sábado, 21 de diciembre de 2013

CAPITULO 61




pedro


habían pasado tres semanas, cuatro días y doce horas desde que la había visto. Desde que ella rompió mi corazón. Si yo hubiera estado bebiendo, me gustaría echarle la culpa al alcohol. Tenía que ser una ilusión, una desesperada ilusión. Pero no había estado bebiendo. Ni una gota. No había ninguna duda sobre Paula. Era ella. Ella estaba
realmente aquí. Paula estaba de vuelta en Rosemary. Ella estaba en mi casa.
Había pasado cinco horas anoche conduciendo por todo el maldito lugar buscando a Isabel, esperando que ella me llevara a Paula. Pero no había encontrado a ninguna de ellas. Llegar a casa y admitir la derrota había sido doloroso. Me convencí a mi mismo que Isabel aún seguía en Sumit con Paula. Que tal vez el texto de Isabel había sido un mensaje borracho y nada más.
Me empapé los ojos de ella. Ella estaba más delgada y no me gustaba eso. ¿No estaba comiendo? ¿Había enfermado?
—Hola, Pedro —dijo ella, rompiendo el silencio. El sonido de su voz casi me envía de rodillas. Dios, había extrañado su voz.
—Paula —Pude decir, aterrorizado de espantarla lejos solo con hablar.
Se estiró y envolvió un mechón de su cabello alrededor de su dedo y tira de él. Ella estaba nerviosa. No quiero hacer que se ponga nerviosa. Pero, ¿qué puedo hacer yo para hacer esto más fácil?
—¿Podemos hablar? —preguntó en voz suave.
—Sí. —Doy un paso atrás para dejarla entrar—. Entra
Hizo una pausa y miró más allá de mí, hacia mi casa. El miedo y el dolor destellando en sus ojos, haciéndome maldecirme en silencio. Ella había sido herida aquí. Su mundo fue destruido en mi casa. Maldita sea. No quería que se sintiera así en mi casa. No cuando había buenos recuerdos aquí también.
—¿Estás solo? —preguntó. Sus ojos volviendo hacia mí.
Ella no quería ver a mi mamá o a su papá. Lo entendía ahora. No era la casa.
—Los obligué a irse el día en que te fuiste —Le contesté, mirándola con atención.
Sus ojos se abrieron de par en par. ¿Por qué esto la sorprendía? ¿No lo entendía? Ella era lo primero. Yo le había dicho tanto en esa habitación de hotel.
—Oh, no lo sabía… —Su voz se fue apagando. Ambos sabíamos que ella no lo sabía porque me había sacado de su vida.
—Soy solo yo. A excepción de las visitas ocasionales de Federico, siempre solo yo. —Ella necesitaba saber que no me había mudado. No me estaba mudando.
Paula entró a la casa y apreté los puños cuando su dulce y familiar esencia la siguió. Tantas noches me senté aquí y soñé con ver su camino de vuelta a mi vida. Mi mundo.
—¿Puedo conseguirte algo para tomar? —pregunté, pensando que lo que realmente quería hacer era rogarle que hablara conmigo. Que se quede conmigo. Que me perdone.
Paula  negó con la cabeza y se volvió para mirarme.
—No, estoy bien. Yo… Yo solo… Estaba en la ciudad y bueno… —Arrugó la nariz y luché contra la urgencia de alcanzarla y tocar su rostro—. ¿Golpeaste a Facundo?
Facundo. Mierda. Ella sabía sobre Facundo. ¿Estaba aquí para hablar de Facundo?
—Él preguntó cosas que no debería Saber. Dijo cosas que no debería —le contesté con dientes apretados.
Paula suspiró.
—Puedo imaginarlo —murmuró y sacudió la cabeza—. Siento que viniera aquí. Él no piensa las cosas. Actúa solo por impulso.
No lo defendía. Se disculpaba por él. Ese no era su trabajo. El estúpido hijo de puta no era su responsabilidad o su culpa.
—No te disculpes por él, Paula. Eso me hace querer cazar su culo —gruñí, incapaz de controlar mi reacción.
—Es mi culpa que él estuviera aquí, Pedro. Eso es porque pido disculpas. Lo molesté y él supuso que era todo por ti, así que el vino corriendo aquí antes de hablar las cosas conmigo.
¿Hablar las cosas con ella? ¿Qué carajos tenia Facundo que hablar con ella?
—Él tiene que retroceder. Si ha…
—Pedro. Cálmate. Somos viejos amigos. Nada más. Le dije algunas cosas que necesitaba decir desde hace mucho tiempo. No le gustó. Fui cruel pero necesitaba decirlo. Estaba cansada de proteger sus sentimientos. Me presionó demasiado. Eso es todo.
Tomé una respiración profunda pero el martilleo de mi cabeza se había vuelto más fuerte.
—¿Viniste para verlo? —Necesitaba saber si esa era la razón por la cual ella estaba aquí. Si esto no tenía nada que ver conmigo, mi corazón necesitaba tratar con eso.
Paula caminó hacia las escaleras en vez de ir hacia la sala de estar. Me di cuenta. Entendí. Ella podría haber estado en mi casa, pero no podía entrar ahí y hacerle frente a las cosas. No todavía. Tal vez nunca.
—Pudo haber sido mi excusa para entrar al auto con Isabel —Hizo una pausa y dejó escapar un suspiro—, pero él se había ido cuando yo llegué aquí. Me quedé por otras razones. Yo… Yo necesito hablar contigo.
Vino a hablar conmigo. ¿Fue el tiempo suficiente? Utilicé hasta la última gota de fuerza de voluntad que poseía para no levantarme y tirarla sobre mis brazos. No me importaba lo que ella tenía que decir. El hecho de que ella quería verme era suficiente.
—Me alegro de que hayas venido —dije simplemente.
El pequeño ceño estaba de vuelta y Paula no miraba directamente hacia mí.
—Las cosas siguen siendo las mismas. No he sido capaz de dejarlo ir. Nunca seré capaz de confiar en ti. Incluso… incluso si lo quiero. No puedo.
¿Qué demonios significaba eso? El golpeteo en mis oídos se hizo más fuerte.
—Me voy de Sumit. No puedo quedarme. Tengo que hacerlo por mi cuenta.
¿Qué? —¿Te estás mudando con Isabel? —pregunté, preguntándome si yo todavía estaba durmiendo y esto era un sueño.
—No. No iba a hacerlo. Pero esta mañana hablé con Isa y pensé que si tal vez te veía y hablaba contigo y enfrentaba… esto, yo sería capaz de quedarme con
ella durante un tiempo. No sería permanente; Me iré en un par de meses. Solo hasta que tenga tiempo para decidir a donde voy a ir.
Todavía pensaba irse. Necesitaba cambiar eso. Tenía un par de meses si se quedaba aquí. Por primera vez, desde que me dijo que dejara la habitación de hotel, tenía esperanza.
—Creo que eso es inteligente. No hay razón por la cual tomar una decisión precipitada cuando se tiene una opción aquí. —Ella podía quedarse en mi casa de forma gratuita. En mi cama. Conmigo. Pero no podía ofrecer eso. Ella nunca estaría de acuerdo.

