domingo, 22 de diciembre de 2013
CAPITULO 64
Pedro
Paula salió caminando del apartamento de Isabel sosteniendo dos tazas de café antes de que yo pudiera salir del coche. Abrí la puerta y salí del Range Rover. Llevaba el pelo suelto y colgando por su espalda. Me encantaba ese estilo. Sus pantalones cortos apenas cubrían sus piernas y sería difícil concentrarme cuando estuviera sentada en mi coche. Se subirían hasta sus muslos. Alejé mis ojos de sus piernas y me encontré con su mirada fija. Estaba forzando una sonrisa.
—Te he traído un poco de café ya que saliste de la cama tan temprano por mí. Sé que despertar temprano no es lo tuyo. —Su voz era suave e insegura mientras hablaba. Iba a ser mi misión cambiar eso en este viaje por carretera.
Quería que se sintiera cómoda conmigo de nuevo.
—Gracias —le contesté con una sonrisa que esperaba aliviara sus nervios
mientras abría la puerta del lado del pasajero para ella. Había sido incapaz de dormir desde las tres de la mañana. Me sentía ansioso. Estaba bastante seguro de que había pasado por dos ollas de café desde entonces. No le confesaría eso, sin embargo. Ella me trajo café. Una verdadera sonrisa tiró de mis labios mientras cerraba la puerta y me dirigía de nuevo a mi lado.
Sostenía su taza cerca de su boca mientras tomaba pequeños sorbos cuando la miré. —Si quieres música, prometo que es toda tuya —le recordé. Ella no se movió, pero una sonrisa levantó las comisuras de sus labios.
—Gracias. Confía en mí, lo recuerdo. Estoy bien en este momento. Puedes escuchar algo si quieres. Tengo que despertar primero.
No me importa la radio. Sólo quería hablar con ella. Lo que hemos hablado no ha sido importante. Hablar con ella era todo lo que importaba.
—Entonces, ¿cuál es el plan? ¿Sabe Facundo que vamos a buscar tus cosas? — pregunté.
Se removió en su asiento y me obligué a mantener los ojos en la carretera y no en sus piernas. —No. Quería explicarle a él y a su abuela, Carmen, acerca de esto. También tengo que convencerlo de vender mi camioneta por mí y envíame el dinero. No regresará aquí de nuevo. Está en mal estado.
Su camioneta era vieja. La idea de que no estuviera dando vueltas en ella era un alivio. Sin embargo, no me agradaba la idea de ella sin un vehículo. Cómo demonios se suponía que debía arreglar eso, no lo sabía. Nunca me aceptaría un
coche. Tal vez su camión podía arreglarse y hacerse seguro.
—Puedo tomarlo y llevarlo a revisar mientras tú empacas. Puede que solo necesite que le hagan un par de cosas.
Ella suspiró. —Gracias, pero no te molestes. Facundo ya lo llevó a revisar. Lo arregló para que yo pudiera llegar a la ciudad, pero dijo que era un arreglo temporal. Necesita más trabajo de lo que yo puedo pagar.
Aferré el volante con fuerza. La idea de que Facundo hubiese estado cuidando de ella me volvía loco. Odiaba que él hubiese sido quien se encargara de su camión. Que fuese su familia quienes la ayudaron cuando más lo necesitaba. La mía le había jodido la vida. No estaba allí para ayudarla cuando llamara necesitando ayuda.
—¿Así que Facundo y tú...? —¿Qué demonios estaba preguntando? ¿Eran qué? Mierda. No quería escuchar esto.
—Somos amigos, Pedro. Lo hemos sido toda nuestra vida. Mis sentimientos hacia él no han cambiado.
Bajé mis manos del volante y pasé una de mis palmas sudorosas por mis vaqueros. Maldita sea, ella me volvía loco. Si iba a hacerla sentir cómoda conmigo de nuevo necesitaba calmarme. Empezaría conmigo no golpeando a Facundo cuando lo viera.
Antes de que pudiera decir nada más, Paula se inclinó hacia delante y encendió la radio. Encontró una estación de radio country y luego se echó hacia atrás en su asiento y cerró los ojos. Había presionado demasiado. Fue su manera educada de pedirme que me callara. Podía darme por aludido.
Treinta minutos de silencio pasaron antes de que mi teléfono sonara. El nombre de Daniela apareció en la pantalla. El maldito iPhone estaba programado para
el coche. Normalmente, esto era útil y hacia que tuviera las manos libres. Pero tener a Paula viendo el nombre de Dani no era bueno. No quería un recordatorio.
Mi plan era hacer que este día estuviera libre de recuerdos. Hice clic en ignorar y la radio empezó a sonar de nuevo.
No miré a Paula, pero sentí sus ojos sobre mí. Fue muy difícil no encontrarme con su mirada.
—Podrías haber hablado con ella. Es tu hermana —dijo Paula tan suavemente que casi se perdió con la música.
—Lo es. Pero representa cosas en las que no quiero pensar hoy. Paula no dejó de mirarme. Tomó toda mi fuerza para seguir casual. Detener el coche y girarme para enfrentarla y decirle lo importante que era y lo mucho que la amaba no era lo que necesitaba en estos momentos.
—Estoy mejor, Pedro. He tenido tiempo para asimilarlo todo. Veré a Daniela en el club. Estoy preparada para eso. Me estás ayudando hoy. Podrías estar haciendo otra cosa en vez de decidir tomarte el día para ayudarme. No quiero impedirte recibir las llamadas telefónicas de personas que te importan. No me voy a romper.
Mierda. Esto era todo en cuanto a dejarlo casual y fácil. Me acerqué a la orilla de la carretera y detuve el Rover en el arcén. Mantuve mis manos para mí mismo, pero le di toda mi atención a Paula.
—Decidí tomarme el día de hoy porque no hay nada que prefiera hacer que estar cerca de ti. Estoy conduciendo
porque soy un hombre desesperado que hará lo que sea que tenga que hace para pasar tiempo contigo —Perdí el control y extendí la mano para pasar mi pulgar sobre su mejilla y luego por su sedoso pelo, que me había fascinado desde que había puesto los ojos en ella—. Haré cualquier cosa. Cualquier cosa, Paula, sólo para estar cerca de ti. No puedo pensar en nada más. No puedo concentrarme en
nada. Así que no creas que me estás incomodando. Si me necesitas, estoy ahí. —Me detuve. Sonaba patético incluso para mis propios oídos. Dejando caer mi mano de su rostro puse el Rover en marcha y volví a la carretera.
