miércoles, 18 de diciembre de 2013

CAPITULO 53








El guardaba un secreto que destrozó su mundo.
Todo lo que ella sabía ya no era cierto.
Paula no podía dejar de amarlo, pero sabía que nunca podría
perdonarlo. Ahora estaba de vuelta en casa y aprendiendo a vivir de nuevo.
Continuando con su vida… Hasta que algo sucede y pone a girar su mundo una vez más.
¿Qué haces cuando la única persona en la que nunca puedes volver a confiar
es en la que tienes que confiar tan desesperadamente?
Mientes, te escondes, lo evitas y rezas para que tus pecados nunca te encuentren.



Hace 13 años…

Pedro
hubo un golpe en la puerta y luego sólo el pequeño arrastrar de pies. Mi pecho dolía. Mi madre me había llamado de camino a casa para decirme lo que había hecho y que ahora saldría a tomar algunos cócteles con amigos. Yo sería quien tendría que tranquilizar a Dani. Mi madre no podía manejar el estrés que eso implicaba. O eso es lo que me dijo cuándo llamó.
—¿Pedro? —La voz de Dani llamó con un hipo. Había estado llorando.
—Estoy aquí—dije mientras me levantaba de donde yo había estado sentado en la esquina. Era mi escondite. En esta casa necesitabas un escondite. Si no tenías uno, cosas malas sucedían.
Mechones de los rizos rojos de Daniela se pegaban a su cara mojada. Su labio inferior tembló mientras me miraba con esos ojos tristes. Casi nunca los veía felices. Mi madre sólo le daba atención cuando necesitaba vestirla y presumirla. El resto del tiempo era ignorada. Excepto por mí. Hice mi mejor esfuerzo para hacerla sentir querida.
—No lo vi. Él no estaba allí —susurró mientras un pequeño sollozo escapó.
No tuve que preguntar quién era “él.” Lo sabía. Mamá se había cansado de oír a Dani preguntar por su padre. Así que decidió llevarla a verlo. Desearía que me lo hubiera dicho. Desearía poder haber ido. La mirada afligida en el rostro de Daniela provocó que mis manos se cerraran en puños. Si alguna vez veía a ese hombre iba a darle un puñetazo en la nariz. Quería verlo sangrar.
—Ven aquí —le dije, extendiendo la mano y tirando de mi hermana pequeña hacia mis brazos. Envolvió sus brazos alrededor de mi cintura y me apretó con fuerza. En momentos como este era difícil respirar. Odiaba la vida que
le habían dado. Por lo menos, yo sabía que mi padre me quería. Pasaba tiempo conmigo.
—Tiene otras hijas. Dos. Y son… hermosas. Sus cabellos son como el cabello de un ángel. Y tienen una mamá que las deja jugar afuera en la tierra. Usaban zapatos tenis. Y estaban sucios. —Dani tenía envidia de unos zapatos sucios.
Nuestra madre no le permitía ser menos que perfecta todo el tiempo. Ni siquiera tenía un par de zapatos tenis.
—No pueden ser más hermosas que tú —le aseguré, porque lo creía firmemente.
Daniela sollozó y luego se apartó de mí. Levantó su rostro y me observó con sus enormes ojos verdes. —Lo son. Las vi. Pude ver fotografías en la pared de ellas y un hombre. Las quiere… Él no me quiere.
No podía mentirle. Tenía razón. No la quería.
—Él es un estúpido idiota. Me tienes a mí, Dani. Siempre me tendrás.