viernes, 20 de diciembre de 2013

CAPITULO 60







paula

estiré la mano y le di un codazo a Isabel en la pierna para despertarla.
Había estado dormida por las últimas dos horas. Estábamos fuera de Rosemary Beach y necesitaba que ella manejara, así yo podría buscar la camioneta de Facundo en todos los moteles baratos.
—¿Ya llegamos? —murmuró soñolienta y se sentó en su asiento.
—Ya casi. Necesito que manejes. Voy a buscar la camioneta de Facundo.
Isabel dejó escapar un suspiro de cansancio. Yo sabía que ella estaba haciendo esto sólo con la esperanza de traerme a Rosemary y mantenerme allí. No le importaba encontrar a Facundo. Pero yo necesitaba un aventón. Iba a viajar con Facundo a casa. Y nosotros íbamos a hablar. Él no tenía por qué haber venido a buscar a Pedro. Sólo esperaba que no le hubiera dicho sobre lo que me a encontró comprando.
No era que quisiera ocultárselo a Pedro. Era sólo que aún no he asimilado nada. Necesitaba procesarlo. Averiguar lo que quiero hacer. Luego contactaría a Pedro. Facundo yendo detrás de él como un loco no era lo que yo quería. Aún no podía creer que lo había hecho.
—Detente allí. Necesito entrar y tomar un café con leche primero —instruyó Isabel. Hice lo que me pidió y estacioné el auto frente a Starbucks.
—¿Quieres algo? —preguntó Isa mientras abría la puerta. No estaba segura de si la cafeína era buena para el… para el bebé. Negué con la cabeza y esperé hasta que ella saliera del auto antes de dejar escapar el sollozo en mi pecho que no había estado esperando. No había pensado sobre lo que significaban esas dos rayas de color rosa. Un bebé. El bebé de Pedro. Oh, Dios.
Salí del auto y caminé alrededor de la parte delantera para sentarme en el lado del pasajero. Para el momento en que estaba dentro y con el cinturón de seguridad, Isabel se dirigía hacia el auto. Ya se veía un poco más despierta. Alejé
los pensamientos sobre mi bebé y me concentré en la búsqueda de Facundo. Podría pensar en mi futuro, en el futuro de mi bebé, después.
—De acuerdo. Tengo cafeína. Estoy lista para buscar a este tipo.
No la corregí. Sabía que ella sabía su nombre. Yo lo había usado varias veces. Sólo estaba negándose a reconocerlo. Esta era su forma de rebelión. Facundo representaba a Sumit, y ella no me quería en Sumit. En lugar de irritarme, me gustaba. Me quería con ella y eso se sentía bien.
—Él dejó Rosemary por los precios de las habitaciones de hotel. Así que, está en algún lugar accesible. ¿Puedes llevarme a algunos de esos? —pregunté.
Asintió pero no me miró. Estaba enviando un mensaje de texto. Genial.
Necesitaba que se concentrara y ella muy posiblemente estaba diciéndole a Jose que ya casi llegamos. No quería que Jose supiera algo.


