo iba a ser divertida. Era como si hubiera ganado la jodida lotería. Empuje sus muslos más separados y baje mi boca para besar el pequeño clítoris escondido allí. Ella se disparó y comenzó a rogar otra vez.
Pegando mi lengua afuera, la corrí por encima de su dulce e hinchado sexo. Sus dos manos tomaron mi cabello y me sostuvieron. No pude evitar sonreír.
—Por favor, Pedro, por favor. Tú lo haces sentir tan bien. Por favor —sus sexys, pequeñas suplicas estaban a punto de hacerme explotar. La quería tan o más como ella me quería a mí pero yo también estaba disfrutando esto. Me concentré en hacerla venirse con mi boca mientras ella comenzaba a retorcerse y gemir en la cama. Cuando finalmente gritó mi nombre y se comenzaba a venir, salté y me quité la ropa en un tiempo récord.
Ya no necesitábamos más un condón. Me recosté sobre ella y con una simple estocada ya estaba dentro. Paula sujetó mis hombros y yo tiré de su cabeza hacia abajo. Si así era como todas las mujeres embarazadas eran, ¿Por qué carajos los hombres no las mantenían embarazadas? Esto era ardiente. Tan ardiente que no me importaría hacerlo mucho tiempo.
—Cógeme, Pedro. Realmente duro —Paula jadeó.
—Nena, sigue diciendo cosas así y me voy a correr antes de que tú quieras que lo haga.
Ella sonrió maliciosamente hacia mí. —Te tendré duro otra vez. Lo prometo.
Ahora, hazlo duro. En mis sueños, tú me cubrías y me cogías hasta que me encontraba gritando y arañando en la cama, rogándote para que nunca pararas.
Justo antes de que me viniera, me desperté.
No solo había estado teniendo sueños sexuales sobre mí, sino sueños sucios sobre mí. Me tiré fuera de ella y la volteé sobre su estómago, luego alce sus caderas al aire —¿Quieres coger, dulce Paula? Yo hare a mi chica sentirse mejor —Susurré mientras corría mis manos gentilmente sobre su trasero desnudo. Ella comenzó a retorcerse y nalgueé su coño, haciéndola boquear con sorpresa—. Si lo quieres duro nena, entonces te lo voy a dar duro —le prometí.
Tomando su cadera, arremetí dentro de ella y casi disparo mi carga.
Estaba tan jodidamente apretada. Los desesperados lloriqueos de placer viniendo de Paula no estaban ayudando. Recordando que necesitaba hacer que
Paula se viniera de nuevo era difícil cuando mis bolas estaban volviéndose apretadas y mi miembro palpitaba.
—Más fuerte —Paula gimió y lo perdí. Comencé a golpear dentro de ella con la misma salvaje necesidad desenfrenada que la consumía. Cuando su ceñido calor comenzó a apretarme y mi nombre vino rasgando fuera de su boca, cerré los ojos y me deje llevar.
CAPITULO 75
Paula
no necesitaba más que una cama de tamaño completo. Sin embargo,Pedro se negó a comprar cualquier cosa que no fuera una cama tamaño King, dos mesas de noche y un tocador con un espejo a juego precioso. Cometí el error de mirar demasiado tiempo una manta lavanda y fundas a juego.
Antes de que supiera lo que estaba pasando, él estaba comprando el juego de cama completo con sábanas y almohadas nuevas. Discutí durante todo el tiempo, pero él actuaba como si yo no estuviera hablando. Sólo me guiñó un ojo y siguió haciendo sus órdenes y dando instrucciones al vendedor.
Para el momento en que volvimos de cenar, ya que también estuvo decidido a darme de comer, los muebles ya estaban siendo entregados. Isabel se encontraba sonriendo junto a la puerta cuando llegamos. Le encantaba todo esto.
—Gracias por permitirme hacer eso hoy. Lo necesitaba. No puedes entenderlo, pero tenía que hacerlo —dijo Pedro antes de abrir la puerta del coche.