Paula

tiempo presente…
Veinticuatro kilómetros fuera de la cuidad era lo suficientemente lejos. Nadie venía tan lejos de Sumit para visitar una farmacia. A menos que tuvieran diecinueve años y necesitaba algo que no querían que el pueblo se enterara que compraste. Todo lo que comprara en la farmacia local se esparciría por toda la pequeña ciudad de Sumit, Alabama, en menos de una hora.
Especialmente si eras soltera y comprabas condones… o una prueba de embarazo.
Puse las pruebas de embarazo en el mostrador y no hice contacto visual con el empleado. No pude. El miedo y la culpa en mis ojos era algo que no quería compartir con un completo extraño. Esto era algo que ni siquiera le conté a Facundo.
Desde que obligué a Pedro que saliera de mi vida hace tres semanas, poco a poco volvía a mi rutina de pasar todo el tiempo con Facundo. Fue fácil. No me presionaba
para hablar, pero cuando lo hacía siempre escuchaba.
—Dieciséis dólares y quince centavos —dijo la mujer del otro lado del mostrador. Podía oír la preocupación detrás de su voz. No era de extrañar. Esta era la compra de la vergüenza que todas las adolescentes temían. Le entregué un billete de veinte dólares sin levantar los ojos de la pequeña bolsa que había puesto delante de mí. Ésta sostenía la única respuesta que necesitaba y aterrorizaba.
Ignorar el hecho de que mi período tenía dos semanas de retraso y fingir que esto no ocurría era más fácil. Pero tenía que saberlo.
—Tres dólares con ochenta y cinco centavos es tu cambio —dijo mientras extendí la mano y tomé el dinero que me extendía.
—Gracias —murmuré y tomé la bolsa.
—Espero que todo salga bien —dijo la mujer en tono suave. Levanté la vista y me encontré con un par de simpáticos ojos marrones. Era una extraña que nunca volvería a ver, pero en ese momento me ayudó que alguien más lo supiera. No me
sentía sola.
—Yo también —le contesté antes de dar la vuelta y caminar hacia la puerta.
De regreso al sol caliente de verano.
Di dos pasos hacia el estacionamiento cuando mis ojos se posaron en el lado del conductor de la camioneta. Facundo estaba recargado sobre ella con sus brazos cruzados sobre el pecho. La gorra de beisbol gris que llevaba tenía una A de la Universidad de Alabama que ocultaba sus ojos.
Me detuve y lo miré fijamente. No había manera de mentir sobre esto. Él sabía que no había venido hasta aquí para comprar condones. Sólo había una razón mas. Incluso sin poder ver la expresión de sus ojos sabía… que él lo sabía.
Tragué el nudo en mi garganta con el que había estado luchando desde que entré en mi camioneta está mañana y me dirigí fuera de la cuidad. Ahora ya no era sólo la extraña detrás del mostrador y yo las que lo sabíamos. Mi mejor amigo también lo sabía.
Me obligué a mí misma a poner un pie delate del otro. Él haría preguntas y yo tendría que responder. Después de las últimas semanas se merecía una explicación. Se merecía la verdad. ¿Pero cómo explicaba esto?
Me detuve a unos metros delante de él. Me alegró que la gorra ocultara su rostro. Sería mucho más fácil de explicar si no podía ver los pensamientos destellando en sus ojos.
Nos quedamos en silencio. Quería que hablara primero, pero después de lo que parecieron varios minutos sin decir nada, supe que él quería que yo dijera algo primero.
—¿Cómo supiste dónde estaba? —pregunté finalmente.
—Estás quedándote en la casa de mi abuela. En el momento que te marchaste actuando extrañamente, ella me llamó. Me preocupé por ti —respondió.
Las lágrimas picaron mis ojos. No iba a llorar sobre esto. Ya había llorado todo lo que tenía que llorar. Apretando la bolsa que guardaba la prueba de embarazo, enderecé mis hombros. —Me has seguido —le dije. No era una pregunta.
—Por supuesto que sí —respondió, luego sacudió la cabeza y volvió su mirada lejos de mí para concentrarse en otro cosa—. ¿Ibas a decírmelo, Paula?
¿Iba a decírselo? No lo sabía. No había pensado en eso todavía. —No estoy segura que haya nada que decir aún por el momento —le contesté con sinceridad.
Facundo  negó con la cabeza y dejó escapar una risita baja sin humor. —¿No estás segura, eh? ¿Has venido hasta aquí porque no estás segura?
Estaba enojado. ¿O estaba herido? No tenía por qué estarlo. —Hasta que no tome está prueba no estoy segura. Tengo un retraso. Eso es todo. No hay ninguna razón por la que debería decirte esto. No es de tu incumbencia.
Lentamente, Facundo volvió su cabeza para nivelar su mirada en mí. Levantó la mano e inclinó su gorra hacia atrás. La sombra desapareció de sus ojos. Había
incredulidad y dolor en ellos. No quería ver eso. Era casi peor que ver el juicio en sus ojos. En cierto modo, el juicio era mejor.
—¿En serio? ¿Eso es lo que sientes? ¿Después de todo por lo que hemos pasado así es como te sientes honestamente?
Lo que habíamos pasado estaba en el pasado. Él era mi pasado. Había atravesado por muchas cosas sin él. Mientras él disfrutaba de sus años de instituto yo luchaba por que mi vida no se desmoronara. ¿Qué era exactamente lo que creía
que había sufrido? La ira hirvió lentamente en mi sangre y levanté mis ojos para mirarlo.
—Sí, Facundo. Así es como me siento. No estoy segura de qué es exactamente lo que hemos pasado. Éramos mejores amigos, después fuimos novios, luego mi mamá enfermó y tú querías que tu polla fuera consentida, así que me engañaste.
Me hice cargo de mi madre enferma sola. Sin nadie con quien apoyarme. Luego ella murió y me mudé. Mi corazón y mundo fueron destrozados y volví a casa. Has estado aquí para mí. No te lo pedí, pero lo has hecho. Y te lo agradezco, sin embargo eso no hace que todas las cosas esaparezcan. No compensa el hecho de que me abandonaste cuando más te necesitaba. Así que discúlpame si cuando mi
mundo está a punto de desmoronarse de debajo de mis pies y tú no eres la primera persona a la que corro. Aún no te lo has ganado.
Respiraba con dificultad y las lágrimas que no había querido derramar corrían por mi rostro. Maldita sea, no quería llorar. Cerré la distancia que nos separaba y usé toda mi fuerza para alejarlo fuera de mi camino para así poder agarrar la manija de la puerta y abrirla. Necesitaba salir de aquí. Alejarme de él.
—Muévete —grité mientras me esforzaba por abrir la puerta con su peso aún contra ella.
Esperé que discutiera conmigo. Esperé cualquier cosa excepto que hiciera lo que le pedí. Me subí en el asiento del conductor y arrojé la bolsa de plástico en el asiento a mi lado antes de echar andar la camioneta y salir del estacionamiento.
Aún podía ver a Facundo de pie allí. No se había movido mucho. Sólo lo suficiente para que pudiera entrar a la camioneta. No me estaba mirando. Observaba el suelo
como si tuviera todas las respuestas. No podía preocuparme por él ahora. Tenía que salir de aquí.
Tal vez no debería haberle dicho esas cosas. Tal vez debí haberlas dejado en mi interior donde habían estado enterradas todos estos años. Pero ya era demasiado tarde. Me confrontó en el momento equivocado. No me sentiría mal
por esto.
Tampoco podía volver a la casa de su abuela. Ella sospechaba. Era probable que él la llamara para decirle. Si no le decía la verdad, entonces se enteraría por otra persona. No tenía ninguna otra opción. Iba a tener que tomar una prueba de embarazo en el baño de una estación de servicios. ¿Podría esto ponerse peor?