***


Manejamos por treinta minutos, yo revisaba los estacionamientos de los moteles baratos en la ciudad. Esto estaba volviendo frustrante. Él tenía que estar aquí en algún lado. —¿Puedo usar tu teléfono? Voy a llamarlo de nuevo y hacerle saber que lo estoy buscando. Me dirá dónde está cuando sepa que he conducido hasta aquí.
Isabel me dio su teléfono y rápidamente marqué el número de Facundo. Sonó dos veces.
—¿Hola?
—Facu . Soy yo. ¿Dónde estás? Estoy en las afueras de Rosemary y no puedo encontrar tu camioneta.
Hubo un silencio, luego—: Maldita sea.
—No te enojes. Necesitaba ver cómo estabas. Vine aquí para llevarte a casa.—Sabía que estaría frustrado de que hubiese venido tan cerca de Rosemary nuevamente.
—Te dije que estaría en casa una vez que durmiera, Paula. ¿Por qué no podías quedarte donde estabas? —La irritación en su voz me enojó. Pensarías que él no estaba feliz de que hubiera venido a ver cómo estaba.
—¿Dónde estás, Facundo? —pregunté de nuevo. Luego lo escuché. Una voz femenina de fondo. El teléfono fue tapado. No hacía falta ser un genio para darse cuenta que Facundo estaba con una chica y trataba de esconderlo. Esto me molestó. No porque pensaba que Facundo y yo teníamos una oportunidad, si no porque él me había dejado pensar que estaba herido y solo en una ciudad extraña. Idiota.
—Escucha. No tengo tiempo para más de tus estúpidos juegos, Facundo. Ya he pasado de ellos. La próxima vez, intenta no fingir como si me necesitaras cuando es obvio que no.
—Paula, no. Escúchame. No es lo que piensas. No pude dormir después de que llamaste así que volví a la camioneta y regresé a casa. Quería verte.
Un grito de enojo por parte de la chica vino del otro lado del teléfono.
Estaba cabreando a quien sea que estaba con él. El chico era un idiota.
—Haz que tu compañía se sienta mejor. No necesito una explicación. No necesito nada de ti. Nunca lo necesité.
—¡PAULA! ¡NO! Te amo, nena. Te amo mucho. Por favor, escúchame —suplicó, y la chica con él se puso más histérica—. ¡Cállate, Carla! —rugió y supe entonces que estaba de vuelta en Sumit. Estaba con Carla.
—¿Fuiste con Carla? ¿Volviste a casa, dejándome preocupada, y fuiste a ver a Carla? Eres ridículo, Facundo. ¿En serio? Esto no me lastima. Ya no puedes hacerme
daño. Pero detente y piensa sobre los sentimientos de otros, para variar. Sigues arrastrando a Carla con tu comportamiento y eso está mal. Deja de pensar con tu
pene y madura.
Terminé la llamada y le di a Isa su teléfono. Sus ojos estaban muy abiertos mientras me miraba. —Él volvió a Sumit —le dije en forma de explicación.
—Sí… escuché esa parte —dijo Isabel lentamente. Ella esperaba que agregara más. Merecía más. Me había traído hasta aquí. También era la única amiga verdadera que tenía. Facundo no era un amigo. No uno verdadero. Un amigo
verdadero no seguiría haciendo cosas estúpidas como las que él hacía.
—¿Puedo dormir en tu casa esta noche? No creo que vaya a volver allí. Iba a irme pronto de todos modos. Averiguaré a dónde voy a ir mañana y luego, cuando llegué allí, haré que Carmen me envíe el resto de mis cosas. No es que tenga
mucho, de todos modos. Mi camioneta está en el cementerio. Nunca haría el viaje de nuevo.
Isabel asintió y arrancó el auto, luego salió hacia la carretera. —Puedes quedarte conmigo todo el tiempo que necesites. O más —respondió.
—Gracias —dije antes de apoyar mi cabeza hacia atrás en el asiento y tomar una respiración profunda. ¿Qué iba a hacer ahora?