Lo miré. —¿Necesitabas comprarme un dormitorio completo y ropa de cama costosos? —le pregunté confundida.
—Sí, lo necesitaba.
No entendía, pero asentí. Si tenía que hacerlo, entonces iba a apreciarlo.
Todavía no podía creer que todo era mío. Me iba a sentir como una princesa en mi habitación. —Bueno, gracias por todo. No esperaba nada más que un colchón. No estaba dispuesta a ser consentida.
Pedro se inclinó hacia adelante y me dio un beso al lado de la oreja. —Eso no es ni siquiera cerca de ser mimada. Pero tengo la intención de mostrarte exactamente lo que es consentirte.
Me estremecí y apreté el pomo de la puerta. No iba a permitirle comprarme nada más. Tenía que parar esto, pero los besos alrededor de mi oreja hacían difícil concentrarse.
—Vamos a ver cómo se ve —dijo mientras se inclinaba hacia atrás.
Espacio. Teníamos que conseguir un poco de espacio. Estaba lista para saltar sobre él en estos momentos. No era algo bueno. Control. Las hormonas del embarazo querían tomar el control.
Pedro pasó corriendo frente de la Rover cuando abrí la puerta y comencé a salir. Estaba frente de mí tomando mis manos y ayudándome a bajar, como si estuviera indefensa y no pudiera hacer un movimiento para bajar por mi cuenta.
—Puedo salir por mí misma, sabes —le dije.
Él sonrió. —Sí, pero ¿qué hay de divertido en eso?
Riendo, pasé junto a él y me dirijí a Isa, que nos miraba como si fuéramos una de sus series de televisión favoritas.
—Parece que la mueblería decidió descargar su último embarque en tu dormitorio —dijo ella, sonriendo como un niño en una tienda de dulces—. ¿Puedo dormir contigo en la gran cama esta noche? ¡El colchón es increíble!
—No. Ella necesita descansar. No hay compañeros de cama —dijo Pedro,
caminando detrás de mí y envolviendo un brazo protector alrededor de mi cintura.
Los ojos de Isa se quedaron en mi cintura y luego de vuelta a Pedro. —Lo sabes —dijo ella, mirando muy contenta.
—Sí, lo sé —respondió. Y se puso tenso.
Me sentí horrible. Una persona más a la que le había dicho de mi embarazo antes que a él. Tenía todo el derecho a estar lastimado. Era una mentirosa. ¿Se daría cuenta y me dejaría?
—Bien —dijo Isabel y dio un paso a un lado para que pudiéramos entrar.
—¿Por qué no vas a asegurarte de que están colocando todo donde tú quieres? —me dijo Pedro cuando entramos.
—Buena idea. —Lo dejé allí para ir a ver los muebles. Si estaba enojado conmigo tendría tiempo para calmarse.
Los chicos de entrega estaban haciendo un buen trabajo con la instalación,así que no me molesto. Estaba feliz con el lugar donde se estaban poniendo las cosas.
Caminando de regreso a la sala oí susurrar a Isabel y me detuve.
—Ella está mejor. Ha estado bastante enferma, pero no ha vomitado estas últimas dos mañanas.
—Me llamas al segundo que parezca que podría enfermarse. —Pedro incluso llegó a hacer sonar su susurro como una demanda.
—Sí, yo te llamo. No fue del todo mi idea “no se lo digas a Pedro”. Tú le hiciste esto. Tienes que estar ahí para ella.
—No voy a ninguna parte —respondió.
—Será mejor que no.
Pedro se rió. —Si ella no quiere vivir conmigo entonces por lo menos tengo que protegerla.
—Maldita sea. No creas que no la ayudaré a desaparecer si te vuelves una mierda de nuevo. La lastimas y se irá.
—Nunca voy a hacerle daño otra vez.