Paula no dijo nada. No la culpo. Soné como un loco. Probablemente ahora estaba asustada de mí. Infiernos, yo lo estaría.
CAPITULO 63
Paula
necesitaba mis cosas y tenía que vender mi camioneta. Nunca haría esto de nuevo. Facundo la había revisado por mí la semana pasada después de que se descompuso y dijo que temporalmente podría arreglarla. El costo para arreglar todo lo que andaba mal costaría más de lo que yo podía permitirme gastar. Llamar y pedirle a Carmen o Facundo que enviaran mis cosas y vendieran mi camioneta parecía mal. Se merecían una explicación... o al menos la merecía Carmen. Me había dado un techo, una cama y me dio de comer durante tres semanas. Iba a tener que volver a Sumit a recoger mis cosas y despedirme. Antonio me había dado unos días para instalarme antes de empezar a trabajar.
Isabel se había tomado unos días para llevarme y que solicitará la asistencia médica gratuita. Era momento de que viera a un médico, pero requeriría el seguro medico primero. Hoy la había oído por casualidad decirle a Jose que esperaba con impaciencia su cita esta noche. Yo había estado monopolizando todo su tiempo llevándome a todas partes. Comenzaba a sentirme como una carga. Odié aquel
sentimiento. Podría tomar un autobús. Sería económico y no sería una carga sobre Isabel. Abrí su ordenador portátil para googlear el horario del autobús.
Un golpe en la puerta interrumpió mis pensamientos. Dejé mi búsqueda de una estación de autobuses y fui a abrir la misma. Pedro allí de pie, con las manos metidas en la parte delantera de sus jeans y una de sus camisetas apretadas no era lo que había estado esperando. Alzó la mano y se quitó las gafas de sol de aviador.
Deseaba que las hubiera mantenido. El color plateado de sus ojos en la luz del sol era aún más impresionante de lo que recordaba.
—Hola, vi a Isabel en el club. Dijo que estabas aquí —explicó Pedro. Lucía nervioso. Nunca había visto a Pedro nervioso.
—Sí... um, Antonio me dio un par de días para recoger mis cosas de Sumit antes de empezar a trabajar.
—¿Tienes que ir a buscar tus cosas? Asentí. —Sí. Las dejé allí. Sólo traje una bolsa de viaje conmigo. No había
pensado en quedarme.
Pedro frunció el ceño. —Entonces, ¿cómo vas a regresar? No veo tu camioneta.
—Justo estaba googleando las estaciones de autobuses y ver dónde está la más cercana.
El ceño de Pedro se hizo más profundo. —Es a cuarenta minutos. Durante todo el camino en Fort Walton Beach.
Eso no fue tan malo como me temía.
—Un autobús no es seguro, Paula. No me gusta la idea de que tomes un autobús. Deja que te lleve. Por favor. Llegaremos más rápido y es gratis. Puedes ahorrar tu dinero.
¿Viajar con él? ¿Todo el camino a Sumit y de regreso? ¿Era una buena idea?
—No sé... —Me detuve porque honestamente no lo sabía. Mi corazón no estaba preparado para Pedro.
—Ni siquiera tenemos que hablar... o podemos si lo deseas. Te dejaré elegir la música y no voy a quejarme.
Si volviera con Pedro, entonces Facundo no discutiría conmigo. O, de nuevo, tal vez lo haría. Podría decirle a Pedro sobre el embarazo. ¿Pero lo haría? Nunca le
confirmé a Facundo que estaba embarazada.
—Sé que no puedes perdonar las mentiras y el daño. No te estoy pidiendo eso. Tú sabes que lo siento y si pudiera volver atrás y cambiar las cosas, lo haría.
Por favor, Paula, sólo como un amigo que quiere ayudarte y mantenerte a salvo de los hombres locos que podrían lastimarte en un autobús, déjame llevarte.
Pensé en lo poco probable que era que fuera lastimada en el autobús. Y luego pensé en el hecho de que ya no sólo tenía que mantenerme a salvo a mí misma. Tenía otra vida dentro de mí para proteger.
—Está bien. Sí. Me gustaría un viaje.
—¿Así que estás de acuerdo con que Pedro te lleve a Sumit mañana para recoger tus cosas? Me refiero a que no te sientes extraña o... —Isa se detuvo.
Sería extraño. También afectaría sólo estar cerca de él, pero necesitaba un aventón. Isabel necesitaba trabajar, no tomarse otro día libre para ayudarme esta semana. —Él se ofreció. Necesitaba un aventón y le dije que sí.
—¿Y fue así de fácil? ¿Por qué no me lo creo? —se preguntó Isa.
—Porque ella está dejando de lado las partes donde él rogó y suplicó —dijo Jose con una sonrisa.
Tiré de la manta hacia arriba sobre mis hombros. Tenía frío. Tenía mucho frío últimamente, lo que era extraño porque era verano en Florida. —No rogó —le contesté, sintiendo la urgencia de defender a Pedro. Incluso si realmente hubiera
rogado, no era asunto de Jose.
—Sí, claro. Si tú lo dices. —Jose tomó un sorbo del té dulce que Isabel le había preparado.
—No es asunto nuestro. Déjala en paz, Jose. Tenemos que decidir qué hacer con el contrato de alquiler de este lugar que termina en una semana.
Yo no estaría aquí mucho tiempo. Le había dicho eso. Mudarme a un
apartamento más caro no era una buena idea. Mi mitad del alquiler no estaría cubierto después de que me marche y ella se quedaría con la deuda.
Jose besó la mano de Isabel y le sonrió. —Te dije que me encargaría de las cosas. Si sólo me lo permitieras. —Le guiñó un ojo a ella y volví la cabeza. No quería verlos. Pedro y yo nunca habíamos sido así. Nuestra relación había sido
corta. Intensa y breve. Me pregunté cómo se habría sentido tener la libertad para acurrucarme en sus brazos en cualquier momento que quisiera. Para saber que estaba a salvo y que me amaba. Nunca había tenido esa oportunidad.
—Y yo te dije que no voy a dejar que pagues mi alquiler. Lo siento. Nuevo plan. Oh, Paula, ¿por qué no vamos a buscar apartamentos mañana?
Un golpe en la puerta interrumpió antes de que pudiera estar de acuerdo.
Luego Federico abrió la puerta y caminó dentro.