***


El olor del tocino se hizo más espeso cuando más lo inhalaba. Era como si el tocino estuviera apoderándose de mis sentidos. Mi garganta se estrechó. Mi estómago gruñó por el delicioso olor de éste. La grasa chisporroteaba en algún lugar a la distancia. Antes de que pudiera abrir los ojos completamente, mis pies estaban en el suelo y corría hacia el baño.
Por suerte, el apartamento de Isa no era tan grande y no tenía mucho que correr.
—¿Paula? —llamó la voz de Isabel desde la cocina, pero no podía detenerme.
Cayendo sobre mis rodillas en frente del inodoro, agarré el asiento de porcelana con ambas manos y comencé a vomitar todo en mi estómago hasta que nada más que nauseas sacudían mi cuerpo. Cada vez que pensaba que había terminado, olía la grasa del tocino mezclada con mi vómito y comenzaba de nuevo.
Estaba tan débil que mi cuerpo temblaba cuando trataba de vomitar y nada más salía. Un paño frío estaba en mi cara y Isabel se encontraba de pie junto a mí para tirar de la cadena y luego recostándome contra la pared.
Sostuve el paño sobre mi nariz para bloquear el olor. Isabel lo notó y cerró la puerta del baño. Después de encender el ventilador, colocó sus manos en las caderas y me miró. La incredulidad en su cara me confundía. Me enfermé. ¿Qué
tenía de extraño eso?
—¿Tocino? ¿El olor del tocino te hace vomitar? —Negó con la cabeza, aún mirándome como si no pudiera creerlo—. No me lo ibas a decir, ¿cierto? Ibas a poner tu loco culo en algún maldito autobús y largarte. Tú sola. No te lo puedo
creer, Paula. ¿Qué pasó con la chica lista que me enseñó a no dejar que un hombre me usara, eh? ¿A dónde diablos se fue? Porque tu plan apesta. Mucho. No puedes huir. Tienes amigos aquí. Vas a necesitar amigos… y yo esperaría que tuvieras la intención de decirle a Pedro sobre esto también. Te conozco lo suficientemente bien como para saber que ese es su bebé.
¿Cómo lo sabía? Sólo vomité. Muchas personas se contagian de virus. —Es un virus —murmuré.
—No me mientas.Era el tocino,Paula. Estabas durmiendo tan
pacíficamente en el sofá y al minuto que comencé a cocinar el tocino comenzaste a hacer sonidos extraños y a dar vueltas en el sofá. Luego saliste disparada como una
bala para vomitar hasta las tripas. No es ciencia espacial, nena. Quita esa mirada de sorpresa de la cara.
No le podía mentir. Ella era mi amiga. Posiblemente la única ahora. Tiré de mis rodillas hasta mi barbilla y envolví mis brazos alrededor de mis piernas. Esta era mi manera de mantenerme en una pieza. Cuando sentía que el mundo estaba quebrándose a mí alrededor y no podía controlarlo, siempre me mantenía unida de esta manera.
—Por eso Facundo vino aquí. Me encontró comprando pruebas de embarazo ayer. Sé que es por eso que vino aquí. Para preguntarle a Pedro… para preguntar sobre la relación entre El y yo. Es algo de lo que me niego a hablar con Facundo. En lo absoluto. Luego tuve un retraso. Dos semanas de retraso. Pensé que compraría un par de pruebas y saldrían negativas y todo estaría bien. —Detuve la explicación y apoyé la mejilla contra mis rodillas.
—Las pruebas… ¿fueron positivas? —preguntó Isa.
Asentí pero no la miré.
—¿Ibas a decirle a Pedro? ¿O en serio ibas a escapar?
¿Qué haría Pedro? Su hermana me odiaba. Su madre me odiaba. Odiaban a mi madre. Y yo odiaba a mi padre. Para que Pedro sea parte de la vida de este bebé él tendrá que dejarlas. Yo no podía pedirle que deje a su mamá y su hermana.
Incluso si ellas son malvadas. Las amaba. Y no dejaría a Daniela. Ya había aprendido que cuando se trataba de mí o de Dani, él elegiría a Dani. Lo había hecho al final.
Cuando yo había descubierto todo. Él guardó su secreto. Él la había escogido a ella.
—No se lo puedo decir —dije en voz baja.
—¿Por qué no? Él querría saberlo y su culo necesita ser un hombre y estar allí para ti. Esa mierda de escapar es estúpida.
Ella no lo sabía todo. Sólo sabía un poco. Había sido la historia de Daniela la que se contó, y la de nadie más a los ojos de Pedro. Pero yo no estaba de acuerdo.
También era mi historia. Daniela aún tenía a sus padres y su hermano. Yo no tenía a nadie. Mi madre estaba muerta. Mi hermana estaba muerta. Y mi padre podría también estar muerto. Así que esta historia era tanto mía como de ella. Tal vez hasta más.
Levanté mi cabeza y miré a Isabel. Ella era mi única amiga en el mundo y si yo iba contar esta historia, entonces era ella a quién quería contársela.