El pecho me dolía. Quería creerle. Quería confiar en él. Este era nuestro bebé. Había tantas cosas que eran difíciles de olvidar, pero necesitaba aprender. Lo amaba. Estaba segura de que siempre lo haría.
Entré en la habitación y sonrío. —Sí, están instalando las cosas justo donde las quiero.
Pedro se acercó y me llevó a sus brazos. Estaba haciendo mucho eso últimamente. No dijo nada. Sólo me sostuvo. Isabel salió de la habitación y envolví mis brazos alrededor de él y nos quedamos así durante mucho tiempo. Era la
primera vez que no me sentía sola en un largo tiempo.
***
Pedro no me había preguntado si podía quedarse en la noche. Estaba un poco sorprendida. No había hecho nada más que darme un beso antes de irse. Eso no había hecho mucho para refrescar mis sueños. Me desperté de nuevo justo antes de un orgasmo, muy frustrante. Eché atrás mis sábanas y me senté sobre la cama. Hoy tenía que cambiar el turno del almuerzo otra vez.
Anoche había llamado a Antonio y me disculpé por dejarlo guindando, pero entendió y me preguntó si las cosas estaban bien. Pedro había estado allí escuchando todo lo que dije, por lo que había tenido prisa por colgar el teléfono.
Hoy me gustaría encontrar a Antonio a solas y hablar con él. Estaba siendo muy comprensivo.
Me puso en el comedor el resto de la semana. El único día que me tenía en el campo era el sábado por el torneo. Se espera que todo el mundo trabajara fuera.
Cuando por fin me dirigí a la cocina, una caja de donas me dio la bienvenida. Una pequeña nota estaba incluida en la parte superior. Sonriendo, la recojí y leí.
Te perdiste anoche. No podía comer esto solo. Espero que las cosas estén mejor.
Con
cariño, Marcos.
jueves, 26 de diciembre de 2013
CAPITULO 74
Pedro
mis pies se encontraban pegados al suelo. No podía moverme, incluso al mirar a Paula huyendo de mí.
¿Acaso había sido sólo un sueño? ¿Una alucinación desesperada? ¿Así de mal me encontraba?
—Si no vas tras ella, yo lo haré —irrumpió la voz de Antonio a través de mis pensamientos, despejando toda esa neblina de asombro.
—¿Qué? —pregunté, mirándolo. Lo odiaba. Golpearlo en la cara era algo con lo que de pronto me encontraba fantaseando.
—Dije, que si no va tras ella, lo haré yo. En estos momentos necesita a alguien. Por mucho que yo no quiera que seas tú, porque creo que no la mereces, necesitas ser tú.
—¿Sabías que estaba embarazada? —Mi sangre comenzó a hervir. ¿Le había dicho a Antonio que estaba embarazada y a mí no?
—Yo estuve aquí la primera mañana que vino a trabajar y el olor del tocino la envió directo baño a vomitar. Así que, sí, yo ya lo sabía. Quita ese loco brillo posesivo de tus ojos y ve por ella. —El tono de Antonio estaba plagado con disgusto.
—¿Ha estado enferma? —No sabía que se había estado sintiendo mal. Me dolía el pecho. Había estado enferma sola, la dejé sola y había estado sufriendo. De pronto, el oxígeno no llegaba hasta mis pulmones.
—Sí, pedazo de mierda, ha estado enferma. Eso pasa en su situación. Pero está mejorando. Ahora estoy a punto de cumplir mi promesa e ir tras ella. Haz tu movimiento —advirtió Antonio.
Me eché a correr.
No fue hasta que salí del edificio por la parte de atrás y miré hacia arriba de la colina que la encontré. Aún estaba corriendo. Se dirigía hacia los condominios. Iba de vuelta a su casa. Me fui tras ella.
Estaba embarazada. ¿Debería estar corriendo así? ¿Y si era malo para el bebé? Tenía que ir más despacio.