—No puedes entrar en el apartamento de mi chica sin permiso. Podría haber estado desnuda —espetó Jose a Federico.
Fede rodó los ojos y luego esbozó una sonrisa en mi dirección.
—Vi tu auto aquí, idiota. Cálmate. He venido a ver si puedo convencer a Paula de dar un paseo conmigo.
—¿Estás tratando de conseguir que te patee el culo? —preguntó Jose
Fede sonrió y negó con la cabeza antes de mirar de nuevo hacia mí. —Vamos, Paula, demos una vuelta y pongámonos al día.
¿Federico había estado involucrado en la mentira? Seguramente se había enterado. No podía decirle que no. Incluso si lo hubiera sabido, él también fue la primera persona amable que conocí aquí. Había llenado mi tanque de gasolina. Se preocupó por mí durmiendo bajo las escaleras.
Asentí y me levanté. —Estos dos necesitan un tiempo a solas, de todos modos —le contesté, mirando hacia atrás a
Isa. Ella me estudiaba muy de cerca. Le di una sonrisa tranquilizadora y pareció relajarse.
—No nos dejes por nuestra cuenta. Tenemos que decidir dónde vamos a vivir en una semana —dijo Isabel mientras yo caminaba hacia la puerta.
—Ustedes pueden hablar de eso más tarde. Paula se fue hace casi un mes. Tienes que compartirla —replicó Federico, abriendo la puerta para que yo caminara afuera.
—Pedro va a enloquecer —gritó Jose justo antes de que Fede cerrara la puerta amortiguando lo que fuera que Isabel había comenzado a decir.
Bajamos las escaleras en silencio. Una vez que estuvimos en la acera miré a Fede—¿Sólo me echabas de menos o hay algo que quieras decirme? —le pregunté.
Federico sonrió. —Te extrañé. He tenido que aguantar el mal humor de Pedro. Así que créeme, te extrañé un infierno.
Me di cuenta por su tono que había querido hacer una broma. Pero pensar en el malestar de Pedro no me hizo sonreír. Simplemente me recordó todo. —Lo
siento —murmuré. No estaba segura de qué más decir.
—Sólo me alegro de que hayas vuelto.
Esperé. Sabía que había algo más que quería decir. Podía sentirlo. Se tomaba su tiempo y pensé que trataba de decidir exactamente cómo decir lo que fuera que quería decirme.
—Lo siento por lo que pasó. Cómo sucedió. Y Dani. Puede actuar como la peor perra del mundo, pero ha tenido una infancia jodida. Eso la traumo o algo así. Si hubieras vivido con Georgina como tu madre lo entenderías. Pedro era un
niño, así que no resultó tan malo. Pero Daniela, maldita sea, su mundo estaba jodido.
No es una excusa, sólo una explicación.
No respondí. No tenía nada que decir a eso. No sentía simpatía alguna por Daniela. Es evidente que los hombres de su vida lo hacían. Debía ser agradable.
—A pesar de todo eso, lo que hizo estuvo mal. Cómo te lo ocultó fue realmente una mierda. Lamento no haberte dicho nada, pero sinceramente, ni siquiera era consciente de que tú y Pedro tenían algo hasta esa noche en el club cuando se volvió loco. Sabía que se sentía atraído por ti, pero también lo estaban la mayoría de los hombres en esta ciudad. Pensé que era el único tipo que no haría un
movimiento contigo debido a su lealtad a Dani... y bueno, lo que representabas para ellos dos. —Federico se detuvo y me volví para mirar sobre sus hombros.
—Nunca lo había visto así. Nunca. Es como si estuviera vacío. No puedo llegar a él. No sonríe. Ya ni siquiera finge que disfruta de la vida. Es diferente desde que te fuiste. A pesar de que no fue honesto y parece que sólo trataba de
proteger a Daniela... ustedes dos no tuvieron tiempo suficiente. Daniela ha sido su responsabilidad desde que era un niño. Eso era todo lo que sabía. Luego, entraste
en su mundo y al parecer lo sacudiste de la noche a la mañana. Si hubiera tenido más tiempo, te lo habría dicho. Sé que él lo hubiera hecho. Pero no lo hizo. No era justo para él. Se estaba enamorando de esta chica de la que siempre pensó que había sido la razón de que su hermana estuviera sin un padre. Su sistema de creencias cambió, pero también era difícil para él adaptarse.
Sólo lo miré fijamente. No porque no estuviera de acuerdo. Yo ya había comprendido todo esto en mi cabeza. Comprendí lo que decía. El problema era...
que no cambiaba las cosas. Incluso si me lo hubiera estado por decir, no cambiaba quién era él o quien era Daniela. Lo que representan para mí. Los últimos tres años de
mi madre en esta tierra fueron un infierno mientras ellos vivían en sus casas de lujo y saltaban de un evento social a otro. Su creencia en las mentiras que me habían dicho era la única cosa que no creí poder superar.
—Maldita sea. Probablemente estoy metiendo la pata aún más. Sólo quería hablar contigo y asegurarme de que sabías que Pedro... te necesita. Lo lamenta. Y creo que nunca te va a superar. Si trata de hablar de ello mañana, por lo menos escúchalo.
—Lo he perdonado, Fede. Pero no puedo olvidar. Lo que sea que éramos o podríamos haber sido se ha terminado. Nunca volverá a ser de nuevo. No puedo permitirlo. Mi corazón no me lo permite. Pero siempre voy a escucharlo. Me preocupo por él.
Fede dejó escapar un suspiro de cansancio. —Supongo que eso es mejor que nada.
Eso era todo lo que yo tenía para ofrecer.
sábado, 21 de diciembre de 2013
CAPITULO 62
Paula
estaré trabajando en el club. Nos… uh… veremos en ocasiones.
Conseguiría trabajo en otro lado, pero necesito la plata que el club paga. —Explicaba esto tanto a mí como a Pedro. No estaba segura de qué iba a decir cuando lo viera. Sólo sabía que tenía que enfrentarlo. Al principio, Isa me rogó que le contara sobre el embarazo. Aunque, después de que
escuchara exactamente lo que había pasado con mi padre y Daniela y su madre ese día, ya no estaba en el equipo Pedro como antes. Acordó que no era necesario decirlo de inmediato.