martes, 17 de diciembre de 2013

CAPITULO 52









Él alzo su cabeza. Su rostro estaba empapado con lágrimas. No las limpiaría. Cumplieron su cometido. Me puse de pie y desabroché mi camisa y me la quite para ponerla sobre la cama. Luego, me deshice de mi sujetador. Los ojos de Pedro  nunca dejaron mi cuerpo. La confusión en su rostro era de esperarse. No podía explicarle esto. Sólo lo necesitaba.
Bajé los shorts que estaba usando y salí de ellos. Luego, quité mis zapatos y lentamente me quité mis bragas. Una vez estuve completamente desnuda, me pasé a horcajadas sobre las piernas de Pedro.Sus manos se envolvieron alrededor de mí inmediatamente y enterró su cara en mi estómago. La humedad de sus lágrimas era fría contra mi piel, haciéndome temblar.
—¿Qué estás haciendo, Paula? —preguntó Pedro retrocediendo lo suficiente para mirarme. No podía responder eso.
Agarré puñados de su camisa y tiré de ella hasta que él levantó sus brazos y me dejó sacarla por encima de su cabeza y lanzarla a un lado. Bajando hasta que estuve sentada en su regazo, deslicé mis manos detrás de su cabeza y lo besé. Lentamente. Esta era la última vez. Las manos de Pedro estaban en mi cabello y tomó el mando inmediatamente. Cada caricia de su lengua era suave y relajada.
No estaba hambriento ni exigente. Tal vez ya sabía que era el adiós. No significaba que tenía que ser duro y rápido. Era el último recuerdo que tendría de él. De nosotros. El único que tendría donde una mentira no contaminaba el agua. La
verdad estaba ahí entre nosotros ahora.
—¿Estás segura? —susurró Pedro  contra mi boca mientras me balanceaba contra la dureza que ya sentía debajo de su pantalón.
Sólo asentí.
Pedro  me levantó y me puso sobre la cama antes de quitarse sus zapatos y pantalón. Gateó sobre mí mientras su cara torturada me estudiaba. —Eres la más hermosa mujer que alguna vez vi. Por dentro y por fuera —susurró mientras
dejaba una lluvia de besos en mi rostro antes de poner mi labio inferior en su boca y chuparlo.
Levanté mis caderas. Lo necesitaba adentro. Siempre lo necesitaría dentro, pero esta sería la última vez que lo tendría allí. Así de cerca. Nadie jamás estaría así de cerca otra vez. Nadie.
Pedro recorrió sus manos por mi cuerpo tomando tiempo para tocar cada parte. Como si estuviera memorizándome. Me arqueé en sus manos y cerré mis ojos dejando que la sensación me marcara. 
—Te amo tan jodidamente demasiado—juró mientras su cabeza bajaba para besar mi ombligo.
Dejé que mis piernas cayeran abiertas para que pudiera moverse entre ellas.
—¿Necesito usar un condón? —preguntó, regresando hacia mí.
Si, lo necesitaba. 
No hay posibilidades.
Otra vez, sólo asentí.
Se levantó para recoger su pantalón y sacó un condón de su billetera. Lo observé rasgarlo, luego deslizarlo sobre su pene. Nunca lo había besado ahí antes.
Había pensado sobre eso, pero nunca había tenido el valor. Algunas cosas deberían permanecer desconocidas.
Pedro  recorrió sus manos por la parte interior de mis piernas y luego lentamente las apartó para abrirlas totalmente. —Esto siempre será mío —dijo con convicción.
No lo corregí. No servía de nada. Nunca sería de nadie más después de hoy, sólo me pertenecería a mí.
Pedro  bajó su cuerpo sobre el mío hasta que pude sentir la punta de su erección presionando contra mí. —Nunca ha sido tan bueno. Nunca nada ha sido tan bueno como esto —gimió, luego se deslizó dentro de mí. El momento fue
recibido. Envolví mis manos alrededor de sus brazos y grité mientras él me llenaba por completo.
Lentamente, se retiró y luego se impulsó de nuevo dentro de mí. Sus ojos nunca dejaron los míos. Sostuve su mirada. Podía ver la tormenta en sus ojos.