CAPITULO 59











Pedro

Fede por fin se había dado por vencido conmigo y se fue a bailar con una de las chicas que había estado coqueteando con nosotros desde que entramos al club. Él había venido aquí por un poco de diversión y yo necesitaba la distracción, pero ahora que estaba aquí, sólo quería irme.
Tomando un trago de mi cerveza, traté de no hacer contacto visual con nadie.
Mantuve la cabeza baja y el ceño fruncido. No fue difícil hacerlo.
Las palabras de Jose siguieron repitiéndose en mi cabeza. Tenía miedo…
No, estaba aterrorizado de permitirme creer que ella volvería. Había visto su cara aquella noche en la habitación del motel. Estaba vacía. La emoción en sus ojos había desaparecido. Había acabado, conmigo, con su padre, con todo. El amor era cruel. Tan malditamente cruel.
El taburete junto a mí chirrió contra el suelo mientras era movido hacia atrás. No lo miré. No quería que nadie me hablara.
—Por favor, dime que esa fea mueca en tu bonita cara no es por una chica. Podrías romper mi corazón. —La suave voz femenina me era familiar.
Incliné la cabeza hacia un lado lo suficiente como para ver su cara. Aunque ahora era mayor, la reconocí de inmediato. Hay algunas cosas que un hombre no olvida en la vida y la chica con quien perdió la virginidad es una de ellas. Emilia. Había sido tres años mayor que yo y estaba visitando a su abuela el verano que cumplí catorce años. No había sido una relación amorosa. Más bien una lección de vida.
—Emilia —contesté, aliviado de que no era otra mujer desconocida que estaba aquí para arrojarse sobre mí.
—Y recuerdas mi nombre. Estoy impresionada —dijo ella y luego miró al camarero y le sonrió—. Jack con Coca-cola, por favor.
—Un chico no olvida a su primera.
Se movió en su taburete, cruzando las piernas e inclinando la cabeza para mirarme haciendo que su largo cabello oscuro cayera sobre un hombro. Todavía lo llevaba largo. En aquel entonces me había fascinado.
—La mayoría de los chicos no, pero tú has llevado una vida diferente a la de la mayoría de los chicos. La fama ha tenido que cambiarte a lo largo de los años.
—Mi padre es famoso, no yo —espeté, odiaba cuando las mujeres querían hablar de algo sobre lo que no sabían nada. Emilia y yo habíamos follado un par de veces, pero no sabía mucho acerca de mí en aquel entonces.
—Umm, lo que sea. Entonces, ¿por qué estás tan triste?
No estaba triste. Yo era un desastre. Pero ella no era alguien con la que pretendía desahogarme.
—Estoy bien —contesté y miré a la pista de baile con la esperanza de captar la atención de Fede. Estaba listo para irme.
—Te ves como si tuvieras el corazón roto y no supieras qué hacer con él— dijo ella alcanzando su Jack con Cola.
—No voy a hablar contigo de mi vida personal, Emilia. —Dejé que el borde de advertencia en mi voz es escuchara alto y claro.
—Para ahí, guapo. No intento molestarte. Solo tenemos una pequeña charla.
Mi vida personal no era una pequeña charla. —Entonces, pregúntame sobre el jodido clima —dije con un gruñido.
No respondió y me alegré. Tal vez se iría. Me dejaría en paz.
—Estoy en la ciudad cuidando a mi abuela. Está enferma y yo necesitaba hacer algo con mi vida. Acabo de pasar por un divorcio problemático. Necesitaba un cambio de escenario de Chicago. Estaré aquí por lo menos durante seis meses. ¿Crees que serás intratable todo el tiempo que yo esté aquí o vas a volverte más agradable en un futuro próximo?
Quería verme. No. No estaba preparado para eso. Empecé a responder cuando mi teléfono me alertó de un mensaje de texto. Aliviado de tener una interrupción para poder pensar cómo iba a responderle, lo saqué de mi bolsillo.
No reconocí el número. Pero el “Hola, soy Isabel” me llamó la atención y dejé de respirar cuando abrí el mensaje para leer todo el asunto:

Hola, soy Isabel. Si no eres un estúpido cabrón, entonces te despertarás y seguirás el plan.


¿Qué demonios significaba eso? ¿Qué me estaba perdiendo? ¿Paula estaba en Rosemary? ¿Eso es lo que significaba? Me puse de pie y dejé suficiente dinero
en la barra para pagar mi cerveza y la bebida de Emilia.
—Me tengo que ir. Fue agradable verte. Cuídate —le dije como un pensamiento tardío mientras acechaba a través de la multitud hasta que encontré a Federico casi follando con alguna pelirroja en la pista de baile.
Sus ojos se encontraron con los míos y asentí hacia la puerta.
—Ahora —dije, y me volví para dirigirme hacia la puerta. Lo dejaría aquí si no me había alcanzado para cuando llegase a mi Range Rover. Ella podría estar aquí. Iba a averiguarlo. Preguntarle a Isabel que quería decir con ese jodido
mensaje era inútil.

jueves, 19 de diciembre de 2013

CAPITULO 58







Paula

los tablones de madera crujieron debajo de mis pies mientras retrocedí un paso en el pórtico de la casa de Carmen. Dejé que la puerta de tela metálica se cerrara detrás de mí con un ruidoso golpe antes de recordar que era vieja y sus resortes hace mucho tiempo estaban oxidados. Había pasado muchos días de mi niñez en este pórtico
bombardeando guisantes con Facundo y Carmen. No quería que ella se molestara conmigo. Mi estómago se retorció.
—Siéntate, niña, y deja de lucir como si estuvieras a punto de llorar. Dios sabe que te amo como si fueras mía. Pensé que lo serías algún día. —Sacudió su cabeza—. Estúpido chico, no pudo ponerse las pilas. Esperaba que se hubiera dado cuenta antes de que fuera demasiado tarde. Pero no lo hizo, ¿lo hizo? Te fuiste y encontraste a alguien más.
Esto no había sido lo que yo esperaba. Tomé el asiento enfrente de ella y comencé a bombardear guisantes, así no tendría que mirarla. —Facundo y yo terminamos hace tres años. Nada de lo que está pasando ahora le afecta. Él es mi
amigo, eso es todo.
Carmen pronunció un “umm” y se movió en el columpio del pórtico donde estaba sentada. —No creo eso. Ustedes eran inseparables de niños. Incluso de niño no podía quitarte los ojos de encima. Era gracioso de ver cuánto te adoraba
y él ni siquiera se daba cuenta. Pero los chicos llegan a la adolescencia y se olvidan momentáneamente de sus intereses. Odié que lo hiciera. Odié que te perdiera,niña. Porque no habrá otra Paula para Facundo. Tú eras para él.
Ella no había mencionado mis pruebas de embarazo. ¿Siquiera sabía que las había comprado? No quería recapitular mi pasado con Facundo. Seguro teníamos
historia, pero había mucha tristeza y arrepentimiento que yo no quería tocar. Vivi en una mentira que mi padre construyó en ese entonces. Recordarlo dolía.