Conseguir el valor suficiente para volver a esta casa luego de la forma que me había ido hace tres semanas y media fue duro. La esperanza de que mi corazón no reaccionara cuando viera a Pedro fue inútil. Mi pecho estaba tan apretado que era una maravilla que pudiera respirar. Menos hablar. Estaba embarazada con su bebé… nuestro bebé. Pero las mentiras. El engaño. Quien era. Todo eso me
mantuvo de decir las palabras que se merecía. No podía. Estaba mal. Estaba siendo egoísta. Lo sabía. Eso no cambiaba nada. Podía ser que el bebé nunca lo conociera.
No podía dejar que la forma en que me sentía sobre él nublara mis decisiones para mi futuro… el futuro de nuestro bebé. Mi padre, su madre y hermana nunca serían
parte de la vida de mi bebé. No lo permitiría. No podía.
—Por supuesto. Sí, trabajar en el club es buena plata. —Se detuvo y pasó una mano por su cabello—. Paula, nada ha cambiado. No para mí. No necesitas mi permiso. Esto es exactamente lo que quiero. Tenerte aquí de vuelta. Ver tu rostro.Dios, nena, no puedo hacer esto. No puedo fingir que no estoy jodidamente emocionado de que estés en mi casa.
No podía mirarlo. No ahora. No esperaba que dijera nada de eso. Esperaba más una charla artificial y nerviosa. Era lo que quería. Mi corazón no podía soportar nada más.
—Tengo que irme, Pedro. No puedo quedarme más, sólo quería estar segura de que estabas bien con que estuviera en la ciudad. Mantendré mi distancia.
Pedro se movió tan rápido que no lo noté hasta que estuvo parado entre la puerta y yo.
—Lo siento. Intenté estar tranquilo. Intentaba ser cuidadoso y me quebré. Lo haré mejor. Ve a lo de Isa. Olvida lo que dije. Seré bueno. Lo prometo. Sólo… no te vayas. Por favor.
¿Qué le contestaba a eso? Se las había arreglado para que quisiera confortarlo. Disculparme. Él era letal a mis emociones y buen sentido. Distancia.
Necesitábamos distancia. Asentí y lo rodeé.
—Yo… uh… probablemente te veré por ahí. —Me las arreglé para graznar antes de abrir la puerta y salir de la casa.
No miré hacia atrás pero sabía que me estaba mirando ir. Era la única razón por la cual no empecé a correr. Espacio… necesitabamos espacio. Y yo necesitaba llorar.
***
Era como si nunca me hubiera ido. Ya había decidido ir directo al comedor y buscar a Marcos. Supuse que sabría donde encontrar a Antonio. Pero Antonio me estaba esperando en la puerta cuando abrí la entrada trasera del club.
—Y ella vuelve. Sinceramente, no pensé que lo harías. —El arrastró las palabras mientras la puerta se cerraba tras de mí.
—Por poco tiempo, quizás —respondí.
Antonio me guiñó y luego asintió hacia el pasillo que guiaba a su oficina.
—Vayamos a hablar.
—Está bien —dije mientras lo seguía.
—Isabel ya me llamó dos veces hoy. Queriendo saber si ya te había visto.Asegurándose de que tuvieras tu trabajo de vuelta —dijo Antonio mientras abría la puerta de su oficina y la sostenía para que pudiera pasar—, lo que no esperaba es
la llamada que recibí hace diez minutos. Me ha sorprendido. Por la forma en que te fuiste hace tres semanas y dejaste a Pedro en la miseria, no esperaba que llamara a tu favor. No es que lo necesitara, fíjate. Ya había aceptado devolverte tu trabajo.
Me detuve y lo miré. ¿Lo había escuchado bien?
—¿Pedro? —pregunté, casi asustada de que hubiera alucinado el comentario.
Antonio cerró la puerta y caminó hasta pararse delante de su escritorio. Se inclinó contra la madera brillante que se veía costosa y cruzó los brazos sobre su pecho. La sonrisa que tenía cuando llegué se había ido. Se veía preocupado.
—Sí, Pedro. Sé que la verdad salió a la luz. Jose me contó una parte. Lo que sabe, al menos. Pero yo ya sabía quién eras. O quien Pedro y Daniela creían que eras. Te advertí que la elegiría a ella. Ya la había elegido cuando te di la advertencia. ¿De verdad quieres volver a todo esto? ¿Es Alabama tan malo?
No. Alabama no era tan malo. Aunque ser una madre soltera de diecinueve años sin familia lo era. Aunque no era algo que iba a compartir con Antonio.
—Volver aquí no es exactamente facil. Ver… verlos, tampoco ser facil. Pero necesito descubrir que voy a hacer. No hay nada para mí en Alabama. No me puedo quedar y pretender que lo hay. Es tiempo de que encuentre una nueva vida.
e Isabel es mi única amiga. Mis opciones son limitadas.
Las cejas de Antonio se dispararon hacia arriba.
—Auch. ¿Yo qué soy? Pensé que éramos amigos.
Sonriendo, caminé y me paré detrás de la silla en frente suyo.
—Lo somos pero bueno… no amigos cercanos.
—No porque no lo intentara —Una pequeña risa salió y Antonio sonrió—. Es bueno escuchar eso. Lo extrañé.
Quizás volver no sería tan difícil.
—Puedes tener tu trabajo de vuelta. Es tuyo. Tuve pesimas chicas de carritos y Marcos todavía está malhumorado. No se lleva bien con los otros meseros. Él también te extraña.
—Gracias —contesté—, lo aprecio. Aunque quiero ser honesta contigo. En cuatro meses, planeo irme. No puedo quedar aquí para siempre. Tengo…
—Tienes una vida a la que volver. Sí, te escuché. Rosemary no es donde pretendes echar raíces. Lo tengo. Por cualquier lapso de tiempo, tienes el trabajo.
pedro
llamé una vez antes de abrir la puerta del condominio de Dani y caminar dentro. Su coche estaba estacionado afuera. Yo sabía que ella se encontraba aquí. Sólo quería asegurarme de que sabía que yo estaba aquí. Cometí el error de no tocar una vez y pillé a mi hermana a horcajadas
en el regazo de un tipo.
Quise llenar de cloro mis ojos y mi cerebro después de esa experiencia.
—Dani, soy yo. Tenemos que hablar —dije en voz alta y luego cerré la puerta detrás de mí.
Entré en la sala y el sonido de más de una voz apagada y pasos que venían desde el dormitorio principal casi me hizo dar la vuelta y marcharme. Pero no iba a hacerlo. Esto era más importante. Su invitado de pijamada tenía que irse a casa ahora de todos modos. Eran más de las once.