Sabía que estaba confundido. Incluso podía ver el miedo. Luego hubo amor. Lo vi.
La ferocidad en sus ojos. Lo creía. Pude verlo claramente. Pero era demasiado tarde ahora. El amor no era suficiente. Todo el mundo siempre decía que el amor
era suficiente. No lo era. No cuando tu alma fue destruida.
Deslicé mis piernas alrededor de su cintura y luego envolví mis brazos alrededor de su cuello. Cerca. Lo necesitaba cerca. Su aliento era cálido en mi cuello mientras
presionaba besos en la piel sensible. Él susurraba palabras de amor y promesas que nunca tendría que mantener. Lo dejé. Sólo esta última vez.
El placer que había estado construyéndose, alcanzó su cima cuando Pedro  aplicó un beso contra mis labios y dijo—: Solo tú.
No aparté la mirada de él mientras me aferraba a él y dejaba que la sensación de completo éxtasis me recorriera. La boca de Pedro se abrió y un fuerte gruñido vibró en su pecho mientras bombeó dentro de mí dos veces más y luego se
quedó inmóvil.Sus ojos nunca dejaron los míos.
Respiramos rápido y fuerte mientas decía todo lo que necesitaba ser dicho sin palabras. Estaba en mis ojos. Si, estaba mirando con atención suficiente.
—No hagas esto, Paula—suplicó.
—Adiós, Pedro .
Él sacudió su cabeza. Aún estaba enterrado muy dentro de mí. —No. No nos hagas esto a nosotros.
No dije nada más. Dejé caer mis manos a mi lado y mis piernas se deslizaron de su cadera hasta que ya no estaba sujeta aferrada a él. No discutiría con él.
—No me pude despedir de mi hermana o mi mamá. Esos eran los adioses finales que nunca tuve. El último adiós que necesitaba. El último adiós que necesitaba. Esta ocasión entre nosotros sin mentiras.
Pedro  agarró las mantas debajo de mí en ambas manos y cerró sus ojos severamente. —No. No. Por favor, no.
Quise levantar el brazo y tocar su cara. Decirle que estaría bien. Él seguiría adelante y superaría esto. Nosotros. Pero no podría hacer eso. ¿Cómo podría consolarlo si yo estaba vacía por dentro?
Pedro  se retiró de mí e hice una mueca de dolor por el vacío que hizo eco a través de mi cuerpo. Él se levantó y no me miró. Observé en silencio mientras comenzaba a vestirse. Eso era todo. ¿Se suponía que el vacío doliera? ¿Cuándo pararía de aparecer el dolor?
Cuando tuvo puesta su camiseta de nuevo, levantó sus ojos para mirarme.
Me incorporé y doblé mis rodillas contra mi pecho para cubrir mi desnudez y tranquilizarme. Estaba asustada de que pudiera literalmente derrumbarme.
—No puedo hacer que me perdones. No merezco tu perdón. No puedo cambiar el pasado. Todo lo que puedo hacer es darte lo que quieres. Si esto es lo que quieres, me iré, Paula. Me matará, pero lo haré.
¿Qué otra cosa podría haber? Nunca sería la misma. La chica de la que se había enamorado ya no existía. Él lo vería muy pronto si se quedaba. No tuve un pasado. No tuve una base. Todo se había ido. Nada tenía sentido y sabía que jamás lo tendría. Pedro merecía más.
—Adiós, Pedro  —dije una última vez.
El dolor que nubló sus ojos fue demasiado. Aparté la mirada de él y estudié la manta de cuadros azules debajo de mí.
Escuché cómo caminaba hacia la puerta. Sus pisadas eran amortiguadas por la vieja desteñida alfombra. Entonces, la puerta se abrió y la luz de la luna llego a la oscura habitación. Hubo una pausa. Me preguntaba si él diría más. No quería que lo hiciera. Cada palabra que decía sólo hacia esto más duro.
La puerta se cerró.
Alcé mis ojos para ver el vacío cuarto de motel rodeándome. Las despedidas no eran todo lo que dijeron que era. Ahora sabía eso.