—Paula, detente. Espera —le grité cuando estaba lo suficientemente cerca.
Ella aminoró la marcha y finalmente se detuvo cuando me reuní con ella.
—Lo siento —sollozó con el rostro entre sus manos.
—¿Por qué lo sientes? —pregunté, cerrando la distancia entre nosotros y tirando de ella contra mí. Ya no me preocupaba asustarla. No la dejaría ir a ninguna parte.
—Esto. Todo. Yo estando embarazada —susurró ella, rígida en mis brazos.
Ella lo sentía. No, no iba a disculparse por eso.
—No tienes nada que lamentar. No vuelvas a pedirme disculpas de nuevo. ¿Me escuchas?
Parte de la tensión de su cuerpo se alivió, apoyando su cuerpo contra mí.
—Pero no te lo dije.
No, no lo había hecho, pero lo entendía. Apestaba pero entendía. —Deseo que lo hubieses hecho. Nunca te hubiera permitido estar enferma por tu cuenta. Yo habría cuidado de ti. Debo cuidar de ti, voy a cuidar de ti. Te lo juro.
Paula negó con la cabeza y se apartó de mí.
—No. No puedo. No podemos hacer esto. Yo no te lo dije por una razón. Nosotros... tenemos que hablar.
Yo estaba cuidando de ella y ella no me dejaba. Pero si necesitaba hablar de ello entonces, se lo permitiría.
—Está bien. Vamos a tu casa, ya que estamos cerca.
Paula asintió con la cabeza y volvió a caminar hacia el apartamento al cual había estado huyendo hace un momento. Jose había dicho que Antonio les estaba
permitiendo quedarse allí por el mismo precio que el viejo apartamento de Isabel.
Creía que Antonio había estado pensando en usarlo como una deducción de impuestos o algo así. Ahora lo entendía. Él había estado haciendo eso por Paula.
Había estado cuidando de ella. Ya no lo haría más. Yo cuidaba de lo que era mío.
No necesitaba a Antonio haciéndolo. Me gustaría ir a hablar con el después, tendría que pagar el monto real por alquiler de este lugar. Antonio ya no cuidaría de Paula.
Ella era mía.
Vi como ella se agachaba y sacaba la llave debajo del felpudo. Ese tenía que ser el peor lugar para esconder una llave. Más tarde también me gustaría lidiar con ello. No iba a poder dormir por la noche sabiendo que ella tenía una llave
escondida bajo la alfombra de la puerta delantera, para que cualquiera pudiese entrar. Paula abrió la puerta y dio un paso atrás.
—Entra.
Entré y tomé su mano cuando pasé a su lado. Puede que ella quiera decirme todas las razones por las que no podemos estar juntos, pero yo iba a tocarla mientras hablaba. Necesitaba saber que estaba bien. Tocarla me calmaba.
Cerró la puerta y me dejó tirar de ella hacia el sofá. Me senté y la arrastré a mi lado. Quería ponerla en mi regazo, pero la mirada preocupada y nerviosa en su rostro me detuvo. Necesitaba hablar y yo la iba a dejar.
—Yo debería habértelo dicho. Lamento no haberlo hecho. Iba a hacerlo; talvez no de la manera en que lo hice hoy, pero iba a decírtelo. Sólo necesitaba tiempo para decidir a dónde iría y lo que haría con mi vida. Quería ahorrar e ir a algún lugar para comenzar de nuevo. Para el bebé. Pero te lo iba a decir.
¿Ella me lo iba a decir y luego me iba a dejar? El pánico se apoderó de mí.
No podía hacer eso. —No puedes dejarme —dije tan claramente como pude. Tenía que entender eso.
Paula dejó caer su mirada de la mía y estudió sus manos. Había entrelazado mis dedos con los suyos. Era lo único que me mantenía tranquilo en este momento.