La puerta de su habitación se abrió y se cerró. Interesante. El que sea que estaba aquí, se alojaba aquí. Tendríamos que salir al balcón para hablar. Yo no hablaría de Paula delante de nadie. Probablemente conocía al hombre en ese
cuarto. Sería la única razón por la que lo mantendría oculto allí.
—¿Has oído hablar de llamar antes de venir? —replicó Dani mientras entraba en la sala de estar vestida con una bata de seda corta.
Se parecía más y más a nuestra madre mientras más mayor se hacía.
—Es casi el almuerzo, Dani. No puedes mantener al hombre en la cama todo el día —le contesté y abrí las puertas que daban a la terraza con vistas al golfo—.
Necesito hablar contigo y no quiero que tu compañero de dormitorio pueda oírnos.
Daniela rodó sus ojos y salió.
—Me parece extraño que he estado tratando de que hables conmigo durante semanas y ahora que tú quieres hablar vienes irrumpiendo como si yo no tuviera vida. Por lo menos yo te llamo primero. —Comenzaba a sonar como nuestra
madre.
—Soy propietario de este condominio, Daniela. Puedo venir en cualquier maldito momento si quiero. —Le recordé. Ella se estaría yendo de aquí a mediados de agosto para regresar a su casa de hermandad y su aún indecisa carrera. La universidad era una función social para ella. Ella sabía que yo iba a pagar sus cuentas y matrícula. Yo siempre me había preocupado de todo para ella.
—Que sarcástico. ¿De qué se trata esto? No he tenido mi café todavía. —No tenía miedo de mí.
Yo no quería que ella lo tuviera, pero ya era hora de que madurara. No iba a dejar que obligara a Paula a huir. En un mes, Daniela se habrá ido. Normalmente yo también me iría. Este año no. Me estaría quedando en mi residencia en Rosemary.
Mi madre tendrá que elegir otro lugar. Ella tendría esta casa libre para el resto del año.
—Paula ha vuelto —le dije sin rodeos.
Había tenido tiempo de ver las cosas desde otro ángulo. Yo no sentía que Dani fuera la víctima en esto, ya no. Ella era una niña, pero también lo era Paula.
Daniela se tensó mientras sus ojos brillaban con el odio que pertenecía a los ojos de su padre en lugar de Paula.
—No digas nada. Permíteme hablar primero o voy a acompañar a tu amigo de pijamada fuera de mi apartamento. Tengo el poder aquí, Daniela. Nuestra madre
no tiene nada. Las apoyo a las dos. Nunca te he pedido nada. Nunca. Pero ahora te voy a pedir... no, te voy a ordenar que me escuches y que sigas mis condiciones.
La ira de Daniela se había desvanecido y ahora la niña mimada estaba allí,
mirándome. A ella no le gusta que le digan qué hacer. No podía culpar a mi madre por su conducta, no del todo. Lo hice también. La sobrecompensación había arruinado a Daniela.
—La odio —La ira hervía.
—Te dije que me escuches. No asumas que eres inocente, Daniela. Porque esta vez has jodido algo que me importa. Esto me afecta, así que escucha y cierra la boca.
Sus ojos pasaron de la ira al shock. Estaba seguro de que nunca había hablado con ella de esa manera. Estaba un poco sorprendido de mí. Oír el odio en su voz dirigida a Paula me puso alerta.
—Paula se está quedando con Isabel. Antonio le ha regresado el trabajo a Paula. Ella no tiene nada en Alabama. No tiene a nadie. El padre que ustedes dos
comparten es un inútil. Para ella bien podría estar muerto. Ha vuelto para saber donde encaja y qué hacer después. Ella estaba haciendo eso antes, pero cuando la verdad salió, su mundo se derrumbó y tuvo que correr. Es un puto milagro que está de vuelta aquí. Yo la quiero de vuelta aquí, Daniela. Puede que no quieras oír esto, pero la amo. Nada me va a detener para asegurarme de que este a salvo.
Quiero que se sienta segura y nadie y me refiero a nadie, ni siquiera mi hermana, le hará sentirse indeseada. Tú te vas pronto. Puedes mantener tu odio fuera de lugar si quieres, pero un día, espero que madurez lo suficiente como para darte cuenta de que sólo hay una persona que odiar aquí.
Daniela se sentó en una de las sillas que colocó aquí para pasar el tiempo y leer libros. Yo también la amaba ella. La protegí de toda mi vida.
Decirle esto y amenazarla era duro, pero no podía permitir que dañara a Paula por más tiempo. Tenía que parar esto. Paula nunca me daría otra oportunidad, siempre y cuando Daniela estuviera atormentando su vida.
—Así que la estás eligiendo antes que a mí —susurró Daniela.
—Esto no es un concurso, Daniela. Deja de actuar como si lo fuera. Tienes a su padre. Ella lo perdió. Tú ganaste. Ahora supéralo.
Dani alzó los ojos y las lágrimas se aferraban a sus pestañas.
—Ha hecho que me odies.
Maldito puto drama. Daniela vivía una telenovela en su cabeza.
—Daniela, escúchame. Te quiero. Eres mi hermana pequeña. Nadie puede cambiar eso. Pero yo estoy enamorado de Paula. Puede ser un problema
importante en tus planes de conquistar y destruir, pero bebé, es hora de dejar que tus problemas sigan. Hace tres años que regresó. Necesito que lo superes.
—¿Qué pasa con la familia en primer lugar? —Espetó.
—No vayas allí. Tú y yo sabemos que yo te he puesto primero toda mi vida. Tú me necesitabas y yo estaba allí. Pero ahora somos adultos, Daniela.
Se secó las lágrimas que se habían filtrado de sus ojos y volvió a levantarse.
Nunca pude saber si sus lágrimas eran reales o falsas. Ella podía encenderlas y apagarlas a voluntad.
—Está bien. Quizás vuelva a la escuela antes de lo previsto. Tú no me quieres aquí, de todos modos. Las has escogido a ella.
—Yo siempre te quiero cerca, Daniela. Pero esta vez quiero que juegues limpio. Piensa en alguien más para variar. Tú tienes un corazón. Yo lo he visto. Ahora es el momento de usarlo.
Dani se puso rígida.
—Si terminaste aquí, ¿podrías irte de tu apartamento?
Asentí con la cabeza.
—Sí, he terminado —le contesté y me dirigí hacia el interior.