—¿Facundo se ha pasado por aquí hoy? —pregunté.
—Sí. Vino esta mañana a buscarte. Le dije que no habías regresado a casa desde que te marchaste en la mañana. Él lucía preocupado, se fue sin decirme nada más. Aunque había estado llorando. No creo haberlo visto llorando alguna vez. Por lo menos, no desde que era un niño.
¿Había estado llorando? Cerré mis ojos y dejé caer los guisantes en el balde grande que Carmen estaba usando. No se suponía que Facundo se molestara. No se suponía que llorara. Me había dejador ir hace mucho tiempo. ¿Por qué esto era tan difícil para él? —¿Hace cuando fue de eso? —pregunté, pensando sobre las horas que habían pasado desde que le había desnudado mi alma en el estacionamiento de la farmacia.
—Ah, hace como nueve horas, creo. Era temprano. Él era un desastre, niña.
Al menos ve a buscarlo y habla con él. No importa cómo te sientas sobre él ahora,necesita escuchar de ti que las cosas están bien.
Asentí. —¿Puedo usar tu teléfono? —pregunté, poniéndome de pie.
—Claro que puedes. Come una de esas tartas fritas mientras estas ahí. Hice suficientes para un ejército después de que saliera corriendo esta mañana. Son de tu sabor favorito —dijo.
—Cereza —repliqué y ella me dio una sonrisa. Podía ver tantas cosas en los ojos de ella. Conocía a Facundo. Nada de él me sorprendía. Lo entendía. Teníamos un pasado. Amaba a su familia y ellos obviamente también me amaban. Eso era seguro.
Isabel estaba parada en el otro lado de la puerta sorbiendo de su vaso de té helado y tendiéndome el teléfono. Ella había está escuchando. No me sorprendía.
—Llama al chico. Termina con eso —dijo.
Tomé el teléfono y entré a la sala de estar para darme algo de privacidad antes de marcar el número de Facundo. Lo sabía de memoria. Él tenía el mismo número desde que obtuvo su primer celular cuando tenía dieciséis.
—Hola —Vino su respuesta. Podía escuchar la vacilación en su voz. Algo andaba mal. Sonaba como si hablara a través de su nariz.
—¿Facundo? ¿Está bien? —pregunté repentinamente preocupada por él.
Hubo una pausa entonces un largo suspiro. —Paula. Sí… estoy bien.
—¿Dónde estás? Aclaró su garganta. —Estoy, uh... Estoy en Rosemary Beach.
¿Estaba en Rosemary? Me hundí en el sofá detrás de mí y agarré el teléfono más fuerte. ¿Le estaba diciendo a Pedro? Mi corazón se golpeó contra mi pecho y cerré mis ojos apretadamente antes de preguntar—: ¿Por qué estás en Rosemary? Por favor, dime que tu no… —No podía decirlo. No con Isa en la otra habitación y era más que probable que me estaba escuchando.
—Necesitaba ver su rostro. Necesitaba ver si él te ama. Necesito saber… porque, solo necesito saber. —Eso no tenía ningún sentido.
—¿Qué le dijiste? ¿Cómo lo encontraste? ¿Lo encontraste? —Tal vez no lo había encontrado. Tal vez podía detenerlo.
Hubo una risita dura al final de la otra línea. —Sí, lo encontré, vale. No fue realmente difícil. Este lugar es pequeño y todos saben donde vive el hijo de la estrella del rock.
Oh Dios, oh Dios, oh Dios… —¿Qué le dijiste? —pregunté lentamente como si el horror me invadiera.
—No le dije. No te haría eso. Dame algo de crédito. Te engañé porque yo era un idiota adolescente caliente, pero maldita sea, Pau, ¿cuándo vas a perdonarme? ¿Pagaré por ese error el resto de mi vida? ¡Lo siento! DIOS, estoy tan jodidamente arrepentido. Volvería atrás y lo cambiaría todo si pudiera. —Se detuvo e hizo un gruñido que sonó como si estuviera herido.
—¿Facundo, que está mal contigo? ¿Estás bien? —pregunté. No quería admitir lo que había dicho. Sabía que estaba arrepentido. Yo también. Pero no, nunca iba a
dejar pasar eso. Perdonar era una cosa. Olvidar era otra.
—Estoy bien. Solo estoy un poco golpeado. Digamos que al tipo no le alegro verme, de acuerdo.
El tipo. ¿Pedro? ¿Lo había herido Pedro? Eso no sonaba como El en absoluto. —¿Qué tipo? 
Facundo suspiró. —Pedro.
Mi mandíbula cayó abierta mientras miraba fijamente al frente. ¿Pedro había herido a Facundo? —No lo entiendo.
—Está bien. Conseguí una habitación para la noche y estoy durmiendo para olvidar eso. Estaré en casa mañana. Tenemos cosas que hablar.
—Facundo. ¿Por qué te hirió Pedro?
Otra pausa y luego un suspiro cansado. —Porque le pregunté algunas cosas que él pensó que no son de mi incumbencia. Estaré en casa mañana.
Le preguntó. ¿Qué tipo de preguntas?
—Pau, no tienes que decirle. Yo cuidaré de ti. Sólo… necesitamos hablar.
¿El cuidará de mí? ¿De qué estaba hablando? No iba a dejarlo cuidar de mí.
—¿Dónde estás exactamente? —pregunté.
—En algún hotel justo a las afueras de Rosemary. Ellos piensan que todo aquí es de mejor calidad. Todo aquí cuesta cinco veces mucho más.
—Bien. Quédate en cama y te veré mañana —repliqué, entonces colgué.
Isabel dio un paso en la habitación. Levantó una de sus oscuras cejas mientras me miraba, esperando. Ella había estado escuchando. Sabía que lo haría.
—Necesito un aventón a Rosemary —Le dije levantándome. No podía dejar a Facundo tumbado y herido en la habitación de un hotel, no podía arriesgarme a que regresara y tratara de hablar con Pedro otra vez. Si Isa pudiera llevarme ahí, yo
podría checarlo y después llevarlo a casa.
Isabel asintió y una pequeña sonrisa tiró en sus labios. Podía decir que intentaba ocultar lo feliz que estaba de escuchar eso. No me quedaría allí. Ella no debía hacerse ilusiones. —Esto es solo por Facundo. No estoy… no puedo quedarme allá.
No aparentó creerme. —Seguro. Lo sé.
No estaba de humor para convencerla. Le entregué el teléfono y regresé a mi habitación temporal para empacar algunas cosas.