—Pedro —dijo en voz baja—. Yo no quiero que mi bebé se sienta siempre indeseado. Tu familia... —se interrumpió y su rostro se había puesto pálido.
—Mi familia va a aceptar lo que les diga. Si no lo hacen, voy a llevarte a ti y a mi bebé lejos, y dejaré que ellos mismos paguen sus malditas facturas. Tú vienes primero, Paula.
Ella sacudió la cabeza y soltó mi mano al levantarse.
—No. Eso lo dices ahora, pero no es cierto. No era cierto hace un mes y no es cierto ahora. Siempre los
eliges sobre mí. O por lo menos a Daniela, y eso está bien. Lo entiendo; pero simplemente no puedo vivir con ello. No puedo quedarme aquí.
No decirle sobre su papá iba perseguirme por el resto de mi vida. Mi necesidad de proteger a Dani había jodido lo único importante para mí. Me puse de pie y caminé hacia ella mientras ella retrocedía hacia atrás, hasta quedar contra la
pared. —Nadie. Está. Antes. Que. Tú.
Sus ojos brillaban con lágrimas no derramadas, y negó con la cabeza.
Odiaba que no pudiera creerme.
—Te amo. Cuando entraste en mi vida, no te conocía. Dani era mi primera prioridad. Pero eso cambió. Ha cambiado todo. Iba a contartelo, pero mi madre llegó a casa antes de tiempo. Estaba tan asustado de perderte que te perdí de todos modos. Nada te va a apartar de mí. Pasaré el resto de mi vida demostrándote que te amo. A ti y este bebé —toqué su estómago plano y ella tembló—, vienen primero.
—Quiero creerte —dijo a través de un sollozo.
—Permíteme demostrartelo. Abandonándome no me dejas probarte nada. Tienes que quedarte conmigo, Paula . Tienes que darme una oportunidad.
Una lágrima se deslizó y rodó por su rostro. —Voy a ponerme grande y gorda. Los bebés lloran toda la noche y cuestan dinero. No será lo mismo.
Nosotros no seremos lo mismo. Te arrepentirás.
Ella realmente no tenía ni idea. No importa cuántas veces se lo diga, no me creerá. Había perdido a todos los que alguna vez había querido y confiado en su vida. ¿Por qué iba a creerme? Los únicos hombres en su vida la habían dejado.
Traicionándola. Ella no esperaba otra cosa.
—Este bebé te trajo de nuevo a mí. Es una parte de nosotros. Nunca me arrepentiré. Y puedes volverte tan grande como una ballena, y aún así, te voy a amar de todos modos.
Una pequeña sonrisa tiró de sus labios. —Espero no volverme tan grande como una ballena.
Me encogí de hombros. —No importa.
Su sonrisa se disolvió rápidamente. —Tu hermana. Va a odiar esto. A mí. Al bebé.
Lidiaría con Dani luego. Si no podía aceptarlo, tomaría a Paula y nos iríamos a algún lugar lejos de mi hermana. Paula se había molestado bastante. Ya no permititía que nadie la lastimara. —Confía en mí para protegerte y ponerte en primer lugar.
Paula cerró los ojos y asintió. Mi pecho se hinchó y yo quería gritar al mundo que esta mujer era mía. Pero en lugar de eso la alcé. —¿Dónde está tu habitación? —pregunté.
—La última habitación a la izquierda.
Caminé hacia allí. No haría el amor con ella hoy, pero quería sostenerla durante un rato.
Abrí la puerta y me congelé. La habitación era de buen tamaño para un apartamento, pero la manta en el suelo con una almohada individual era sólo un golpe más contra mí. Cuando yo les ayudé a mudarse, había notado que Paula no tenía cama. Ella había estado durmiendo en el sofá. Pero yo había estado tan absorto en recuperarla que no había pensado en su necesidad de una cama.