Sin otra palabra que oyera por la puerta principal. El tiempo ahora diría si yo tenía que seguir adelante con mis amenazas para enseñarle a mi hermana una lección. Realmente esperaba que no.
CAPITULO 61
pedro
habían pasado tres semanas, cuatro días y doce horas desde que la había visto. Desde que ella rompió mi corazón. Si yo hubiera estado bebiendo, me gustaría echarle la culpa al alcohol. Tenía que ser una ilusión, una desesperada ilusión. Pero no había estado bebiendo. Ni una gota. No había ninguna duda sobre Paula. Era ella. Ella estaba
realmente aquí. Paula estaba de vuelta en Rosemary. Ella estaba en mi casa.
Había pasado cinco horas anoche conduciendo por todo el maldito lugar buscando a Isabel, esperando que ella me llevara a Paula. Pero no había encontrado a ninguna de ellas. Llegar a casa y admitir la derrota había sido doloroso. Me convencí a mi mismo que Isabel aún seguía en Sumit con Paula. Que tal vez el texto de Isabel había sido un mensaje borracho y nada más.
Me empapé los ojos de ella. Ella estaba más delgada y no me gustaba eso. ¿No estaba comiendo? ¿Había enfermado?
—Hola, Pedro —dijo ella, rompiendo el silencio. El sonido de su voz casi me envía de rodillas. Dios, había extrañado su voz.
—Paula —Pude decir, aterrorizado de espantarla lejos solo con hablar.
Se estiró y envolvió un mechón de su cabello alrededor de su dedo y tira de él. Ella estaba nerviosa. No quiero hacer que se ponga nerviosa. Pero, ¿qué puedo hacer yo para hacer esto más fácil?
—¿Podemos hablar? —preguntó en voz suave.
—Sí. —Doy un paso atrás para dejarla entrar—. Entra
Hizo una pausa y miró más allá de mí, hacia mi casa. El miedo y el dolor destellando en sus ojos, haciéndome maldecirme en silencio. Ella había sido herida aquí. Su mundo fue destruido en mi casa. Maldita sea. No quería que se sintiera así en mi casa. No cuando había buenos recuerdos aquí también.
—¿Estás solo? —preguntó. Sus ojos volviendo hacia mí.
Ella no quería ver a mi mamá o a su papá. Lo entendía ahora. No era la casa.
—Los obligué a irse el día en que te fuiste —Le contesté, mirándola con atención.
Sus ojos se abrieron de par en par. ¿Por qué esto la sorprendía? ¿No lo entendía? Ella era lo primero. Yo le había dicho tanto en esa habitación de hotel.
—Oh, no lo sabía… —Su voz se fue apagando. Ambos sabíamos que ella no lo sabía porque me había sacado de su vida.
—Soy solo yo. A excepción de las visitas ocasionales de Federico, siempre solo yo. —Ella necesitaba saber que no me había mudado. No me estaba mudando.
Paula entró a la casa y apreté los puños cuando su dulce y familiar esencia la siguió. Tantas noches me senté aquí y soñé con ver su camino de vuelta a mi vida. Mi mundo.
—¿Puedo conseguirte algo para tomar? —pregunté, pensando que lo que realmente quería hacer era rogarle que hablara conmigo. Que se quede conmigo. Que me perdone.
Paula negó con la cabeza y se volvió para mirarme.
—No, estoy bien. Yo… Yo solo… Estaba en la ciudad y bueno… —Arrugó la nariz y luché contra la urgencia de alcanzarla y tocar su rostro—. ¿Golpeaste a Facundo?
Facundo. Mierda. Ella sabía sobre Facundo. ¿Estaba aquí para hablar de Facundo?
—Él preguntó cosas que no debería Saber. Dijo cosas que no debería —le contesté con dientes apretados.
Paula suspiró.
—Puedo imaginarlo —murmuró y sacudió la cabeza—. Siento que viniera aquí. Él no piensa las cosas. Actúa solo por impulso.
No lo defendía. Se disculpaba por él. Ese no era su trabajo. El estúpido hijo de puta no era su responsabilidad o su culpa.
—No te disculpes por él, Paula. Eso me hace querer cazar su culo —gruñí, incapaz de controlar mi reacción.
—Es mi culpa que él estuviera aquí, Pedro. Eso es porque pido disculpas. Lo molesté y él supuso que era todo por ti, así que el vino corriendo aquí antes de hablar las cosas conmigo.
¿Hablar las cosas con ella? ¿Qué carajos tenia Facundo que hablar con ella?
—Él tiene que retroceder. Si ha…
—Pedro. Cálmate. Somos viejos amigos. Nada más. Le dije algunas cosas que necesitaba decir desde hace mucho tiempo. No le gustó. Fui cruel pero necesitaba decirlo. Estaba cansada de proteger sus sentimientos. Me presionó demasiado. Eso es todo.
Tomé una respiración profunda pero el martilleo de mi cabeza se había vuelto más fuerte.
—¿Viniste para verlo? —Necesitaba saber si esa era la razón por la cual ella estaba aquí. Si esto no tenía nada que ver conmigo, mi corazón necesitaba tratar con eso.
Paula caminó hacia las escaleras en vez de ir hacia la sala de estar. Me di cuenta. Entendí. Ella podría haber estado en mi casa, pero no podía entrar ahí y hacerle frente a las cosas. No todavía. Tal vez nunca.
—Pudo haber sido mi excusa para entrar al auto con Isabel —Hizo una pausa y dejó escapar un suspiro—, pero él se había ido cuando yo llegué aquí. Me quedé por otras razones. Yo… Yo necesito hablar contigo.
Vino a hablar conmigo. ¿Fue el tiempo suficiente? Utilicé hasta la última gota de fuerza de voluntad que poseía para no levantarme y tirarla sobre mis brazos. No me importaba lo que ella tenía que decir. El hecho de que ella quería verme era suficiente.
—Me alegro de que hayas venido —dije simplemente.
El pequeño ceño estaba de vuelta y Paula no miraba directamente hacia mí.
—Las cosas siguen siendo las mismas. No he sido capaz de dejarlo ir. Nunca seré capaz de confiar en ti. Incluso… incluso si lo quiero. No puedo.
¿Qué demonios significaba eso? El golpeteo en mis oídos se hizo más fuerte.
—Me voy de Sumit. No puedo quedarme. Tengo que hacerlo por mi cuenta.
¿Qué? —¿Te estás mudando con Isabel? —pregunté, preguntándome si yo todavía estaba durmiendo y esto era un sueño.