CAPITULO 57








Paula

Isabel salió del coche de Jose en el aparcamiento de Dairy K. Vi el pequeño Volkswagen azul de Carla y decidí no salir del coche. Sólo había visto dos veces a Carla desde que regresé y ella había estado a punto de arañar mis ojos. Ella había puesto los ojos en Facundo desde la secundaria.
Entonces, yo regresé a casa y fastidié cualquier tipo de relación que ellos finalmente habían logrado tener. Yo no había querido eso. Ella podía quedarse con El.
Isa comenzó a salir del coche y yo la agarré del brazo. 
—Hablemos en el coche —le dije, deteniéndola.
—Pero quiero un helado con Oreos —se quejó.
—No puedo hablar en ese sitio. Conozco a mucha gente —le expliqué.
Isa suspiró y se recostó en su asiento. —Está bien. Mi culo no necesita nada de helado y galletas, de todos modos.
Sonreí y me relaje, agradecida por los oscuros cristales tintados. Sabiendo que no estaba en exhibición cuando la gente se detenía y se quedaba mirando el coche de Jose. Nadie de por aquí conducía estos coches.
—No voy a andar con rodeos, Paula. Te echo de menos. Nunca he tenido una amiga cercana antes. Nunca. Entonces, llegaste y luego te fuiste. Odio que te hayas ido. El trabajo es una mierda sin ti. No tengo a nadie para hablar de mi vida sexual con Jose y lo dulce que es él, que es algo que no tendría si no te hubiera escuchado. Te extraño.
Sentí las lágrimas picando mis ojos. Sentirse extrañada se sentía bien. La extrañaba demasiado. Me perdí un montón de cosas. —Yo también te extraño —le respondí, con la esperanza de que no me dieran ganas de llorar.