—No tengo cama todavía. Podría solo haber dormido en el sofá, pero yo quería dormir en mi propia habitación —murmuró, tratando de bajar de mis brazos. No la dejaría ir. La abracé con más fuerza contra mí. Anoche había
dormido en el duro suelo mientras yo había estado durmiendo en mi gran cama tamaño king. Mierda.
—Estás temblando, Pedro. Bájame —dijo, tirando de mi brazo.
Sin ponerla en el suelo, me di la vuelta y fui de nuevo a la sala de estar y luego hacia la puerta. Cerrando la puerta detrás de mí con llave y metí la llave en mi bolsillo. No la dejaría de nuevo bajo esa alfombra de mierda.
—¿Qué estás haciendo? —Preguntó Paula.
Mi coche no estaba aquí. Entonces la llevé de vuelta por la colina y hacia mi Rover. —Te voy a llevar a conseguir una cama. Una cama malditamente grande.
Una que cueste una maldita fortuna —gruñí.
Estaba furioso porque no había notado un problema tan grande. No era de extrañar que Antonio hubiera estado cuidando de ella. Yo había fracasado. No iba a fallar de nuevo. Me gustaría asegurarme de que lo tenía todo.
—No necesito una cama cara. Voy a conseguir una pronto.
—Sí, muy pronto. Esta noche —le contesté entonces incliné la cabeza y la besé la nariz—. Vamos a hacer esto. Tengo que hacer esto. Necesito el dinero invertido en la mejor cama que pueda comprar. ¿De acuerdo?
Una pequeña sonrisa tiró de sus labios. —Está bien.
CAPITULO 73
Paula
este era el segundo día que me había despertado sin enfermarme.Incluso le pedí a Isa que cocinara tocino para comprobar que me sentía bien antes de entrar en el turno del almuerzo. Pensé que si podía sobrevivir al tocino, entonces yo podría hacer esto. Mi estómago se había
revuelto y tuve náuseas, pero no había vomité. Estaba mejorando.
Llamé a Antonio y le aseguré que estaría bien. Me dijo que no me fuera porque estaban cortos de personal y que me necesitaban. Marcos estaba de pie en la cocina sonriendo cuando entré treinta minutos antes del turno del almuerzo.
—Esa es mi chica. Me alegro de que el virus se haya ido. Parece que has perdió diez kilos. ¿Cuánto tiempo estuviste enferma? —Antonio le había dicho a Marcos y a cualquier otro que le preguntó, diciendo que tenía un virus y que me
estaba recuperando. Yo sólo trabajaba dos turnos en el campo y nunca me reunía con el personal de la cocina mientras estaba en los carros.
—Probablemente perdí algo de peso. Estoy segura de que voy a recuperarlo muy pronto —le contesté y lo abracé.
—Será lo mejor o meteré rosquillas por tu garganta hasta que pueda envolver mis manos alrededor de tu cintura y mis dedos dejen de tocarse entre sí.
Eso sería más pronto de lo que él pensaba.
—Me vendría muy bien una dona ahora.
—Es una cita. Después del trabajo. Tú, yo, y un paquete de doce. La mitad cubierta de chocolate —dijo y me entregó mi delantal.
—Me parece bien. Puedes venir a ver mi nuevo lugar. Me quedo con Isabel en un condominio en la propiedad del club.
Las cejas de Marcos se alzaron.
—No me lo digas. Bueno, bueno, bueno, no eres pomposa.
Até mi delantal y metí mi bolígrafo y libreta en el bolsillo delantero.
—Me quedo con la primera ronda si tú preparas las ensaladas y el té dulce. Él hizo un guiño.
—Trato.
Me dirigí al comedor y por suerte los únicos huéspedes eran dos señores mayores que había visto antes, pero no conocía sus nombres. Anoté sus órdenes y les serví a ambos una taza de café antes de volver a comprobar las ensaladas.
Marcos ya tenía dos listas cuando entré a la cocina.
—Aquí tienes, cariño —dijo.