—No. No iba a hacerlo. Pero esta mañana hablé con Isa y pensé que si tal vez te veía y hablaba contigo y enfrentaba… esto, yo sería capaz de quedarme con
ella durante un tiempo. No sería permanente; Me iré en un par de meses. Solo hasta que tenga tiempo para decidir a donde voy a ir.
Todavía pensaba irse. Necesitaba cambiar eso. Tenía un par de meses si se quedaba aquí. Por primera vez, desde que me dijo que dejara la habitación de hotel, tenía esperanza.
—Creo que eso es inteligente. No hay razón por la cual tomar una decisión precipitada cuando se tiene una opción aquí. —Ella podía quedarse en mi casa de forma gratuita. En mi cama. Conmigo. Pero no podía ofrecer eso. Ella nunca estaría de acuerdo.
viernes, 20 de diciembre de 2013
CAPITULO 60
paula
estiré la mano y le di un codazo a Isabel en la pierna para despertarla.
Había estado dormida por las últimas dos horas. Estábamos fuera de Rosemary Beach y necesitaba que ella manejara, así yo podría buscar la camioneta de Facundo en todos los moteles baratos.
—¿Ya llegamos? —murmuró soñolienta y se sentó en su asiento.
—Ya casi. Necesito que manejes. Voy a buscar la camioneta de Facundo.
Isabel dejó escapar un suspiro de cansancio. Yo sabía que ella estaba haciendo esto sólo con la esperanza de traerme a Rosemary y mantenerme allí. No le importaba encontrar a Facundo. Pero yo necesitaba un aventón. Iba a viajar con Facundo a casa. Y nosotros íbamos a hablar. Él no tenía por qué haber venido a buscar a Pedro. Sólo esperaba que no le hubiera dicho sobre lo que me a encontró comprando.
No era que quisiera ocultárselo a Pedro. Era sólo que aún no he asimilado nada. Necesitaba procesarlo. Averiguar lo que quiero hacer. Luego contactaría a Pedro. Facundo yendo detrás de él como un loco no era lo que yo quería. Aún no podía creer que lo había hecho.
—Detente allí. Necesito entrar y tomar un café con leche primero —instruyó Isabel. Hice lo que me pidió y estacioné el auto frente a Starbucks.
—¿Quieres algo? —preguntó Isa mientras abría la puerta. No estaba segura de si la cafeína era buena para el… para el bebé. Negué con la cabeza y esperé hasta que ella saliera del auto antes de dejar escapar el sollozo en mi pecho que no había estado esperando. No había pensado sobre lo que significaban esas dos rayas de color rosa. Un bebé. El bebé de Pedro. Oh, Dios.
Salí del auto y caminé alrededor de la parte delantera para sentarme en el lado del pasajero. Para el momento en que estaba dentro y con el cinturón de seguridad, Isabel se dirigía hacia el auto. Ya se veía un poco más despierta. Alejé
los pensamientos sobre mi bebé y me concentré en la búsqueda de Facundo. Podría pensar en mi futuro, en el futuro de mi bebé, después.
—De acuerdo. Tengo cafeína. Estoy lista para buscar a este tipo.
No la corregí. Sabía que ella sabía su nombre. Yo lo había usado varias veces. Sólo estaba negándose a reconocerlo. Esta era su forma de rebelión. Facundo representaba a Sumit, y ella no me quería en Sumit. En lugar de irritarme, me gustaba. Me quería con ella y eso se sentía bien.
—Él dejó Rosemary por los precios de las habitaciones de hotel. Así que, está en algún lugar accesible. ¿Puedes llevarme a algunos de esos? —pregunté.
Asintió pero no me miró. Estaba enviando un mensaje de texto. Genial.
Necesitaba que se concentrara y ella muy posiblemente estaba diciéndole a Jose que ya casi llegamos. No quería que Jose supiera algo.
***
Manejamos por treinta minutos, yo revisaba los estacionamientos de los moteles baratos en la ciudad. Esto estaba volviendo frustrante. Él tenía que estar aquí en algún lado. —¿Puedo usar tu teléfono? Voy a llamarlo de nuevo y hacerle saber que lo estoy buscando. Me dirá dónde está cuando sepa que he conducido hasta aquí.
Isabel me dio su teléfono y rápidamente marqué el número de Facundo. Sonó dos veces.
—¿Hola?
—Facu . Soy yo. ¿Dónde estás? Estoy en las afueras de Rosemary y no puedo encontrar tu camioneta.
Hubo un silencio, luego—: Maldita sea.
—No te enojes. Necesitaba ver cómo estabas. Vine aquí para llevarte a casa.—Sabía que estaría frustrado de que hubiese venido tan cerca de Rosemary nuevamente.
—Te dije que estaría en casa una vez que durmiera, Paula. ¿Por qué no podías quedarte donde estabas? —La irritación en su voz me enojó. Pensarías que él no estaba feliz de que hubiera venido a ver cómo estaba.
—¿Dónde estás, Facundo? —pregunté de nuevo. Luego lo escuché. Una voz femenina de fondo. El teléfono fue tapado. No hacía falta ser un genio para darse cuenta que Facundo estaba con una chica y trataba de esconderlo. Esto me molestó. No porque pensaba que Facundo y yo teníamos una oportunidad, si no porque él me había dejado pensar que estaba herido y solo en una ciudad extraña. Idiota.
—Escucha. No tengo tiempo para más de tus estúpidos juegos, Facundo. Ya he pasado de ellos. La próxima vez, intenta no fingir como si me necesitaras cuando es obvio que no.
—Paula, no. Escúchame. No es lo que piensas. No pude dormir después de que llamaste así que volví a la camioneta y regresé a casa. Quería verte.
Un grito de enojo por parte de la chica vino del otro lado del teléfono.
Estaba cabreando a quien sea que estaba con él. El chico era un idiota.
—Haz que tu compañía se sienta mejor. No necesito una explicación. No necesito nada de ti. Nunca lo necesité.
—¡PAULA! ¡NO! Te amo, nena. Te amo mucho. Por favor, escúchame —suplicó, y la chica con él se puso más histérica—. ¡Cállate, Carla! —rugió y supe entonces que estaba de vuelta en Sumit. Estaba con Carla.