CAPITULO 51










No había esperado verlo otra vez. Al menos no tan pronto. Había dejado en claro cómo me sentía. ¿Cómo había sabido llegar hasta aquí? Nunca le dije el nombre de mi pueblo. ¿Mi padre le había dicho? ¿Acaso no entendían que quería
estar sola?
La puerta de un auto se cerró de golpe, atrayendo mi atención lejos de Pedro para ver a Facundo saliendo de la camioneta roja Ford que había obtenido como regalo de graduación. —Estoy esperando como el demonio que conozcas a este tipo, porque te ha estado siguiendo desde el cementerio. Lo noté del otro lado del camino mirándonos mucho antes, pero no dije nada —dijo Facundo mientras
caminaba hasta nosotros para detenerse ligeramente frente a mí.
—Lo conozco —dije muy a penas, a pesar de la tensión en mi garganta.
Facundo volvió a mirarme. —¿Él es la razón por la que volviste corriendo a casa?
No. En realidad, no. Él no fue lo que me hizo huir. Fue lo que hizo querer quedarme. Incluso sabiendo que todo lo que pudimos haber tenido era imposible.
—No —dije, sacudiendo la cabeza y mirando a Pedro otra vez. Incluso a la luz de la luna, su rostro lucía lleno de dolor.
—¿Por qué estás aquí? —pregunté, manteniendo mi distancia. Facundo se movió aún más frente a mí cuando se dio cuenta de que no me acercaba a Pedro.
—Estás aquí —respondió.
Dios. ¿Cómo podré soportar de nuevo esto? Verlo y saber que no podré tenerlo. Lo que representaba siempre ensuciaría cualquier cosa que sintiera por él.
—No puedo hacer esto, Pedro.
Tomó un paso hacia adelante. —Habla conmigo. Por favor, Paula. Hay tantas cosas que quiero explicarte.
Sacudí la cabeza y tomé un paso hacia atrás. 
—No. No puedo.
Pedro maldijo y posó su mirada sobre Facundo —¿Podrías darnos un minuto? —demandó.
Facundo cruzó los brazos sobre su pecho y se movió aún más para posarse frente a mí. —No lo creo. No parece que ella quiera hablar contigo. Y no puedo decir que vaya a obligarla. Y tú tampoco lo harás.
No necesitaba ver a Pedro para saber lo mucho que Facundo acababa de enojarlo.
Si no los detenía, esto podría terminar mal. Pasé al lado de Facundo y caminé hacia Pedro y en dirección a mi habitación. Si íbamos a hablar, no tendríamos audiencia.
—Está bien, Facundo. Este es mi hermanastro, Pedro Alfonso. Ya sabe quién eres tú. Sólo quiere hablar. Así que vamos a ir a hablar. Puedes irte. Estaré bien —dije
sobre mi hombro, luego me giré para abrir la habitación 4A.
—¿Hermanastro? Espera… ¿Pedro Alfonso? ¿El único hijo de Luca Alfonso? Mierda, Pau, eres familia de una celebridad del rock.
Había olvidado lo fanático que es Facundo hacia las bandas de rock. Él sabría todo sobre el hijo único del baterista de Slacker Demon.
—Vete, Facundo —repetí. Abrí la puerta y entré.
use toda la longitud de la habitación entre nosotros. No me detuve hasta que estuve parada contra la pared del otro lado de la habitación.
Pedro me siguió adentro y cerró la puerta detrás de él. Sus ojos parecían como si estuvieran bebiéndome.
—Habla. Apúrate. Quiero que te vayas —dije.
Pedro se encogió con mis palabras. No me permitiría sentirme mal por él. No podía.
—Te amo.
No. Él no estaba diciendo eso. Sacudí la cabeza. No. No estaba escuchando esto. Él no me amaba. No podía. El amor no mentía.
—Sé que mis acciones no parecen respaldar eso, pero si tan sólo me dejaras explicarme. Dios, nena, no puedo soportar verte sufrir tanto.
No tenía idea de la magnitud del dolor. Él había sabido lo mucho que había amado a mi madre. Lo importante que era para mí. Lo mucho que ella había sacrificado. Él sabía todo esto y aun así no me había dicho lo que pensaban de mi
madre. Lo que él pensaba de mi madre. No podía amar eso. A él. A nadie que se burlara de la memoria de mi madre. Jamás podría amar eso. Jamás.
—Nada que puedas decir arreglará esto. Era mi madre, Pedro. El único recuerdo que tiene algo bueno en mi vida. Es el centro de cada momento de infancia feliz que tengo. Y tú... —Cerré los ojos incapaz de mirarlo—. Y tú, y... y
ellos... todos la desgraciaron. Las mentiras horribles que dijeron como si fueran la verdad.
—Lamento tanto que te hayas enterado de esta forma. Quería decírtelo. Al principio, eras sólo un producto que lastimaría a Daniela. Pensé que tú le causarías más dolor. El problema fue que me fascinaste.Admitiré que estuve
inmediatamente atraído a ti porque eres hermosa. Fue impresionante. Te odié por eso. No quería estar atraído a ti. Pero lo estaba. Te deseé terriblemente aquella primera noche. Sólo estar cerca de ti, Dios, inventé razones para encontrarte.
Luego... luego llegué a conocerte. Estaba hipnotizado por tu risa. Era el sonido más increíble que jamás había oído. Eras tan honesta y determinada. No lloriqueabas ni te quejabas. Tomabas lo que la vida te daba y te las arreglabas con eso. No estaba acostumbrado a ello. Cada vez que te veía, cada vez que estaba cerca de ti, me enamoraba un poco más. —Pedro dio un paso hacia mí y yo levanté ambas manos
para detenerlo. Estaba respirando profundamente varias veces. No iba a llorar otra vez. Si él necesitaba decirme todo esto y devastarme totalmente incluso más, entonces iba a escucharlo. Le daría su cierre porque sabía que yo jamás tendría el mío.
—Luego esa noche en el bar. Te pertenecí después de entonces. Puede que no te hayas dado cuenta, pero estaba atrapado. No había vuelta atrás para mí.
Tenía tanto que arreglar. Te había llevado por el infierno desde que habías llegado y me odiaba por ello. Quería darte el mundo. Pero sabía... sabía quién eras.
Cuando me dejé recordar exactamente quién eras, me eché atrás. ¿Cómo podía estar tan complemente envuelto alrededor de la chica que representaba todo el dolor de mi hermana?
Me cubrí los oídos.
—No. No voy a escuchar esto. Vete, Pedro. ¡Vete ahora! —grité. No quería escuchar acerca de Daniela. Sus palabras viles sobre mi madre resonaban en mis oídos y sentía la necesidad de gritar burbujeando en mi pecho. Cualquier cosa para bloquearlo.