—Gracias, precioso —le respondí llevando las ensaladas al comedor.
Entregué las ensaladas y tomé la orden de bebidas de algunos nuevos huéspedes.
Entonces regresé de nuevo a conseguir el agua con gas y agua de manantial con limón. Nadie pedía agua por aquí.
Marcos se dirigía hacia la puerta de la cocina cuando llegué allí.
—Acabo de ver a dos mujeres que parecen salir de las pistas de tenis. Creo que vi a Anabela... ¿no es la anfitriona hoy? De todos modos, creo que la vi hablando con más invitados, así que deben estar esperando a ser atendidas.
Me saludó y se dirigió al comedor.
Rápidamente terminé las aguas especiales y puse las dos órdenes de sopa de cangrejo que los hombres habían solicitado en mi bandeja, luego regresé al comedor cuando la expresión de pánico de Marcos me llamó la atención.
—Yo lo hago —dijo él, cogiendo mí bandeja.
—No sabes ni a que mesa va. Puedo llevar una bandeja, Marcos —le contesté rodando los ojos. Él ni siquiera sabía que estaba embarazada y ya estaba siendo tonto.
Entonces, lo vi... a ellos. Marcos no estaba siendo tonto. Él me protegía. La cabeza de Pedro estaba inclinada hacia adelante mientras hablaba sobre algo que causó esa intensa y seria expresión en su rostro. La mujer tenía el pelo largo y oscuro. Era preciosa. Sus pómulos eran altos y perfectos. Pesadas, largas pestañas esbozaban sus ojos oscuros. Quería vomitar. Mi bandeja traqueteaba y Marcos la cogió. Lo dejé. Estaba a punto de caérseme.
Él no era mío. Pero... yo llevaba a su bebé. Él no lo sabía. Pero... me había hecho el amor, no, me folló en el baño de Isabel tan sólo hace tres días. Eso dolió Tanto. Tragué saliva, pero mi garganta se sentía casi cerrada. Marcos me decía algo, pero no lo podía entender. No podía hacer nada más que mirarlos. Se inclinó tan cerca de ella como si no quisiera que nadie escuchara lo que le decía.
Sus ojos se movieron de Pedro y se encontraron con los míos. La odié. Era hermosa y refinada, todo lo que yo no era. Ella era una mujer. Yo era una niña.
Una niña patética. Necesitaba salir de este infierno y dejar de hacer una escena.
Aunque se trataba de una escena en silencio, yo todavía estaba de pie congelada, mirándolos. Ella me estudió y le apareció un pequeño ceño arrugado la frente. No
quería que le preguntara a Pedro acerca de mí y me señalara. Me di la vuelta y huí del comedor.
Tan pronto como estuve fuera de vista de los clientes, choqué directamente al duro pecho de Antonio.
—Hola, cariño. ¿A dónde vas corriendo? Creo que esto es demasiado para ti —preguntó, poniendo el dedo bajo mi barbilla y levantando mi cabeza para poder ver mi cara.
Negué con la cabeza y se me escapó una lágrima. No iba a llorar por esto,
maldita sea. Me pidió volver con él. Lo rechacé. Lo abandoné después del sexo increíble. ¿Qué esperaba? Que se sentara esperándome y suspirando por mí. No lo creo.
—Lo siento, Antonio . Sólo dame un minuto y estaré bien. Te lo prometo. Sólo necesito un momento para componerme.
Asintió y pasó su mano de arriba hacia abajo por mi brazo de una manera reconfortante.
—¿Está Pedro ahí? —preguntó casi tímidamente.
—Sí —Me ahogaba, obligué a las lágrimas en mis ojos irse. Respiré hondo y parpadeé. Yo no iba a hacer esto. Controlaría mis locas emociones.
—¿Está con alguien? —preguntó.
Me limité a asentir. No quería decirlo.
—¿Quieres ir a mi oficina y relajarte un poco, esperar hasta que se marchen?