Isabel asintió con la cabeza y una sonrisa se asomó en sus labios. —Eso está bien. Porque necesito que regreses a vivir conmigo. Jose me dio un apartamento frente al mar en la propiedad del club. Yo, sin embargo, me niego a dejar que él lo pague. Así que necesito una compañera de piso. Por favor, vuelve. Te necesito. Y Antonio dijo que tendría tu trabajo de inmediato.
¿Volver a Rosemary? Donde Pedro estaba... y Daniela... y mi papá. No podía regresar. Yo no podía verlos. Estarían en el club. ¿Mi papá llevaría a Dani a jugar al golf? ¿Podría soportar ver eso? No, yo no podría. Sería demasiado.
—No puedo —Estaba conmovida. Ojalá pudiera. No sabía a iría ahora que sabía que estaba embarazada, pero no podía ir a Rosemary y tampoco podía quedarme aquí.
—Por favor, Paula. Él te echa de menos, también. Él nunca sale de su casa. Jose dijo que él da lastima.
La herida de rabia en mi pecho cobró vida. Sabiendo de Pedro sufría también. Me lo imaginaba teniendo fiestas en su casa y siguiendo adelante. Yo no quería que él siguiera triste. Sólo necesitaba que nosotros siguiéramos adelante.
Pero quizás yo nunca lo haría. Yo siempre tendría un recuerdo de Pedro.
—No puedo verlos. A ninguno de ellos. Sería demasiado duro —me detuve.
No podía decirle a Isabel sobre mi embarazo. Apenas había tenido tiempo de asimilarlo. Yo no estaba dispuesta a contárselo a nadie. Nunca podría decírselo a alguien que no fuera Facundo. Me iría de aquí muy pronto. Cuando me vaya no conoceré a nadie. Comenzaría de nuevo.
—Tu... uh, papá y Georgina no están allí. Se fueron. Daniela está pero es más tranquila ahora. Creo que está preocupada por Pedro. Sería difícil al principio, pero después de que te quites el vendaje seguirás adelante. Sobre todo. Además, los ojos de Antonio se iluminaron cuando le mencioné tu regreso, podrías distraerte con él.
Él está más que interesado.
Yo no quería a Antonio. Y a nadie para distraerme. Isabel no lo sabía todo.
No podía decirle eso. Hoy no.
—Por mucho que me quieras... yo no puedo. Lo siento.
Yo lo sentía. Mudarme con Isabel y trabajar en el club sería la respuesta a mis problemas, casi.
Isa dejó escapar un suspiro de frustración, puso su cabeza hacia atrás en el asiento y cerró los ojos. —Está bien. Lo entiendo. No me gusta, pero lo entiendo.
Estiré mi mano y apreté su mano con fuerza. Yo deseaba que las cosas fueran diferentes. Si Pedro fuera solo un tipo con el que había roto, lo serían. Pero él no lo era. Él nunca lo sería. Era más. Mucho más de lo que podía entender.
Isabel me apretó la mano. —Voy a dejar pasar esto por hoy. Pero no voy a buscar otra compañera de habitación de inmediato. Te doy una semana para pensar en esto. Entonces, tendré que buscar a alguien que me ayude a pagar las cuentas. ¿Podrías considerarlo?
Asentí con la cabeza, porque sabía que era lo que ella necesitaba, aunque yo sabía que su espera era inútil.
—Bien. Voy a ir a casa y orar, si Dios se acuerda de quién demonios soy.
Ella me guiñó un ojo y luego se inclinó sobre el asiento para abrazarme. —Come un poco de comida por mí, ¿de acuerdo? Te estás volviendo demasiado flaca—dijo.
—Está bien —le contesté, preguntándome si eso sería posible.
Isabel se echó hacia atrás. —Bueno, si no vas a empacar y regresar a Rosemary conmigo, por lo menos salgamos. Tengo que pasar la noche aquí antes de regresarme. Podemos ir a buscar un poco de diversión en algún lugar y luego quedarnos en un hotel.
Asentí con la cabeza. —Sí. Eso suena bien. Pero nada de clubs de música country. —Yo no podía entrar en otro de esos. Por lo menos, no tan pronto.
Isa frunció el ceño. —Está bien... pero ¿hay algo más en este Estado?
Ella tenía razón. —Sí... podemos conducir a Birmingham. Es la ciudad más cercana.
—Perfecto. Vamos a pasar un buen rato.
Cuando nos detuvimos en el camino de entrada de la abuela Carmen ella estaba sentada en el pórtico desgranando guisantes. Yo no quería enfrentarme a ella, pero ésta me había dado un techo sobre mi cabeza durante tres semanas sin condiciones. Se merecía una explicación si la quería. No estaba segura de sí Facundo le había dicho algo. Su camioneta no se encontraba aquí y yo estaba inmensamente agradecida.
—¿Quieres que me quede en el coche? —me preguntó Isabel. Sería más fácil si lo hacía, pero la abuela Carmen la vería y me llamaría grosera por no dejar que mi amiga entrara.
—Puedes venir conmigo —le dije y abrí la puerta del coche.
Isabel caminó alrededor de la parte delantera del auto y se puso a mi lado.
La abuela Carmen todavía no había levantado la vista de sus guisantes, pero yo sabía que nos había escuchado. Ella estaba pensando en lo que iba a decir. Facundo debió de
habérselo contado. Joder.
Miré de reojo mientras ella seguía desgranando los guisantes en silencio. Su cabello corto negro balanceándose era todo lo que podía ver de ella. No hay contacto visual. Sería mucho más fácil ir dentro y tomar ventaja de que ella no me había hablado. Pero esta era su casa. Si ella no me quería aquí, yo necesitaba hacer las maletas y marcharme.
—Hola, abuela Carmen —le dije y me detuve, esperando a que levantara la cabeza para mirarme.
Silencio. Ella estaba molesta conmigo. Decepcionada o enojada, yo no estaba seguro de cuál de las dos. Odiaba a Facundo en este momento por decírselo.
¿Él no podía mantener la boca cerrada?
—Ésta es mi amiga Isabel. Ella vino a verme hoy —continué.
La abuela Carmen finalmente levantó la cabeza y le dio una sonrisa a Isa y luego volvió sus ojos a mí. 
—Ofrécele un buen vaso de té helado y dale una de las
empanadas fritas que están enfriándose sobre la mesa. Luego, ven aquí y habla conmigo un minuto, ¿De acuerdo? —Eso no fue una petición. Fue una demanda
sutil. Asentí con la cabeza y dirigí a Isabel al interior.
—¿Has enfadado a la anciana? —susurró Isa cuando estábamos a salvo en el interior.
Me encogí de hombros. Yo no estaba segura. —No lo sé todavía —le contesté.
Fui al armario y cogí un vaso grande y le serví a Isabel un vaso de té helado.
Yo ni siquiera le pregunte si tenía sed. Sólo intenté obedecer lo que la abuela Carmen me había dicho.
—Aquí tienes. Bébete esto y comete una empanada frita. Volveré en unos minutos —le dije y me apresuré a salir. Tenía que terminar con esto