—El día que mamá llegó a casa del hospital con ella yo tenía tres años. Lo recuerdo, sin embargo. Ella era tan pequeña y recuerdo preocuparme de que algo pudiera pasarle. Mamá lloraba mucho. También Dani. Yo crecí rápido. Para cuando Ella tenía tres, yo estaba haciendo todo, desde hacerle el desayuno hasta arroparla en la cama en la noche. Nuestra madre se había casado y ahora teníamos a Federico.
Jamás hubo estabilidad alguna. En realidad, deseaba llegar a los tiempos en que mi padre volvía a mí porque no sería responsable de Dani por unos días. Tendría un descanso. Luego, ella comenzó a hacer preguntas sobre por qué yo tenía un padre y ella no.
—¡Detente! —advertí, moviéndome más lejos a través de la pared. ¿Por qué me estaba haciendo esto?
—Paula, necesito que me escuches. Esta es la única manera en que entenderás. —Su voz estaba rota—. Mamá le decía que no tenía un padre porque era especial. No funcionó por mucho tiempo. Fui y exigí que mamá me dijera
quién era el padre de Daniela. Quería que fuera el mío. Sabía que mi padre tomaría sus lugares. Mamá me dijo que el papá de Daniela tenía otra familia. Él tenía dos niñas
pequeñas a las que amaba más que a Daniela. Quería a esas niñas, pero no la quería a ella. No podía entender cómo alguien no podría querer a Daniela. Era mi hermana
pequeña. Seguro, a veces quería matarla, pero la amaba ferozmente. Luego, llegó el día en que mamá la llevó a ver a la familia que su padre había elegido. Ella lloró por meses luego de eso. —Se detuvo y yo me dejé caer sobre la cama. Iba a hacer que escuchara esto. No podía hacer que se detuviera—. Odiaba a esas niñas.
Odiaba esa familia que el padre de Daniela había elegido por encima de ella. Juré que un día le haría pagar. Dani siempre decía que tal vez un día él vendría a verla.
Soñaba sobre él deseando verla. Escuché esos sueños por años. Cuando cumplí diecinueve, fui a buscarlo. Sabía su nombre. Lo encontré. Le dejé una foto de Daniela con nuestra dirección en la parte trasera. Le dije que tenía otra hija que era especial y ella sólo quería conocerlo. Hablar con él.
Eso fue cinco años atrás. Mi estómago se retorció. Me sentía enferma. Había perdido a Valeria cinco años atrás. Él se había ido cinco años atrás.
—Lo hice porque amaba a mi hermana. No tenía idea de las cosas por las que su otra familia estaba pasando. No me importaba, honestamente. Sólo me importaba Daniela. Ustedes eran el enemigo. Luego, llegaste a mi casa y cambiaste completamente mi mundo. Siempre juré que jamás me sentiría culpable por romper esa familia. Después de todo, ellos habían roto la de Dani. Cada momento
que estuve contigo, la culpa de lo que había hecho comenzaba a comerme vivo.
Ver tus ojos cuando me dijiste sobre tu hermana y tu madre. Dios, juro que me sacaste el corazón aquella noche, Paula. Jamás superaré eso. —Pedro caminó hacia mi y fui incapaz de moverme.
Entendía. Lo hacía. Pero en el entendimiento había perdido mi propio corazón. Todo era una mentira. Mi vida entera. Era una mentira. Todos esos recuerdos. Las navidades que mamá cocinaba galletitas y papá nos levantaba a Valeria y a mí para que pudiéramos decorar la parte elevada del árbol, era todo mentira. No podían ser reales. Creía en Pedro. No cambiaba cómo veía a mi madre.
Ella no estaba aquí para contar su lado de la historia. Sabía lo suficiente como para saber que ella era inocente. Ella no podría ser otra cosa. Todo era pecado de mi padre.
—Te juro que por mucho que amo a mi hermana, si pudiera volver y cambiar las cosas lo haría. JAMÁS habría ido devuelta a ver a tu padre. Nunca. Lo siento tanto, Paula. Lo siento tanto, maldita sea. —Su voz se rompió y yo alcé los
ojos para ver que los suyos estaban húmedos con lágrimas no derramadas.
Si él no hubiera ido a ver a mi padre, las cosas habrían sido tan diferentes.
Pero ninguno de nosotros podía cambiar el pasado sin importar lo mucho que quisiéramos. Ninguno de nosotros podía hacer esto correctamente. Dani tenía a su
padre ahora. Ella tenía lo que siempre había querido. También Georgina.
Yo me tenía a mi.
—No puedo decirte que te perdono —dije. Porque no podía—, pero puedo decirte que entiendo por qué hiciste lo que hiciste. Alteró mi mundo. Eso jamás puede ser cambiado.
Una lágrima solitaria recorrió el rostro de Pedro. No podía levantar la mano y limpiarla porque las lágrimas se habían ido por mi ahora.
—No quiero perderte. Estoy enamorado de ti, Paula. Jamás he querido a nada o a nadie de la manera en que te quiero a ti. No puedo imaginar mi mundo ahora sin ti en él.
Yo siempre me tendría sólo a mí. Porque este hombre había tomado mi corazón y lo había destruido. Incluso si no lo hubiera hecho a propósito. Jamás confiaría lo suficiente para amar otra vez.
—No puedo amarte, Pedro.
Un sollozo estremeció su cuerpo mientras dejaba caer su cabeza en mi regazo. No lo consolé. No podía. ¿Cómo podía calmar su dolor cuando el mío era un enorme agujero lo suficientemente grande para que ambos entráramos en él?
—No tienes que amarme. Sólo no me dejes —dijo contra mi pierna.
¿Estaría mi vida siempre llena de pérdida? No había sido capaz de decirle adiós a mi hermana cuando se fue ese día y jamás volvió. Me había negado a decirle adiós a mi madre esa mañana cuando me dijo que ya casi era la hora. Había
cerrado los ojos y jamás los había vuelto a abrir. Sabía que una vez que Pedro se fuera de esta habitación, sería la última vez que lo vería. Sería nuestro último adiós. No podía seguir con mi vida si él estaba en ella. Siempre dificultaría mi curación.
Pero quería mi adiós esta vez. Este era mi último adiós y esta vez quería la oportunidad de decirlo apropiadamente. No podía decir las palabras. Se negaban a venir. Mi necesidad de proteger el nombre de mi madre se interponía entre yo y las palabras que sabía que Pedro necesitaba oír. No podía decirle que lo había perdonado sabiendo que él era la razón por la que mi padre se había ido y jamás
había vuelto. Se había llevado a mi padre ese día incluso si no sabía el daño que la imagen causó.
Nada de eso cambiaba cómo me había sentido por Pedro  antes de que él hubiera echado a perder mi mundo en mil pedazos. Tendría mi adiós.