—¿Fuiste con Carla? ¿Volviste a casa, dejándome preocupada, y fuiste a ver a Carla? Eres ridículo, Facundo. ¿En serio? Esto no me lastima. Ya no puedes hacerme
daño. Pero detente y piensa sobre los sentimientos de otros, para variar. Sigues arrastrando a Carla con tu comportamiento y eso está mal. Deja de pensar con tu
pene y madura.
Terminé la llamada y le di a Isa su teléfono. Sus ojos estaban muy abiertos mientras me miraba. —Él volvió a Sumit —le dije en forma de explicación.
—Sí… escuché esa parte —dijo Isabel lentamente. Ella esperaba que agregara más. Merecía más. Me había traído hasta aquí. También era la única amiga verdadera que tenía. Facundo no era un amigo. No uno verdadero. Un amigo
verdadero no seguiría haciendo cosas estúpidas como las que él hacía.
—¿Puedo dormir en tu casa esta noche? No creo que vaya a volver allí. Iba a irme pronto de todos modos. Averiguaré a dónde voy a ir mañana y luego, cuando llegué allí, haré que Carmen me envíe el resto de mis cosas. No es que tenga
mucho, de todos modos. Mi camioneta está en el cementerio. Nunca haría el viaje de nuevo.
Isabel asintió y arrancó el auto, luego salió hacia la carretera. —Puedes quedarte conmigo todo el tiempo que necesites. O más —respondió.
—Gracias —dije antes de apoyar mi cabeza hacia atrás en el asiento y tomar una respiración profunda. ¿Qué iba a hacer ahora?
***
El olor del tocino se hizo más espeso cuando más lo inhalaba. Era como si el tocino estuviera apoderándose de mis sentidos. Mi garganta se estrechó. Mi estómago gruñó por el delicioso olor de éste. La grasa chisporroteaba en algún lugar a la distancia. Antes de que pudiera abrir los ojos completamente, mis pies estaban en el suelo y corría hacia el baño.
Por suerte, el apartamento de Isa no era tan grande y no tenía mucho que correr.
—¿Paula? —llamó la voz de Isabel desde la cocina, pero no podía detenerme.
Cayendo sobre mis rodillas en frente del inodoro, agarré el asiento de porcelana con ambas manos y comencé a vomitar todo en mi estómago hasta que nada más que nauseas sacudían mi cuerpo. Cada vez que pensaba que había terminado, olía la grasa del tocino mezclada con mi vómito y comenzaba de nuevo.
Estaba tan débil que mi cuerpo temblaba cuando trataba de vomitar y nada más salía. Un paño frío estaba en mi cara y Isabel se encontraba de pie junto a mí para tirar de la cadena y luego recostándome contra la pared.
Sostuve el paño sobre mi nariz para bloquear el olor. Isabel lo notó y cerró la puerta del baño. Después de encender el ventilador, colocó sus manos en las caderas y me miró. La incredulidad en su cara me confundía. Me enfermé. ¿Qué
tenía de extraño eso?
—¿Tocino? ¿El olor del tocino te hace vomitar? —Negó con la cabeza, aún mirándome como si no pudiera creerlo—. No me lo ibas a decir, ¿cierto? Ibas a poner tu loco culo en algún maldito autobús y largarte. Tú sola. No te lo puedo
creer, Paula. ¿Qué pasó con la chica lista que me enseñó a no dejar que un hombre me usara, eh? ¿A dónde diablos se fue? Porque tu plan apesta. Mucho. No puedes huir. Tienes amigos aquí. Vas a necesitar amigos… y yo esperaría que tuvieras la intención de decirle a Pedro sobre esto también. Te conozco lo suficientemente bien como para saber que ese es su bebé.
¿Cómo lo sabía? Sólo vomité. Muchas personas se contagian de virus. —Es un virus —murmuré.
—No me mientas.Era el tocino,Paula. Estabas durmiendo tan
pacíficamente en el sofá y al minuto que comencé a cocinar el tocino comenzaste a hacer sonidos extraños y a dar vueltas en el sofá. Luego saliste disparada como una
bala para vomitar hasta las tripas. No es ciencia espacial, nena. Quita esa mirada de sorpresa de la cara.
No le podía mentir. Ella era mi amiga. Posiblemente la única ahora. Tiré de mis rodillas hasta mi barbilla y envolví mis brazos alrededor de mis piernas. Esta era mi manera de mantenerme en una pieza. Cuando sentía que el mundo estaba quebrándose a mí alrededor y no podía controlarlo, siempre me mantenía unida de esta manera.
—Por eso Facundo vino aquí. Me encontró comprando pruebas de embarazo ayer. Sé que es por eso que vino aquí. Para preguntarle a Pedro… para preguntar sobre la relación entre El y yo. Es algo de lo que me niego a hablar con Facundo. En lo absoluto. Luego tuve un retraso. Dos semanas de retraso. Pensé que compraría un par de pruebas y saldrían negativas y todo estaría bien. —Detuve la explicación y apoyé la mejilla contra mis rodillas.
—Las pruebas… ¿fueron positivas? —preguntó Isa.
Asentí pero no la miré.
—¿Ibas a decirle a Pedro? ¿O en serio ibas a escapar?
¿Qué haría Pedro? Su hermana me odiaba. Su madre me odiaba. Odiaban a mi madre. Y yo odiaba a mi padre. Para que Pedro sea parte de la vida de este bebé él tendrá que dejarlas. Yo no podía pedirle que deje a su mamá y su hermana.
Incluso si ellas son malvadas. Las amaba. Y no dejaría a Daniela. Ya había aprendido que cuando se trataba de mí o de Dani, él elegiría a Dani. Lo había hecho al final.
Cuando yo había descubierto todo. Él guardó su secreto. Él la había escogido a ella.
—No se lo puedo decir —dije en voz baja.
—¿Por qué no? Él querría saberlo y su culo necesita ser un hombre y estar allí para ti. Esa mierda de escapar es estúpida.
Ella no lo sabía todo. Sólo sabía un poco. Había sido la historia de Daniela la que se contó, y la de nadie más a los ojos de Pedro. Pero yo no estaba de acuerdo.
También era mi historia. Daniela aún tenía a sus padres y su hermano. Yo no tenía a nadie. Mi madre estaba muerta. Mi hermana estaba muerta. Y mi padre podría también estar muerto. Así que esta historia era tanto mía como de ella. Tal vez hasta más.
Levanté mi cabeza y miré a Isabel. Ella era mi única amiga en el mundo y si yo iba contar esta historia, entonces era ella a quién quería contársela.
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