Sí. Quería esconderme de esto, pero no podía. Tenía que aprender a vivir con ello. Pedro estaría en Rosemary por un mes más. Tenía que aprender a lidiar.
—Puedo hacer esto. Fue una sorpresa. Eso es todo.
Antonio levantó su mirada de la mía y una fría expresión apareció en su rostro.
—Vete. Esto no es lo que ella necesita en este momento —dijo Antonio en un tono muy molesto.
—Aleja tus putas manos de ella —dijo Pedro.
Di un paso atrás de los brazos de Antonio y bajé la mirada. No quería verlo pero tampoco quería que pelearan. Antonio parecía dispuesto a pelear por mi honor. No tenía ni idea de cómo se veía Pedro porque no le había dirigido la mirada.
—Estoy bien Antonio. Gracias. Volveré a trabajar —murmuré y comencé a regresar a la cocina.
—Paula, no lo hagas. Habla conmigo —declaró Pedro.
—Tú ya has hecho lo suficiente. Déjala sola, Pedro. Ella no necesita lidiar contigo. Ahora no —ladró Antonio.
—Tú no sabes nada —gruñó Pedro, y Antonio dio un paso en dirección a Pedro. Antonio iba a dejar escapar que estaba embarazada, ya que era muy evidente que sabía algo, o iba a irse a golpes contra Pedro. Fue una vez más el momento adecuado de decírselo.
Me di la vuelta y me detuve en frente de Pedro. Miré a Antonio.
—Está bien. Sólo dame un minuto con él. Estará bien. No hizo nada malo. Sólo estaba siendo emocional. Eso es todo —le dije.
La mandíbula de Antonio se contrajo de un lado a otro mientras apretaba los dientes. Mantener su boca cerrada le estaba resultando difícil. Finalmente, se alejó.
Tenía que enfrentar a Pedro ahora.
—Paula—dijo suavemente mientras su mano se estiró y agarró la mía—. Por favor, mírame.
Yo podría hacer esto. Tenía que hacer esto. Me di la vuelta, dejando que Pedro tomara mi mano entre las suyas. Debía apartarla, pero no podía. Lo había visto con una mujer que probablemente mantendría su cama caliente esta noche
mientras yo seguía alejándolo. Lo estaba perdiendo. Pero era nuestro bebé.
Alcé los ojos y me encontré con una mirada preocupada. No le gustaba molestarme. Me gustaba eso de él.
—Está bien. Yo exageré. Estaba, um, sorprendida es todo. Debí haber sabido que te continuaste tu camino. Yo sólo…
—Detente —Pedro me interrumpió y me acercó a él—. No he continuado nada. Lo qué crees que viste no lo es. Emilia es una vieja amiga. Eso es todo. Ella no significa nada para mí. He venido a buscarte. Necesitaba verte y fui a jugar golf.
Pero no te vi allí. Me encontré con Emilia y sugirió que almorzamos. Eso es todo. No tenía idea de que estabas aquí trabajando. Nunca lo hubiera hecho. A pesar de que
no hacía nada malo. Te amo, Paula. Sólo a ti. No estoy con nadie. Yo nunca lo estaré.
Quería creerle. Tan egoísta y equivocada como lo estaba, yo quería creer que él me amaba lo suficiente como para no necesitar a nadie más. Incluso si lo alejaba constantemente de mí. Yo le estaba mintiendo. Odiaba a los mentirosos. Él me odiaría por no habérselo dicho antes. Yo no quería que me odiara. Pero no podía confiar en él. ¿Mentir por eso estaba bien? ¿Mentir alguna vez estaba bien? ¿Cómo
podía él confiar en mí nuevamente?
—Estoy embarazada —Las palabras salieron antes de que comprendiera lo que decía. Me tapé la boca con horror mientras los ojos de Pedro se desviaban.
Entonces, me volví y corrí como si el diablo me persiguiera.
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