lunes, 16 de diciembre de 2013

CAPITULO 50









Permití que me dirigiera por el camino hacia mi camioneta. —¿Me dejarías llevarte con mi abuela? Tiene una habitación de invitados y le encantaría que te quedaras allí. Está muy sola en esa casa. Incluso me llamaría menos si tiene algo de
compañía.
Carmen era la madre de la madre de Facundo. Había sido mi maestra en las clases de los domingos durante toda la escuela primaria. También nos enviaba comida una vez a la semana cuando mamá se puso muy enferma.
—Tengo algo de dinero. Iba a registrarme en un motel. No quiero molestarla.
Facundo dejó salir una risotada. —Si llega a enterarse de que estás en la habitación de un hotel, aparecerá frente a la puerta a formar alboroto. Estarás en su casa cuando termine contigo. Es más fácil simplemente ir a su casa ahora en lugar de causar una escena. Además, Pau, sólo hay un motel en este pueblo. Tú y yo sabemos las muchas citas que han terminado en ese lugar. Enorme factor de asco.
Tenía razón.
—No tienes que llevarme. Iré a verla yo misma. Tienes a Carla esperándote—le recordé.
Rodó los ojos. —No vayas hasta allá, Pau. Sabes más que eso. En un chasquido, nena. Sólo un chasquido de tus dedos. Es todo lo que tomaría.
Me había estado diciendo eso durante años. Ahora sólo era un chiste. Al menos, para mí lo era. Mi corazón no se encontraba allí. Unos ojos plateados aparecieron de pronto en mi mente y el dolor atravesó el entumecimiento. Sabía
dónde se encontraba mi corazón, y no estaba muy segura de si alguna vez volvería a verlo. No si pensaba sobrevivir.
Carmen no dejaría que tuviera un momento de tranquilidad. No dejaría que me asentara. Hoy necesitaba paz. Soledad.
—Facundo. Necesito esta noche para estar sola. Necesito pensar. Procesar todo.
Debo quedarme en el hotel esta noche. Por favor, compréndeme, y haz que tu abuela comprenda. Sólo por esta noche.
Facundo miró por encima de mi cabeza con una mueca de frustración. Sabía que quería hacer preguntas, pero estaba siendo respetuoso. —Pau, odio todo esto. Sé que estás lastimada. Puedo verlo en todo tu rostro. Te he visto lastimada durante muchísimos años. Lentamente me carcome por dentro. Habla conmigo, Pau. Necesitas hablar con alguien.
Tenía razón. Necesitaba hablar con alguien, pero en este momento tenía que preocuparme en lidiar con todo internamente. Eventualmente, le contaré todo lo
que sucedió en Rosemary Beach. Tendré que decírselo a alguien. Facundo era el amigo más cercano que tenía en este lugar.
—Dame algo de tiempo —dije, mirándolo.
—Tiempo. —Asintió—. He estado dándote tiempo durante tres años. No veo qué daño pueda hacer un poco más.
Abrí la puerta de la camioneta y entré. Mañana estaré lista para enfrentar la verdad. Los hechos. Podré hacerlo… mañana.

—¿Tienes teléfono? Llamé a tu antiguo número el día en que te fuiste y me dejaste, y decía que estaba desconectado.
Pedro. Su rostro cuando me rogó que me quedara con el celular del que había mentido, pasó por mi mente. El dolor me atravesó un poco más fuerte.
Sacudí la cabeza. —No. No tengo.
La mueca de Facundo se hizo más pronunciada. 
—Demonios, Pau. No deberías estar por ahí sin teléfono.
—Tengo un arma —le recordé.
—Aun así, necesitas un teléfono. Dudo que alguna vez en tu vida amenaces con eso a alguien. 
—Allí era donde se equivocaba. Me encogí de hombros—.
Consigue uno mañana —ordenó. Asentí, aunque en realidad no tenía la intención de conseguir uno, luego cerré la puerta tras de mí.


***


Conduje de vuelta hacia la calle con doble camino. Conduje media cuadra hasta el primer semáforo y giré hacia la derecha. El motel era el segundo edificio a la izquierda. Nunca antes me había hospedado allí. Tenía amigos que habían venido aquí luego del baile de graduación, pero eso sólo era parte de una secundaria de la que sólo escuchaba en los pasillos.
Pagar por una noche fue lo suficientemente fácil. La chica trabajando detrás del mostrador se me hacía familiar, pero era menor que yo. Probablemente aún en la secundaria. Tomé mi llave y me dirigí afuera otra vez.
La brillante Range Rover que se encontraba aparcada al lado de mi camión lucía completamente fuera de lugar aquí. El corazón que había pensado entumecido, latió con fuerza dentro de mi pecho con un solo doloroso latido cuando mis ojos se conectaron con los de Pedro. Se encontraba de pie frente a la camioneta con sus manos dentro de sus bolsillos, observándome.

CAPITULO 49












El suspiro de alivio que esperé sentir cuando conduje debajo del primer semáforo con tres luces de tráfico en Sumit, Alabama, no llegó. El entumecimiento se había apoderado completamente de mí en el viaje de siete horas. Las palabras que había escuchado a mi padre decir sobre
mi madre sonaban una y otra vez en mi cabeza hasta que ya no pude sentir nada por nadie.
Giré hacia la izquierda en el segundo semáforo y me dirigí al cementerio.
Necesitaba hablar con mamá antes de registrarme en el único motel que había en el pueblo. Quería hacerle saber que no creía nada de lo que habían dicho. Yo sabía
qué clase de mujer había sido ella. Qué clase de madre había sido. Nadie podrá compararse. Había sido mi roca cuando la que estaba a punto de morir era ella.
Nunca había sentido el miedo de que se alejara de mí.
El estacionamiento de gravilla se encontraba vacío. La última vez que había estado aquí, todo el pueblo había venido a brindarle sus respetos a mi madre. Hoy, el sol de la tarde se desvanecía y las sombras eran la única compañía que tenía.
Tragué el nudo que había subido hasta mi garganta al salir del camión.
Estaba aquí de nuevo. Sabía que ella se encontraba aquí, pero que a la vez no. Hice el camino hasta su tumba, preguntándome si alguien habría venido a verla
mientras no estuve. Tenía amigos. Seguramente alguien había venido a traerle flores frescas. Mis ojos picaban. No me gustaba pensar que había estado sola durante semanas. Me sentía contenta de haberla enterrado junto a Valeria. Hizo mucho más fácil mi partida.
El camino de lodo fresco ahora se encontraba cubierto de grama. No había podido pagar nada extra. Verla cubierta de grama me hacía sentir como si estuviese cubierta
apropiadamente, tan tonto como sonaba. Su tumba ahora lucía igual a la de Valeria. Aunque su lápida no era tan lujosa como la de ella. Era simple; había sido todo lo que podía pagar. Había pasado horas intentando decidirme lo que quería que dijera exactamente.





Alejandra 
19 de Abril, 1967 – 2 de Junio, 2012
El amor que dejó atrás será la razón por la que los sueños sean alcanzados. Ella fue la roca
en un mundo que se caía a pedazos. Su fuerza permanecerá por siempre. Se encuentra en
nuestros corazones.


La familia que me había amado ya no se encontraba aquí. Estar de pie aquí, mirando sus tumbas, me hacía darme cuenta lo sola que en verdad estaba. Ya no
tenía familia. Y nunca reconocería la existencia de mi padre luego de este día.
—No esperaba que regresaras tan pronto. —Había escuchado la grama crujir detrás de mí, y sabía quién era sin siquiera tener que voltearme. No lo miré.
Aún no estaba lista. Él vería a través de mí. Facundo había sido mi amigo desde el jardín de niños. El año en que nos convertimos en algo más, sólo había sido de esperarse. Lo he amado durante años.
—Mi vida se encuentra aquí —respondí con simpleza.
—Intenté discutir ese punto hace algunas semanas. —El toque de humor en su voz no pasó desapercibido. Le gustaba tener la razón. Siempre había sido así.
—Creí necesitar la ayuda de mi padre. No era así.
La grama crujió un poco más al acercarse a mi lado. 
—¿Aún es un imbécil?
Sólo asentí. No estaba lista para decirle a Facundo lo imbécil que era mi padre.
No podía decirlo en este momento. De alguna manera, decirlo en voz alta sólo lo haría más real. Quería creer que era un sueño.
—¿No te gusta su nueva familia? —preguntó Facundo. No se rendiría. Me haría preguntas hasta que me derrumbara y le contara todo.
—¿Cómo supiste que estaba en casa? —pregunté, cambiando el tema. Sólo lo distraería por un momento, pero no tenía la intención de quedarme por aquí durante todo ese tiempo.
—En verdad, no habrás esperado conducir tu camioneta alrededor del pueblo y no convertirte en noticia número uno en sólo cinco minutos, ¿cierto? Conoces este lugar mejor que eso, Pau.
—¿He estado aquí cinco minutos? —pregunté, aun estudiando la tumba frente a mí. El nombre de mi madre bordeado en la roca.
—Nah, probablemente no. Me encontraba sentado afuera del supermercado esperando a que Carla saliera del trabajo —dijo. Estaba saliendo con Carla de nuevo. Para nada sorpresivo. Ella parecía ser alguien de la cual él no tenía
suficiente.
Tomé aire profundamente y finalmente giré mi cabeza para mirar fijamente a sus ojos azules. Las emociones atravesaron el entumecimiento al que me aferraba. Este era mi hogar. Esto era seguro. Esto era todo lo que conocía.
—Voy a quedarme —le dije.
Una sonrisa adornó sus labios, y asintió. —Me alegra. Te hemos extrañado.
Aquí es donde perteneces, Pau.
Hace algunas semanas había pensado que sin mamá, yo no encajaba en ningún lugar. Quizá haya estado equivocada. Mi pasado se encontraba aquí.
—No quiero hablar sobre Miguel —dije, y volví la mirada hacia la tumba de mi madre.
—Hecho. Nunca volveré a mencionarlo.
No tenía que decir nada más. Cerré los ojos y recé en silencio para que mi mamá y mi hermana estuviesen juntas y felices. Facundo no se movió. Nos quedamos allí sin hablar hasta que el sol se puso.
Cuando la oscuridad finalmente descendió sobre el cementerio, Facundo deslizó su mano entre la mía. 
—Vamos, Pau. Encontremos algún lugar donde puedas
quedarte.